23 de octubre de 2013

El encuentro



Se puso el único traje que tenía. Ya estaba un poco gastado, pues lo usaba en todas las ocasiones que él consideraba importante. Y ésta lo requería.
Era domingo, y después de muchas dudas y desconciertos, estaba dispuesto a enamorar a aquella chiquilla morena que tenía una sonrisa angelical.
Se puso colonia Varón Dandy, unos calcetines nuevos que su madre le había mandado en el último paquete recibido del pueblo, y unos gemelos en los puños de la camisa que su padre le regaló días antes de venir a estudiar a la ciudad, con la recomendación de que los cuidara con esmero, porque siempre habían estado en la familia. Ya había visto a la chica varias veces en la misa de las doce, siempre acompañada por la que parecía ser su hermana mayor, pero no se sentía con fuerzas para dirigirse a ella. No sabía cómo empezar la conversación. Sus amigos habían insistido a menudo en la conveniencia de decirle cuando menos un piropo, para que notara su presencia, pero él no estaba muy decidido.
En la ciudad se sentía un poco acomplejado. En el pueblo era distinto, las demás chicas estaban loquitas por él o eso le demostraban cada vez que volvía de vacaciones. No era muy buen estudiante, pero intentaba sacar la carrera con esfuerzo, porque sabía que sus padres estaban gastando mucho dinero no sólo en los viajes, sino también en la pensión donde se quedaba, amén del que le enviaban mensualmente para sus gastos.
Después de habérselo pensado mucho, encontró lo que podría ser la fórmula adecuada para empezar a conocer a aquella chica con la sonrisa permanente en su boca.
Tenía la costumbre de ir todos los domingos a misa, porque sus padres así se lo habían enseñado, y aunque tenía muchas dudas con respecto al tema religioso, sobre todo desde que había llegado a la ciudad, seguía manteniendo ese hábito que quizá hoy le iba a servir para poder hablar con la persona que le había quitado el sueño desde hacía unos meses.
Había decidido llegar temprano ese día a la misa y colocarse en el banco donde casi siempre se ponían las dos hermanas. Con buena suerte, repararía en él, y quizá hasta pudiera estrechar su mano cuando el cura dijera lo de "Daos fraternalmente la paz".


Después, a la salida de misa, la invitaría a dar una vuelta, a tomar un café o incluso a ir al cine.
Primero miró el dinero que tenía en los bolsillos, no se fuera a quedar verdaderamente en ridículo, y después de hacer cuentas pensando que también tendría que invitar a su futura cuñada, cogió el periódico que cada día leía en la pensión y miró la cartelera a ver si había alguna película que pudiera interesarle. Era muy difícil saber los gustos de aquella chica por las veces que se habían cruzado, pero él ya había sacado sus propias conclusiones.
Parecía un poco ingenua y un mucho romántica, así que al final decidió invitarla a ver "Un retazo de azul". El título era muy sugerente y trabajaba un actor llamado Sydney Poitier. Seguro que le gustaría.
Se miró al espejo por última vez antes de salir y unos ojos verdes aprobatorios le devolvieron la mirada. El pelo completamente rubio y lacio, un poco largo de acuerdo con el gusto de la época que le había tocado vivir. El traje poco adecuado a su edad, pero insustituible, si tenemos en cuenta la escasa variedad de que disponía para elegir entre su limitado vestuario.
Se colocó en el dedo un anillo con sus iniciales grabadas. Miró el reloj y cogió su cartera guardándola en el bolsillo interior de la chaqueta. No faltaba nada. Salió a la calle y la luz del sol le deslumbró. Tenía ganas de comprarse unas gafas de sol desde hacía tiempo, pero no se atrevía a pedir más dinero a sus padres, así que se enfrentó como pudo a aquella inusitada claridad, y emprendió decidido el paseo a la iglesia.
En poco tiempo, pensó, podré hacer este mismo camino para casarme con la chiquilla morena de sonrisa angelical.
Llegó temprano tal como había previsto, pero comprobó que una anciana se le había adelantado, y estaba instalada ya en el sitio estratégico que él tenía pensado ocupar. Se arrodilló justo detrás pensando que de todas formas no era mal sitio, porque así la podría contemplar mejor.
Cuando el cura salió y dijo "En el nombre del Padre...", ella todavía no había llegado. Se empezó a poner nervioso. No podía creer que precisamente ese domingo no viniera a la misa. Miraba inquieto hacia la puerta cada vez que oía el ruido de las antiguas bisagras dando paso a gente que llegaba apresuradamente antes de que empezara la "Lectura del Santo Evangelio según San Juan..."
Quizá la chica hubiera decidido cambiarse de banco, pero ya era casualidad...
El cura seguía con su disertación, y él estaba perdido en sus pensamientos. "Roguemos al Señor..." "Tomad y comed todos de él, porque este es mi cuerpo..."
Ya casi había perdido las esperanzas de encontrarla, cuando percibió una dulce voz que provenía del banco de atrás: "Hosanna en el cielo..." No pudo evitar que su cabeza se volviera de forma instantánea y sus ojos verdes se posaran en ella.
Le recorrió una corriente por su cuerpo y se quedó paralizado, sin saber qué hacer.Ya ni se acordaba del "Padre nuestro" y cuando llegó el momento de intercambiar "la paz" se produjo tal confusión de manos, que no supo a ciencia cierta si consiguió rozar las de ella, las de la hermana o las de la anciana que tenía delante y que insistía en repartir besos a todos los que estaban a su alrededor.
Antes de que tomara conciencia de la realidad, el cura dijo "Podéis ir en paz". Entonces presintió lo que iba a suceder: tendría que esperar otra semana, volvería a sacar su traje de domingo para asistir a la misa siguiente e intentaría de nuevo ver, tal vez hablar, con la que algún día sería su esposa ante los ojos de Dios y de los hombres.



