27 de agosto de 2010

Delibes

Tendría yo catorce o quince años… Aunque siempre he nombrado a mi padre como el que me enseñó a “leer”, a manejar un diccionario y a interesarme por la Literatura y la Historia, fue mi hermano mayor el que un día me aconsejó y me prestó un libro: “Cinco horas con Mario”, de Miguel Delibes.

Recuerdo que sus letras me atraparon desde el primer momento. Sentía que yo estaba acompañando a Carmen, la protagonista, en la sala del velatorio de su esposo Mario, que reposaba inerte en el féretro. No había nadie más en aquella habitación oscura, nadie de su familia, así que no me podía ir dejando a aquella mujer hablando sola.
A medida que la escuchaba, comprendía su insatisfacción, los reproches que le hacía a Mario sobre su vida en común, su desconfianza ante la posible relación amorosa que él mantenía con su cuñada Encarna. Él era un catedrático que se relacionaba con el bedel del Instituto, lo que era una humillación para Carmen.
Entendía su desazón porque Mario nunca quiso comprar un coche que en aquellos tiempos le hubiera cambiado la vida, y soñé con la cubertería para la que estuvo esperando como regalo durante veintitrés años…
Seco, despegado, poco efusivo, todo eran críticas hacia el silencioso Mario. No sé en qué punto del libro fue cambiando mi apreciación por él. Empecé imaginándomelo en su humilde bicicleta mientras pedaleaba incansable hasta el Instituto. Lo descubrí en el sabio ejercicio de escribir versos que, imperdonablemente, nunca le leyó a Carmen. Entendí su forma de pensar, tolerante, intelectual, de ideas progresistas, que soñaba con la libertad y la igualdad entre los hombres, ideas inconcebibles para el sistema de valores de Carmen, para la que las apariencias y la buena posición en la sociedad eran primordiales.
Termina la noche y acaba el monólogo. Creció mi antipatía hacia Carmen. Más todavía cuando empieza un nuevo día, se llevan el cadáver de Mario, y es ella la que queda aquí. Es la hora de la despedida.

Miguel Delibes, vallisoletano, escritor y novelista incansable, calificado como “maestro de narradores”, hace casi seis meses que no está entre nosotros. Cualquiera de sus obras merece la pena volver a ser leída. Y “Cinco horas con Mario” es una de ellas.

13 de agosto de 2010

P R A G A (3)

...y última. No se vayan a pensar que esto no tiene fin.
Continúo relatándoles mi semanita viajera y bien aprovechada, porque a fin de cuentas eso es lo que me queda: el recuerdo, las fotos y la experiencia.
Tanto mi cuñada como yo, habíamos leído mucho en Internet sobre la ciudad: qué ver, qué hacer y qué comprar...
El transporte está muy bien organizado, así que decidimos aprovechar el tranvía para los desplazamientos y compramos bonos. Como nos advirtieron que hay muchos inspectores comprobando cada día si están validados, yo registré el mío en la maquinita las cuatro veces que me subí; se sobrescribió tanto que ni se entendía la fecha. Menos mal que al final nadie me lo pidió. Después me di cuenta que la gente entraba y muy pocos lo validaban. Supongo que ya lo habían hecho a primera hora o que no les importaban los inspectores… Un bono de 24 horas cuesta 100 Coronas checas (unos 4 €) y te puedes subir todas las veces que quieras. Las estaciones las nombrábamos en nuestro propio idioma: “Malastrancas” “Estaromesca” “Chechu Mos” y así ya las identificábamos… porque mira que es difícil el idioma checo…

Llevaba información sobre una exposición de artistas canarios en el Ayuntamiento de Praga, y claro está ¿Cómo no va a ir una canaria a verla estando tan cerca? (Seguro que si llega a estar en la isla, no voy, ja, ja) Nos costó un poco encontrar el dichoso Ayuntamiento, pero al final pudimos verla, previo pago de la entrada correspondiente.
Otra cosa a la que no pudimos resistirnos fue asistir a un concierto. Seguro que a mi amigo Albino le hubiera encantado tanto como a nosotros. En la Iglesia de San Francisco de Asís, con una estupenda acústica y a precio de estudiante, escuchamos distintas piezas de Ave María.

