29 de mayo de 2007

La luz


Fascinante. Se encontró de pronto en aquel sitio que le parecía el mismo cielo. La gente le saludaba amablemente y hasta le pareció que algunos llevaban unas incipientes alas. Pensó que podían ser ángeles. Pero por un momento se quedó dudando. No recordaba cómo había llegado hasta allí. Si de verdad era el cielo, no entendía por qué estaba él. Nunca se le había pasado por la cabeza la posibilidad de ser merecedor de un cielo, como él lo entendía. Sin lugar a dudas, debía estar soñando. Intentó pensar qué era lo último que había hecho, qué tren había cogido, con quién había hablado, qué había comido. En definitiva, quién era él. Había perdido la noción del tiempo y del espacio. Se preguntaba dónde estaban las calles, los vehículos o los animales de aquel lugar. Realmente parecía que iba caminando por encima de una nube. Se miró los pies y comprobó que estaba descalzo. Le gustaba la sensación dulce e inocente de ir pisando algodones. Era todo muy extraño. No podía identificar a los que se cruzaban con él. ¿Eran seres humanos? A algunos sólo les veía los ojos, pues el resto de la cara estaba tapada, incluso con gorros hasta la misma frente. Se vestían de verde. No sabía por qué, siempre había pensado que en el cielo se vestirían de blanco. Cerró los ojos por un momento y cuando los volvió a abrir, ya se encontraba en otro lugar. Aquí todo era de color rojo. Las paredes, las puertas, las ventanas… Traspasó la estancia caminando con cuidado. Sus desnudos pies estaban ardiendo y tropezaban continuamente con aquellas duras y desiguales piedras rojas. No encontró a nadie por allí y se puso a gritar. Al eco de sus alaridos le siguió un ruido ensordecedor. Parecía que todos los animales del mundo se habían unido emitiendo sonidos al unísono. Siguió dando traspiés, intentando encontrar una superficie lisa donde apoyarse un momento para descansar y poder taparse los oídos. No sabía dónde estaba ni a dónde iba. Empezó a correr y saltar haciendo caso omiso del profundo dolor que sentía en sus pies descalzos. Buscaba una salida que calmara sus sentidos, su cuerpo y su alma. ¿Estaría ahora en el infierno? No veía el fuego del que siempre le habían hablado, pero sí sentía un calor abrasador. No encontraba a nadie en aquella soledad, hasta que alcanzó a ver una luz en el horizonte. Siguió corriendo sin importarle las quemaduras de su cuerpo y de su espíritu. Tenía que conseguir llegar allí. Un presentimiento le decía que aquella luz era su salvación. Continuó con la mirada fija en aquel luminoso horizonte. Tenía miedo de perderlo de vista. Ya casi estaba llegando cuando le pareció identificar al fondo un reloj. Marcaba las tres y media. Pensó que quizá había perdido su tren. De pronto, descubrió unos ojos azules que le miraban y oyó una voz que le susurraba: “Venga, tiene que irse despertando. Su familia está deseando entrar a verle”

27 de mayo de 2007

Un punto de encuentro

Dulce tristeza la que me acompaña cada día
Amarga alegría cada noche se escapa de mi vida
Duros gritos que me llevan a la sinrazón
Tiernas palabras me convencen al amor
Suaves besos por la mañana como despedida
Bruscos abrazos en el ocaso a tu cuerpo rendida
Cálidos recuerdos de tiempos olvidados
Frías realidades de deseos superados
Triste despertar del amor pasado
Alegre nostalgia del amor amado
Pasión juvenil que arrolla la existencia
Cariño del querer que roza la indiferencia
Energía cómplice de cuentos recordados
Ineficacia total de cuerpos acabados
Un punto de encuentro quisiera buscar
Un punto de encuentro que me haga olvidar
Un punto de encuentro que me llene de dicha
Un punto de encuentro que me devuelva la vida

22 de mayo de 2007

Carta de dolor

¿Por qué no me esperaste? ¿Por qué me dejas aquí sola?
Me juraste amor eterno. Y te has ido. La eternidad para mí no tiene fin. Y tú le has puesto el letrero a nuestro amor.
Siempre juntos, prometimos. En la riqueza y en la pobreza. En la salud y en la enfermedad. En la fortuna y en la adversidad. Y tú no soportas el primer asalto. No quisiste seguir adelante. No tengo fuerzas para continuar, dijiste.
Cuando nos aceptamos, éramos dos niños, y mi experiencia ha sido tu experiencia. Mi dolor lo he llevado en tu dolor. Mi vida ha sido tu vida. Mi amor ha estado en tu amor.
¿Y ahora qué? ¿Con quién comparto dolor y amor?
¿A quién le cuento mi lucha diaria? ¿A quién reservo mi ternura? ¿A quién le llevo mi ilusión?
Yo pensaba que eras más fuerte. Yo creía que eras eterno. No quiero sentir este dolor.
Una vida llena de alegrías, unos años repletos de pasión, un amor interminable, una mezcla de mi amor y de tu amor.
¿Y ahora qué? Me obligas a coger otro tren. Que me lleve hasta tu puerto. ¿Que persiga tu querer?
Que sin ti yo no soy nada. Y no tengo nada que hacer.

