Usaba unos pantalones anchos de color verde botella, una camisa a cuadros remangada por debajo del codo y una boina negra que tapaba su cabeza casi calva. Solía llegar a nuestra casa de improviso, a horas de almorzar, generalmente los primeros viernes de mes y cargado con la compra que ya había hecho, para luego vender en su pequeña tienda del pueblo.
Mi madre se preocupaba, no por la visita en sí, a la que ya nos habíamos acostumbrado, sino por no tener un almuerzo digno que ofrecerle, sobre todo cuando estábamos a finales de mes, los alimentos de la despensa escaseaban y los débitos en casa de don Juan “el Gago” aumentaban.
Él, conocedor de la situación económica que estábamos pasando, se ofrecía para ayudar, pero mi madre nunca le aceptó más ayuda que la de pelar las papas en la cocina, o desplumar una gallina en el patio con mucho salero.
Para nosotros, los pequeños, era todo un acontecimiento la llegada de Joseíto “el de Las Carboneras”. Por supuesto, la palabra homosexual o gay no existía en nuestro vocabulario, y lo único que notábamos, aparte de algún movimiento exagerado en sus manos, era lo mucho que hablaba cuando después de comer, se tomaba el café con las vecinas que venían a saludarlo.
Se ponían al día de todas las noticias del pueblo: alguna boda inminente debido a un embarazo fortuito, una muerte repentina con una herencia millonaria o incluso, alguna separación amorosa que daba al traste con muchos años de matrimonio. En este último caso, Joseíto repetía aquello de “se veía venir, se veía venir”, y las vecinas respondían “no me lo puedo creer, no me lo puedo creer”.
Con los ecos de los últimos comentarios en boca de alguna, se marchaban dejando descansar a Joseíto un rato hasta que llegaba la hora de coger la guagua para volver al pueblo. Se despedía siempre con la misma frase: “El próximo día que venga me lo llevo”, en alusión directa a un cuadro de longitud exagerada para llevarlo bajo el brazo, con una imagen de la Virgen del Carmen y el Niño Jesús sentado en sus rodillas.
—Es precioso, Mary. Hoy no, porque voy cargado, pero el próximo día me lo llevo.
Mi madre asentía con la esperanza de que así fuera porque, aunque le apenaba desprenderse de aquella imagen virginal, reconocía que el cuadro ocupaba casi toda una pared de la pequeña habitación donde jugábamos, dormíamos, era el lugar de costura y además, el santuario de reunión obligada de las vecinas para tomar el café cada tarde y contar los últimos cotilleos del barrio, amén de los comentarios mensuales el día que sin avisar, aparecía Joseíto “el de Las Carboneras”.
Mi madre se preocupaba, no por la visita en sí, a la que ya nos habíamos acostumbrado, sino por no tener un almuerzo digno que ofrecerle, sobre todo cuando estábamos a finales de mes, los alimentos de la despensa escaseaban y los débitos en casa de don Juan “el Gago” aumentaban.
Él, conocedor de la situación económica que estábamos pasando, se ofrecía para ayudar, pero mi madre nunca le aceptó más ayuda que la de pelar las papas en la cocina, o desplumar una gallina en el patio con mucho salero.
Para nosotros, los pequeños, era todo un acontecimiento la llegada de Joseíto “el de Las Carboneras”. Por supuesto, la palabra homosexual o gay no existía en nuestro vocabulario, y lo único que notábamos, aparte de algún movimiento exagerado en sus manos, era lo mucho que hablaba cuando después de comer, se tomaba el café con las vecinas que venían a saludarlo.
Se ponían al día de todas las noticias del pueblo: alguna boda inminente debido a un embarazo fortuito, una muerte repentina con una herencia millonaria o incluso, alguna separación amorosa que daba al traste con muchos años de matrimonio. En este último caso, Joseíto repetía aquello de “se veía venir, se veía venir”, y las vecinas respondían “no me lo puedo creer, no me lo puedo creer”.
