30 de junio de 2007

El Teide




Muchas líneas te han dedicado
con mejor saber que las mías
muchas fotos te han sacado
por activa y por pasiva

Activo volcán permaneces
majestuoso e imponente
lava y fuego en tus entrañas
todavía está latente

Cuentan que un día Guayota
demonio de los infiernos
secuestró al Dios Magec
y se lo llevó hacia el averno

La luz y sol se apagó
los guanches piden clemencia
Achamán los escuchó
con el mal no hay indulgencia

De las entrañas de Echeyde
Magec es rescatado
el tapón, el Pan de Azúcar
y Guayota, derrotado

Teide altanero y bravío
orgullo de los tinerfeños
Patrimonio de la Humanidad
Fortuna del mundo entero




Al Teide, declarado por la Unesco Patrimonio Natural de la Humanidad



28 de junio de 2007

Volver

Antes sentía que tu sonrisa iluminaba la habitación. Esperaba tu llegada con impaciencia. Escuchaba tu voz con interés. Deseaba tu cuerpo enamorado. Compartía tu melancolía y tu aflicción. ¡Era tan fácil decir te quiero!
¿Quién puso el muro? ¿Quién cerró la puerta? ¿Quién apagó la luz?
Llegaste a mi playa sin pedir permiso. Tu presencia de madrugada inundó mi noche. Como brisa suave me supiste cautivar.
Yo me dejé llevar por tus caricias. Me dejé invadir por tu ternura. Me dejé encantar por tu hechizo. ¡Era tan fácil decir te quiero!
¿La rutina? ¿La costumbre? ¿La comodidad? ¿La seguridad?
Como el niño pequeño cuando empieza a hablar, así quiero musitar. Primero palabras cortas, que las largas ya vendrán.
Sí, amor. Sí, amar. Querer. Besar.
Enciende la luz, abre la puerta, derriba los muros.
Por si nos queda poco tiempo: ¡Mi amor, te quiero abrazar!

La luna

Este relato, está inspirado en la película “Hechizo de luna”, dirigida por Norman Jewison e interpretada por Cher y Nicholas Cage.




Una música suena de fondo: “La Bohème”, de Puccini, y la luna, la bella luna, brilla en todo su esplendor.
Lorena se quiere casar. Se quiere volver a casar. Su primer matrimonio empezó y terminó mal. Su padre no la llevó al altar, no hubo banquete de bodas, ni luna de miel ni felicidad. Quedó viuda en plena juventud. Mala suerte, cree ella.
Esta vez no quiere que sea así. Piensa que si su padre la conduce al altar y celebra la boda por todo lo alto, su suerte cambiará. No sabe que lo que debe hacer es escoger al hombre adecuado. Y el hombre adecuado no es Javier.
Javier, eterno soltero, pelele fácil de convencer, decidido a tener una mujer a su lado más por la costumbre que por el amor, aunque no sabe si casarse con Lorena le hará parecer más interesante a los ojos de los demás.
¿Por qué los hombres persiguen a las mujeres?
Javier contesta: “Dios le arrancó una costilla a Adán para crear a Eva. Tal vez por eso el hombre no esté completo como hombre y necesite una mujer para recuperar su costilla”.
Lorena sigue dudando entre la vivencia en soledad y la convivencia en la vejez. Nostalgia de un verdadero amor y miedo al desamparo.
En plenos preparativos para el casamiento, Lorena conoce a su futuro cuñado, Massimo, hombre sufridor que quiere desahogar su venganza contra el mundo, y que queda prendado de ella bajo el influjo de la luna.
En un instante sublime los cuerpos de Lorena y Massimo se tocan. Surge el amor. A él no le importa arder en los infiernos y ella no puede resistirse a su encanto. Quisieran detener el tiempo en la madrugada. Besos y caricias apasionadas, débil resistencia a los impulsos, ángeles tocando música divina, éxtasis total.
Suena “La Bohème” y brilla la luna. La bella luna, que sirve de unión entre el hombre marginado y la mujer enamorada.
El plácido sueño no evita que al despertar, Lorena reaccione cual mariposa herida que no puede volar.
Confusión y lágrimas. ¿El amor hace que todo sea hermoso o lo echa todo a perder?
Massimo sólo ama dos cosas en la vida, a Lorena y a la ópera. Y en la noche de luna llena consigue llevarla a ver La Bohème, confiando en que el hechizo, el de la ópera y el de la luna, rompa una lanza a su favor.
Bella en su candor, alborozada, complacida y radiante cual princesa, Lorena pasea de su brazo sobre la alfombra roja del teatro. En el techo, las lámparas lloran lágrimas de cristal.
En el escenario, la buhardilla de los bohemios, donde Marcello, Rodolfo, Musetta y Mimi cantan sus aventuras y desventuras. Sus amores y desamores, sus alegrías y sus penas.
Lorena derrama lágrimas por Mimi, que no consigue escapar de las garras de la muerte. Los bohemios lloran también la pérdida de la joven. La música sigue sonando.
Cuando salen a la calle, la luna, la bella luna, brilla en todo su esplendor. Massimo estrecha la mano de Lorena, su tesoro, la razón de su existir. Ella se siente mimada, halagada y confiada en el futuro. Ya tomó la decisión.
El amor hace que todo sea hermoso. El amor de aquellos dos seres afortunados tocados por el hechizo de la luna.