No me repliques. Déjame marchar. No resisto este dolor. Tantos años reclamando mi fortaleza, que ya no puedo más.
Ya lo sé. Te lo prometí. Y me gustaría seguir contigo. Pero no todos somos elegidos. Y ahora tú eres la elegida. Para quedarte aquí. Debes seguir viviendo. Debes vivir.
Te has dedicado a mí en cuerpo y alma. Compartiendo todo. Siendo cómplices de lo bueno y de lo malo, de las tristezas y las alegrías.
Pero ahora te toca vivir.
Prefiero irme ahora. Es el momento. Hemos luchado mucho durante largos años. Y luchado juntos. Pero las batallas ganadas no me impiden perder esta guerra. Prefiero rendirme.
No me sigas, por favor. Lo dejo todo en tus manos. Y en tu fe, también. Hasta que sea tu hora. Hasta que quieras perder. Volveremos a encontrarnos. Nos volveremos a ver.

21 de mayo de 2007

Ayer


Ayer
Fuiste mi ilusión, mi vida, mi pasión
Ayer
Me hiciste soñar, vivir, amar
Ayer
Le diste sentido a mi historia
Me hiciste sentir la euforia
Del momento

Hoy
Es extraño lo que siento
Hoy
Quiero seguir en mi intento
Hoy
No es fácil lo que presiento
Difícil vivir este cuento
Con amor

Mañana
Tomaremos distinto rumbo
Mañana
Viviremos en otro mundo
Mañana
Buscaremos otra estrella
La vida será más bella
Que ayer

18 de mayo de 2007

Frío

Quiero permanecer sumergida en el hielo. Hace mucho calor ahí fuera. Estoy colocada en un sitio estratégico, sin hacerme notar, pero no sé cuánto aguantaré. Vienen nuevas compañeras y se van antes que yo. Entran y salen sin cesar. Se me abalanzan una tras otra y cualquier día voy a estallar. Se ríen de mí diciéndome que el tiempo pasa y que tengo que salir, que voy a caducar como me siga escondiendo, pero a mí no me importa. Prefiero estar aquí abajo y que nadie se dé cuenta de que existo, prefiero evitar el cambio de temperatura. Sé que el día que me elijan me van a abrir y me van a vaciar. Serviré para saciar a algún hombre o alguna mujer durante un efímero momento. Al fin y al cabo, sólo soy una botella de cerveza, una fresca botella de cerveza.

14 de mayo de 2007

La vida sin mí

Intento imaginar la vida sin mí.
Los primeros días supongo que serán muy dolorosos. Para mi familia, claro.
Mi marido y mis hijos estarán completamente desolados, sin saber qué hacer, como yo estaba cuando mi madre me dejó, hace ya algunos años. Pero esto será distinto, ya lo sé.
Mi marido no se acobardará fácilmente. El siempre ha sabido estar en su sitio. Siempre ha sabido de todo un poco. Y en honor a la verdad, ha hecho de todo un poco. No solo en el trabajo, sino también en casa. Nos hemos ahorrado una pasta gansa en los arreglos caseros. Y como yo soy poco participativa en casa, pues supongo que no me echará en falta cuando pasen unos días. Echará en falta alguien a quien gritar, pero supongo que al verse solo, o dejará de gritar, o se buscará otra. Seguro que otra más lista que yo.
Mis hijos. Esto ya es otra cosa. Dicen que todo se olvida con el paso del tiempo, pero recuerdo que durante mucho tiempo después de que se fuera mi madre, yo cogía el teléfono para llamarla sin darme cuenta que ya no estaba, o encaminaba mis pasos hacia su casa para verla y contarle los últimos acontecimientos que había vivido. Ella siempre se ponía de mi parte, aunque yo reconociera que no tenía razón. ¡Pues tú le tenías que haber dicho tal y tal cosa! ¡Qué se cree el tipo ese! Y yo salía reconfortada, después de creer que realmente alguien me entendía, se ponía en mi lugar y me daba las armas para seguir luchando. Otra cosa es que luchara, porque el ponerme la armadura, ya me costaba una barbaridad.
Mis hijos. Esto ya es otra cosa. Me duele pensar que no voy a estar. Recuerdo que cuando era niña, y mi madre se refugiaba en la habitación que yo compartía con mis hermanas, tratando de evitar los golpes de mi padre, ella nos decía que no se iba de casa por nosotros, por sus hijos. Y yo la entendía. Y aunque me dolían los golpes casi tanto como a ella, a mí no me dejaban marcas, y quizá por eso pedía a la chita callando que nunca se fuera de nuestro lado, que no nos dejara, que aguantara. Perdona, mamá. Te entendía antes y te entiendo ahora. Pero mis pocos años no me dejaban ver más allá. Perdóname.
Mis hijos. Menos mal que alguien inventó el teléfono y otro alguien inventó la webcam y podremos seguir hablando y viéndonos aunque estemos lejos. Yo siempre estaré dispuesta a decirles lo mismo que decía mi madre: ¡Qué se cree el tipo ese! ¡Tú pa’lante!.
Seguro que ellos entenderán que yo no podía aguantar más, que el primer golpe fue una sorpresa, pero que ya aprendí a ponerme la armadura, y ya no dejo que me hagan marcas.
Que estaré lejos, pero también cerca.
Cerca de ellos, y ellos, en mi corazón, siempre.

