31 de julio de 2007

Un hermoso diccionario

(Algunas de estas definiciones me han llegado a través del correo electrónico, y he escogido las que me parecen más bellas)

AMISTAD: Compartir la vida con quienes quieres bien, por muy diferentes que sean
AMOR: Cuando el resto de tu vida no te es suficiente para compartirla con esa persona especial
ANGUSTIA: Un nudo muy bien apretado en el medio de la tranquilidad
ANSIEDAD:Cuando los minutos parecen interminables para conseguir lo que se quiere
CULPA: Cuando tú estás convencido que podías haber hecho algo diferente, pero ni siquiera lo intentaste
FELICIDAD: Un momento que no tiene prisa ninguna
INDECISIÓN: Cuando tú sabes muy bien lo que quieres, pero te parece que deberías optar por otra cosa
INTUICIÓN: Cuando tu corazón da un salto en el futuro y vuelve inmediatamente
NOSTALGIA: Cuando el momento trata de huir del recuerdo para suceder de nuevo y no lo consigue
PASIÓN: Cuando a pesar de la palabra “peligro”, el deseo llega y se hace cargo
PREOCUPACIÓN: Como un pegamento que no deja salir de tu pensamiento lo que todavía no sucedió
PRESENTIMIENTO: Cuando pasa por tu mente el “trailer” de una película que puede ser que ni suceda
RABIA: Cuando el león que vive en ti muestra los dientes
RAZÓN: Cuando el cuidado aprovecha que la emoción está durmiendo y toma la iniciativa
RECUERDO: Cuando, sin autorización, tu pensamiento vuelve a mostrar un capítulo
SEGURIDAD: Cuando la idea se cansa de buscar y se para
SENTIMIENTO:
La lengua que el corazón usa cuando necesita enviar algún mensaje
TRISTEZA: Una mano gigante que aprieta el corazón
VERGÜENZA: Un paño negro que tú quieres para cubrirte en ese momento

30 de julio de 2007

Mi Barbie


Hola, mi pequeña. Hacía ya mucho tiempo que no te tenía en mis brazos. Cuando llegaste a mi vida, sentí la felicidad. Recuerdo que fue un seis de enero. Como para olvidarse una de la fecha. El mismo día de Reyes. Mi regalo. Te cogí con mucho cariño, te vestí y te peiné. Cada tarde te sacaba a pasear y los últimos rayos de sol llegaban cálidos a tu dulce rostro. Jugábamos un rato en el parque con otras pequeñas y al llegar la noche, te acunaba con amor. Eres mi tesoro y lo sabes. Desde que tuviste aquel accidente no te he vuelto a ver. No te he querido ver. Mirarte me produce dolor. Te caíste de mis brazos y un coche maldito te pasó por encima. No dijiste ni una sola palabra. La única que gritaba y lloraba era yo. Pero esta mañana he visto en la televisión que en Barcelona hay un hospital donde te van a curar. He corrido al armario y te he encontrado de nuevo. Tal como te dejé aquel fatídico día. Mi querida muñeca Barbie. No te preocupes. Volverás a tener unas piernas maravillosas .

25 de julio de 2007

Maternidad



Por fin
a mi vida ha llegado la dicha
a mi amor ha llegado el amor
arribó a mi puerto atrevida
recaló en mi cuerpo el calor

Por fin
la ausencia se va de mi lado
la soledad busca un camino mejor
marchó la tristeza del nido
volaron angustia y dolor

Por fin
tu pasión sembró mi deseo
tu ímpetu arraigó en mi sueño
germinó tu semilla en mi vientre
floreció aquel brote pequeño

Por fin
mi aventura crece y crece
se estremece mi interior
siento vida ya en mi cuerpo
soy impulso arrullador

Por fin
el otoño feliz transcurre
los fantasmas ya se esfuman
se redondea mi cuerpo
tanta alegría me abruma

Por fin
ya llega la primavera
pronto cambiará la luna
estoy dispuesta a recibirte
entre almohadones de pluma


Por fin
sangre de mi sangre
irrumpes en este mundo
cuerpo de mi cuerpo
inocente, atrevido y rotundo

