25 de noviembre de 2008

Carta de desamor

Hoy, 25 de noviembre, se celebra el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Cualquier iniciativa que se haga en favor de esta causa, me parece buena, y desde aquí, recuerdo a una mujer, la que me dio la vida, que soportó malos tratos en una época donde se la silenciaba, pero que supo reponerse... y vivir.
Hoy quiero reeditar esta "Carta de desamor" que publiqué en marzo del año pasado, como agradecimiento a esa mujer, a mi madre.



Quizá esta carta te parezca inoportuna y sin sentido. Para ti, que siempre has tenido el don de la oportunidad, mucho sentido común y eras muy correcto en todas tus expresiones.
Pero claro está, yo no soy tú, y a mi me gusta decir las cosas claramente y con palabras que denoten su verdadero significado. Sabes que nunca me gustaron las medias tintas.
En cuanto al momento, pues, sí, he de reconocer que tal vez no sea el adecuado, pero también debes saber (tú que presumías de que me conocías muy bien) que siempre reaccionaba un poco tarde ante determinadas situaciones.
Muchas veces intento encontrar el motivo a las cosas, pero no me doy cuenta de que me están haciendo daño, hasta que pasa el tiempo y se me enciende una bombilla en el cerebro y otra en el corazón. No te rías, que estoy diciendo la verdad.
Cuando decidimos dejar nuestra vida en común, mejor dicho, cuando lo decidiste tú, porque ahora me doy cuenta de que, aunque fui yo la que abandonó el hogar, tú me indujiste a ello, con tu actitud artera, tus palabras engañosas (muy educadas, eso sí) y tu estudiada postura de víctima, lo que realmente pretendías era que yo me sintiera culpable. Pero en ese momento no me di cuenta. Ahora es cuando echo la vista atrás, y lo veo todo claro.
Yo era feliz, todo lo feliz que puede ser una mujer de su casa, porque no me negarás que yo no era “una mujer de mi casa”. Te tenía la ropita lavada y planchada, la casita recogida y limpia, la comidita hecha para cuando tú llegaras… (Es que si lo escribo en diminutivo parece que no trabajaba tanto, que te conozco, que estás ya preguntándote para qué digo ropita, casita y comidita).
Fui feliz durante algunos años, los años en que no era consciente de que yo también tenía mis derechos, no solo mis obligaciones. La verdad es que no sé cómo me di cuenta, pero al final lo hice.
Cuando empecé a quejarme de tus caricias, digo, de tus palizas; de tu personalidad, digo, de tu brutalidad, entonces tú me preguntabas constantemente qué me pasaba. Cuando empecé a pintarme un poco y a vestirme mejor, tú te diste cuenta de mi cambio. Recuerdo nuestra última pelea, hablábamos los dos (en comparación con la primera, en que sólo hablabas tú y yo te escuchaba).
Cuando quisiste cambiar fue demasiado tarde, demasiado tarde para ti y el momento justo para mí. Ya me pertenecía a mi misma. Deberías estar contento, no pertenecía a otra persona, como tú imaginaste. Era yo. Yo y mis circunstancias. Te dije lo que sentía y tú, tan correcto como siempre, me contestaste que te había fallado, que no te había respetado, y por tanto, era yo la que tenía que abandonar el hogar. Al principio no lo entendí, y por eso salí de tu vida.
Pero ahora me doy cuenta de que la víctima era yo. Por eso te escribo, para que lo sepas. Para que sepas que ya me he dado cuenta.
Sí, ya sé que un poco tarde, pero más vale tarde que nunca. Al fin y al cabo, soy una víctima libre y afortunada.

19 de noviembre de 2008

ESCENAS DE ¿MATRIMONIO?

