21 de abril de 2010

RECUERDOS


Como era costumbre en verano, mi madre nos vestía con los vestidos primorosos que ella misma confeccionaba, y salíamos en familia dispuestos a pasar el domingo fuera de casa.
Algunas veces, más bien pocas, cogíamos el taxi de don Lorenzo, un amigo de mi padre, que le hacía buen precio por llevarnos de paseo al tiempo que encontraba compañía para sus fines de semana en soledad. Se había quedado viudo no hacía mucho, y las horas en que no trabajaba con su viejo Mercedes se le hacían eternas, así que aprovechaba esas ocasiones para distraerse y reírse con nosotros.
Pero la verdad es que la mayoría de las veces cogíamos la guagua en nuestras salidas domingueras. Esperábamos pacientes en la parada hasta que aparecía aquel vehículo de color rojo que circulaba a velocidad lenta, pero que nos llevaba con total seguridad a cualquier lugar de la isla.A mi padre le gustaba mucho ir a Tacoronte, ciudad que se encuentra a unos diez kilómetros de La Laguna, distancia que en aquel entonces suponía una lejanía considerable. La guagua nos dejaba en el mismo centro del pueblo. En la plaza de la Estación jugábamos un rato y cuando las ganas de comer hacían mella en nuestros estómagos, íbamos al bar cercano de doña Felisa que con maestría nos preparaba para almorzar pescado guisado y papas con mojo de cilantro. El polo de hielo que nos servía de postre lo íbamos saboreando durante la posterior caminata hasta la Iglesia del Cristo de Tacoronte. Lo hacíamos en fila india, por el borde de la estrecha carretera, y cada tramo de ocho o diez árboles aparecía un letrero que indicaba: ¡Peatón, a tu izquierda!, advertencia que nosotros respetábamos bajo la atenta mirada de nuestra madre.
La imagen del Cristo era para mí un enigma. Me preguntaba cómo podía estar vivo, mantenerse de pie y abrazado a la cruz después del suplicio que había pasado. Conocía todas las etapas de la Pasión porque mi padre nos lo había explicado con detalle, y mi referente era el Cristo de La Laguna, que se muestra agonizante crucificado con clavos en las manos y los pies. Gran diferencia y todo un misterio.
A media tarde, volvíamos a la Estación a coger la guagua para regresar a casa. Se convirtió en costumbre que mi hermana y yo cantáramos durante el trayecto para entretenimiento del resto de viajeros, orgullo de mis padres y disgusto de mi hermano mayor, que miraba para otro lado con disimulo.
Nos sabíamos todas las canciones de aquella época, pero recuerdo nuestro asombro el día en que, una señora que estaba en el asiento de delante, volvió la cabeza hacia nosotras y poniendo en su mirada la picardía apropiada y con la misma entonación que le daba Sara Montiel, finalizó la frase de la canción del “Polichinela” con un “¡Ay, nena, qué asediada estás!”.
Entonces, como por encanto, se animaron todos los viajeros y formando un coro perfecto, continuaron con el estribillo de la canción:

“Cata-catapun, catapun pon candela,
alza pa'rriba polichinela.
Cata-catapun, catapun, catapun
como los muñecos en el pim-pam-pum”


