24 de septiembre de 2013

LA TELEVISIÓN

Aquel aparato nos parecía cosa de magia. Cuando en el colegio me hablaron de la televisión, creí que era como tener un cine interminable en casa.


El cine ya lo conocía porque todos los domingos y días de fiesta iba al Teatro Leal, a ver una película. Mi padre era el taquillero, el que vendía las entradas, y si quedaban asientos vacíos, nos dejaba entrar sin pagar.
Pero la televisión era otra cosa según me contaba la niña más pija del colegio, que ya tenía una en su casa. Tener una televisión implicaba estar pendiente todo el día de su programación, desde que conectaba la Carta de Ajuste, que yo la recuerdo con una imagen parecida a un parchís con música repetitiva, hasta que se apagaba por la noche con la Bandera y el sonido del Himno Nacional.


En el barrio donde vivíamos, mi padre fue el pionero en llevar la televisión a casa.
Era un aparato de marca alemana, las mejores del mercado según decían, al cual, debido a su gran tamaño, hubo que hacerle espacio en los reducidos metros de la sala-comedor. Para que no cogiera polvo, mi madre le hizo un forro de tela, del que se subía la parte frontal como si fuera una persiana, para ver la pantalla cuando se encendía.
Muchos domingos por la tarde se reunían en mi casa algunos vecinos, los más jóvenes a disfrutar las peripecias de DON GATO y su pandilla y los mayores a ver las corridas de toros de la época.
Recuerdo el primer año que vimos el interminable desfile militar del Día de las Fuerzas Armadas, con un despliegue inmenso de tropas, cuando un vecino, que era Guardia Civil, ante la mirada atónita de los que allí estábamos congregados, reconoció o creyó reconocer a un amigo entre los cientos de militares que desfilaban, al grito de “Miren a Eustaquio, miren a Eustaquio”. Los más pequeños nos mirábamos unos a otros sorprendidos, no ya de que lo hubiera distinguido, sino de que el vecino pudiera conocer a alguien que saliera por la televisión.

El silencio era absoluto y toda la familia se reunía en torno a aquel aparato que no tenía mando a distancia ni falta que le hacía, porque no había donde elegir y todos estábamos conformes con lo que nos pusieran.
Muchas mujeres querían ser REINA POR UN DÍA, un programa donde se cumplían los sueños de algunas. Otras deseaban tener la virtud de Samantha, la bella EMBRUJADA que conseguía sus propósitos moviendo su pequeña nariz.
LOS INTOCABLES, EL FUGITIVO, MISIÓN IMPOSIBLE O LOS VENGADORES, fueron series inolvidables que nos mantenían en vilo y nos hacían disfrutar casi tanto como el SUPER AGENTE 86 y su zapatófono.


Y a las que nos gustaba la música, teníamos cada domingo ESCALA EN HI-FI, donde actores que luego se hicieron muy conocidos, hacían play-back de las canciones del momento.
Pero la serie que más atrajo mi atención a los doce o trece años fue MR. NOVAK, probablemente por el actor que la protagonizaba, James Franciscus. Daba vida a un profesor guapísimo, que se involucraba en las vidas de sus alumnos y compañeros de una Universidad de Los Angeles.


Yo soñaba con que uno así llegara a mi vida estudiantil, en lugar del rudo profesor de matemáticas que me daba clase, de cuyo nombre no quiero acordarme.
Y ustedes ¿qué pograma recuerdan de la televisión de su niñez?

16 de septiembre de 2013

La Barranquera



Mi familia era más de ciudad. No se encontraba entre nuestras costumbres irnos de playa, a pesar de lo cerca que teníamos el mar, ni siquiera un simple bañador formaba parte de nuestro vestuario. Lo más que hacíamos era remojarnos los pies cuando mis padres nos llevaban de paseo a cualquier orilla de la costa lagunera.
La Barranquera, en Valle Guerra, era casi siempre la playa elegida, no para darnos un baño de agua salada, precisamente, sino para visitar a doña Juana y doña Josefa, dos conocidas que tenían su casa allí mismo.
Generalmente, las visitas se hacían por la tarde, a la hora del café y antes de que nos diera la noche por el camino, ya que teníamos que coger la guagua para volver a La Laguna.
Algunas veces sorprendíamos “enamorando” a la hija de una de las dos, no recuerdo bien. En aquellos tiempos, se “enamoraba”, y para eso se establecían unas normas.
Primero, el pretendiente tenía que solicitar permiso a los padres para hablar con la chica, después debía llegar e irse a la hora que previamente se había decidido, y por supuesto, nada de tocamientos obscenos ya que te ponían una carabina vigilante (acostumbraba ser la hermana menor) que se chivaba a la madre en cuanto notaba algún acercamiento extraño.
Claro está que siempre se encontraba excusa para hacer pequeños y recompensados encargos a la niña, momento que aprovechaban los acalorados amantes para dar rienda suelta a sus pasiones contenidas.
Todo eso lo fui aprendiendo con el tiempo, no piensen ustedes otra cosa, que los escarceos amorosos de mi juventud se vivían (cuando no teníamos carabina) en la oscuridad del Camino Largo, y como decía la madre de mi amiga Nachi, de mitad del cuerpo para arriba, porque de mitad para abajo entrañaba mucho peligro...

Y hablando de peligros, el que un día me produjo la playa de La Barranquera, que no era tal playa, sino unas rocas llenas de musgos con unos charcos deliciosos para refrescarnos en los días de verano de mi niñez.
Habíamos ido a visitar, como he dicho, a doña Juana y doña Josefa, pero esa vez fue por la mañana. Una de las hijas (no sé si la que enamoraba) me prestó un bañador para que hiciera mis primeros pinitos en el agua salada. No duden que el bañador me lo puse encima de mis braguitas y mi camisilla por aquello del decoro infantil... y allí estuve chapoteando un buen rato ante la mirada expectante de mi madre, que se quedó en la orilla por si acaso.
El por si acaso no tardó en llegar, porque me fui animando y confiando, sin tener en cuenta las piedras traicioneras y deslizantes por las algas, que me hicieron caer dentro del charco dándome un remojón total, a la par que un costalazo que me dejó las marcas para un tiempo y el miedo en el cuerpo para posteriores intentos natatorios.
Pero ¿y lo fresquita que estaba el agua de La Barranquera? En fin, tendré que volver pronto por allí, a rememorar mi niñez y a ver si reconozco al menos el charco traidor...
 
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