28 de abril de 2007

El cisne

Su primer hijo nació en el mes de mayo, coincidiendo con la celebración del Día de la Madre. Una avispada enfermera del hospital donde dio a luz, que a la vez era “representante de Avon”, le vendió al emocionado padre un perfume que serviría de regalo a la joven y feliz mamá.
El perfume estaba dentro de una pequeña botella que tenía la forma de un cisne blanco, y la tapa de la misma se asemejaba a una corona sujeta a la cabeza del animal. Cuando la joven lo vio, se quedó prendada, y aunque utilizó el perfume varias veces, comprendió enseguida que el envase le llamaba la atención más que el contenido.
Poco a poco, el pequeño cisne se fue quedando en un rincón del tocador, como un objeto de decoración, más que como un perfumador.
Los años transcurrían, y sus gustos iban cambiando a la hora de perfumarse diariamente. Las distintas fragancias que utilizaba siempre llegaban en pequeñas botellas con formas llamativas, dándose paso unas a otras a medida que se iban terminando.
El pequeño cisne con su corona seguía en una esquina del tocador, temiendo que algún día le pusieran en el mismo camino que a aquellos otros vidrios que llegaron con posterioridad, pero a la mujer nunca se le pasó por la cabeza aquella idea.
Algunas veces intentó abrir la tapa de la botella desenroscando la corona con intención de volver a oler aquel olvidado perfume, pero estaba atascada por el paso del tiempo y el poco uso, así que era toda una incógnita el aroma que podía tener. Esperaba poder destaparla algún día y quizá por eso no se había desprendido de aquella pequeña botella, y seguía prendada de ella como el primer día.
Cuando llegaba la noche se sentaba frente al espejo del tocador, y a veces se sentía como un “patito feo”. El paso del tiempo y las circunstancias adversas que le había tocado vivir se reflejaban claramente en su rostro.
Pensaba que la felicidad ya no reinaba en su vida. Sin embargo, miraba la botella y su expresión cambiaba. Estaba convencida de que si lograba abrirla y se ponía unas gotas del perfume que contenía, se convertiría en un bello cisne y regresaría a su juventud, a aquel día en que se sintió la mujer más feliz del mundo cuando vio por primera vez a su hijo.
Se acercaba el primer domingo de mayo, y se celebraba el Día de la Madre. Ese día se levantó decidida a buscar lo que ella pensaba que le daría la felicidad: un utensilio que le sirviera para quitarle la corona al cisne. Por fin comprobaría si el contenido era tan mágico como ella soñaba.
En ese momento, tocaron a la puerta. Su hijo venía a felicitarla y a pasar el día con ella. Se llenó de alegría y se olvidó de sus propósitos.
En la esquina del tocador, el cisne respiró tranquilo.

24 de abril de 2007

Amor prohibido

Era feliz con su familia y nunca se había planteado siquiera la posibilidad de un engaño, pero cada vez que se acercaba a aquella mujer, no podía evitar que el corazón le diese un vuelco. Su presencia venía precedida de un suave aroma a colonia de bebé, y su sonrisa iluminaba la estancia y le daba una alegría inesperada y a la vez deseada.
Ya le impactó desde su primer encuentro, cuando entablaron una conversación tan fluida que parecían dos amigos que se conocieran desde siempre.
Se acostumbraron uno a la otra compartiendo los buenos y los malos momentos de sus vidas respectivas, y a pesar de que otras muchas personas trabajaban en el mismo espacio, ellos formaban un dúo muy especial.
Como si presintiera lo que iba a suceder, intentó evitarla durante unos días, pero sólo le sirvió para acrecentar su deseo de estar con ella.
Ella tardó más tiempo en darse cuenta de sus verdaderos sentimientos. Un día, sus brazos desnudos rozaron con los de él, provocando una especie de electricidad que la obligó a separarse bruscamente. Lo miró extrañada y se rieron, preguntándose qué había sucedido.
Pasaron varios días casi sin mirarse hasta que una tarde, al finalizar la jornada, coincidieron en la salida. No fue nada premeditado, pero tuvieron ocasión de hablar sin tapujos de lo que sentían el uno por el otro.
Para él era muy difícil la situación. Era feliz en su vida familiar, con su esposa y sus hijos, y no pretendía hacerles daño. Pero reconocía que ya no podía estar sin ella, que no tenía sentido la vida sin su presencia.
Para ella también era complicado. Prefería haberse enamorado de alguien más joven que él y que le pudiera ofrecer un futuro mejor que el que se avecinaba, donde no tuviera que vivir su amor a escondidas de los demás y donde el riesgo tomara las riendas de sus encuentros.
Pero como dice el refrán "El corazón tiene razones que la razón no entiende", y cuando el verdadero amor te toca, nadie le puede poner freno.
Era difícil, pero no tardaron mucho en tomar la decisión: Seguirían adelante con aquel maravilloso sentimiento que les unía, olvidando las dificultades que sin duda iba a acarrearles aquel amor prohibido.

