31 de octubre de 2007

Risas


Me gusta escuchar las risas de mis hijos. Son risas abiertas, francas, risas que salen de dentro, carcajadas que demuestran la felicidad que sienten en ese momento. Sé que están pasando por momentos ásperos en su vida laboral, y que no les importa llorar si tienen que hacerlo, pero saben limar asperezas y trabajar por un futuro mejor.
Son emprendedores, luchadores, decididos, leales, honestos y buenas personas. Y con buen humor, algo que cada día es más difícil no sólo tenerlo, sino demostrarlo. Quiero pensar que he tenido algo que ver en su forma de ser. Estoy muy orgullosa de ellos.
Soy su madre y los admiro profundamente.
Y me apetece decirlo. Y lo digo.

23 de octubre de 2007

Añoranza

¡Un beso para tu sonrisa! –me escribiste. Y yo me sentí una mujer afortunada, una mujer admirada, una mujer envidiada.
Un sonrojo inundó mis mejillas mientras leía aquel trozo de papel. Durante unos días la alegría llenó mi vida y mi corazón trotaba como loco en mi garganta.
Me sentí importante, yo era la elegida simplemente. Yo era la que tenía el poder. Comencé a desafiar a mi razón, pero el reto era fácilmente alcanzable. Sólo había que marcar un número de teléfono… y dejar muchas cosas atrás.
Hoy, cuando estoy rozando la mayoría de edad, he vuelto a encontrar aquel trozo de papel, casi amarillo por el paso del tiempo. ¡Un beso para tu sonrisa! Escrito con una letra pequeña y uniforme, con dos signos de admiración que llenan la frase. Con un número de teléfono que, por antiguo, ya ni existe.
Y he sentido añoranza de un amor que nunca fue. Nostalgia de un tiempo donde reinaba la juventud y el desafío. Donde tú me enamoraste y yo te enamoré. Donde nunca existió ni mi amor ni tu querer.

18 de octubre de 2007

¡Tierra, trágame!

Íbamos dando un paseo calle arriba y calle abajo mis amigas y yo, cuando apenas teníamos quince años, pero ya despertábamos los apetitos de los chicos que también andaban buscando alguna chiquilla a la que arrimarse.
Uno de ellos más atrevido que los demás, empezó a caminar insistentemente detrás de nosotras, diciéndonos una serie de sandeces más que de piropos. Por lo pesado y la poca gracia que tenía el chico, me estaba poniendo nerviosa, y aunque al principio no le hacía caso, llegó un momento en que me parecía más una lapa intentando agarrarse a una roca, así que opté por decirle a voz en grito:
- ¡Haz el favor de dejar de no seguirnos, estúpido!.
Las carcajadas sonaron a mi espalda. Las de él y las de mis amigas. Yo no acertaba a encontrarle la gracia, hasta que el chico me contestó:
- Pues eso hago. Seguirte, Ja, Ja.
Desde entonces procuro medir mucho las palabras…



-¿Qué edad tienes?
- Treinta y cinco años –contesté, después de unos segundos sin reaccionar. No podía creer que aquel niñato que me había tocado como pareja en el gimnasio unas cuantas veces, para hacer unos ejercicios en la sesión de mantenimiento, tuviera el atrevimiento de preguntarme la edad. Si apenas nos conocíamos de vernos los martes y jueves…
- Perdona –me dijo con cara de mofa- pero te pregunté ¿qué hora tienes? no ¿qué edad tienes?
- Ah, lo siento, son casi las y media.
En ese momento creí que el mundo se me venía encima. ¡Maldito niñato! Se estaba riendo con cara de ganador y yo disimulaba como podía, esperando que se acabara el tiempo para salir corriendo.
Y encima me estaba quedando sorda…

Desde entonces, también intento afinar más el oído.

15 de octubre de 2007

La cita

Entró silbando y con paso decidido al bar donde se había citado con ella. Saboreó un café durante los minutos de espera, y repasó mentalmente las palabras que iba a decirle.
Durante los meses que llevaban trabajando juntos se había ido enamorando de ella, pero hasta ahora no se había decidido a manifestarle sus sentimientos. Notaba día a día cómo crecía entre ellos la complicidad, cómo vibraban sus corazones al unísono, cómo sus risas se entrelazaban formando un coro de alegría que inundaba su corazón.
Jamás había sentido por otra mujer ese impulso y una voz en su interior le decía que había llegado el momento de compartir su vida, de compartirla con ella.
Le abriría su corazón y dejaría que se fuera convenciendo de su amor a través de sus palabras, de su mirada, de su ternura. Lo pondría todo a sus pies. Sería su amigo, su amante, su fuerza, su calor.
Miró el reloj y comprobó que ya pasaban unos minutos de la hora convenida. Pidió otro café y siguió pensando en ella.
Ella, en su casa, se había despojado de su abrigo por tercera vez, indecisa a la hora de salir. Tendría que haberle puesto una excusa para no ir a la cita cuando él se lo pidió, pero no se atrevió. Ahora se temía lo peor, y lo peor era que él le manifestara sus sentimientos. No sabría qué decirle. No quería complicaciones en su vida, ya había sufrido mucho por un hombre y no pensaba repetir la experiencia.
Pensó en él. En sus ojos. Últimamente despedían un brillo especial cuando la miraban, y ella disimulaba su sonrojo. Reían juntos por cualquier cosa y trabajaban en perfecta sintonía. Cogió de nuevo el abrigo. Todavía llegaría a tiempo. Pero no, no se iba a dejar convencer. Su corazón todavía estaba herido, y no quería saber de nuevos amores.
Volvió a pensar en él. En su mirada limpia. En su sonrisa abierta. En su alegría. Quizás… no, decidió finalmente que no iría a la cita. Tenía toda la tarde del domingo para buscar la excusa perfecta que darle cuando, a la mañana siguiente, lo encontrara en la oficina.
En el fondo, deseaba y esperaba que intentara de nuevo pedirle una cita.

11 de octubre de 2007

La primera vez

Deja que la luna ilumine tu rostro, esta noche que luce brillante. Deja que la brisa suave te llegue a la cara, que moje tus mejillas y apague tu rubor.
Te guiaré por senderos desconocidos y verás qué fácil se hace el camino.
El suave murmullo de las olas nos acompañará en este cálido rincón, y las estrellas del cielo serán testigos de nuestras caricias, de nuestras palabras y de nuestro amor.
Deja que nuestros cuerpos se unan con ternura y con pasión, como se funde el hielo con calor, como se convierte el azúcar en almíbar, como se disuelven los latidos de mi corazón.
Sonríe, que tu sonrisa me sosiega el ánimo. Y háblame, que con placer escucharé tu entrecortada voz.
La fría y suave arena nos servirá por esta vez de mullido colchón.
No temas quererme, chiquilla, que tu primera vez será la mía, y tu tierna imagen será mi impulso arrollador.
Quiero que sientas el calor de mi cuerpo, las caricias de mis manos. Déjame confiarte mis secretos, déjame susurrarte mi eterno amor.
Escucharé tus suaves palabras en mis oídos, sentiré que te entregas sin condiciones, como también lo hago yo.
Ven, chiquilla mía, no tengas miedo, tu vida y la mía ya será nuestra vida. Tu amor y mi amor ya será nuestro amor.
 
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