28 de noviembre de 2012

MARSHALL

¿Hay alguien que no sepa dónde están las Islas Marshall??

Sí, hombre, la República de las Islas Marshall..., de clima tropical..., al Noreste de Australia..., con esos datos ya tienen que saber donde están... ¿no?

Que sí, mujer, que fueron descubiertas por un español, Alonso de Salazar, allá por el siglo XVI..., que el idioma oficial es el marshalés de toda la vida..., con un porcentaje de desempleo del 31% y con una altura máxima de 8 metros, lo que las convierte en un país en peligro de extinción, debido al aumento del nivel del mar... ¿todavía no saben de qué les hablo? ¿no?

Pues muy mal, porque desde el pasado mes de agosto, en el Boletín Oficial del Estado Español, se publicó la creación de una Oficina Consular Honoraria de España en dicha República. ¡¡Estupendo!!

La necesidad de crear esta Oficina en las Islas Marshall se justifica por la gran extensión de las islas y por la complejidad para asistir eficazmente a los residentes (no sé cuántos habrá) y turistas españoles en aquella zona...

Me parece una justificación totalmente justificada...

Supongo que se nombrará a un honorable cónsul, a los que podremos añadir unos honorables asesores, otros pocos honorables técnicos, un par de honorables adjuntos, y otros 3 o 4 honorables administrativos, cuyo honorable currículum será su honorable fidelidad al partido; esto es un suponer ¡eh!, que no está nada confirmado...

Yo sólo digo aquello de ¡manda huevos! como en España estamos tan bien, nos sobra de todo y todo el mundo tiene trabajo, vivienda, educación y sanidad adecuada, pues vámonos todos a las Islas Marshall, que el resto de las islas españolas ya están bien surtidas y no les falta de nada...

Grrrrr!!

Y como diría Alijodos
¡¡¡País!!!

24 de noviembre de 2012

EL BELÉN

Mi madre era la que dirigía nuestras pequeñas manos, decididas a formar el más bello de los Belenes.

Como cada año por estas fechas, nos entraba la prisa por iniciar los preparativos navideños y nos poníamos pesados para que nos buscara la caja que dormía desde el año anterior en no sé qué armario, con las figuritas que componían “el Nacimiento” envueltas en hojas de periódicos.

El sábado por la tarde era siempre el día elegido. Impacientes desenvolvíamos los paquetes y ordenábamos las piezas: el pastor que llevaba en sus brazos un cordero blanco, los tres Reyes Magos con sus camellos, la Virgen, San José y el Niño Jesús, y la figura que todos queríamos ser los primeros en encontrar, el cagón.

Nos hacía mucha gracia aquel hombre con los pantalones bajados hasta las rodillas y en posición forzada que, aunque mi madre decía que era símbolo de prosperidad, escondíamos entre los matorrales, para que lo descubrieran los amigos que venían a visitarnos.

La hierba bordeaba un río simulado con papel brillante, y un trozo de espejo hacía las veces de lago donde se mantenían estáticos los patitos blancos.

Una y otra vez poníamos en pie el camello del rey Baltasar, que continuamente parecía descansar debido a una pata que apenas aguantaba el equilibrio.

La mula gris y el buey marrón, fieles guardianes del recién nacido, se mostraban indiferentes a todo lo que sucedía a su alrededor.

El castillo del rey Herodes, apartado en la cima de una montaña ficticia, nos avisaba de la maldad del personaje que no quería saber nada de niños inocentes.

Cada figurita iba tomando su lugar en el conjunto, y presidiendo la humilde cabaña y señalando el lugar del alumbramiento, una estrella medio resquebrajada por el tiempo, que en su día fue brillante y plateada, y que tal vez no aguantaría otro año más los vaivenes en la caja que mi madre guardaba.

El ritual de las Navidades finalizaba con el encendido de unas diminutas luces de colores que nos llenaban de alegría durante unos pocos días en que esperábamos impacientes la llegada de los Reyes Magos.

Ese ritual es el que me ha hecho poner hoy patas arriba todos los armarios de mi casa, buscando una caja con figuritas de Belén.
 
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