25 de junio de 2007

La misa


Se puso el único traje que tenía. Ya estaba un poco gastado, pues lo usaba en todas las ocasiones que él consideraba importante. Y ésta lo requería.
Era domingo, y después de muchas dudas y desconciertos, estaba dispuesto a enamorar a aquella chiquilla morena que tenía una sonrisa angelical.
Se puso colonia Varón Dandy, unos calcetines nuevos que su madre le había mandado en el último paquete recibido del pueblo, y unos gemelos en los puños de la camisa que su padre le regaló días antes de venir a estudiar a la ciudad, con la recomendación de que los cuidara con esmero, porque siempre habían estado en la familia.
Ya había visto a la chica varias veces en la misa de las doce, siempre acompañada por la que parecía ser su hermana mayor, pero no se sentía con fuerzas para dirigirse a ella. No sabía cómo empezar la conversación. Sus amigos habían insistido a menudo en la conveniencia de decirle cuando menos un piropo, para que notara su presencia, pero él no estaba muy decidido.
En la ciudad se sentía un poco acomplejado. En el pueblo era distinto, las demás chicas estaban loquitas por él o eso le demostraban cada vez que volvía de vacaciones. No era muy buen estudiante, pero intentaba sacar la carrera con esfuerzo, porque sabía que sus padres estaban gastando mucho dinero no sólo en los viajes, sino también en la pensión donde se quedaba, amén del que le enviaban mensualmente para sus gastos.
Después de habérselo pensado mucho, encontró lo que podría ser la fórmula adecuada para empezar a conocer a aquella chica con la sonrisa permanente en su boca.
Tenía la costumbre de ir todos los domingos a misa, porque sus padres así se lo habían enseñado, y aunque tenía muchas dudas con respecto al tema religioso, sobre todo desde que había llegado a la ciudad, seguía manteniendo ese hábito que quizá hoy le iba a servir para poder hablar con la persona que le había quitado el sueño desde hacía unos meses.
Había decidido llegar temprano ese día a la misa y colocarse en el banco donde casi siempre se ponían las dos hermanas. Con buena suerte, repararía en él, y quizá hasta pudiera estrechar su mano cuando el cura dijera lo de "Daos fraternalmente la paz". Después, a la salida de misa, la invitaría a dar una vuelta, a tomar un café o incluso a ir al cine.
Primero miró el dinero que tenía en los bolsillos, no se fuera a quedar verdaderamente en ridículo, y después de hacer cuentas pensando que también tendría que invitar a su futura cuñada, cogió el periódico que cada día leía en la pensión y miró la cartelera a ver si había alguna película que pudiera interesarle. Era muy difícil saber los gustos de aquella chica por las veces que se habían cruzado, pero él ya había sacado sus propias conclusiones.
Parecía un poco ingenua y un mucho romántica, así que al final decidió invitarla a ver "Un retazo de azul". El título era muy sugerente y trabajaba un actor llamado Sydney Poitier. Seguro que le gustaría.
Se miró al espejo por última vez antes de salir y unos ojos verdes aprobatorios le devolvieron la mirada. El pelo completamente rubio y lacio, un poco largo de acuerdo con el gusto de la época que le había tocado vivir. El traje poco adecuado a su edad, pero insustituible, si tenemos en cuenta la escasa variedad de que disponía para elegir entre su limitado vestuario.
