30 de noviembre de 2007

Quererte


Suena el teléfono una y otra vez. Hace tiempo que no me interesan las felicitaciones. Pero esta vez el sonido es diferente. Lo presiento. Es tu voz. ¿Cómo te ibas a olvidar? Tu risa alegre me lleva a mis recuerdos, que son los tuyos. Dices que me añoras. Que a pesar del tiempo transcurrido, guardas en tu memoria todos los momentos dulces que te di. Guardas en tu corazón el amor que te ofrecí. Que, a pesar de la distancia, me sigues queriendo.
Hoy, que estoy entrando en un nuevo año de mi larga vida, prefiero creerte. Aunque en el fondo de mi corazón sepa que tu alegría ya no es para mi. Que tus besos los entregas a otro, que tu vida la compartes con otro.
Hoy, que empiezo mi cuenta atrás particular en esto de vivir, prefiero creerte. Escucho tus palabras susurrándome al oído. Veo tu cuerpo entregándote al mío. Imagino tus caricias en mi piel. Siento mis brazos rodeando tu desnudez. Deseo tus besos donde quiera que estés.
Y yo te respondo ilusionado que no me olvido de tu querer. Que mi vida está vacía sin ti. Que en mi mente sólo existen los silencios. Que el sol ya no brilla cada día. Que simplemente agonizo. Que tampoco puedo dejar de quererte. En la distancia, pero quererte. Siempre quererte.


28 de noviembre de 2007

Olvidarte


Olvidarte
¡Qué sencillo!
Borrar de mi pensamiento
Tantas horas compartidas
Cerrar la puerta a tu mirada
Poner un candado a mi corazón
No mirar atrás

Olvidarte
¡Qué sencillo!
No escuchar tus palabras
Que me persiguen día y noche
Pidiendo un poco más de amor
Centrarme en mi propia vida
Volver a renacer

Olvidarte
¡Ya lo sé!
Es empezar de nuevo
Es empezar de cero
Tantos días junto a ti
Que no recuerdo cómo vivir
En soledad

Olvidarte
¡Qué sencillo!
Simplemente lo haré
Me sumergiré en la distancia
Porque la distancia…es el olvido

25 de noviembre de 2007

Hasta que vuelvas


En un espejo guardaré tu imagen

En mis oídos guardaré tus palabras

En un cofre guardaré tu aroma

En mi recuerdo guardaré tu amor

Hasta que vuelvas…


20 de noviembre de 2007

El chupete

Hoy, 20 de noviembre, se celebra el Día Universal de la Infancia. Desgraciadamente, cada día se violan los derechos de millones de niños y niñas en todos los países del mundo. Tenemos que seguir luchando para que se conviertan en realidad los Derechos de los Niños y Niñas.

(Este relato lo escribí hace unos cuantos meses, y hoy lo vuelvo a editar con el deseo de que nunca sucedan situaciones como la que describo)


Buscaba su chupete por toda la cuna, entre sus pequeñas sábanas y hasta dentro del forro de su diminuta almohada. No lo encontró.
Lloraba inconsolable cuando llegó su madre, que por arte de magia, lo puso en su boca. La pequeña, agradecida, esbozó una sonrisa que iluminó la habitación. Pero la madre ni reparó en la carita de la niña, cubierta de lágrimas. ¡Que te calles, te digo! Dio media vuelta y la volvió a dejar sola en su cuna.
Allí se quedó de pie, setenta centímetros escasos, sus manitas agarradas a la barandilla, pidiendo con sus ojos que aquella mujer le devolviera una sonrisa para recuperar su tranquilidad.
Siguió oyendo los gritos que provenían de la habitación contigua y que la tenían asustada desde hacía rato. Eran las voces de su madre y de aquel hombre que de vez en cuando se asomaba a la puerta y la miraba de forma extraña. Una vez la había besado, pero la barba le había raspado su fina piel. No le había gustado.
La pequeña siguió llorando, reclamando atención. No quería estar sola y tenía miedo de aquellos gritos. Se le cayó la chupa, pero aunque esta vez estaba al alcance de sus llorosos ojos, no lo estaba a la de sus deditos. Intentó cogerla sin éxito, y volvió a llorar.
El chupete le daba cierta seguridad. Cuando tenía hambre y su mamá no le daba la comida, se calmaba chupando ávidamente aquella goma que parecía soltar los jugos más deliciosos. Cuando su madre la dejaba largos ratos en soledad, la chupa la acompañaba. En esos momentos, la tenía colgada al cuello, y había descubierto que se la podía quitar y poner de su boca con cierta facilidad. Pero ahora, no. Su madre se había olvidado de sujetarle la cadena, así que se le caía continuamente.
Intentó llorar más y más fuerte. Le pareció que su madre también gritaba de dolor. El hombre le decía algo relacionado con la niña. De forma apresurada, la madre entró otra vez en la habitación diciendo que dejara a su hija tranquila, que la niña no tenía culpa de nada. La cogió en sus brazos bruscamente, le puso el chupete en la boca y a la niña le pareció que llegaba su salvación.
Pero sucedió lo contrario. A trompicones, la mujer intentó huir hacia la puerta de la calle. El hombre se interpuso y no la dejó salir. Empezó a zarandearla y a golpearla ante los atónitos ojos de la chiquilla, que no paraban de llorar. La madre le gritaba al hombre, pidiendo que la dejara salir, que no le pegara más, intentando esquivar los golpes como podía. Y a la niña le exigía que se callara de una vez, que también la tenía harta.
Al hombre ya no le importaba si estaba pegando a la madre o a la niña, y la madre tampoco tenía en cuenta que aquella muñeca estaba tremendamente asustada y presa de dolor. Llegó un momento en que los dos pugnaban por controlar aquel cuerpecito que, en el furor de la pelea, se deslizó al suelo irremediablemente.
El fuerte golpe sirvió para dejar paso al silencio de aquellos dos seres. Los pequeños rizos de su cabeza quedaron cubiertos de sangre de forma rápida. Y en la manita, fuertemente agarrado, el chupete.

