27 de septiembre de 2007

Enamorada

Tengo una amiga, a quien no conozco, que me tiene enganchada a sus palabras, a sus versos, a su prosa, a su pensamiento.
Curiosa situación ésta. Yo, que siempre he distinguido entre amigos, compañeros y conocidos, a esta mujer la incluyo en la primera categoría, aún cuando sólo hemos intercambiado frases escritas.
Esta mujer, que adivino luchadora y tenaz, sensible y tierna, cariñosa y decidida, se ha declarado en un escrito maravilloso de uno de sus blogs, enamorada de la vida.
Querida amiga: La luna está escondida en alguna nube, mirándote pasar, recibiendo tus besos agradecida, observando celosa los guiños que te hace el lucero, y diciendo a la estrella rezagada que ya es hora de dormir.
Yo, sin ánimo de plagiarte, copio tus sentimientos. Yo, como dice la canción, doy gracias a la vida, que me ha dado tanto…
Tengo una familia, tengo amor, tengo salud, tengo trabajo, tengo amistad, tengo sol, tengo vida. Doy gracias todos los días por mi fortuna.
Yo también, como tú, querida Trini, me declaro ENAMORADA DE LA VIDA.

24 de septiembre de 2007

Un mundo de dos


Era un mundo de dos. Sólo ella y él. Se conocían desde que eran niños, jugaron juntos, estudiaron juntos, y a medida que iban creciendo en edad y sabiduría, iba aumentando su recíproco amor.
Vivían el uno para el otro. La alegría de ella era recompensa para él, y cuando ella se vestía de tristeza, la inquietud se apoderaba de él.
Un día lejano todo cambió. Los años de felicidad compartida dieron paso a un tiempo de incertidumbre. La luz que ella irradiaba se fue debilitando poco a poco, hasta apagarse por completo.
Se detiene el tiempo para él. Se siente traicionado. Se borran las palabras. Se quiebra su mundo y enferma su mente.
Le aconsejan que se proponga nuevas metas, que emprenda nuevos caminos, que encuentre un nuevo amor.
Huérfano de ilusión recorre largos trayectos, cruza ardientes desiertos, surca mares bravíos y adivina nuevas conquistas.
Arriba a puertos lejanos, conoce nueva gente, aprende nuevas costumbres, pero reniega de nuevas pasiones.
Se encierra en su mundo. No hay alivio ni consuelo. No hay vacunas ni templanza. En su interior se aloja la amargura y la soledad.
Su corazón está roto en mil cristales que, cual si fuera una alambrada, no deja a nadie entrar.
Es tanto el dolor que se vuelve insensible. Se niega a tener esperanza, se olvida de musitar una plegaria. No quiere creer, no puede confiar.
Algo le dice que no volverá a entrar jamás en un mundo de dos.

14 de septiembre de 2007

Una capa de pintura

Me gustaría darle una “capa” de pintura a mis sueños.
Para que parezcan nuevos. Para que parezcan más alegres. Sueños de colores. Porque hace tiempo que sueño en blanco y negro.
Sueño cosas tristes, imposibles. Sueño con laberintos y recovecos. Sueño con maldades y egoísmos.
Me gustaría darle una “capa” de pintura a mis sueños.
Para soñar con bondad y generosidad. Para soñar con caminos abiertos y sencillos, sin posibilidad de escondite. Para soñar con alegrías y recompensas.
Para soñar con tolerancia e igualdad.
Me gustaría darle una “capa” de pintura a mis sueños.
Porque cada vez me cuesta más soñar.

9 de septiembre de 2007

Mi viaje - última entrega


Hay gente que dice que no le gustan los viajes organizados en grupo, porque no pueden ir “a su aire”. Te llevan y te traen con prisas y a las horas prefijadas y si te apetece quedarte un rato disfrutando del café, no puedes hacerlo porque se rompería la cohesión del grupo.
Tal como diría Gila, “te empiezas a bajar el refajo en una ciudad para que puedas hacer tus descargas en la siguiente”.
A mí me parece un poco exagerado, y hasta ahora nunca me he visto en esa situación. No me importa que una semana al año “dirijan” mi vida. No me importa que una voz agradable al teléfono me despierte por la mañana. No me importa salir de la habitación del hotel y dejar la cama sin hacer. No me importa comer (lo que yo quiera y elija, porque casi siempre es tipo “buffet”) sin haber hecho la comida, y lo que es mejor, sin haber tenido que pensar qué voy a hacer de comer para el día siguiente. No me importa levantarme de la mesa y dejar allí los platos para que alguien los lave. No me importa que me lleven a conocer lo más importante de las ciudades a donde vamos, sin tener que averiguar dónde queda el Palacio de las Ninfas o el Lago Titisée, si fuéramos en un vehículo. No me importa dejar de conducir una semana al año e ir bien acomodada en una guagua. No me importa que esté todo planeado.
En el grupo (la mayoría un poco “carrozas”, y que conste que no me incluyo…), había ejemplares para todos los gustos. Y como muestra, un botón: una pobre señora que al segundo día se le rompió la dentadura postiza y hubo que buscarle un remedio; una pareja tal para cual, en eterna discusión; y otra, tal para cual también, en exagerada “compenetración”; el enterado de turno que siempre está en primera fila sacando fotos e incordiando; señoras que parece que van de fiesta en vez de excursión, con sus mejores galas y sin repetir nunca el vestuario; y de mí, ¿qué voy a decir? Pues, por ejemplo, que en los hoteles “arrasé” con los champús, los jabones, los bolígrafos y toda clase de propaganda alusiva al sitio. Cuando voy a pasar el control del aeropuerto a la vuelta, estoy temiendo que la máquina empiece a dar pitidos: “Señora, suelte todo lo que se lleva del país”. Ja, ja, ja.
Nos tomamos las anécdotas a cachondeo y así lo pasamos mejor.
De todas maneras, yo soy como soy, y hago “mi trabajo” antes, durante y después del viaje, para no estar de brazos cruzados todo el rato.
Antes del viaje, suelo buscar en Internet información previa de los lugares a los que vamos a ir, para tener una idea de lo que veremos.
Durante el viaje, como ya dije en el post anterior, voy anotando en una libretita todo lo que considero de interés. Llevo la “contabilidad teórica” (los números me persiguen, a pesar de que soy de Letras), los nombres de los lugares (palacios, plazas, fuentes…) y las anécdotas que ocurren, entre otros datos de interés.
Después del viaje, paso a limpio todos estos datos, hago la “contabilidad práctica” y me encargo de ordenar el álbum de fotos con sus correspondientes títulos y fechas. También intento hacer una presentación de Power Point con todas las fotos, cosa que me va a llevar más tiempo, pero lo hago poco a poco, aunque ya sé que Melquiades me va ganando, bandido.
Como todo lo bueno tiene su fin, ya estoy de vuelta en el trabajo rutinario, contenta de volver a la normalidad y de tener algo nuevo que contar.
Y colorín, colorado…

