26 de junio de 2011

Corpus Lagunero


Un día soleado, más bien acalorado...

Las flores preparadas

Las turroneras también

Hasta los niños hacen sus alfombras de Corpus

Esta representa la Casa de Osuna, de la que ya hablé en Marzo pasado

Para algunas utilizan sal teñida de colores

Pero las más bellas son de flores naturales

Flores derramadas por un día...

...o durante una Cena

24 de junio de 2011

JOSEÍTO


Usaba unos pantalones anchos de color verde botella, una camisa a cuadros remangada por debajo del codo y una boina negra que tapaba su cabeza casi calva. Solía llegar a nuestra casa de improviso, a horas de almorzar, generalmente los primeros viernes de mes y cargado con la compra que ya había hecho, para luego vender en su pequeña tienda del pueblo.
Mi madre se preocupaba, no por la visita en sí, a la que ya nos habíamos acostumbrado, sino por no tener un almuerzo digno que ofrecerle, sobre todo cuando estábamos a finales de mes, los alimentos de la despensa escaseaban y los débitos en casa de don Juan “el Gago” aumentaban.
Él, conocedor de la situación económica que estábamos pasando, se ofrecía para ayudar, pero mi madre nunca le aceptó más ayuda que la de pelar las papas en la cocina, o desplumar una gallina en el patio con mucho salero.
Para nosotros, los pequeños, era todo un acontecimiento la llegada de Joseíto “el de Las Carboneras”. Por supuesto, la palabra homosexual o gay no existía en nuestro vocabulario, y lo único que notábamos, aparte de algún movimiento exagerado en sus manos, era lo mucho que hablaba cuando después de comer, se tomaba el café con las vecinas que venían a saludarlo.
Se ponían al día de todas las noticias del pueblo: alguna boda inminente debido a un embarazo fortuito, una muerte repentina con una herencia millonaria o incluso, alguna separación amorosa que daba al traste con muchos años de matrimonio. En este último caso, Joseíto repetía aquello de “se veía venir, se veía venir”, y las vecinas respondían “no me lo puedo creer, no me lo puedo creer”.
Con los ecos de los últimos comentarios en boca de alguna, se marchaban dejando descansar a Joseíto un rato hasta que llegaba la hora de coger la guagua para volver al pueblo. Se despedía siempre con la misma frase: “El próximo día que venga me lo llevo”, en alusión directa a un cuadro de longitud exagerada para llevarlo bajo el brazo, con una imagen de la Virgen del Carmen y el Niño Jesús sentado en sus rodillas.
—Es precioso, Mary. Hoy no, porque voy cargado, pero el próximo día me lo llevo.
Mi madre asentía con la esperanza de que así fuera porque, aunque le apenaba desprenderse de aquella imagen virginal, reconocía que el cuadro ocupaba casi toda una pared de la pequeña habitación donde jugábamos, dormíamos, era el lugar de costura y además, el santuario de reunión obligada de las vecinas para tomar el café cada tarde y contar los últimos cotilleos del barrio, amén de los comentarios mensuales el día que sin avisar, aparecía Joseíto “el de Las Carboneras”.

20 de junio de 2011

El cobre


-¡Coño con la tercera pieza de la tetera! –pensó la Lore tratando de guardar la compostura.
-No te preocupes, Lore, es de cobre, y muy difícil de romper –la consoló diligente Terelu, recogiendo la pieza de donde había ido a parar en su caída.
-¿De cobre? –Se le iluminaron los ojos-. Júrame por la Esteban que no se ha roto, porque voy corriendo al polígono, que mi tío Miguel tiene mucho cobre y le digo que me haga una igual.
-No, mujer, no se ha roto. Ya voy a hacer el té con canela que te prometí.
Mientras Terelu entraba en la cocina, los pensamientos de la Lore se entremezclaban. Cuando había recibido la invitación para tomar el té, pensó en darle una negativa, porque hacía poco tiempo que la conocía, pero rápidamente lo vio como una posibilidad de adentrarse en ese mundo pijo que tanto admiraba.
Recorrió el salón deteniéndose ante los cuadros multicolores, tratando de encontrarles un sentido. Por más que giraba la cabeza a un lado y otro moviendo las grandes argollas que llevaba, no entendía nada, así que pronto perdieron su interés. Se volvió hacia la colección de teteras que Terelu le estaba enseñando antes del estropicio. Allí podía haber más de doscientas, y si todas eran de cobre…
Estaba cogiendo el bolso falsificado de Carolina Herrera para salir corriendo, cuando entró en el salón Terelu empujando un carrito con unas apetecibles pastas y el oloroso té de canela.
-¿Te ibas? –preguntó.
-Es que tengo que bajar a la cabina, a llamar, porque el móvil lo tengo descargado. Se me olvidó decirle una cosa a la mama –contestó nerviosa-. Pero bueno, primero me como las galletitas y luego me voy ¿VALE?.
La llamada al tío Miguel para avisarle de todo el cobre que había “disponible” en aquella casa podía esperar…



(Trabajo de Taller Literario: La historia tenía que empezar por la frase susodicha y referirse a una chica "poligonera")
 
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