Todos los días Tele5 emite una serie de televisión titulada “Escenas de matrimonio”. No acostumbro verla y cuando por casualidad llego a ella, automáticamente cambio de canal. Hoy he tenido más paciencia y en diez minutos he podido ver con perplejidad una triste muestra de las relaciones matrimoniales de varias parejas. Por mucha ficción que se pretenda, me niego a creer que las conversaciones que he oído muestran la realidad de los matrimonios con algunos años de convivencia.
Todo gira en torno al sexo o la falta de él, los maridos exigiéndolo y las mujeres negándose.
Cuando Avelino, uno de los personajes de mayor edad, le dice a su mujer que “necesita vida sexual”, ésta le responde en tono de desprecio una y otra vez lindezas como éstas: “A mi me gustan las porras y tú tienes un churro”, “a ti lo único que te crece son las orejas” o “sólo me apetece pillártela con el cajón de la mesilla”. Entre tanta amena conversación, sólo se escuchan frases de desconsideración, tales como “eres un asqueroso”, “verte me produce alergia” o “ojalá te pique un mosquito y te mate”.
Otra pareja, Roberto y Marina, no se queda a la zaga en su mala educación, siempre en relación con la necesidad del “machista asqueroso”, tal como le califica ella: Como ejemplo, se intercambiaron frases como éstas: “me busco otra mujer para hacer el amor”, “gilipollas, cabrón, me extraña que ninguna quiera hacerlo contigo”, “los hombres hacen pis de pie”, “y los gatillazos tumbados” “no te contesto para no crearte más complejos de los que tienes”.
La pareja formada por Natalio y Paca, se centran más en el hecho de desear el fin del otro: “tengo todo preparado, incluido el número de la funeraria”, “te he elegido un tanatorio monísimo”, y en conversaciones plagadas de insultos y groserías como “pigmeo cabezón” o “mi mujer se ‘desparrama’ en la cama”.

Nunca había oído tanto improperio junto en diez minutos de televisión. Como ya dije, me niego a creer que los matrimonios, por más que lleven muchos años de unión, se comporten con tanta falta de respeto y consideración entre ellos. Me niego a creer que tan poca educación permita a una pareja convivir tantos años sin una pizca de tolerancia ni afecto. Creo es la perfecta imagen del desamor, la desconsideración, la desconfianza y la repulsión entre una pareja que se supone apostó en su día por la admiración, el amor, la ternura y la convivencia.
Sólo espero que no lo vean, o que no se lo crean, los jóvenes que pretendan llevar a cabo un proyecto común de cariño, ternura y complicidad en su vida.

12 de noviembre de 2008

CARTA DE NOSTALGIA (2)

Hoy he conocido a Laura. Estaba llorosa, vestida de negro, como todas las viudas. La contemplé a través de mis gafas oscuras y por una milésima de segundo, me pareció que nuestras miradas se cruzaron. El dolor no se puede medir, lo sé, pero déjame que dude del suyo. Así me sentiré menos culpable.
Culpable por el amor que le he robado, por la dicha que viví junto a ti, por los momentos de felicidad que me entregabas, por el cariño que me dedicabas…
Te has ido. Yo lo presentía, pero tú lo sabías. Has dejado de luchar, no has querido continuar el camino, ese camino que un día se bifurcó cuando aparecí en tu vida. Me repetías incesante que la diferencia de edad marcaba nuestra relación, cuando yo sólo tenía ojos para tu alma, no para los surcos de tu piel. Cuando sólo veía tus dulces sentimientos, tu infinito amor.
Desde una esquina del recinto, contemplé la escena. Ella estaba en el centro, en actitud de falsa resignación, saludando a todo el que se le acercaba con un roce imperceptible de sus mejillas, sintiéndose protagonista del triste momento que se respiraba, intentando dar lástima por última vez…
Perdóname, sé que no soy objetiva, mi dolor me lo impide. El zarpazo de la vida me está llevando a despertar el odio aletargado que he guardado durante tanto tiempo. Sé que no tengo derecho, lo sé, lo sé, pero no puedo evitarlo.
Me dijiste muchas veces que ya no la querías, pero que no podías abandonarla, que las circunstancias de la vida te obligaban al sacrificio. Me repetías continuamente que era yo quien te invitaba a seguir luchando, que el hilo de cordura que abrazabas estaba sujeto por mis alegrías. Me prometías ternura y lo cumpliste, me suplicabas comprensión y te la ofrecí a manos llenas. Pero al final te has rendido. Sí, te has rendido. Y mi silencio no tendrá reproches. Ya no sirven de nada.
Perdóname si alguna vez los tuve. Sobre todo el de aquel maravilloso día que preparamos con tanto esmero. No se borrará jamás de mi memoria. Las primeras indecisiones sobre nuestro plan para ir a la costa, a ver el mar, a sentirnos perdidos en un lugar donde nadie nos conociera, a cogernos de la mano sin temor.
Nunca me dijiste qué excusa le pusiste ese día a Laura… Lo que para mí fueron horas de felicidad, para ella quizás lo fueran de alivio, de librarse de ti un día completo… ¡Déjame pensar que fue así!
Salimos temprano. El solo hecho de ir en tu coche ya me ponía nerviosa, tú parecías más tranquilo que yo. Por el camino iba pensando en la posibilidad de un simple choque. ¿Cómo ibas a justificar mi presencia contigo? No dije nada, y a medida que añadíamos kilómetros a nuestra escapada, el temor se disipaba, la suave música me envolvía y me transportaba a otro mundo en el que sólo estábamos tú y yo.
Sentí un vuelco en el corazón cuando el camarero del restaurante me tomó por tu esposa. Hablamos, reímos, disfrutamos cada momento como nunca lo habíamos hecho. Paseamos como dos enamorados por aquella avenida y hasta nos atrevimos a sentarnos en la arena de la playa para contemplar el ocaso. Sólo deseaba que ese momento se grabara en nuestros corazones, que nada ni nadie pudiera deshacerlo, que fuera eterno. Sin poder evitarlo, llegó el eco de mis palabras: ¿Qué haremos? Tal vez mi pregunta inoportuna fue lo que estropeó la magia del momento.
Tu respuesta me devolvió a la realidad. “Es hora de volver”, me dijiste. Y entonces pensé que habías tomado partido, que Laura me había ganado la batalla. Pero no, no era esa tu decisión. Ahora lo comprendo. Has preferido rendirte para no tener que escoger. ¿Estoy diciendo disparates? Tal vez, pero no puedo pensar de otra manera. En estos momentos estoy dolida contigo, por haberme abandonado, por llenar de sufrimiento mi corazón, por dejarme sola en el camino, ese camino de felicidad que me enseñaste y que apenas pudimos disfrutar.
Mi pregunta se quedó, ahora más que nunca, sin respuesta.