Emocionada


Voy a iniciar un viaje. Con un grupo de "viejitos" como yo. Me cuesta mil euros, pero no importa. Lo disfrutaré porque quizá sea el último que haga. El último y el único.

Voy con mi amiga Leo, que es un poco más joven que yo, pero que ha viajado mucho y tiene mucha experiencia. Ya me hizo una lista con las cosas imprescindibles. Tengo que comprarme un sombrerito para soportar el sol y una mochila pequeñita para llevarla a diario. ¡Quién me verá a mí paseando con una mochila a la espalda! Le digo que me va a dar vergüenza, pero ella me contesta que en esos países extranjeros nadie me va a conocer, y que tengo que llevar bien agarraditas mis cositas: la cámara de fotos que me regaló mi hijo, la crema para el sol que me recomendó mi hija, el abanico y la botellita de agua para los sofocos, los papeles y el dinero. Yo le dije que mi dinerito lo llevaba en una carterita de tela que me la metía en el refajo para más seguridad. Le pondré un imperdible también por si acaso.

Me compré unas cholitas cómodas porque dice que tendremos que andar mucho, aunque ella sabe que yo he caminado demasiado en esta vida. Cuando era niña me recorría los montes buscando leña para luego venderla, las piernas maltratadas de cruzar zarzales y veredas para rodear los caminos, esquivando a la guardia civil para que no me pillara. Alguna vez me quitaron el haz de leña que llevaba y tuve que regresar a casa con las manos vacías ante la furibunda mirada de mi madre, que en paz descanse. Pero esos eran otros tiempos. Tiempos de penurias y hambre.

Desde que me hice mujer, me mandaron a un taller de costura para que aprendiera el oficio, cosa que tengo que agradecer, porque el poco dinero que he conseguido en tantos años de trabajo, ha sido gracias a la ropa que he hecho. Empecé haciendo pantalones y chaquetas de hombre (americanas les decíamos nosotros), para luego venderlas a las tiendas. Hoy día eso ya ni se ve. Supongo que habrá máquinas que hagan la ropa, porque las costureras sólo estamos para subir vueltos y hacer pequeños arreglos cobrando una minucia. Que quede claro que yo hablo de mi pueblo que es lo que conozco.
También aprendí a hacer punto y cuando llegaba fin de mes y mi marido venía sin el sueldo porque se lo había gastado en el bar, me vi obligada muchas veces a quedarme noches y noches en vela tejiendo rebecas para poder ganarme cuatro duros, de los duros de antes, me refiero.
En los días de fiestas señaladas, como el Jueves Santo, el Día del Cristo o el Día de Corpus, en mi pueblo es costumbre que la gente estrene ropa nueva, así que muchas vecinas me hacían encargos de última hora para los que tenía que dedicar día y noche. Yo contenta por el dinero que ganaba pero agobiada por el trabajo que tenía. Aparte de eso, les hacía los trajes a mis hijos para que estrenaran también, los quería ver arregladitos, acompañando a su padre a las procesiones. Porque eso sí, él bebía y me daba palizas de vez en cuando, pero a las procesiones no faltaba nunca. Al principio yo le acompañaba, pero cuando los niños fueron un poco mayorcitos, me quedaba en casa para que la gente no me viera los moratones, y mientras yo preparaba la comida, él los llevaba y se mostraba orgulloso ante sus amigos, todos de la misma calaña.
Bueno, de esa historia no me quiero acordar, que el pobre ya murió de una hepatitis, y bastante que sufrió, así que sólo voy a pensar en mi próximo viaje, ahora que ya los niños no son tan niños. Menos mal que han crecido fuertes y sanos y sobre todo queriéndose entre ellos y amando y respetando a sus parejas, porque siempre tuve el miedo en el cuerpo de que viendo las peleas diarias con mi marido, se fueran a comportar igual.