Por la calle de la vida andarás afortunado
Tu ángel guardián seré, mi bien tierno y delicado

Vigilaré noche y día, tus pasos por esta senda
Cuidaré de tu destino hasta que de mí te desprendas

Por fin
mi vida produjo más vida
mi amor sembró más amor
la simiente es recogida
con ternura y con dulzor

24 de julio de 2007

Comunicación

Esta mañana escuchaba la radio, como hago todas las mañanas cuando voy a trabajar. Le gastaban una especie de broma a una señora que, al coger el teléfono para contestar la llamada, oía distintas voces mezcladas de llamadas que no tenían nada que ver con la suya y que habían sido previamente grabadas, tratando de producir confusión.
Reconozco que soy la primera en reir al escuchar los equívocos que se producen. Mientras la señora se empeña en decir que a ella "la han llamado", las otras voces insisten en que se identifique porque ellos son los que han recibido la llamada.
- Dígame...
- No, dígame usted, que yo no he llamado...
- ¿Cómo que usted no me ha llamado?
- El teléfono sonó, y lo he cogido...
- No, no, el teléfono me sonó a mí...
- ¿Pero tú quién eres?
- Yo no sé quién soy, bueno, sí sé quién soy, pero yo no he llamado...
- Mire, yo estaba aquí tranquila, sonó el teléfono, lo cogí y dije "dígame"...
- Pero también hay un señor en la conversación...
- Oiga, que hay cuatro voces distintas...
Y así un rato. La señora a la que le hicieron la broma esta mañana tenía ganas de hablar. Se notaba. Ella decía que estaba esperando la llamada de su hijo o de cualquier amigo, pero no era capaz de colgar y terminar con aquella situación incómoda. Al final incluso dijo: "Bueno, vamos a perdonarnos..." convencida de que efectivamente eran varias personas las que mantenían la conversación, que por otro lado llevaba sólo ella.
Realmente tenía ganas de hablar, o necesidad. Por eso me quedé pensando en la falta de comunicación que tenemos. Vivimos tan deprisa que no nos damos cuenta de que se nos va la vida. Pensamos poco en los demás. Y no escuchamos.
El otro día fui al aeropuerto a recoger a mi hija, que venía a pasar el fin de semana con nosotros, y en el rato que estuve esperando su llegada, un señor que estaba sentado a mi lado empezó preguntándome la hora de embarque de un avión porque no leía bien el panel. Iba a viajar solo y estaba un poco nervioso. Me contó en un ratito muchas cosas de su vida.
Algo parecido me sucedió días atrás, en que por tener el coche en el taller, me subí en la guagua. Una chica extranjera se sentó a mi lado y entabló conversación. Conversación que más bien era un monólogo, porque yo sólo asentía y sonreía.
No estaba yo ese día para mucha conversación, lo reconozco, pero me daba pena no hacerle caso, porque en su rostro se reflejaba la soledad, la necesidad de hablar y sobre todo la necesidad de que alguien la escuchara.
Hay mucha gente que precisa atención, que busca desahogarse de sus problemas cotidianos, con una simple conversación. Le parece a uno que compartiendo, las penas se dividen.
Y yo estoy dispuesta a escuchar.

El corazón


Llevaba mucho tiempo sin decidirse. Se encontraba roto por dentro y sólo. Cada día le costaba más levantarse, hablar, tratar a otras personas. El golpe había sido muy duro. Pero esa mañana, una voz interior le dijo que ya era hora, que había que seguir viviendo, que debía seguir trabajando, que este mundo sin amor no es nada, y que todos necesitamos nuevas relaciones.

Así que se levantó, se afeitó, se acicaló, y se vistió con la ropa más nueva que tenía. Quería llegar temprano para evitar las colas que sabía se formaban. Esperaba encontrar a alguien agradable en la Oficina de Empleo. Alquien que le supiera orientar en su decisión. Quizás tendría la opción de elegir entre varias posibilidades. Y hacerlo con tranquilidad, sin agobios.

Aunque no estaba seguro si la Oficina de Empleo sería el lugar apropiado. Tal vez sería mejor ir directamente al Hospital. Pero no, eso sería ya en última instancia. En caso de infarto, vamos.