El día que fuimos al Castillo de Praga, entramos en el Museo del Juguete, donde permanecen intactos trenes antiguos, muñecas de cartón, soldados y vaqueros que algún día fueron divertimento de niños de otra época.
Con motivo de los cincuenta años de Barbie, tienen una gran exposición con vestidos de todo tipo, desde Marilyn hasta Escarlata, pasando por Mary Poppins o Blancanieves. Una verdadera gozada.
Creo que aprovechamos bastante bien el viaje y nos defendimos mejor. En honor a la verdad, “se defendieron” porque reconozco que los mapas y yo no nos entendemos…
Visitamos una sinagoga de las seis que sirven de atracción a los turistas, junto con el Cementerio Judío, y nos dimos por satisfechos. Y hasta tuvimos tiempo para descansar en algún parque, con jardines y fuentes.
El último día nos despedimos del hotel como expertos, a diferencia del primer día cuando llegamos a las cinco de la mañana al ascensor y que ni para arriba ni para abajo, hasta que llegó el recepcionista y nos indicó con gestos que metiéramos la tarjeta que también abría la puerta de la habitación… Él diría “vaya entrada de paletos” y nosotros muertos de risa pulsando desesperadamente el número del piso…

En fin, son anécdotas para el baúl de los recuerdos, que he querido compartir con ustedes y que espero les haya entretenido.

7 de agosto de 2010

P R A G A (2)

En un viaje a Praga es casi obligatorio acudir a una representación del Teatro Negro. Para los que no lo conozcan, les diré que son obras de teatro mudas, cobrando la música especial importancia. Los objetos iluminados, los artículos fosforescentes o personajes flotando en el fondo negro son algunos de los elementos que hacen especial este arte. Nosotros fuimos a ver la obra “Fausto”, basada en la obra de Goethe y realmente nos encantó.





También tenía interés en visitar al Niño Jesús de Praga, al que se tiene especial devoción entre los españoles. Es una imagen diminuta hecha de cera que al parecer, fue esculpida en España en el siglo XVI.Fue regalada al Monasterio de los carmelitas descalzos que regentaban la iglesia en Praga, por Dª Polixena Lobkowitz, quien a su vez la había recibido como regalo de bodas de su madre, Dª María Manrique de Lara, condesa española casada con un noble checo. Visitamos también el curioso Museo con todos los vestidos del Niño Jesús, regalo de diferentes países.







Particular interés despierta el edificio conocido como “La casa bailante”, ejemplo de arquitectura contemporánea. Según he leído, también se la conoce como “Ginger & Fred” en recuerdo de Ginger Rogers y Fred Astaire.






Esta es la Plaza de San Wenceslao, donde también encontramos espléndidas casas y palacios que dan muestra del desarrollo de una arquitectura moderna. El edificio del Museo Nacional domina toda la plaza.


Realizamos una excursión a la ciudad de Karlovy Vary, que recibió este nombre en honor del emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico, Carlos IV. Esta ciudad es conocida porque se desarrolla allí un Festival Internacional de Cine, y los personajes ilustres que la visitan se hospedan en el Grand Hotel Pupp, situado al mismo borde del Río.

Es famosa históricamente por sus fuentes termales (12 fuentes principales y unos cientos más pequeñas) y el río Teplá, también de aguas calientes. Las fuentes principales están protegidas por unas columnatas que son verdaderas obras arquitectónicas.

Bebimos algunos sorbitos del agua, que se supone tiene propiedades medicinales, e incluso derramé un poco encima de mi pie para que pudiera seguir aguantando las caminatas que todavía me esperaban...