Con los ecos de los últimos comentarios en boca de alguna, se marchaban dejando descansar a Joseíto un rato hasta que llegaba la hora de coger la guagua para volver al pueblo. Se despedía siempre con la misma frase: “El próximo día que venga me lo llevo”, en alusión directa a un cuadro de longitud exagerada para llevarlo bajo el brazo, con una imagen de la Virgen del Carmen y el Niño Jesús sentado en sus rodillas.
—Es precioso, Mary. Hoy no, porque voy cargado, pero el próximo día me lo llevo.
Mi madre asentía con la esperanza de que así fuera porque, aunque le apenaba desprenderse de aquella imagen virginal, reconocía que el cuadro ocupaba casi toda una pared de la pequeña habitación donde jugábamos, dormíamos, era el lugar de costura y además, el santuario de reunión obligada de las vecinas para tomar el café cada tarde y contar los últimos cotilleos del barrio, amén de los comentarios mensuales el día que sin avisar, aparecía Joseíto “el de Las Carboneras”.











18 despertares:
Desconocía la existencia de este personaje. Tal y como describes la situación, me hubiera gustado conocerlo.
BESOS.
infinitas gracias por darnos a conocer tan bellisima historia, esta asturiana amiga y admiradora te manda un besin muy grande y te desea con todo cariño ¡¡¡ feliz noche de san xuan¡¡¡
Muy interesante, un grato placer leer tus bonitas entradas.
que tengas un feliz fin de semana.
un abrazo.
Me ha gustado el relato y sobretodo que vuelvas a "ponerte las pilas" y escribas en tu blog.
Un abrazo.
Creo que con alguna variante todos hemos conocido a un personaje como este Joseíto tuyo.
Me ha gustado la historia y está perfectamente escrita.
Nos has trasladado a la pequeña sala y a la generosa escasez de antes, y a la compllicidad vecinal y al respeto de todos hacia todos, aunque desconocíeramos la palabra gay.
Besos
Me alegra mucho que retomes la escritura.
Cuando te leí por primera vez me encantaron tus historias.
Luego lo fuiste dejando, pero, al fin, has vuelto. Y me haces , nuevamente, disfrutar
Ligia, son muy amenas tus historias!! ya me apronto paras las fotos que sacarás este verano, ;-)
Que tengas un buen finde!!
besos,
Ali
Bellisima esta historia.Un abrazo.
(¯`v´¯)
`•.¸.•´
¸.•´¸.•´¨) ¸.•*¨)
(¸.•´ (¸.•´ (¸.•´¯`•-->¡¡ Con Amor te saludo ¡¡(¯`v´¯)
`•.¸.•´ Feliz Finde.
¸.•´¸.•´¨) ¸.•*¨)
(¸.•´ (¸.•´ (¸.•´¯`•-->Gracias por visitar mi blog.
Estupendo el post que nos has dejado.
Saludos y un abrazo.
Me encantaría encontrarme cara a cara con Joseíto
Como si lo viera...
Un beso.
Preciosa y entrañable historia; es como si yo hubiera estado allí...!!
Besos mil.
preciosa historia.. desconocido para mi..
un abrazo!
Ligia:
hermosa historia
desconocida para mi..
besos
Me quedé con la duda de si al final terminó por llevarse el cuadro.
Un personaje muy interesante.
Pues sí, Leodegundia, terminó llevándose el cuadro. Pero eso es otra historia.
Gracias a todos por los comentarios.
Abrazos
Es lo tuyo Ligia. Relatar tus vivencias, que luego yo hago mías porque las viví exactamente iguales, pero en otros lugares, y en otros años.
Pero los años, por entonces, eran eternos y las gentes, las familias, los lugares no se diferenciaban mucho si se pertenecía a un clase parecida. O al menos eso es lo que yo creo.
Gracias por hacerme recordar tantas cosas de mi niñez, besotes
Pues vaya...después de tantos viajes y paseos a Las Carboneras con nuestro padre para actualizar el Padrón de habitantes, después de tantos paseos y montaditas en el trillo de la era, con el trigo, el cacharro para cuando a las "vaquitas les daba por orinar", después de tantos días quedándonos en la venta, después de todo eso...me vengo a enterar que se llamaba... Joseíto???? en lugar de Juanito???
A ver, necesito que me expliques eso urgentemente...
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