No había mucha gente esperando. Y la joven que atendía parecía dispuesta a ayudar a todos. Cuando llegó su turno, lo recibió con una ancha sonrisa.

- Usted dirá...

- Señorita, llevo ya mucho tiempo con el corazón "en paro..."

19 de julio de 2007

Amor: Siete nombres de mujer

Penélope

Penélope no reconoció al amor cuando regresó, muchos años después, a su vida. Tenía en su mente la imagen de aquel joven, aquellos ojos, aquella piel, aquella sonrisa, que no es la que estaba viendo ahora.
-¿Quién eres?
-Soy yo, Penélope. He vuelto a buscarte, tal como te prometí.
Penélope no le hizo caso y siguió su camino.
El amor continuó el suyo.
Y es que hasta por el amor pasan los años, dejando huella.


Maitechu

Maitechu quedó llorando cuando su amor se fue. Tenía que cruzar el mar para labrarse un porvenir. Un porvenir que planeaban juntos. Quería hacerse rico para ella, para darle lo mejor cuando volviera, para ofrecerle su fortuna, para amarla hasta la eternidad.
Ella tenía miedo de lo que le pudiera suceder durante la travesía, de las penas que pudiera pasar en su emigración a otras tierras, de lo que sufriría para conseguir lo que ambos querían. También tenía miedo porque presentía su próximo fin.
-No llores, Maitechu. Te prometo que volveré.
Pasó mucho tiempo, y volvió. Pero era demasiado tarde. Maitechu murió suspirando por su amor. Y es que hasta en el amor la enfermedad se hace valer.


Lucía

Lucía era el amor, era la bondad, era la ternura. Era la varita mágica que lo hacía bueno y sabio. Era el puerto que lo acogió sin pedirle nada a cambio. Era el fuerte donde él pudo anidar. Era el lugar donde nunca entraba el olvido ni las sombras, donde no había oscuridad ni soledad.
Lucía era el amor amado y perdido. Lucía se fue sin hacer ruido, acompañada del viento y el mar.
Y es que hasta en el amor deja huella la muerte.


María

María pensaba que no podía salir herida. Se entregaba a él sin reservas porque la necesitaba y ella nunca le negaba su amor.
Las llagas en su piel la delataban, pero era su esclava y siempre lo perdonaba. Él le juraba que lo hacía sin querer y María seguía soñando. Para ella sólo existía el mundo de su casa, su cocina y sus hijos, también prisioneros del miedo a su padre.
Cuando un día se miró al espejo y recordó el “no matarás” que le habían enseñado, se hizo fuerte y decidió liberarse. Enjugó su llanto, limpió sus heridas y escapó sin decir nada. Escapó para enfrentarse a lo nuevo y desconocido, pero ya no tenía miedo.
Y es que hasta en el amor, el dolor se hace fuerte.


Soledad

Soledad es la felicidad personificada. Es la sencillez, la sinceridad, la ingenuidad. Es tan natural como el agua que corre alegre desde el riachuelo. Soledad es una hermosa criatura que desconoce su belleza y la ternura que despierta a su paso.
No sabe de dónde viene ni a dónde va. Vive tan feliz en su aldea, cosiendo, lavando, riendo, alegre por el sol que la alumbra día a día y por la luna que la guía en sus noches de soledad.
Soledad es la pureza y la virginidad.
Y es que hasta el amor puede permanecer intacto e inmaculado.


Amanda

Amanda caminaba hacia la fábrica donde todos los días a la misma hora se encontraba con su amor. Quería alegrarle la vida después de cada jornada gris como obrero.
A su paso, se iluminaban las farolas apagadas, se secaban las calles mojadas y florecían las amapolas libres en los trigales.
Amanda corría al encuentro de su amado y se paralizaba su corazón cuando oía la sirena que anunciaba la libertad. No le importaba nada más que el momento del encuentro.
La sonrisa se heló en su rostro cuando supo que su amor no volvería más a la fábrica. Cuando supo que en la sierra quedó su cuerpo destrozado.
Y es que hasta el amor necesita abanderar su libertad.