Esa noche, mi sueño se confundió con polichinelas…

8 de abril de 2010

La planta

Iba a la consulta cada semana. La atendía muy amable una joven dietista- nutricionista que, al tiempo que le hacía las preguntas de rigor, medía su cintura, su contorno de pecho y sus muslos; la pesaba, y anotaba con exactitud los datos que la balanza y la cinta métrica arrojaban sin pudor.
Pasó cierta vergüenza en la primera visita, pero la doctora le infundió muchos ánimos para conseguir la meta que se propuso, que no era otra que bajar kilos y centímetros de su organismo.
Le recomendó una dieta en la que podía comer “de todo”, excepto papas, pan, pastas, arroz, legumbres, dulces, carnes grasas, embutidos, mariscos, bebidas alcohólicas, agua con gas… ¿Dijo de todo? Hacer ejercicio físico y beber mucho agua. Las primeras semanas las tomó como adaptación a su nueva situación alimenticia, así que no se inquietó por los escasos gramos que disminuyeron a la hora de pesar su orondo cuerpo.
Cumplía lo mejor que podía con la dieta aconsejada. Cada semana le restaban o añadían algún tipo de alimento, lo cual distraía su monotonía comestible. Y cada semana, el suplicio de la pesa la conducía a un acto de penitencia y enmienda en su disciplina o, por el contrario, al placer de permitirse alguna frugalidad extra.
Llegaba puntual a la consulta, pero siempre tenía que esperar un tiempo prudencial en la sala, donde se encontraba con los mismos personajes cada semana. La mayoría eran señoras que, como ella, tenían un considerable sobrepeso y otras que ya mostraban síntomas claros de obesidad. Algunas personas no encajaban en el cuadro, como un silencioso señor que solía sentarse en una esquina de la sala. Mientras esperaba su turno, rellenaba incansable un cuaderno de pasatiempos que parecía saber de memoria. O alguna delgada jovencita con cuerpo de modelo a la que el resto miraba sin tapujos, preguntándose indignados el motivo de su visita, que ponía en evidencia a los que, ansiosos, esperaban la reprimenda o la felicitación de la doctora según les hubiera ido la semana.
Las conversaciones, en las que no solía participar, invariablemente se centraban en la alimentación. Recetas exentas de calorías, otras que le abrían el apetito, y fórmulas mágicas que en un susurro pasaban de boca en boca para poder bajar los kilos que les sobraban.
La recepcionista conducía a los pacientes que iban entrando según el turno establecido, anotaba la hora para la siguiente semana y cobraba el importe al salir. Era una joven morena y delgada que servía como señuelo de una dieta bien hecha. Su franca sonrisa hacía que todos pensaran en la posibilidad, remota en algunos casos, de que realmente se podía perder peso.
El tiempo de espera semanal se nutría con todos estos personajes que formaban parte del teatro, junto con el mobiliario y las plantas que decoraban la agradable estancia.
Y entre todas las plantas, destacaba una. Era un “potos” situado en la parte alta de uno de los armarios, cuyas ramas colgaban alegres intentando llegar al suelo. Desde el primer día había dirigido sus ojos a la planta, por no mirar a las personas que, en la sala de espera, la repasaban desde la cabeza a la punta de los pies, como si fuera un raro espécimen. Se fijaba cómo de vez en cuando aparecían nuevas hojitas que engrosaban el volumen de la planta. Las contaba cada día, pero pocas veces se acordaba del número que tenía la vez anterior.
A medida que transcurrían las semanas, perdió el privilegio de ser el centro de observación, pasando éste a los que de forma gradual se unían al proyecto dietético. Iba bajando de peso paulatinamente, cosa que le alegraba, aunque en ocasiones subía medio kilo de golpe. Ni ella lo entendía ni la doctora tampoco, jurando en todas las religiones que no se había desviado ni un ápice de las reglas marcadas.
Casualmente esos días coincidían con el nacimiento de una nueva hoja en la planta, observación ésta que empezó a inquietarla. Era algo insólito. Incluso se planteó la posibilidad de apuntar el número de hojitas, tal como hacía la doctora con su peso, para cerciorarse de que su percepción era cierta. Intentaba recordar al milímetro la posición de la maceta, tomando como referencia alguna marca de la pared o del armario donde estaba situada, ante la posibilidad de que hubiera sido movida a lo largo de la semana llevándola a un recuento erróneo de las hojas.
Esta idea se fue afianzando según pasaba el tiempo, hasta que un día de los que la báscula dio el temido aumento, sacó una hoja de papel y realizó unas sencillas operaciones matemáticas. El resultado final de su hambriento esfuerzo era inversamente proporcional a la suma de kilos en su cuerpo, en lugar de la soñada disminución de talla.
Ante la mirada incrédula de la recepcionista, se negó a aceptar una nueva cita para la siguiente semana, con la excusa de que tenía que podar sus plantas.

1 de abril de 2010

UN PAGARÉ


No estés melancólica porque cumplas un año más. Estás en una dorada y pletórica etapa de tu vida. Lo prometido es deuda, y yo quiero cumplir mi promesa de escribirte en este día tan especial.
Soy consciente de que no seré nunca capaz de saldar todas las deudas que tengo contraídas contigo, y no porque me falte voluntad de hacerlo; simplemente es imposible: no existe moneda ni divisa para el trueque. Seguiré por ello en hipoteca eterna contigo y como forma de pago sólo puedo aportar un pagaré, sin fecha de vencimiento, por medio del cual prometo no traicionar nunca ni tu confianza, ni tu amistad, ni tu amor…
Sigues siendo para mí la mujer deseada, la única capaz de llenar mis anhelos; aquella que elegiría para mi mejor aventura, para mi más larga aventura. La felicidad vive contigo y eres generosa repartiéndola. Te quiero.
Disfruta de nuestros recuerdos. Tal vez algún día nos volvamos a encontrar.
 
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