20 de abril de 2007

Soledad

Iba caminando sin rumbo fijo, aunque sabía que era un trayecto de ida y vuelta. No le importaba. Se puso la sonrisa en los labios por si alguien la miraba. Una vez, hace muchos años, le habían dicho que tenía una bonita sonrisa. Ahora no tenía a nadie que se lo repitiera. Miraba a la gente con la que se cruzaba, directamente a los ojos, pero nadie reparaba en ella. Nadie reparaba en nadie. Evidentemente, cada uno conocía su camino, porque llevaban un paso apresurado, como si alguien los estuviera esperando en su destino. Tan sólo encontró unos pocos que iban disfrutando realmente del paisaje que ofrecía la ciudad. Supuso que eran extranjeros por la indumentaria que llevaban. Siguió caminando y cruzó el pequeño mercado. En los puestos de frutas y verduras, la gente se agolpaba con mucho alboroto. Las señoras mayores con los carritos de la compra, y las señoras más jóvenes con los carritos de los bebés. Algunas parejas se reunían en uno de los bares que disponía de mesas y sillas al aire libre. Pensó detenerse en uno de ellos para desayunar, pero pronto desechó la idea y siguió caminando. Llegó a un puente que siempre estaba muy concurrido. La gente se paraba en la barandilla para ver correr el pequeño río que por allí transcurría, pero ella estaba harta de verlo todos los días. Anduvo y anduvo, aunque presintió que no había pasado mucho tiempo. Caminaba muy deprisa sin saber por qué. Quizás pretendía aparentar que a ella también la esperaban. Decidió ir más despacio, deteniéndose en los escaparates de las tiendas que encontraba a su paso. No había nada en ese momento que le hiciera falta comprar, así que ni por un momento se le pasó por la mente entrar en ellas. Llegó a un parque solitario y se sentó en uno de los bancos. La cabeza le daba vueltas y no paraba de pensar. Siempre se había preocupado por los demás. No entendía qué fallaba en su vida. Sintió una angustia en su alma y las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos. Se puso las gafas de sol para disimular su estado. Llegaron unos niños al parque y empezaron a jugar sin reparar en ella. Miró su reloj y comprobó que había pasado el tiempo establecido. Tenía que volver, así que se puso nuevamente la sonrisa en los labios iniciando su camino de vuelta con las mismas ganas que había empezado el de ida.

19 de abril de 2007

Mar

Paseaba sola por aquella avenida que bordeaba la playa. Aunque casi estaba oscureciendo, todavía quedaban unos niños bañándose divertidos en el mar. Le entró un escalofrío. Estaba intentando tomar una decisión, pero tenía miedo a equivocarse. El olor a mar le llegaba, inundando todo su espíritu. Lo había echado mucho de menos, y no entendía cómo había estado tanto tiempo lejos de la isla. Sabía que algún día volvería, pero nunca imaginó que fuera en aquellas circunstancias. Unas gotas salpicaron su rostro y se sintió afortunada. Se detuvo apoyándose en la barandilla y allí estuvo un buen rato escuchando el incansable vaivén de las olas. Miró el horizonte donde casi se fundían el cielo y el mar, el inmenso mar. Ya los niños se habían ido, y ella no sabía qué hacer. Inspiró profundamente y decidió regresar.

17 de abril de 2007

Sueño o realidad

Mis ojos se cierran sin mi permiso. El sueño me va venciendo y poco a poco voy pasando a otro estado donde se entremezclan historias y sonidos.
Estamos paseando por una playa de arena fina cogidos de la mano. Vamos descalzos y de vez en cuando las olas mojan tímidamente nuestros pies.
Nos detenemos fijando la vista en el horizonte, porque el sol está llegando a su ocaso. La visión es maravillosa.
Te miro y me miras. Sonríes y sonrío. Cuando tus labios se van a posar en los míos, me despierto. Todo ha sido un sueño.
Tomo conciencia de la realidad. Estoy sola, sentada en el sillón de la sala, la tele encendida, con un dolor en las vértebras cervicales del esfuerzo realizado para mantener mi cabeza erguida. Me lo pienso mejor, apago la tele y voy a la cama.
Quiero seguir soñando, quiero seguir paseando por aquella playa, quiero sentir el agua en mis pies, quiero notar tu mano en la mía y deseo que tus besos vuelvan a ser míos.
Pero ahora el sueño no se hace realidad. O la realidad no se convierte en sueño.