Se colocó en el dedo un anillo con sus iniciales grabadas. Miró el reloj y cogió su cartera guardándola en el bolsillo interior de la chaqueta. No faltaba nada. Salió a la calle y la luz del sol le deslumbró. Tenía ganas de comprarse unas gafas de sol desde hacía tiempo, pero no se atrevía a pedir más dinero a sus padres, así que se enfrentó como pudo a aquella inusitada claridad, y emprendió decidido el paseo a la iglesia.
En poco tiempo, pensó, podré hacer este mismo camino para casarme con la chiquilla morena de sonrisa angelical.
Llegó temprano tal como había previsto, pero comprobó que una anciana se le había adelantado, y estaba instalada ya en el sitio estratégico que él tenía pensado ocupar. Se arrodilló justo detrás pensando que de todas formas no era mal sitio, porque así la podría contemplar mejor.
Cuando el cura salió y dijo "En el nombre del Padre...", ella todavía no había llegado. Se empezó a poner nervioso. No podía creer que precisamente ese domingo no viniera a la misa. Miraba inquieto hacia la puerta cada vez que oía el ruido de las antiguas bisagras dando paso a gente que llegaba apresuradamente antes de que empezara la "Lectura del Santo Evangelio según San Juan..."
Quizá la chica hubiera decidido cambiarse de banco, pero ya era casualidad...
El cura seguía con su disertación, y él estaba perdido en sus pensamientos. "Roguemos al Señor..." "Tomad y comed todos de él, porque este es mi cuerpo..."
Ya casi había perdido las esperanzas de encontrarla, cuando percibió una dulce voz que provenía del banco de atrás: "Hosanna en el cielo..." No pudo evitar que su cabeza se volviera de forma instantánea y sus ojos verdes se posaran en ella.
Le recorrió una corriente por su cuerpo y se quedó paralizado, sin saber qué hacer.Ya ni se acordaba del "Padre nuestro" y cuando llegó el momento de intercambiar "la paz" se produjo tal confusión de manos, que no supo a ciencia cierta si consiguió rozar las de ella, las de la hermana o las de la anciana que tenía delante y que insistía en repartir besos a todos los que estaban a su alrededor.
Antes de que tomara conciencia de la realidad, el cura dijo "Podéis ir en paz". Entonces presintió lo que iba a suceder: tendría que esperar otra semana, volvería a sacar su traje de domingo para asistir a la misa siguiente e intentaría de nuevo ver, tal vez hablar, con la que algún día sería su esposa ante los ojos de Dios y de los hombres.

18 de junio de 2007

Los enamorados


Otra noche que esconde el arrullo de los amantes. Otra noche que despierta las pasiones de los enamorados. Otra noche que vela el paseo tranquilo de los pies cansados.

Una pálida luz los espera al caer el día. Forman una pareja ideal. Sin dar tregua al desánimo, inician su camino, como cada noche, para dirigirse a aquel rincón.

Una pálida luz mantiene el coraje de tantos años de lucha. Cogidos del brazo, ayudándose entrambos, pasean por la avenida. La noche reconoce cada pisada, cada huella repetida día tras día. Sienten el aire fresco en sus pieles curtidas, pero están acostumbrados. No en vano llevan repitiendo el mismo camino más de cincuenta años.

Cuando se prometieron amor eterno, dijeron que volverían a aquel rincón todos los días. A rememorar aquel momento, y lo han cumplido. Los años no han menguado ni un ápice su amor. La esencia de aquella unión se ha fortalecido con el paso del tiempo. Han pasado por muchos momentos, buenos y malos, pero siguen juntos. Siguen envueltos en un hechizo del que no quieren despertar.