Yolanda

Yolanda es una declaración de amor. Una soledad acompañada. Un credo y una verdad.
Yolanda es una renuncia a ver el sol cada mañana para superar las derrotas. Es una mano amiga eternamente entrelazada. Es un amor eternamente amado. Es tener el pecho colmado de querencias. Culto y veneración a raudales, sin forma ni freno.
Yolanda es la muerte del amor si le dejas, si te vas. Yolanda, eternamente Yolanda.
Y es que a veces, algunas veces, el amor es eterno.

(Supongo que no hará falta decirlo, pero escribo sobre siete mujeres, con siete nombres, que dieron lugar a siete canciones interpretadas por cantantes tan conocidos como Pasión Vega (mi favorita), Pablo Milanés, Serrat,Víctor Jara, Emilio José o Mocedades)


18 de julio de 2007

Quisiera

Quisiera embriagarme de ti
Quisiera sentirme libre y volar
Quisiera volar y no caer
Quisiera envolverme de ti
Quisiera notar tus latidos y callar
Quisiera callar y no oir
Quisiera palpitar en ti
Quisiera rodearte con amor
Quisiera enredarme en ti
Quisiera sentir tus labios y besar
Quisiera confundirme de ti
Quisiera poder regresar
Quisiera...
Quisiera...

16 de julio de 2007

AMOR

(Dedicado a mi hermano Roberto, recién nombrado "Ministro extraordinario de la Eucaristía" y a mi cuñada Luisa)


Era un amor cocido a fuego lento. Tan lento, que ni el paso del tiempo ha logrado evaporarlo. Un amor iniciado con pocos ingredientes: Juventud, atracción, pasión, alegría, esperanza, temor a lo desconocido, al mañana que ya es hoy. Un amor al que se le ha ido añadiendo trabajo, empeño, calor, mucho cariño, y también algún dolor sin llegar a agriarse. Un amor fortalecido con el paso de los años, la sal suficiente y el azúcar justa.
Era un amor cosido con puntada corta, con hilo suave, pero a la vez fuerte. Un amor hecho con nudos fáciles de deshacer. Un amor hilvanado al principio, pero apretado con el tiempo. Recosido y a veces remendado. Un amor caído y levantado. Lavado y secado. Arrugado y planchado. Un amor grande y envidiado. Un amor que ha dado sus frutos. Un amor al que le sigue llegando más amor.

13 de julio de 2007

Déjalo estar...



Desde hace días estaba yo ilusionada con hacer una práctica en un segway. Semejante atrevimiento no se me hubiera ocurrido si no hubiera ido guiada por mi hijo, y acompañada por mi hermana. Tal y como lo ven en la foto, así mismito es. No tienes que hacer nada, o casi nada. Su manejo es facilísimo. Si inclinas apenas el cuerpo hacia delante, camina. Y si lo haces para detrás, recula. En el manillar controlas la ida a la derecha o a la izquierda. Fácil ¿no?
Bueno, pues anoche fue el momento “señalado”. Fuimos a una plaza pequeñita no muy concurrida, a decir verdad, no había nadie excepto el grupo de siete personas que estábamos haciendo la dichosa práctica. Por supuesto, algunos de ellos ya eran expertos conductores. Al principio, el cachondeito y las risitas. “Uh, esto está controlado…”. “Ponme ya otra llave para que coja velocidad…” “Ja, ja, ji, ji”. Pueden ir adivinando… Ante la mirada atónita del resto del grupo, caí como un saco de papas, los zapatos por un lado, yo por otro y el segway por otro.
Menos mal que me lo tomo como me lo tomo, pero digo yo ¿por qué me pasa a mí y a los demás no? No quiero pensar que sea la edad, ni quiero pensar que sea falta de agilidad corporal. Prefiero pensar simplemente que se trata de una reacción distinta a la que supuestamente tienen los demás. Es que soy muy especial, se los digo yo. Les agradecí la rapidez en “socorrerme”. Seguí paseando como si nada. Yo me reía, pero un buen culazo me llevé.
Antes de acostarme, un feldene flas, un vaso de agua con azúcar por si aparecen las agujetas, el cuerpo embadurnado en Thrombocid, y esta mañana a trabajar como cualquier día. Como el título del blog del periodista y escritor tinerfeño Juan Cruz: “Mira que te lo tengo dicho”. Pero es que no hago caso.
Todas las experiencias son positivas, y lo bueno es que puedo contarlo, pero por ahora, ¿saben lo que les digo? “Mi niño, déjalo estar…”

12 de julio de 2007

La romería

Llevábamos cerca de una hora de pie, esperando la llegada de la romería.
Nos sentamos en un pequeño muro porque los pies y la espalda ya no respondían.