Gracias a Dios los tiempos han cambiado y ellos son los que me han aconsejado que viva con alegría los años que me quedan y que aproveche la experiencia de mi amiga, que ha tenido una vida totalmente distinta de la mía.
A Italia nos vamos. Ya mi hijo me sacó por la Internet toda la información necesaria, aunque Leo dice que no hace falta, que nos van explicando todo por el camino. Estoy nerviosa, pero ya les contaré.

9 de mayo de 2007

Amor prohibido (final)


Se prometieron amor eterno. Era un sentimiento que cada uno vivía de forma distinta y que permanecía oculto a los ojos de los demás.
Se veían a solas de vez en cuando en el apartamento que le prestaba el amigo de él, casi siempre a unas horas que a ella le parecían fuera de lo común, pero que eran las únicas que no despertaban la sospecha de la engañada esposa.
Tenían que utilizar toda clase de artimañas para poder reunirse, y ella se reía cuando él venía con alguna nueva idea para hacer más fácil y menos notado el encuentro.
En estas peripecias se veían obligados a tener en cuenta muchos factores, a decir muchas mentiras y a solventar de manera rápida y disimulada cualquier situación anómala que se presentara mientras estaban juntos. Lo mismo se podían encontrar con algún compañero de trabajo común en un día que no trabajaban, lo que resultaba un poco sospechoso, o podían oír el timbre de la puerta del apartamento, lo que les dejaba sin aliento durante un buen rato, imaginando mil y una desagradables posibilidades que pudieran suceder.
Tenían que conjugar con buen criterio el tiempo disponible de ella, el tiempo disponible de él y el tiempo disponible del apartamento del amigo, conocedor de sus sentimientos, aunque jamás interesado por la identidad de la chica y evitando hablar del tema más allá de lo estrictamente necesario, a pesar de la amistad que los unía. Él sabía que era un buen amigo y que podía confiar en su discreción.
Ella comprendía que aquellos encuentros eran el único modo que tenían para expresar con verdadera libertad lo que sentían el uno por el otro sin sentirse apartados del entorno que les había tocado vivir. Al mismo tiempo se sentía apenada por la situación en que estaban inmersos.
Alguna vez hablaban sobre el futuro que les esperaba, pero él no lo tenía muy claro. Aunque fuera un absurdo, entendía a la perfección la canción de Antonio Machín: “cómo se puede querer dos mujeres a la vez, y no estar loco”. Lo mismo venía un día decidido a romper con ella, que al día siguiente estaba convencido de que tenían que irse lejos, a vivir su amor en otra ciudad y empezar una nueva vida. Pero la decisión se iba posponiendo, y el tiempo pasaba. A veces disfrutando los buenos momentos y las alegrías y a veces, sumido en la tristeza y la impotencia de no saber qué hacer.
Ella no lo quería presionar porque conocía sus disquisiciones y su ansiedad, y prefería dejar pasar el tiempo gozando de su compañía y de su amor cada vez que podía.
Pero llegó el momento que tenía que llegar. Sin forzarlo, por casualidad. El destino estaba escrito. Era muy tarde para él y el momento justo para ella. Por sus méritos en el trabajo y por su juventud, le dieron un puesto mejor y la trasladaron a otra ciudad. No se pudo negar. Era su futuro el que estaba en juego y cada día se iba convenciendo más de que él no entraría a formar parte del mismo.
Se despidieron a la francesa. Ella le dijo que vendría de vez en cuando y se podrían seguir viendo. Pero no fue así. Una vez obtenida su independencia laboral y familiar, le costaba mucho llamarlo. Al principio hablaban a menudo, pero poco a poco sus vidas volvieron a la normalidad, cada uno con sus obligaciones.
Él la echaba de menos, y quería seguir manteniendo en su corazón aquella llama de amor que sentía. Al mismo tiempo, la distancia que los separaba le servía de tranquilidad a su ánimo con respecto a su familia. Volvió a la rutina matrimonial y laboral.
Intentaba superar su apatía con la esperanza de un nuevo encuentro, pero un día su amigo le dijo que había vendido el apartamento. En esos momentos presintió que definitivamente volaban sus esperanzas de seguir manteniendo vivo aquel amor prohibido.