Saben que pronto uno de ellos dejará el camino. La fortaleza de las huellas cada vez es menor. Ninguno quiere partir. El cálido rincón presiente que tal vez mañana sólo reciba los solitarios pasos de uno de ellos. Pero no lo van a permitir. No podrían vivir el uno sin el otro. Se irán juntos. Sin lamentos. Sin reservas. Cruzan el puente que enlaza su vida con aquel rincón. Están decididos. Un beso sella su amor como cada noche y entre caricias se dirigen a su hogar, a su nuevo hogar.

Mañana, la pálida luz de aquel lugar tal vez reciba las promesas de otra pareja de enamorados. Tal vez escuche el juramento de un amor para siempre. Tal vez se convenza de que hay amores para toda una vida.

14 de junio de 2007

Despierto

Me despierto en una nube. No llego a la cita. Tengo que ducharme, vestirme y acicalarme para llegar a tiempo. Me ha costado mucho que cambiara su criterio, pero al final quedamos.
Pasaremos el día entero juntos. Iremos al sur, disfrutaremos de la playa, de la comida, del paseo y por la noche regresaremos.
Muchos cafés y mucha conversación para intentar convencerla de que soy su hombre, que no tiene que buscar más, que estaré con ella para siempre.
Muchos ratos escuchando sus lamentos, sus decepciones con otros hombres. Al final se ha convencido de que yo no soy como los demás, de que soy especial y seré la persona que la hará feliz. Bueno, la he convencido de que me dé una oportunidad para demostrárselo, que ya es bastante.
Tengo que levantarme o se me hará tarde para la cita. Pero me encuentro tan bien. Las cálidas sábanas me envuelven. Tengo el convencimiento de que me escuchará, me acariciará, me besará y me querrá. Y nuestro amor será eterno.
Me doy la vuelta en la cama y ella está aquí, conmigo. Puedo seguir acostado, en la nube, hasta que mi amor despierte. El ayer ya pasó. Sólo habrá mañana.

11 de junio de 2007

El mensaje

Vivía cerca del mar y todavía creía en las casualidades.
Le gustaba pensar que podían suceder cosas increíbles, y cuando los demás desconfiaban de cualquier hecho extraordinario, ella mantenía su creencia de que no todo tiene una explicación.
Solía dar largos paseos por la playa solitaria, sintiendo en cada paso que daba cómo se hundían sus pies descalzos por la arena blanca. Miraba el horizonte y soñaba con encontrar un amor allende el mar. Sabía que su sueño era posible, porque había leído tantas historias de amor, que se sentía personaje de aquellas historias. Sabía de tantos encuentros en la distancia, de tantos abrazos con el pensamiento, que tenía la certeza de que su verdadero amor la esperaba en algún puerto lejano.
Día tras día se acercaba a la orilla y contemplaba el ocaso. Sentía que en algún lugar de aquel horizonte tenía que estar él, donde el sol se despertaba, en otra orilla de otra playa, paseando también con sus pies descalzos, sintiendo otra arena quizá más negra y quizá más fría, pero esperándola a ella, soñando con ella, con la certidumbre de que algún día se encontrarían.
Una tarde lo decidió: escribió en una hoja de papel las palabras más bellas jamás soñadas. Palabras de dulzura, ternura y candor. Palabras de amor que el oído de un hombre sueña escuchar. Canto de sirena, música celestial. Entrega total. Mensaje imposible de olvidar.
Encerró aquella carta en una botella de cristal y la lanzó al mar, fiel cartero que llevaría su mensaje a su amado, que empujaría sus sueños a la otra orilla de la otra playa donde aquel hombre la estaba esperando.
Día tras día regresaba a su rincón solitario, convencida de que recibiría la contestación a su correspondencia. Dulce e inocente amor que miraba cada tarde fijamente aquel punto entre el cielo y el mar, con la esperanza de ver aparecer su rostro, de oír la voz de sus lamentos, de sentir la pasión de su hechizo.
Día tras día volvía a la playa de su soledad, y esperaba con la certeza de que en pocas horas, las palomas de sus manos acariciarían los cabellos sedosos de su amante, se unirían piel con piel, escondiéndose en la noche, con el arrullo de las olas.
Hablaba con la luna y le pedía que alumbrara el camino de su amado, que lo trajera hasta su orilla, que el vaivén de las olas no perturbara en las noches el firme sendero que lo atraería a su pasión.
Hablaba con la luna y le contaba sus deseos, hablaba con la luna y se envolvía en la húmeda arena, esperando el regreso de aquel increíble amor.
Hacía muchas lunas que la luna conocía el destino de los trozos de cristal, esparcidos por distintas playas del mundo. Hacía muchas lunas que la luna sabía de aquel papel mojado, con tanto fuego en sus letras que luchaba encarnizadamente por no deshacerse en las aguas de los mares por los que cruzaba.
Hacía muchas lunas que aquel hombre miraba el horizonte, desde aquella playa de arena negra, por la que paseaba cada día convencido de que su verdadero amor le esperaba en alguna otra orilla, lejos de su rincón solitario.