Enfrente dos señoras previsoras, que a pesar de estar sentadas porque habían traído unas sillas plegables, también se estaban impacientando. Al principio eran observadas extrañamente por las personas que subían y bajaban la calle, pero a medida que las aceras se iban llenando de gente, pasaron a formar parte del cuadro festivo que presentaba el paseo.

Se empezaron a oír tambores y chácaras que anunciaban la cercanía de los grupos folclóricos y los cencerros de los animales que venían en manada luciendo lazos de colores en sus cornamentas. Un hombre que estaba al lado de nosotros alucinaba con el largo pelaje de las cabras. A mí me asombraba la inteligencia del perro que las conducía.

La imagen del Santo Patrón de los labradores viene alegre, porque al menos una vez al año lo sacan en volandas por las calles del pueblo. La señora alcaldesa llega detrás saludando feliz a diestro y siniestro.Un grupo folclórico representativo de cada isla con sus trajes típicos pasa cantando, tocando y bailando. A alguno ya se le nota el cansancio por el esfuerzo, durante el recorrido que ya ha hecho, pero siguen bailando y la gente les aplaude entusiasmada.

Las carretas engalanadas con productos de la tierra lleva a familias completas que van asando carne, comiendo, bebiendo o simplemente hablando y cantando. Los que estamos mirando, las vemos pasar con la esperanza de encontrar algún conocido que nos haga una invitación que nos permita saciar en lo posible el hambre incipiente que ya hace rugir el estómago.

Los más atrevidos se acercan al pie de las carretas y piden comida dando voces. Otros ya van con el vaso preparado esperando que el vino de la tierra fluya de los garrafones y hay quien bebe directamente de la bota. A los más afortunados les llega a las manos algún huevo duro o un trozo de pan con chorizo, que devoran con presteza.

Siguen pasando las carretas en desfile guiadas por los bueyes. Ya algunos grupos pasan caminando, agotados bajo el sol abrasador, y el público les pide a gritos que sigan moviéndose. A veces dejan un espacio interminable entre una y otra carreta, lo que hace que algunas personas crean que la romería se acaba y se marchan hambrientos a su casa. Los que conocemos estos intermedios, seguimos esperando entre el calor, el cansancio y la algarabía. Menos mal que con la botellita de agua hemos saciado la sed.

Los barrenderos limpiando los residuos de los animales y de los no tan animales, anuncian el final de la romería.

Para el próximo año, si vuelvo, me traeré mi gofio amasado y mis papas arrugadas, aunque tenga que cargar con las sillas, como las señoras previsoras. Y si hace falta una mesa, también la traigo. Lo prometo.

Lita y Héctor

(Relato inspirado en la película "Como agua para chocolate", que me impactó desde que la ví, mucho antes de leer el libro de Laura Esquivel)