7 de mayo de 2007

Publicidad

No soy entendida en publicidad, y quizás mi opinión no sea muy válida, pero aún así, y porque soy consumidora de los productos que diariamente nos ofrecen, me voy a permitir hacer unos apuntes sobre algunos anuncios publicitarios que observo a menudo en televisión.
Supongo que la intención y el objetivo que pretenden alcanzar las empresas con los mensajes publicitarios es incrementar las ventas de sus productos. Quizás quieran mejorar la imagen del mismo o simplemente darse a conocer, aunque mi opinión es que el fin último de la publicidad siempre es el económico. Por tanto, deben cuidarla mucho para que los consumidores nos sintamos atraídos por el producto. En mi caso, algunas empresas lo tienen bastante difícil, si no cambian sus mensajes.
Hay un anuncio de un “snack” que asemeja la boca de un león cuando se parte en dos, y cada vez que voy a comer uno, me acuerdo de esa imagen y me entra un repelús, porque me parece que soy yo la que me voy a meter en la boca del león. Algo parecido me sucede con un anuncio de helado. Una chica saca de su boca una lengua de víbora que llega directamente al helado, sin necesidad de cuchara. Es una imagen tan desagradable que se me quitan las ganas de comer.
Hay otros anuncios que me hacen gracia aunque no los entiendo, porque no se corresponden con la realidad. He visto uno muy curioso donde unas jóvenes abren una nevera que está completamente llena de botellas de yogur líquido. No puedo entender dónde colocan en esa casa los demás alimentos. Supongo que tendrán que hacer como Lydia Bosch, en otro mensaje publicitario, que saca un yogur de su bolso y después de ofrecérselo a una amiga, lo vuelve a guardar donde mismo. ¿?
Más imaginación tuvieron los publicistas de un champú, que cuando una mujer que entra en la ducha, se lo aplica en sus cabellos, inexplicablemente le produce un orgasmo. Aunque ahora que lo pienso, será que no se lo pone en la cabeza, porque el champú que yo uso sólo produce jabón…
También son originales por el equívoco que producen, unos anuncios publicitarios sobre una marca de chocolate que al parecer produce un “placer adulto”. En uno de ellos interviene una pareja de adultos, y la chica le pregunta al chico, antes de llevarse a la boca el chocolate, si tomó “precauciones” (¿para qué?), mientras que en otro hay unas niñas que se esconden en su habitación para no ser descubiertas por su madre ante el “pecado” que van a cometer comiéndose el chocolate.
Los niños, lo mismo que los personajes famosos, son un recurso extraordinario en la publicidad. Igual anuncian una marca de colonia que un coche. Y lo mismo sale un niño superinteligente que sabe que el 70% de las defensas del organismo están en el estómago (ante la ignorancia de su madre y otros adultos), que un pobre niño que vende periódicos en la calle con noticias extras de ofertas en un supermercado, que lamentablemente me recuerdan la explotación infantil.
Y no hablemos de los tonos, politonos y sonitonos en los móviles, donde solo hay que enviar un mensajito de nada para que cuando te llamen por teléfono, aparezca un cateto que grita tu nombre y luego te diga “bájame de aquí, cojones”, que puede que a algunas personas les haga gracia, pero a mí me parece de lo más absurdo.
Los anuncios del turrón que “vuelve a casa por Navidad” y los mensajes de la Lotería de Navidad que “reparte ilusión” son los únicos que no me importa ver año tras año sin que pierdan la frescura, la ternura y el verdadero espíritu de lo que yo entiendo como publicidad.

Teatro Leal

He oído que van a finalizar las obras de restauración del Teatro Leal, en La Laguna, después de catorce años cerrado. No voy a hacer comentarios acerca del tiempo transcurrido. Sólo me da pena el que no se haya podido aprovechar durante tanto tiempo el Teatro para dinamizar la vida cultural de una ciudad que es Patrimonio de la Humanidad, y que según me enseñó mi padre tiene el título de “Muy Noble, Leal, Fiel y de Ilustre Historia Ciudad de los Adelantados”.