16 de abril de 2007

El aparcamiento

Aparcaba todos los días en el garaje del edificio donde trabajaba. No tenía ninguna plaza asignada, aunque casi siempre dejaba su coche en el mismo sitio, porque le era más fácil hacer la maniobra de aparcamiento.
Un día observó que un coche gris se le adelantaba en la llegada y ocupaba “su” plaza, con lo que tuvo que buscar otra a regañadientes. Se lamentó por haber tardado tanto, criticó los atascos que había encontrado en su camino, y se hizo el firme propósito de ir más temprano al día siguiente. Pero cada día se le hacía más difícil su objetivo. La plaza estaba ocupada cada vez que llegaba.
Se fue generando en su cabeza una obsesión, una especie de pugna diaria por conseguir ocupar aquella plaza. Intentó adivinar si conocía al dueño de aquel coche gris, leyendo la tarjeta que era obligado mantener visible en el salpicadero del vehículo, pero entre el temor a ser descubierto y la oscuridad que había a esa temprana hora, se quedó con las ganas.
Le extrañaba que nunca coincidiera con el dueño de aquel coche, así que para satisfacer su curiosidad, estuvo saliendo durante varios días, unos minutos después de la hora, y otras veces unos minutos antes, con el afán de adivinar quién era el osado que le quitaba el sitio con tanta frecuencia.
Así pasó varios días como un gato persigue a un ratón, intentando conseguir la ansiada plaza, hasta que llegó una mañana al garaje y vio pintada en el suelo una señal de “Reservado para minusválidos”. Aparcó en otra plaza y se alegró de ser el ratón.

12 de abril de 2007

Mi blog

Me encanta saber que todos los días hay gente anónima que lee los artículos de mi blog. No sé, quizá estén despotricando de lo que escribo, pero yo prefiero pensar que sienten algo positivo al leerlos. Que no digo que sea la panacea, solamente me conformo con que tengan algún sentimiento de regocijo, de ternura, de emoción, o simplemente de curiosidad. Quizá se pregunten quién será la persona que escribe, será hombre o será mujer, será joven o será mayor, tendrá inquietudes o será indiferente a todo. Puede que tengan la duda razonable acerca de si he vivido lo que he escrito, las distintas situaciones que reflejan mis escritos o simplemente, al ver tantas letras juntas, pasen a ver otro blog que tenga más dibujitos o sea más entretenido.
Ya sé que tiene que haber de todo en "la viña del Señor" y también lo entiendo, pero me pregunto el por qué somos tan reacios a hacer comentarios sobre lo que leemos. Y digo SOMOS, porque reconozco que a mí me pasa lo mismo. Leo muchas veces los artículos que se publican y claro está, tengo una opinión acerca de ellos, pero no sé si es el temor a que no reciban el comentario como yo lo pienso en ese momento, o si es el propio pundonor el que me hace no incluirlo. En cualquier caso, quiero que sepan que lo que digo en la primera línea es muy cierto. Me encanta saber que hay gente anónima que lee mis artículos. Me siento halagada, porque cuando empecé a escribir, mejor dicho a publicar, ni siquiera soñaba con ello.
Al principio pensaba que tenía muchas cosas en la cabeza, y que de alguna forma, las tenía que contar. Me daba un poco de corte, sobre todo para la gente que me conoce, que, como es lógico, es la primera que lo lee, pero después me voy entusiasmando y cada día voy a mirar si alguien me ha dejado algún comentario, si tenemos sentimientos parecidos o simplemente si les he hecho reflexionar de alguna manera.
Por mi parte, intentaré llevar a la práctica en otros blogs lo que estoy buscando en el mío, porque a fin de cuentas, creo que la gran mayoría de los blogs personales tienen el mismo fin: expresar tus ideas, tus emociones, tu estado de ánimo, tus sentimientos y tus opiniones, que todo es muy respetable.
Desde aquí les animo a que hagan lo mismo, y doy las gracias a todos los lectores anónimos.