7 de junio de 2007

Mi ciudad




Memoria de siglos
que guarda mi ciudad
Memoria callada
que da su identidad.
Memoria escrita
en libros guardados
Memoria ejemplo vivo
de esfuerzos recompensados.
Ejemplo de ciudad
no fortificada
Ejemplo de arquitectura
en buen estado conservada.
Ejemplo de cultura
Patrimonio de la Humanidad
Ejemplo de vínculos
reconocida ciudad ideal.
Valores de sus rutas
Un turismo cultural
Valores de su gente
noble, fiel y leal.
Canaria y tinerfeña
lo soy desde la cuna
Pero mi gran orgullo es
mi ciudad de LA LAGUNA

6 de junio de 2007

Aquellos ojos

Esta historia está basada en el libro "SEDA" de Alessandro Baricco (Traducción de Xavier González Rovira y Carlos Gumpert, que siempre nos olvidamos de los traductores). Me lo prestó mi amiga María Adela, que es fiel seguidora de mis relatos y a la que se lo agradezco mucho. Me lo leí de un tirón y me encantó, así que lo recomiendo.


“Regresa o moriré”. El corazón le dio un vuelco al leer aquellas palabras que encerraban un gran amor.
Pero su gran amor no era ella. Su gran amor era su esposa, Helene. Lo sabía desde el fondo de su alma. Aquella otra mujer era la tentación.
La tentación vivía en Japón, muy lejos de su Lavilladieu natal, y sus ojos eran la tentación.
Cuando preguntó la primera vez dónde quedaba aquel lejano país, su amigo le contestó: Todo recto, hasta el fin del mundo.
Y allí fue. A buscar crías de gusanos de seda. Era la salvación para el comercio de su ciudad, para que la destreza de las hilanderas se viera reflejada en aquellas telas de seda que pretendían asemejarse a las orientales.
Por todo el camino oía la dulce voz de Helene pidiéndole que regresara pronto, que lo esperaba enamorada.
Pero los ojos grises de aquella mujer, que conoció en el primer viaje, le hicieron titubear durante un tiempo acerca de sus sentimientos.
Por eso quiso volver a Japón. Su amigo y los vecinos le encargaron que trajera más larvas de gusanos. Y volvió, aún a sabiendas de que el camino de ida era muy duro y el de vuelta también. Pero él no era de las personas que “asisten a su propia vida”. Él quería “vivir la vida”. Y sabía que regresaría a Lavilledieu porque Helene lo estaba esperando. Y sabía que llegaría otra vez “justo a tiempo para la misa mayor, el primer domingo de abril”.
Con estos viajes incrementó su riqueza, la de sus vecinos y la de su amigo, que hizo construir en la ciudad un claustro, un claustro que había imaginado redondo. Le confió el encargo a un arquitecto español que tenía cierta reputación en el ramo de las plazas de toros, y que le miró extrañado ante la advertencia de que no pusiera arena en el centro. Sólo un jardín con cabezas de delfín a la entrada.
Muchos otros jardines se construyeron en Lavilladieu. Jardines de lo imaginario. Jardines temáticos que en sus nombres reflejaban los anhelos de aquel hombre: El Jardín de Papel, El Bosque Sagrado, El Túnel Vegetal, El Jardín del Agua, La Rosa de los Vientos.
Antes de su ansiado tercer viaje, paseaba por aquellos jardines que en perfecta armonía pasaban de los bojs a las cascadas, de los colores a las fragancias, de las veletas a las terrazas, recordando aquellos ojos: “Llovía su vida, frente a sus ojos, espectáculo quieto”.
Los pájaros volaban de árbol en árbol libres por aquellos maravillosos jardines, lo que hacía que su espíritu se viera invadido continuamente por aquel recuerdo.
Construyó una pajarera intentando curar su nostalgia. Nostalgia de un amor que no era, que nunca había sido y que nunca sería.
A la pregunta de Helene, le contestó que iba a llenarla de pájaros diferentes y vistosos, y que el día que sucediera algo feliz, abriría la pajarera y los dejaría libres. No le contó que según había oído en Japón, los hombres orientales regalaban a sus amantes, para honrar su fidelidad, no joyas, sino pájaros refinados y bellísimos.
Helene lo recibió a la vuelta de su tercer viaje, con lágrimas de emoción en sus ojos, todavía en duda del resultado de la batalla que adivinaba se estaba librando en el alma de su esposo.
Él regresó como siempre "justo a tiempo para la misa mayor, el primer domingo de abril", aunque en este viaje sólo encontró destrucción y muerte. Aldeas carbonizadas, larvas de gusano que no superaron el reto del largo camino, un joven muerto que a la vez era mensaje y mensajero, y la búsqueda inútil de aquellos ojos.
Siete hojas de papel en tinta negra con caracteres que no entendía, le llevaron a París, donde una mujer japonesa las tradujo. La misma mujer que las había escrito por encargo de su esposa.
Siete hojas de papel capaces de desquiciar una vida. Siete hojas de papel con un mensaje de amor de la propia Helene, que deseaba ser, por encima de todo, aquellos ojos que su esposo nunca pudo olvidar.
Unos ojos que hicieron atravesar el mundo a un hombre que acabó sentado inmóvil frente a los jardines de Lavilladieu, luciendo unas minúsculas flores azules en su solapa.