Se había puesto muy contenta ese día porque Héctor había venido a pedir su mano. En realidad había venido a pedir la mano de su hermana Lita, pero primero se tenía que casar ella, que para algo era la mayor. Y además, la tradición imponía que la hermana más pequeña se tenía que quedar en la casa cuidando de la madre, así que no entendía el dolor de Lita.
La veía cada día refugiarse en la cocina con la Yaya, contándole sus penas y llorando por su amor. La cocina era su guarida y el llanto su señal. De hecho siempre había oído que desde que estaba en el vientre de su madre lloraba, y cuando nació, por supuesto en la cocina tras unos dolores de parto apresurados, lo hizo empujada por un torrente de lágrimas acumuladas durante el embarazo.
Ella, sin embargo, no lloraba nunca, ni le gustaba la cocina. Prefería mantenerse alejada, entretenida en otros menesteres de la granja. Sabía que no era tan agraciada como Lita, así que cuando supo que no se iba a quedar para vestir santos, se le alegró el semblante y el corazón.
No se daba cuenta que su alegría era la tristeza de su hermana, y que le había abierto un hueco en el pecho, por donde se le colaba el frío del dolor. Una tristeza que no podía controlar y que la tenía en vela todas las noches soñando con Héctor.
Lita empezó a tejer para ocupar esas noches vacías, y ya no paró. Una colcha interminable con la que no conseguiría aliviar el frío de su corazón.
Se acercaba el día de la boda. Día de la desesperación y día de la felicidad. Lita se refugió como siempre en la cocina. Lloraba mientras preparaba el pastel, y a pesar de que la Yaya le advirtió que tuviera cuidado, sus lágrimas cayeron en la masa. Esto provocó una extraña intoxicación cuando los invitados a la boda probaron el pastel, y ante el asombro general todos terminaron llorando, añorando al amor de sus vidas.
Ese día Lita supo del “sacrificio” de Héctor: se había casado con su hermana para estar al lado de ella. Tan fuerte era su amor que no estaba dispuesto a permanecer lejos. Quería hacerla palidecer bajo su ardiente mirada cada vez que se cruzaran por la casa. Estaba dispuesto a metamorfosear su castidad en voluptuosidad sin necesidad de tocarla, sólo con mirarla. Quería transformar su pecho virgen en alimento para su hija cuando su esposa, cada vez más enferma y desgraciada, no pudiera amamantarla.
Pero hay amores que no se pueden silenciar. Amores que hacen saltar chispas en el granero. Amores que transforman las sencillas recetas de cocina en exquisiteces de los dioses. Amores que son tan evidentes que se perciben a cientos de kilómetros. Kilómetros de colcha que cubrieron las espaldas de Lita al marcharse de su casa. Kilómetros tejidos en sus noches de soledad.
Lita llora y sufre. Su sangre se disuelve en la salsa de rosas, las rosas que le regala Héctor en su partida. Su amor frustrado no se cura con un buen caldo, como decía la Yaya, pero alivia el dolor.
Cualquier receta es buena, si se hace con mucho amor. Recetas y recetas que se van sucediendo a lo largo de los años. Platos exquisitos que le recuerdan a Héctor. Y Héctor, que espera impaciente su vuelta porque ya está solo. Solo con su hija, la hija amamantada por Lita.
Cuando se reencuentran, muchos años después, vuelven a saltar chispas en el granero. Presos de la intensa emoción encienden de un solo golpe todas las cerillas que llevan en su interior acumuladas durante tanto tiempo. Las chispas provocan una luz que ilumina el túnel por el que Héctor y Lita se adentran. Un túnel que les muestra el camino que un día, feliz y a la vez desgraciado, se vieron obligados a vivir por separado.

11 de julio de 2007

Los ojos del ayer

Él llegó al pueblo en su largo caminar una tarde de primavera. Ella era una inocente niña que despertó al amor. Le ofreció bebida para aplacar su sed, comida para saciar el hambre y cobijo para su descanso. Él hablaba para ella y le desvelaba misterios que conocía. Historias de vida tras la montaña. Existencia de otro mundo desconocido y sorprendente para su ingenuidad. Flores de colores, melena al viento, tibio sol y mil caricias. Así vivió aquellos días olvidada de que existía un mundo a su alrededor. Un mundo real y gris. Llegó la hora de la partida. Y de las promesas. Dulce amor que llena su vientre. Habla con el espejo mientras su perfil se redondea. Y espera y espera mientras sigue la vida en la montaña. La niña se hace mujer y madre a la vez. Sentada ante la chimenea recuerda su ayer. Levanta la mirada y ve al hombre de sus sueños. La besa en la frente. Habla como él y mira como él, pero no es él.

6 de julio de 2007

Frida


Magdalena independiente. Tan independiente como para cambiar su verdadera fecha de nacimiento por el solo hecho de iniciar una vida en el mismo momento que una Revolución.