14 de noviembre de 2007

Frases interesantes

Y QUE DEBO PONER EN PRÁCTICA...


Quien piensa en fracasar

ya fracasó antes de intentar


Quien piensa en ganar

lleva ya un paso adelante



Sigmund Freud




No es digno de saborear la miel

quien se aleja de la colmena

por miedo a las picaduras de las abejas


Shakespeare

8 de noviembre de 2007

La huída

Esta es una historia que escribí hace tiempo, y con ella participé en un concurso de relatos escritos por mujeres. No gané (siento decirlo), y la publico ahora en el blog para que, todo el que guste, pueda hacer su comentario.



Sin importarle lo que dejaba atrás, encaminó sus pasos hacia otra vida. Estaba decidida a olvidar que tenía una familia que dependía de ella. No quería ser consciente de que era el centro, el eje alrededor del cual giraba su entorno.
Se vistió apresuradamente sin escoger la ropa que tapaba sus heridas. Ella, que tiempo atrás elegía con precisión cada prenda que iba colocando con gusto exquisito sobre su cuerpo. Ella, que decidía íntegramente todos los detalles que componían su elegante estilo, su reconocida distinción.
Unos pantalones, una camiseta y poco más. Total, a donde iba no precisaría nada de valor. Pero ¿A dónde iba?
Las joyas que había recibido, y que simbolizaban cada una de las marcas de su cuerpo, no le hacían falta en esos momentos. Las rosas rojas que todavía adornaban el jarrón de la entrada, ya se deshojaban, y sus frágiles pétalos caían en el mueble asemejando un charco de sangre.
Sangre como la que iba cayendo de los desgarros de su piel. Sangre coagulada en los golpes recibidos en su rostro. Sangre que bullía por sus venas y que hasta ese momento no había despertado de su letargo.
No entendía cómo había soportado hasta ahora los desprecios recibidos de aquel hombre que antaño había sido su gran amor, que la había impresionado con su pasión, y al que en otro tiempo se había entregado sin recibir nada a cambio. Bueno, sí, había recibido joyas y flores. Joyas que la deslumbraban y que no podía rechazar sin ser víctima de nuevas iras. Y flores para callar las ofensas y la conciencia.
Había resistido durante muchos años los embates más o menos intensos de aquella cólera que le sobrevenía, cada vez con más frecuencia y cada vez con menos motivos. Pero esta vez tuvo el valor de levantarse y decir ¡Basta!
Ni enajenación mental, ni premeditación y alevosía. No iba a ser titular de los periódicos en la edición matutina que, como todos los días, se encargaba de llevarle bien temprano a su amado. No sería ella la protagonista de la nota necrológica que engrosaba día a día el número de mujeres asesinadas.
Se miró al espejo que estaba en la entrada del vestíbulo como un acto reflejo. Como una costumbre que antes de salir cada mañana llevaba a cabo, no sabía a ciencia cierta si era para encontrar los ánimos precisos de aquella imagen ya conocida que le devolvía su aprobación o desaprobación, o simplemente por pura fantasía, esperando hallar otra imagen distinta, otra imagen más acorde con sus recuerdos de joven enamorada y mirada feliz.
No distinguía cuál de las dos imágenes era la que estaba viendo en aquel momento. Tenía los ojos amoratados y la nariz dolorida. Cogió unas gafas de sol extremadamente grandes y se las puso en un vano intento por cubrir parte de su rostro.
Echó una última mirada al salón. Había vivido allí los mejores momentos de su vida, y los más trágicos también. Durante unos minutos pasaron por su mente a toda velocidad mil imágenes, mil rostros, mil situaciones, y por un instante dudó.
Pero rápidamente borró sus pensamientos y se dirigió decidida a la salida.
Cerró la puerta de la casa con vehemencia, dejando atrás toda su vida. No había tiempo para el desánimo. Había que olvidar los agravios recibidos. ¿Olvidar? Qué fácil era pensarlo. Pero ¿cómo vivirlo? ¿Cómo soportarlo? Sabía que en cuanto pasaban los primeros momentos de furia, de rencor y de venganza, volvería a perdonar.
Siempre le ocurría lo mismo. Lloraba y lloraba. Se lamentaba de su situación, y una furia acalorada le recorría su magullado cuerpo. A medida que iban pasando las horas, se llenaba de odio hacia aquel ser despreciable y el resentimiento daba paso a las ganas de venganza. Pero nunca una venganza dio satisfacción al agravio recibido.
Así que, en cuanto él le pedía perdón una y mil veces, con flores en una mano y joyas en la otra, el miedo era más fuerte que el deseo de venganza, y volvían a empezar.
Pero no. Esta vez, no. Esta vez no dejaría que las lágrimas asomaran a sus bellos ojos. Por eso quería salir corriendo. Huir, huir, huir. Correr y correr lejos. Donde él no pudiera encontrarla. Donde nunca más pudiera ni recibir agasajos ni dar perdones. Donde hubiera vida después de la muerte. Donde en un salto con los ojos cerrados entrara en otra dimensión. Donde el puente que enlaza el principio y el fin, el cuerpo y el alma, la violencia y la pasión, se diluyera entre las tinieblas de sus sentimientos.
Por eso encaminó sus pasos hacia aquel recodo del camino, por donde tantas tardes había paseado en soledad, pidiendo al cielo un cambio en su vida, donde tantas veces había tenido miedo de caer, de precipitarse al vacío.
Y caminó y caminó. Cuando llegó a “su rincón”, se detuvo apoyándose en la barandilla, y miró hacia abajo. Allí estaba el mar, el inmenso mar. Aunque casi estaba oscureciendo, todavía quedaban unos niños bañándose divertidos en la playa. Pensó en sus hijos y se sintió reconfortada. Allí estuvo un buen rato escuchando el incansable vaivén de las olas. El olor a sal inundaba su espíritu. En el horizonte se fundían el cielo y el mar.
De pronto le entró un escalofrío. Nunca se había caracterizado por su coraje y tenía miedo a equivocarse. Pero no. Esta vez, no. Inspiró profundamente y supo que había tomado la decisión correcta.