3 de agosto de 2010

PRAGA (1)


He ido de viaje a PRAGA, capital de la República Checa. Les comparto mis impresiones y mi experiencia de esta semana, en la llamada “ciudad de las cien torres”, a donde fuimos en vuelo directo desde Tenerife.
Ya conocen mi nerviosismo a la hora de coger un avión, sumado este año al que me producía el hecho de viajar por nuestra cuenta (no en viaje organizado como hacíamos otras veces), a un país extranjero con un idioma rarísimo, con moneda distinta al euro y con mi “astrágalo” a cuestas…
Pero puse en la balanza precisamente el hecho de que íbamos con total tranquilidad, sin depender de un grupo que fuera con prisas de un lado a otro; que estaríamos toda la semana en el mismo hotel, con lo que podría descansar cada vez que quisiera; que nos defenderíamos con el poquito de inglés que sabemos, y con la cuenta hecha de que 100 Koronas checas (moneda del país) significan 4 Euros más o menos… Así que me decidí…



Mi Alejandro, mi hermano Melquiades y mi cuñada Nieves, a los que desde aquí pido perdón por frenar su ritmo y les doy gracias por su comprensión, me acompañaron en esta aventura, como en años anteriores.
Anoté muchas anécdotas en mi cuaderno, y una de ellas fue en el avión de ida. Para el vuelo de cinco horas que teníamos por delante, habíamos decidido llevarnos unos sándwiches. Cuando ya me había comido uno, supongo que ante las risitas irónicas de los que estaban sentados al lado, llegó la azafata con el carrito repartiendo la cena… Ya se imaginarán la cara de pardilla que se me puso y las risas que tuvimos a cuenta de los sándwiches.


A las cinco de la mañana más o menos llegamos al hotel, que estaba situado muy céntrico, con la parada del tranvía a la misma puerta y a muy poca distancia del Puente de Carlos, monumento más visitado de Praga, donde cada día se mezclan músicos, pintores y vendedores con los cientos de turistas que por allí paseamos.
Este puente tiene más de 500 metros de longitud y cuenta con 28 esculturas a los lados. La de San Juan Nepomuceno es la más antigua y está colocada donde al parecer, el cuerpo del santo fue arrojado al río. En el zócalo de la estatua hay unos relieves que, según dicen, brinda suerte al que los toca, así que por allí dejé mi huella.



Dimos un paseo en barco por el Río Moldava, el más largo de la República Checa, acompañados de un acordeón, con chupito de Becherovka (bebida típica) incluido. El Puente de Carlos lo atraviesa desde la Ciudad Vieja a la Ciudad Pequeña, y logré subir a una de las torres que flanquean el puente, con ciento y no sé cuántos escalones de piedra para hacer algunas fotos. Llegué arriba agotada, pero valió la pena contemplar la ciudad desde todos los ángulos.


En la Torre del Ayuntamiento de la llamada Ciudad Vieja se concentra una multitud cada hora para contemplar el mecanismo del Reloj Astronómico:
La muerte tira de la cuerda de una campana y al escucharse el canto de un gallo, el reloj empieza a dar las campanadas, mientras se van asomando los 12 apóstoles cuando se abren las pequeñas ventanas.
Es todo un espectáculo que nosotros disfrutamos varias veces.
Caminamos, caminamos y también caminamos. Vimos museos, iglesias, exposiciones, fuentes, disfrutamos del Teatro Negro de Praga y hasta asistimos a un concierto. Los distintos zapatos que llevé no sirvieron para evitar el malestar en el pie y el cansancio, pero aguanté como pude.


Hicimos una excursión a la ciudad de Karlovy Vary, de la que hablaré otro día, y como no quiero cansarles, termino aquí este post para seguir ordenando las fotografías, la memoria y las cuentas, no sin antes dejarles una imagen de la curiosa escultura que por cierto, nos costó un poco encontrar, dedicada al escritor checo Franz Kafka.
 
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