Ya desde su infancia marcada por las enfermedades. Rebelde e indómita. Igual que hacía su padre fotógrafo, quería plasmar en un instante eterno todo lo que veía a su alrededor.
Juventud orgullosa y subversiva, pasional y sensual.
Truncado viaje a sus dieciocho años que le dejó el cuerpo roto y el alma abierta a la pintura.
Convalecencia dura. Torturas físicas y psicológicas. Pintura desgarrada con autorretratos emocionados. Doliente postrada, sus ansias de vivir la declaran pintora recuperada.
Magdalena enamorada. Veinte años, veinte centímetros y veinte kilos la diferencian de su Diego amor. Amor y aventuras. Admiración mutua. Relación tormentosa. Vínculo creativo y político. Afán de una maternidad imposible. Odio y divorcio.
Dos Magdalenas en un solo ser. Diego amaba la pintura de Magdalena y Magdalena amaba a Diego. Se perdonaron e iniciaron un nuevo camino. Pero en la nueva senda también aparecen León, Nicolás, María o Georgia.
Su salud sigue resentida, machacada y lesionada, y ella continúa expresando su propia realidad mediante la pintura. Pintura que lleva un mensaje de dolor.
Magdalena consagrada. Conocida y querida en el mundo entero, en su país sólo expuso una vez. Única y última exposición. Muchedumbre enloquecida que quiere verla y tenerla.
Desobediente Magdalena, que no quiere pasar la fiesta en el hospital, lleva el hospital a la fiesta. No está enferma, está rota. Canta y bebe sus desgracias, pero también su éxito.
Poemas tristes, dolor y remordimiento. Palabras en su diario que piden a gritos una marcha feliz y no volver.
No vuelves, porque nunca te fuiste, Magdalena. Reposa feliz en tu Casa Azul.


(Dedicado a Frida Kahlo, que hoy cumpliría cien años)

5 de julio de 2007

Te siento

Te siento en mis entrañas cual semilla
Que quiso quedarse en el interior
Un tiempo
Que quiere vivir su propia vida
Ignorante
De cuán difícil es volar a solas
Semejante pesadilla

Te quiero ayudar y no me dejas
Prefieres furtivo y a hurtadillas
Renacer
Cual ave fénix de sus cenizas
Adelante
Es tu tiempo y no el mío
Aquí quedo tras las rejas

Mi prisión es mi amargura
Que quiero dejar y no puedo
Lo siento
Sé que ahora tú me ayudas
Agradecido
Me das todo tu aliento
Tu cariño y tu ternura

La vida se me acaba
Lo presiento

4 de julio de 2007

Un abrazo


Hace poco leí en uno de mis blogs favoritos un poema titulado "Antojo de un abrazo".

Casi todos los días recibo y envío mensajes por correo o por teléfono que terminan con "abrazos".

Yo sé que son abrazos de compromiso, de los que uno dice que da, pero no da. Que recibe, pero no recibe.

Tal vez no tenga nada que ver, pero acabo de caer en la cuenta que la palabra "abrazo" está formada por la partícula "a" y la palabra "brazo". La primera denota privación o negación, según el diccionario de la RAE. Por lo que curiosamente la palabra "abrazo" podría significar "ausencia de brazo".

Todo lo contrario de un abrazo, que se da con los brazos. O quizá en el verdadero abrazo no se noten los brazos.

Hace tiempo, mucho tiempo ya, me dieron un abrazo. Yo no lo pedí. Sólo surgió.

Fue un abrazo de verdad. De los que se recuerdan para toda la vida. De los que tu cuerpo siente el calor de la persona que te lo da. De los que te quedas con la sensación de ser querida, de ser amada, de ser pequeñita y a la vez muy grande.

De los que te envuelven con unos brazos fuertes pero a la vez cálidos. De los que te sientes segura en ese pequeño círculo que a la vez es tu mundo.

Un abrazo tan, tan abrazo, que antes de terminar ya lo estás echando de menos. Un abrazo tan, tan abrazo, que no quieres que te desprendan de esa roca donde tu cuerpo en segundos enraizó.

Un abrazo que te transporta a otra vida, a otro mundo, a otro cielo. Un abrazo que no sé si algún día volveré a recibir.

Un abrazo del que yo también tengo "antojo".

