26 de agosto de 2011

¿QUÉ LE PASA A LA GALLINA?

¿Qué te pasa, Galliligia, que ya no pones huevos? - le preguntaba con cariño su amiga Gallisefa.
Cada mañana se levantaba haciéndose la misma pregunta, pero durante el día tenía otras ocupaciones que le impedían dedicar tiempo a esos menesteres.
No se quería obsesionar con el tema porque ya no tenía edad para ello, pero la verdad es que un cúmulo de circunstancias la envolvían, quitándole la tranquilidad que necesitaba.
Estaba contenta porque sus polluelos habían vuelto al hogar, y a ella misma la habían cambiado a una nueva granja, pero el estar más acompañada que antes, no hacía que se sintiera mejor. Había perdido su intimidad y sus pensamientos eran constantemente interrumpidos por la conversación de sus nuevas compañeras que tal vez pretendían hacerle más llevaderos los días.
Por las tardes, dedicaba su esfuerzo a resolver difíciles puzzles, dando forma a las distintas piezas hasta conseguir bellos cuadros.
Cuando lograba asentar sus posaderas en el lugar idóneo, le surgían sin querer enigmáticas telas de araña que debía ir desenredando poco a poco para despejar su mente más que su cuerpo.
A veces, buscaba en sus recuerdos de juventud, rememorando horas felices con sus polluelos.
Y así, casi sin darse cuenta, pasaban las horas, los días y las semanas.
Ahora, Galliligia solo espera tener un par de semanas libres para quedarse en su hogar, sin la obligación de madrugar para ir a la granja, y sobre todo, necesita la certeza de que, a pesar de su edad, puede volver a poner huevos de vez en cuando con total tranquilidad.

 
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