11 de septiembre de 2015

...QUE CIEN AÑOS NO ES NADA



Reconozco que no soy objetiva cuando hablo de mi ciudad, La Laguna, pero supongo que a muchos les pasará lo mismo. Hoy se cumplen cien años de la inauguración del Teatro Leal, situado en pleno centro de La Laguna. Estas fotos las hice ayer mismo paseando por la Calle La Carrera, eje central del casco histórico.



La nostalgia me invade hoy porque viví algunos años de mi niñez entre las butacas y las bambalinas del Teatro Leal, pues ya les he contado varias veces que mi padre era el taquillero del teatro, es decir, el que vendía las entradas.



En su memoria, hoy aireo un post que publiqué aquí el 7 de mayo de 2007, por si les apetece leerlo. Aunque hoy cambiaría muchas cosas, lo he copiado tal como estaba para mantener la frescura y emoción con que lo escribí en su día.

" He oído que van a finalizar las obras de restauración del Teatro Leal, en La Laguna, después de catorce años cerrado. No voy a hacer comentarios acerca del tiempo transcurrido. Sólo me da pena el que no se haya podido aprovechar durante tanto tiempo el Teatro para dinamizar la vida cultural de una ciudad que es Patrimonio de la Humanidad, y que según me enseñó mi padre tiene el título de “Muy Noble, Leal, Fiel y de Ilustre Historia Ciudad de los Adelantados”.
Solo quiero recordar los años en que yo, cuando era niña, y de eso hace ya muchísimos años, frecuentaba el Teatro. Mi padre fue durante mucho tiempo el taquillero, es decir, trabajaba en la taquilla vendiendo entradas. Y yo, con mis dos hermanos mayores, iba a acompañarle. No creo que fuera por hacerle compañía en sí, pero es sabido que a los niños les gusta ir al trabajo de sus padres, incluso hoy en día. Por las mañanas trabajaba en el Ayuntamiento de La Laguna. Y aunque también estuvimos allí varias veces, no era lo mismo.
Tengo el recuerdo sobre todo, de los domingos por la mañana en el Teatro Leal. Yo estaba deseando que se terminara la misa de once en la Catedral (teníamos que ir obligatoriamente e incluso prestar atención, porque a veces mi padre nos preguntaba por el Evangelio), para subir corriendo la Calle Carrera arriba hasta el Leal, y nos quedábamos allí hasta que mi padre terminara el horario de la mañana y regresáramos a casa a almorzar. Por la tarde volvíamos al cine de las cuatro.
Eran unos momentos muy entrañables de los que guardo imborrables recuerdos. En los primeros tiempos, de vez en cuando nos encontrábamos con don Julián, el que entendíamos nosotros que podía ser el jefe de mi padre, en una especie de despacho contiguo a la taquilla. Entonces no podíamos estar mucho tiempo, o por lo menos teníamos que estar calladitos y sin molestar. Pero la verdad es que pocas veces lo encontramos.
Me acuerdo que la taquilla, con muy pocos metros cuadrados, tenía dos ventanillas, pero una estaba casi siempre cerrada, y por la otra se entregaban las entradas y se recogía el dinero. Los talonarios de entradas estaban separados por colores que correspondían a butaca, platea, palco, anfiteatro y gallinero. A nosotros nos encantaba que mi padre nos dejara cortar las entradas, que venían separadas del correspondiente resguardo por una línea de puntos perforados para cortarlas mejor.
Por supuesto, y previamente, mi padre había tenido que numerar las entradas manualmente, y ahí también nos dejaba intervenir de vez en cuando. Había que hacerlo con mucho cuidado y realmente era un trabajo de expertos, ya que teníamos que numerar por un lado las sillas pares de cada fila, y por otro las impares. Y claro, no era cuestión de equivocarse, pues luego el acomodador (que en una época creo recordar era don Rogelio, y en otra don Pancho) podía tener problemas a la hora de situar a la gente que acudía al cine.
Justo encima de las ventanillas, había una serie de estampitas de santos, pero también había algún que otro almanaque pequeñito con la imagen de una chica, aunque hay que decir que ninguna obscena. También solía haber alguna foto o documento que alguien se había dejado olvidado, por si lo venían a reclamar. Recuerdo que había una traba dorada con una piedrita reluciente roja, y cuando yo la vi por primera vez me impresionó. Yo le pregunté a mi padre: “¿De quién es el oro?” Y él me contestaba, mofándose de mi: “¿Qué loro? Yo no veo ningún loro”. Y así un rato hasta que conseguí que me dijera que alguna señora lo había perdido. Allí estuvo mucho tiempo y nadie la vino a reclamar.
Mi padre se sentaba en una silla con las patas muy altas, cosa que también me llamaba la atención, pues en mi casa no teníamos muebles de ese tipo. Cuando nosotros nos sentábamos para asomarnos a la ventanilla, teníamos que hacer verdaderas peripecias para llegar al asiento, tan pequeños éramos. Había una especie de mueble escritorio de madera oscura, cuyo tablero se levantaba para guardar las entradas de los días posteriores y otros documentos y listados cuadriculados, que supongo servían para anotar las ventas de entradas y los ingresos de dinero o algo así. Permanecía siempre cerrado con llave y nos parecía que debía esconder muchos secretos.
También había un perchero antiguo donde mi padre colgaba su sombrero y su bufanda los días de invierno lagunero, y una pequeña repisa con otros utensilios, que quizá por estar a la vista no me llamaron tanto la atención.
Supongo que para que no le diéramos la tabarra a mi padre, nos mandaba a la sala de butacas, y a veces incluso ayudábamos a quitar el polvo a los asientos, al mismo tiempo que íbamos comprobando todos los números de las butacas y hacíamos ruido en el piso de madera corriendo desde la puerta hasta el escenario, cubierto con una cortina roja que terminaba en una especie de volantes medio dorados. Por supuesto, también nos gustaba mucho atravesar aquella cortina y subir al escenario, cuando no estaba el panel donde se proyectaban las películas. Nos escondíamos detrás, pero debo reconocer que a mí me daba un poco de miedo los entresijos que comunicaban con los lados mediante unas cortinas negras. Y ni qué decir tiene que a los baños nunca iba, a no ser por fuerza mayor, porque ahí sí que me entraba el pánico, pues eran algo tétrico y fantasmagórico, o por lo menos así lo percibía yo.
Nos llamaba la atención también las lámparas que colgaban del techo y las pinturas medio gastadas por la humedad y el tiempo. La cantina con todas las golosinas que vendía Manolo, y la colección de programas de mano de cada película que hoy tendría un valor incalculable, si no fuera porque un día mi madre consideró que no servían para nada y que era mejor tirarlos a la basura. Y recuerdo con cariño también a dos Antonios: don Antonio Rivero, que al parecer era el que traía las cintas desde Santa Cruz (que en aquel entonces a mí me parecía que quedaba muy lejos), y don Antonio Melgarejo, que estaba siempre fiel en la puerta de entrada y al que todavía veo pasear de vez en cuando por La Laguna.
Pero lo que hacía que me olvidara hasta de dónde estábamos, eran los momentos en que (sobre todo mi hermana y yo, porque mi hermano ya era un poco más grande y pasaba un poco de eso) escuchábamos tocar el piano. Porque había un piano a los pies del escenario y sonaba de vez en cuando de la mano de Gerardo. Realmente no sé cuál era su función en el Teatro, pero sí sé que estuvo yendo durante un tiempo en el que nosotras estábamos medio atontadas, aunque él ni se percatara de nuestra presencia. La música nos parecía celestial, a pesar de que no entendíamos nada. Al principio nos escondíamos en las butacas de atrás para oírlo sin que se diera cuenta, y luego ya nos atrevimos a acercarnos, haciéndonos mil preguntas acerca de aquel chico con gafas que había aparecido de pronto y nos deleitaba con su música. No sé cuánto tiempo duró aquello, pero yo lo recuerdo bien. Luego se dio la circunstancia de que fue él quien hizo el reportaje fotográfico de mi boda, y se dio también la coincidencia, pasados los años, de que mi hija y su hijo se conocían. ¡Cosas del destino!
Bueno, seguiré recordando aquellos días y espero poder volver al Teatro Leal cuando terminen las obras y comprobar las diferencias que hay con respecto a mis recuerdos.
"