2 de julio de 2007

La gimnasta


Las gradas estaban repletas de gente que empezó a gritar y a ondear las banderas de su país cuando anunciaron el nombre por los altavoces.Eran muestras de apoyo de las compañeras, los familiares y los verdaderos seguidores de aquella modalidad deportiva, combinación de arte y deporte, expresión artística y expresividad corporal, ballet y música, plasticidad y belleza.
La había acompañado en todas las competiciones, desde que era pequeña, y aunque debía estar acostumbrada a lo largo de los años, no podía evitar encontrarse nerviosa cada vez que la contemplaba esperando el aviso de los jueces para entrar a la superficie donde tenía que realizar el ejercicio. La había visto ensayarlo muchas veces, y casi rozaba la perfección, pero sabía que en apenas dos minutos se lo jugaba todo.
Se celebraba la competición oficial y su hija estaba entre las ocho finalistas. Quería que se hiciera el silencio para que no perdiera la concentración.
Estaba guapísima, con el pelo recogido en un moño alto, el rostro pintado lo justo para resaltar su belleza juvenil. No le gustaba que se pintara demasiado y se lo repetía con frecuencia, pero la última palabra en cuanto al vestuario y al maquillaje no la tenía ella.
Llevaba un traje-maillot en color verde y plata con unos dibujos que serpenteaban su cuerpo, los brazos cubiertos por unas mangas ajustadas y semitransparentes, pero lo suficientemente cómodas para ejecutar los ejercicios con flexibilidad y a la vez con elegancia. Las zapatillas de media punta que calzaba, ya gastadas por el continuo uso, eran sus preferidas. En la mano llevaba la cinta plegada. La sonrisa en su boca le confería un perfecto dominio de la situación.
Cuando le dieron el oportuno permiso, entró en la superficie enmoquetada y se mantuvo en el centro durante unos segundos interminables, en una posición que se presumía incómoda para el resto de los mortales, hasta que un clic apenas perceptible avisó del inicio de la música.
El público ahora sí guardó silencio. Ella fue desplegando la cinta con suavidad, mientras sonaban los acordes de “Carmina Burana”. Empezó su ejercicio con un lanzamiento de gran altura, encadenando los movimientos con una técnica depurada y expresividad armónica en su cuerpo.
Combinaba la dificultad de los giros en perfecto equilibrio con la flexibilidad y el dominio de la técnica del aparato. Lo mismo dibujaba círculos, espirales y serpentinas, que ejecutaba asombrados lanzamientos de la cinta, recogiéndola luego sin dificultad después de zancadas y volteretas sin fin.
Iba cumpliendo el programa establecido ocupando todo el tapiz con sus movimientos, bajo la atenta mirada de los que allí estaban. Tal parecía que ninguno quisiera respirar, no fuera a ser que el más mínimo soplo de aire pudiera entorpecer el dibujo de la coloreada cinta.
La música cambió de ritmo, y la gimnasta también. Se intercalaban en el ejercicio partes suaves y partes rápidas. En uno de los dificultosos lanzamientos, tuvo que rectificar su estiramiento para recoger la varilla sin que llegara al suelo. Su experiencia le había enseñado algunos trucos que traía bien aprendidos, y esperaba que los jueces valoraran el máximo de dificultades de que estaba compuesto el ejercicio.
La cinta ondeaba alegre sin tocar el suelo y la joven interpretaba con elegancia y estilo el ritmo que llenaba la estancia. Quedaban pocos segundos para finalizar. La madre seguía atenta porque sabía que el ejercicio acababa con una dificultad extrema.
Su corazón se tranquilizó cuando la vio recoger el aparato con una amplia sonrisa que denotaba su alegría y seguridad. El trabajo estaba hecho. El público se puso en pie, y los aplausos y los gritos inundaron las gradas. Las pancartas de ánimo y las banderas del país se elevaron alborozadas. Ahora, sólo faltaba esperar. Los jueces tenían la última palabra.
Más tarde, cuando le estaban colocando la medalla, la madre sacó su pañuelo y se enjugó las lágrimas.
(Esta historia está dedicada a todas las madres de los deportistas de competición, sea cual sea la disciplina que practiquen)
 
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