3 de septiembre de 2007

Besos de chocolate

(A Melquiades y Nieves, excelentes y divertidos acompañantes de viaje)



“Sucedió una noche, cuando apenas tenía 20 años. Besé sus labios rojos, su cabello dorado. La noche azul y alegre, el Neckar plateado. En ese momento lo supe, lo supe sin más: En Heidelberg perdí mi corazón”

Este fragmento pertenece a un poema escrito por Friedrich Vasely en 1925 y sirve de reclamo a la Universidad para animar a los jóvenes que quieran estudiar alemán en Heidelberg, avisándoles que pueden perder su corazón en esta ciudad, considerada como encarnación del romanticismo.
El magnífico castillo en ruinas, la célebre escultura del "Padre Rhin", la iglesia gótica del Espíritu Santo, las tabernas estudiantiles, los preciosos escaparates, la plaza de la Universidad. Lo vimos casi todo, tal como nos habían prometido en el folleto descriptivo del viaje y realmente me sentí inmersa en el ambiente romántico y estudiantil de la ciudad.
Aunque en verano es más el hormigueo de turistas que de estudiantes, todo gira en torno a ellos, y la vida de la ciudad está marcada por el calendario académico. Por tener, tienen hasta una antigua “cárcel de estudiantes”, en la que hasta 1914 se castigaba a los alumnos que no cumplían debidamente con la ciudad, casi siempre borracheras o alborotos nocturnos; hoy sólo es uno de los puntos de visita turística, junto con el edificio de la antigua universidad.
Y por seguir hablando de cosas buenas, tienen unos bombones con historia:
“La historia del beso de estudiante de Heidelberg”.
En el corazón de la ciudad vieja se encuentra el café más antiguo, fundado en 1863, que empezó a ser punto de reunión frecuentado por ciudadanos respetables, profesores y, por supuesto, muchos estudiantes.
Las señoritas de las pensiones con la mejor reputación de la ciudad visitaron también este café, acompañadas de sus institutrices siempre alertas a las miradas de los alegres estudiantes y controlando hasta la más mínima coquetería de sus protegidas.
Fridolin Knöser, el dueño del café, se dio cuenta de los deseos secretos de las señoritas a las que tenía mucho cariño. Lleno de ideas renovadoras, un día las sorprendió con unos confites de chocolate muy finos a los que llamó “besos de estudiante”.
Hasta las institutrices aceptaron estos bombones sin poder evitar que se siguieran deseando los verdaderos besos, que seguramente se darían más tarde.
Mucho tiempo ha pasado y muchas cosas han cambiado. Pero los “besos de estudiante”, un dulce recuerdo de aquellos tiempos románticos, todavía existen.
Estos bombones, según dice la propaganda de la tienda donde compramos las “cajitas rojas” para traerlas de regalo, se fabrican en una pastelería propia y consisten en un relleno de chocolate, turrón y confite sobre una base de barquillo y con una capa amargosa suave.
Durante el viaje, voy apuntando en una pequeña libreta todos los detalles del mismo: el número de la habitación del hotel, los gastos que tenemos, los lugares donde hacemos las fotos, y también me gusta anotar las anécdotas que siempre surgen, para luego recordarlas con humor.
En este caso, fue mi hermano Melquiades el protagonista. Como hacía bastante calor, puso las cajas de bombones que compró, en la neverita del hotel donde nos quedamos, para que no se derritieran. Cuando nos fuimos al día siguiente… ¿se imaginan? Pues sí, se le quedaron olvidadas allí mismo.
Lo siento, hermanito, nos quedamos con las ganas de los “besos de estudiante”…
¡Que le aproveche a quien se los comió! Y tú, confórmate con los besos de Nieves.
 
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