Solo quiero recordar los años en que yo, cuando era niña, y de eso hace ya muchísimos años, frecuentaba el Teatro. Mi padre fue durante mucho tiempo el taquillero, es decir, trabajaba en la taquilla vendiendo entradas. Y yo, con mis dos hermanos mayores, iba a acompañarle. No creo que fuera por hacerle compañía en sí, pero es sabido que a los niños les gusta ir al trabajo de sus padres, incluso hoy en día. Por las mañanas trabajaba en el Ayuntamiento de La Laguna. Y aunque también estuvimos allí varias veces, no era lo mismo.

Tengo el recuerdo sobre todo, de los domingos por la mañana en el Teatro Leal. Yo estaba deseando que se terminara la misa de once en la Catedral (teníamos que ir obligatoriamente e incluso prestar atención, porque a veces mi padre nos preguntaba por el Evangelio), para subir corriendo la Calle Carrera arriba hasta el Leal, y nos quedábamos allí hasta que mi padre terminara el horario de la mañana y regresáramos a casa a almorzar. Por la tarde volvíamos al cine de las cuatro.

Eran unos momentos muy entrañables de los que guardo imborrables recuerdos. En los primeros tiempos, de vez en cuando nos encontrábamos con don Julián, el que entendíamos nosotros que podía ser el jefe de mi padre, en una especie de despacho contiguo a la taquilla. Entonces no podíamos estar mucho tiempo, o por lo menos teníamos que estar calladitos y sin molestar. Pero la verdad es que pocas veces lo encontramos.

Me acuerdo que la taquilla, con muy pocos metros cuadrados, tenía dos ventanillas, pero una estaba casi siempre cerrada, y por la otra se entregaban las entradas y se recogía el dinero. Los talonarios de entradas estaban separados por colores que correspondían a butaca, platea, palco, anfiteatro y gallinero. A nosotros nos encantaba que mi padre nos dejara cortar las entradas, que venían separadas del correspondiente resguardo por una línea de puntos perforados para cortarlas mejor.

Por supuesto, y previamente, mi padre había tenido que numerar las entradas manualmente, y ahí también nos dejaba intervenir de vez en cuando. Había que hacerlo con mucho cuidado y realmente era un trabajo de expertos, ya que teníamos que numerar por un lado las sillas pares de cada fila, y por otro las impares. Y claro, no era cuestión de equivocarse, pues luego el acomodador (que en una época creo recordar era don Rogelio, y en otra don Pancho) podía tener problemas a la hora de situar a la gente que acudía al cine.

Justo encima de las ventanillas, había una serie de estampitas de santos, pero también había algún que otro almanaque pequeñito con la imagen de una chica, aunque hay que decir que ninguna obscena. También solía haber alguna foto o documento que alguien se había dejado olvidado, por si lo venían a reclamar. Recuerdo que había una traba dorada con una piedrita reluciente roja, y cuando yo la vi por primera vez me impresionó. Yo le pregunté a mi padre: “¿De quién es el oro?” Y él me contestaba, mofándose de mi: “¿Qué loro? Yo no veo ningún loro”. Y así un rato hasta que conseguí que me dijera que alguna señora lo había perdido. Allí estuvo mucho tiempo y nadie la vino a reclamar.

Mi padre se sentaba en una silla con las patas muy altas, cosa que también me llamaba la atención, pues en mi casa no teníamos muebles de ese tipo. Cuando nosotros nos sentábamos para asomarnos a la ventanilla, teníamos que hacer verdaderas peripecias para llegar al asiento, tan pequeños éramos. Había una especie de mueble escritorio de madera oscura, cuyo tablero se levantaba para guardar las entradas de los días posteriores y otros documentos y listados cuadriculados, que supongo servían para anotar las ventas de entradas y los ingresos de dinero o algo así. Permanecía siempre cerrado con llave y nos parecía que debía esconder muchos secretos.

También había un perchero antiguo donde mi padre colgaba su sombrero y su bufanda los días de invierno lagunero, y una pequeña repisa con otros utensilios, que quizá por estar a la vista no me llamaron tanto la atención.

Supongo que para que no le diéramos la tabarra a mi padre, nos mandaba a la sala de butacas, y a veces incluso ayudábamos a quitar el polvo a los asientos, al mismo tiempo que íbamos comprobando todos los números de las butacas y hacíamos ruido en el piso de madera corriendo desde la puerta hasta el escenario, cubierto con una cortina roja que terminaba en una especie de volantes medio dorados. Por supuesto, también nos gustaba mucho atravesar aquella cortina y subir al escenario, cuando no estaba el panel donde se proyectaban las películas. Nos escondíamos detrás, pero debo reconocer que a mí me daba un poco de miedo los entresijos que comunicaban con los lados mediante unas cortinas negras. Y ni qué decir tiene que a los baños nunca iba, a no ser por fuerza mayor, porque ahí sí que me entraba el pánico, pues eran algo tétrico y fantasmagórico, o por lo menos así lo percibía yo.