6 de noviembre de 2008

Carta de nostalgia

(Como últimamente tengo "otras preocupaciones", me faltan ideas para postear, así que me perdonarán por reeditar este texto que ya publiqué cuando abrí el blog)




Le he dado a tu vida unos años de la mía. Nos conocimos a través de tu amigo, que resultó ser el marido de mi amiga. No sé si ellos se llegaron a enterar de nuestra situación, pero tampoco me interesa mucho.
Me decías que alegraba tu vejez, que tu declive lo augurabas muy próximo. Aunque yo me reía de esos comentarios fatalistas, sabía que tenías razón. Aún así, te mostrabas con una vitalidad inusual, no sé si para alejar cualquier atisbo de debilidad que asomara a tu rostro cansado, o porque realmente era yo quien te infundaba el ánimo para seguir disfrutando los momentos que vivíamos cada día.
Todavía siento tu cuerpo dándome calor. Los dos bajo una fina sábana que nos servía de sutil abrigo en aquellas tardes otoñales, encima de una colchoneta con la que evitábamos el frío contacto con el suelo. El reloj marcaba nuestros encuentros, que tú preparabas siempre con esmero.
Buscabas cualquier excusa para ofrecerme lo mejor. Raro era el día que no tenías unas pequeñas rosas en el anticuado jarrón, o una velita encendida que hacía más acogedora la estancia. De vez en cuando me preparabas sencillos platos de comida, que yo disfrutaba como si estuviéramos en un gran restaurante. Luego relajaba mi espíritu escuchando tu corazón latiendo en mi oído, mientras mi cabeza reposaba en tu pecho.
Muchas tardes nos sentábamos en el sillón, las manos entrelazadas, una conversación interesante, a veces interrumpida por los besos que te daba, y se nos pasaban las horas sin darnos cuenta, hasta que notaba cómo se estaba disipando la claridad que entraba por la ventana, anunciando que entraba la noche y con ello, mi estancia en ese lugar seguro.
Tan sólo una vez nos atrevimos a pasear en público cogidos de la mano, en un lugar lejano, entre gente desconocida que nos observaba indiferentes.
Tú mirabas fijamente el horizonte, cuando te pregunté un “¿Qué haremos?” sin convicción, sin ganas de resolver la situación, o cuando menos, esperando que fueras tú quien tomara la decisión. Tal vez así me sentiría menos culpable.
Sabía que sólo te pertenecía a ratos, y de vez en cuando me cansaba de compartir, y de disimular. Y entonces no podía evitar esa clase de preguntas, aunque de sobra conocía la respuesta.
Me parece que todavía oigo el rumor de las olas, y percibo el olor a mar. Tú soñabas con dejarlo todo y llevarme contigo allende el mar. Yo, te miraba. Nos cogimos de la mano y me dijiste: “Es hora de volver”.
 
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