(Junio de 2007)

7 de octubre de 2013

DE PROFESIÓN...

Sus labores, como se decía antes. Esa era mi madre, que barría, fregaba, cocinaba, lavaba, planchaba... así, así... (como cantaban los payasos de la tele), y aparte de hacer ropa para los seis hijos, también cosía y bordaba para otros, con tal de sacar las cuatro pesetas que faltaban en el sobre de mi padre a fin de mes. Y para rematar sus labores, siempre estaba dispuesta a poner inyecciones a cualquier vecino que le pidiera el favor.
Pero hoy voy a hablar de otros personajes de mi niñez que ya no se ven en la vida cotidiana.
La lechera, Anita, hacía sonar sus cacharros al llegar cada mañana al zaguán de casa. Ya nosotros la habíamos divisado asomados a la ventana desde que llegaba a la esquina de la calle, haciendo equilibrios con una cesta de mimbre a la cabeza con varias lecheras dentro y otras pocas en cada mano. No esperábamos a que tocara el timbre sino que salíamos con el caldero mágico para recoger la leche. Muchas veces escuchamos a mi madre decirle que la del día anterior estaba muy “aguada” y a ella jurar y perjurar que no le añadía agua...

Lo del caldero mágico fue una ida de mi padre, una olla blanca que con el tiempo se fue desportillando, que en su interior tenía una especie de tubo por el que subía la leche cuando hervía y volvía a caer en el caldero, evitando que se derramara por fuera, cosa que había sucedido muchísimas veces antes del gran invento.
Otro personaje que esperábamos los niños cada tres o cuatro días era a Andrés, el de “la comida del cochino”. En este caso, solíamos escondernos para que no nos tocara acompañarle al patio a recoger el balde de las sobras alimenticias, que él muy afablemente cambiaba por otro limpio. Lo que no nos gustaba era el aroma que teníamos que soportar sin tener cochino (cerdo, puerco, marrano) en casa.


Andrés, a cambio, cuando hacía la matanza supongo, nos traía algunos chicharrones por aquello de dar las gracias de alguna manera. Eso sí nos apetecía comerlos con gofio...
Pero la que realmente deseábamos que llegara cada día era la panadera. Doña María paseaba elegantemente con una gran cesta en la cabeza repleta de panes y nosotros teníamos dispuesta la bolsa de tela para recogerlos y las pesetas que correspondían. La bolsa era blanca con unos apliques bordados por mi madre, por un lado unas figuras de “la Dama y el Vagabundo”, y por el otro las letras en diagonal “P A N”.


El olor al pan crujiente y la palabra aquella que me encantaba: “Parisién”, sin saber siquiera el significado, era uno de los mejores momentos de la mañana. A veces comprábamos “pan con matalahúva” que a mi padre le gustaba mucho, y después llegaron los panes “sobados”, “integrales” y demás hierbas, y los que ahora compro, que por la noche parecen chicles...
En fin, otro día les hablaré de otros personajes que tocaban a nuestra puerta, unos a cobrar y otros a dejar cartas, por ejemplo.
Y ustedes... ¿con qué personaje de su niñez se quedarían?
 
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