6 de noviembre de 2007

Un rayo de luz

Permítanme que este post lo dirija a MARISA, que tiene un rincón en Zaragoza iluminado por un rayo de luz, lleno de colores, de amor y de alegría.
Acabo de entrar en su rincón y me he sorprendido al ver un relato mío titulado "Soledad" que escribí y publiqué en este blog allá por el mes de abril.
Como no puedo dejar comentarios en su blog, quiero que sepa que es muy acogedor y que le agradezco enormemente la publicación de mi relato. Me alegra saber que, aunque un día se identificó con el personaje del mismo, hoy vive otra ilusión.
Gracias, Marisa.

Indrisos

Hace unos días recibí un correo que me pareció interesante y que hoy quiero compartir con ustedes. Se trata de una información referente a una nueva figura poética, el INDRISO, cuyo autor, Isidro Iturat, profesor de literatura, lleva desarrollando más de seis años.
Yo había oído hablar de Haikus, Tankas y otras formas poéticas, aunque no he escrito ninguna composición, pero desconocía esta nueva figura, así que doy la información para los que quieran intentar utilizarla.
El INDRISO consiste en un poema que consta de dos tercetos y dos estrofas de verso único, y surge, según el autor, "a partir de una reelaboración del soneto en lo que podría explicarse como un proceso de condensación estrófica".
Los cuartetos que normalmente integran un soneto, pasan a ser tercetos y los tercetos pasan a ser estrofas de verso único, tolerando cualquier tipo de medida en el cómputo silábico y todos los grados y géneros de rima.

Para los curiosos, la dirección del portal es la siguiente:

Y como ejemplo, incluyo esta composición que es una de las que más me han gustado:


RETRATO DE INTERIOR EN VERSO:
MUJER DESNUDA APOYADA EN LA VENTANA

Puesto que no sabrían mis manos retratarte
con los pinceles húmedos y su policromía
habré de usar palabras para inmortalizarte:

el sol posee tus senos, tus nalgas la penumbra,
eres la media luna que en la mitad del día
de fuera a adentro tienta, de dentro a afuera alumbra.

Así de hermosa eres la invocación del arte:

cuerpo, amor, aire, ensueño... la obra se vislumbra






2 de noviembre de 2007

Extraño

Extraño tu mirada, ya no eres la misma
Tu sonrisa alegre olvidaste un día
Tu belleza morena y esquiva
Tu candor convertido en agonía

Juntos caminamos por la estrecha senda de la vida

Extraño tu palabra, quiero volver a escuchar
Tu verbo fácil y sonoro
Tu lenguaje claro y sencillo
Tu idioma diluido por tus poros

Juntos caminamos por la estrecha senda del saber



Extraño tu perfume, quiero volver a sentir
Tu aroma dulce y suave
Tu fragancia tierna y delicada
Tu esencia encerrada tras la llave

Juntos caminamos por la estrecha senda del amor

Extraño tu sonido, ya no percibo
Tus pasos caminando hacia los míos
Tu mano adherida a mis cabellos
Tus besos susurrantes en mi oído

Juntos soñamos vivir un mundo mejor
 
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