3 de junio de 2007

El cuadro


Su corazón siguió latiendo por costumbre. Afortunadamente, no hizo falta que le pusieran un marcapasos, tiempo atrás, cuando cayó enfermo. Como si de una carrera de obstáculos se tratara, aurículas y ventrículos dieron un impulso que hicieron pensar a los demás lo peor. Pero salió reforzado de tal suceso, y siguió viviendo.
Después de estar tantos años trabajando en el mismo sitio, con la misma rutina diaria, con el mismo empleo, no supo qué hacer cuando le dieron la jubilación. Tenía que buscar un entretenimiento que le relajara lo suficiente y que le ocupara unas cuantas horas del día.
Había oído que en la Asociación de Vecinos de su barrio estaban inmersos en muchas actividades y allí se dirigió, pensando que encontraría, aparte de una ocupación, la posibilidad de conocer nuevas personas.
Probó diferentes juegos de mesa con los vecinos, e intentó durante un tiempo entretenerse con el juego del dominó y el del envite, con el juego de damas e incluso con el ajedrez, pero no le terminaban de animar. No sabía lo que quería, pero estaba seguro de que no era aquello lo que estaba buscando.
Se hacían otras muchas actividades, y casi todas las intentó sin éxito. Hasta que un día llegó más temprano al local y vio un pequeño grupo de personas que aprovechaban la luz del día que entraba por las cristaleras del edificio de la asociación, pinceles en mano y afanadas cada una delante de sus lienzos, intentando plasmar con líneas más o menos expertas, algo que podía ser un paisaje, una especie de bodegón, e incluso retratos de luminosos rostros copiados de alguna vieja fotografía.
Una profesora joven les iba enseñando uno por uno, repasando con firme trazo las distintas imágenes que cada “pintor” trataba de esbozar.
Le pareció maravilloso el bodegón que pintaba una de las señoras de avanzada edad, inspirándose en unas frutas de plástico que estaban colocadas en una cesta sobre la mesa.
El paisaje que vio en el lienzo de otro de los vecinos le hizo entusiasmarse. Era una composición en la que se reconocía fácilmente la plaza de la iglesia del barrio, con la fuente en el centro, y unos niños correteando alrededor, en un conjunto perfectamente equilibrado de líneas y colores.
Otra señora pintaba el rostro de su pequeña nieta cuya imagen tenía de modelo en una foto que besaba de vez en cuando mostrándola orgullosa.
Todo lo veía fascinante. Pero no sabía si él sería capaz de conseguirlo algún día. Sin pensarlo dos veces, habló con la profesora y a la semana siguiente empezó su actividad con el convencimiento de que podía hacerlo tan bien como cualquier otro a pesar de que partía de cero en aquel arte que desconocía por completo.
Trajo los materiales necesarios: unos pinceles planos, otros redondos, un lienzo tensado sobre un bastidor, unos cuantos tubos de pintura al óleo y una pequeña paleta para mezclar las pinturas.
Colocó en el caballete aquella tela blanca soñando con poder plasmar en ella todo lo que veía a su alrededor. En su cabeza bullían mil imágenes que pretendía dibujar en aquel lienzo. A pesar de que sus conocimientos artísticos previos eran nulos, quería descubrir por sí mismo nuevos horizontes que nunca había imaginado y nuevas aptitudes que estaban dormidas y que pugnaban por salir.