Nos llamaba la atención también las lámparas que colgaban del techo y las pinturas medio gastadas por la humedad y el tiempo. La cantina con todas las golosinas que vendía Manolo, y la colección de programas de mano de cada película que hoy tendría un valor incalculable, si no fuera porque un día mi madre consideró que no servían para nada y que era mejor tirarlos a la basura. Y recuerdo con cariño también a dos Antonios: don Antonio Rivero, que al parecer era el que traía las cintas desde Santa Cruz (que en aquel entonces a mí me parecía que quedaba muy lejos), y don Antonio Melgarejo, que estaba siempre fiel en la puerta de entrada y al que todavía veo pasear de vez en cuando por La Laguna.

Pero lo que hacía que me olvidara hasta de dónde estábamos, eran los momentos en que (sobre todo mi hermana y yo, porque mi hermano ya era un poco más grande y pasaba un poco de eso) escuchábamos tocar el piano. Porque había un piano a los pies del escenario y sonaba de vez en cuando de la mano de Gerardo. Realmente no sé cuál era su función en el Teatro, pero sí sé que estuvo yendo durante un tiempo en el que nosotras estábamos medio atontadas, aunque él ni se percatara de nuestra presencia. La música nos parecía celestial, a pesar de que no entendíamos nada. Al principio nos escondíamos en las butacas de atrás para oírlo sin que se diera cuenta, y luego ya nos atrevimos a acercarnos, haciéndonos mil preguntas acerca de aquel chico con gafas que había aparecido de pronto y nos deleitaba con su música. No sé cuánto tiempo duró aquello, pero yo lo recuerdo bien. Luego se dio la circunstancia de que fue él quien hizo el reportaje fotográfico de mi boda, y se dio también la coincidencia, pasados los años, de que mi hija y su hijo se conocían. ¡Cosas del destino!

Bueno, seguiré recordando aquellos días y espero poder volver al Teatro Leal cuando terminen las obras y comprobar las diferencias que hay con respecto a mis recuerdos.

Día de la Madre


Ayer fui al Corte Inglés a cambiar unos pantalones y por la dificultad que tuve para entrar en el aparcamiento, me imaginé que habría muchísima gente en el comercio.
Así fue. El ascensor tardaba en llegar, y decidí subir por las escaleras, a pesar de mi maltrecha rodilla. Llegué a la planta dedicada a la Mujer, y comprendí el motivo de tal muchedumbre. Los carteles anunciaban el Día de la Madre, y se apresuraba la mayoría a adquirir el regalo correspondiente para hoy.
Yo no tengo madre, y mi único consuelo es recordarla. En mi niñez no se acostumbraba a celebrar este día con tanto énfasis ni con tanto gasto. Yo recuerdo que una vez le escribí una tarjeta de felicitación a mi madre que decía:
"Por ser Día de la Madre, te quiero felicitar, como no tengo dinero, te regalo esta postal".
Y ella lloró de emoción al recibirla, quiero pensar que por la ilusión que le hizo, no por la desilusión si esperaba otro regalo.
Hoy día, los niños le exigen a los padres el regalo pertinente para la madre, y aparte, ese día se celebra con una comida familiar en un restaurante, por supuesto, para que las felicitadas no tengan que trabajar en la cocina.
Aunque dicen que es un invento del Corte Inglés, a mí me parece bien que celebremos el Día de la Madre, y el Día del Padre, y el Día del Hijo, y el Día de la Vida, y todos los días que nos apetezca. Lo interesante es celebrar y celebrar, cada a uno a su modo.
Yo le llevé a mi madre unas flores al cementerio, como hago cualquier otro domingo, y dedico estas letras a su memoria.
"Mamá, gracias por todo lo que me diste, gracias por todo lo que me enseñaste, y gracias por todo lo que me quisiste".