Con motivo del centenario y aprovechando las fiestas del Santísimo Cristo de La Laguna, se están celebrando muchísimos actos culturales en estos días en el propio Teatro Leal, a ver si puedo disfrutar de alguno de ellos.

9 de septiembre de 2015

DE TODO UN POCO



Cuando se está viviendo en el mundo situaciones trágicas que afectan a miles y miles de personas, representadas por el cuerpo de un niño de camiseta roja tendido en una playa, reconforta encontrar noticias como ESTA.
No sé si la palabra "reconforta" está bien dicha aquí, o sería mejor decir "preocupa"...
¿A quién le importa que hayan nacido cuarenta y cinco lagartos nuevos en una pequeña isla que muchos ni conocen?



La verdad es que hay tal contraposición de pensamientos y sucesos cada día, de una u otra índole, que yo al menos, no sé dónde posicionarme.
¿No leer las noticias, no ver los telediarios, no enterarnos de nada, no sentir nada?
Para mí es imposible, y aunque trato de abstraerme y seguir viviendo con mis rutinas y preocupaciones diarias, siempre me llegan otras noticias que me desazonan el alma, por muy lejos de aquí que se originen.
Ya estamos en septiembre, y como he reflejado muchas veces, las fiestas del Cristo de La Laguna se siguen celebrando, y muchas personas disfrutando de ellas, en actos multitudinarios como el Concierto de la Orquesta Sinfónica de Tenerife



o el Festival Sabandeño, que este año contó con la presencia de Luis Eduardo Aute, Kepa Junquera, Sole Giménez, Manolo Tena, Pedro Guerra y el tenor Celso Albelo.
El mundo no se detiene, independientemente de donde viva cada uno, en este mismo segundo, mismo minuto, esta misma hora y mismo día, para unos habrá penas y para otros alegrías...
Hay que seguir disfrutando mientras podamos, por si acaso...



Y hoy quiero nombrar y felicitar a Manuel Romero, por sus doscientos programas en el concurso Saber y Ganar, objetivo sólo alcanzado por otro emérito, Víctor Castro.
Manolo Romero es un concursante jerezano que ya ha participado en otros concursos y ha conseguido importantes premios, pero me sigue asombrando sus conocimientos, su saber, su memoria y su sencillez.
No creo que lea ésto, pero desde aquí, mi enhorabuena y mi agradecimiento por las horas de entretenimiento cultural que nos ha dado.



Y a ustedes, gracias también por seguir ahí, aportando también sus opiniones y su cariño.
 
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