Para que exista el color, debe existir la luz, le dijo la profesora, explicándole lo que se conoce como “la teoría del color”: Newton observó que la interferencia de un rayo de sol con un prisma de vidrio proyectaba una imagen que no era otra cosa que el espectro solar, es decir, la descomposición de la luz en los siete colores del arco iris. Esa primera frase le impresionó y trató de descifrarla en su mente.
Empezó aprendiendo cuáles eran los colores fríos y cuáles los cálidos. En un perfecto círculo cromático fue comprobando la calidez de los rojos y naranjas, en contraposición a la frialdad de los verdes y azules. Aprendió que el amarillo, el rojo y el azul son colores únicos, pero que si los mezclaba entre sí conseguía otros distintos y nuevos.
Los colores fríos le producían un efecto tranquilizante, y los cálidos lo estimulaban provocando en su ánimo una sensación de vitalidad, fuerza y alegría, al contrario que los tonos obscuros que le producían la sensación de tristeza y melancolía.
Día tras día, mezclaba y mezclaba los colores para conseguir otros nuevos. Azul con amarillo es igual a verde. Amarillo con rojo es igual a naranja. Rojo y azul producen el violeta. Así estuvo probando y probando, obsesionado con la unión de los distintos colores. Alterando las proporciones de las pinturas, conseguía infinidad de mezclas.
Le parecía extraordinario y maravilloso conseguir tonos más oscuros o más luminosos simplemente con añadir negro o blanco al color y se enfrentaba cada día al lienzo con una nueva misión: lograr nuevos y singulares matices.
Entonces, se olvidó de su deseo de plasmar dibujos y figuras, animadas o inanimadas, y sólo acertaba a rellenar aquella superficie plana intentando encontrar los colores perfectos. Ya no quería representar aquellas frutas que estaban encima de la mesa y que habían servido como modelo a muchas personas antes que él, ni era su objetivo conseguir la expresión de un rostro o la luminosidad de un nuevo paisaje. Sólo pretendía lograr nuevos y desconocidos colores, distintos de los que su retina identificaba hasta ahora, pero cada vez lo encontraba más complicado.
Un día salió desilusionado por no poder conseguir los maravillosos colores que veía en su subconsciente. Había dejado de llover y caminaba sin rumbo pensando en ello, cuando se dió cuenta de un halo de luz que se reflejaba en el horizonte.
Se quedó paralizado ante tanta belleza. Comprobó que diminutas gotas de agua suspendidas en el aire hacían el efecto del prisma de Newton, descomponiendo la luz del sol en distintos rayos coloreados. Un arco iris perfecto integrado por miles de tonalidades de colores, las que él quería conseguir, le convencieron de que a veces, la mano del hombre no puede lograr lo que la naturaleza brinda por sí sola.
Al día siguiente, se dirigió a la Asociación con la intención de dibujar aquellas frutas de plástico que le esperaban impacientes en la mesa esperando ser pintadas.
 
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