5 de mayo de 2007

La verdad

Dos vidas paralelas
Dos vidas olvidadas
Dos vidas hilvanadas
Dos vidas marginadas

Ella con pasión
Viviendo al minuto
Buscando el porvenir
Desesperadamente

Esperando el futuro
Tranquilamente
El vive confiado
Apaciblemente

Un hombre en soledad
Una mujer en multitud
Dos almas confundidas
En busca de la verdad

La verdad condicionada
La verdad representada
La verdad deseada
La verdad olvidada

Sienten el amor
D
e forma diferente
Amor por unos hijos
Amor por el ausente

Amor en la quietud
Amor en la agonía
Dolor por una cruz
Dolor a mediodía

Por la noche el sueño
El dolor se hace pequeño
La rabia contenida
La razón vence al dueño

El sentir de la razón
Dentro de su corazón
Latiendo con pasión
Se estremece de emoción

Emoción que hace llorar
Emoción que hace temblar
Emoción interrumpida
Por un grito de verdad

La verdad ignorada
La verdad reservada
La verdad aceptada
Pero siempre la verdad

1 de mayo de 2007

Amor prohibido (2)

Pensaban que una vez tomada la decisión, todo iba a ser más fácil. Ambos tenían claro cuáles eran sus sentimientos con respecto al otro, así que sólo era cuestión de organizarse y vivir el amor intensamente.
Los primeros días coincidían deliberadamente después del trabajo para tomar una copa juntos y hablar. Él hablaba y ella le escuchaba entusiasmada. Toda su vida le parecía interesante y las experiencias vividas, que por su edad eran numerosas, las contaba como si de una película se tratase. Ella, dada su juventud e inexperiencia, no tenía mucho que contar. Sólo le expresaba sin pudor sus sentimientos, y deseaba que llegara el momento de entregarse a él. Pero sólo le pedía que fuera sin precipitaciones, "en el sitio adecuado y en el momento oportuno". Deseaba disfrutar de esos momentos con tranquilidad, antes, durante y después de hacer el amor.
Ya había tenido encuentros con chicos que no le dejaron precisamente buen recuerdo, quizá por el lugar inadecuado o por la rapidez con que todo acababa. En las pocas ocasiones que lo había hecho, o bien los chicos terminaban separándose rápidamente ante el temor de que llegara alguien y los pudiera ver en actitudes no deseables, o bien, ella misma pedía que la situación terminara, asqueada por la brusca actitud de algún chico carente de sensibilidad.
Él llegó un día con la alegre noticia de que un compañero le había dado las llaves de un apartamento, así que sólo tenían que buscar el momento para verse a solas. Para ella era más fácil poner una excusa en su casa, pero para él, feliz esposo y padre, era una preocupación añadida.
La primera vez quedaron un sábado a las diez de la mañana. Él dijo en casa, ante la extrañada mirada de su esposa, que tenía una reunión, y que vendría a la hora del almuerzo.
Había quedado con ella en que llegaría primero para comprobar que "el camino estaba despejado". Ella se duchó y se vistió tranquilamente, como si fuera a ir de compras con unas amigas, y llegó al lugar a la hora convenida, pensando durante la ida que era de lo más extraño hacer el amor a las diez de la mañana. Hizo sonar el timbre con dos toques cortos tal como habían quedado y como si se abrieran las puertas del paraíso, fue recibida por aquel hombre ya entrado en canas, ilusionado como un chiquillo, pero con el corazón palpitando de una manera exagerada como si se le fuera a salir del pecho.
Cerraron la puerta tras de sí y se besaron con pasión. Hablaron unas pocas palabras, para reafirmarse en sus sentimientos y en lo que iba a suceder.
Pasaron al dormitorio donde todo les resultaba extraño, con una cama deshecha (quién sabe si otra pareja habría venido antes en iguales circunstancias) y una semioscuridad que les permitía ver apenas sus rostros brillantes, sus cabellos revueltos, sus cuerpos desnudos y sus amplias sonrisas después de mucho tiempo disfrutando uno del otro.
Cuando terminaron, la felicidad se adivinaba en sus semblantes. Todo había salido bien y no había nada que temer, aunque a él le estaba entrando un sentimiento de preocupación por lo que había hecho. Decidieron salir por separado. No querían que nadie los viera juntos a aquellas horas un sábado a mediodía, así que ella salió primero, y él esperó unos minutos en el apartamento. Durante ese tiempo pensó en su esposa y se sintió culpable. Dejó el lugar con rapidez y cuando salió a la calle sintió el aire fresco en su cara. Iba nervioso mirando a los que se cruzaban con él suponiendo que su rostro reflejaba lo que había hecho.
Llegó a su casa y se metió rápidamente en la ducha. Le parecía que su cuerpo estaba impregnado del aroma a colonia de bebé que usaba ella. Durante el almuerzo, apenas hablaba y procuraba evitar los ojos de su esposa porque pensaba que los suyos le delatarían. Ya por la tarde se fue tranquilizando y el domingo lo pasó mejor, aunque en el fondo de su alma se mantenía un sentimiento de culpa que lo llevaría por mucho tiempo.
 
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