11 de abril de 2007

Mi sueño

Cuando era joven tuve un sueño. Estaba perdida en un lugar y tú me encontrabas. Había atravesado un camino tortuoso y difícil que no parecía tener fin, y cuando estaba próxima al desespero, apareciste tú invitándome a cruzar y devolviéndome la tranquilidad de mi sueño. Cuando desperté, la imagen de tu rostro tranquilo y apacible se mantuvo durante horas en mi mente. Después te olvidé, pero en el fondo te seguí soñando. Nunca imaginé que un día mi sueño se convertiría en realidad. Y hoy, por fin, estás conmigo.
He tenido una vida llena de experiencias. He sido esposa, madre, abuela y he conocido el dolor de una separación. Pero hoy no quiero revivir nada de lo pasado. Solo pienso en el presente. Ni siquiera en el futuro que, a fin de cuentas, nadie sabe cómo será. Solo el presente. El presente, y contigo.
Me dicen que estoy en edad de cuidarme y me repiten que lo que tenía que vivir, ya lo he vivido. Pero yo creo que hoy empiezo. A vivir y a disfrutar.
Cuando me casé, lo hice ilusionada pero sin convicción. Era muy joven y para mí supuso una liberación de unos padres exigentes y poco dados a demostrar su cariño. Tropecé con un marido que me quería, al que no supe corresponder en su justa medida.
Cuando quedé embarazada, mi ignorancia y mis miedos se confabularon para que ni siquiera disfrutara del momento. Vivía siempre pensando en lo que podía pasar, no en lo que sucedía en ese instante, así que los años transcurrieron sin darme cuenta que mi hijo había crecido y que pronto me convertiría en abuela.
He vivido sola durante muchos años y, aunque no te buscaba, desde el momento en que te vi, supe que eras el hombre de mi vida, de mi vida y de mi sueño. Me ofreciste galante tu mano cuando intentaba bajar del barco que me había llevado a visitar a mi hijo y a mis nietos, y la imagen de mi sueño, que había guardado durante tantos años, volvió convertida en realidad. Parecía que me estabas esperando, deseoso de que cruzara aquella pasarela para tenerme contigo.
Nuestras miradas se iluminaron presintiendo nuestra dicha, y desde ese día, y a pesar de los años que sumamos, vivimos con la ilusión de dos jóvenes enamorados y la ternura y la complicidad de dos viejos apasionados. Las horas del día son pocas para vivir intensamente nuestro amor y el mundo nos parece pequeño para disfrutar tanta felicidad.
Hoy quiero decirte, en este día tan especial de nuestro enlace oficial ante los ojos de los demás, que nuestra unión empezó aquella noche lejana en que tuve un sueño, y que mi sueño ha dejado de serlo para convertirse en realidad.

10 de abril de 2007

El reflejo


Trabajaba en una oficina situada en la quinta planta de un céntrico y nuevo edificio, muy cerca de la estación donde llegaba todos los días a la misma hora y de donde regresaba a casa cuando acababa su jornada diaria.

Subía en el ascensor hasta su despacho, por un lado porque un quinto piso implicaba muchas escaleras que su rodilla ya no estaba dispuesta a soportar, y por otro, porque necesitaba ese minuto que tardaba en subir para enfrentarse con la persona cuya imagen le devolvía inexorablemente el espejo del ascensor.

Generalmente no encontraba a nadie en aquel corto trayecto, y si por casualidad coincidía con alguien, repetía el viaje para estar a solas con su imagen unos segundos.

Aunque se miraba en el espejo de su casa antes de salir, siempre se sorprendía con algún detalle al observar su reflejo con detenimiento en el ascensor: alguna arruga que no había percibido antes, una cana nueva, un botón desabrochado, algún resto de lápiz de labios en los dientes, o simplemente esperaba de aquella imagen una aprobación que nunca llegaba.

Cada día que pasaba se incrementaba su deseo de llegar al ascensor para comprobar qué cara se reflejaba en el espejo, y su ánimo para el resto del día dependía de lo que observara por la mañana.
A veces le sacaba la lengua cual niña pequeña, a lo que su reflejo le respondía con toda clase de movimientos de burla y muecas en la cara, que la ponían de mal humor para todo el día. Otras veces, si llegaba con buen ánimo, le cantaba aquello de "monísima, monísima, monísímá", y la imagen del espejo reía y reía agradecida.
Una especie de dependencia hacia la imagen del espejo fue naciendo en ella, y la confianza en aquella otra persona se ampliaba cada vez más. Tal era su grado de complicidad, que si percibía una expresión severa en su rostro, imaginaba que le había molestado en algo y le preguntaba directamente por su infelicidad, y si captaba un brillo especial en los ojos, no hacía falta preguntarle nada, sabía cuál era el motivo.
Un día llegó al ascensor y no encontró la imagen, tocó las paredes desesperadamente buscando una puerta por la que se pudiera haber escapado, pero sólo recibió el frío como respuesta. Corrió al puesto de seguridad del edificio y le preguntó al guardia con desespero qué había sucedido en el ascensor. La respuesta la dejó helada: “Algún gracioso le dio una patada al espejo y lo rompió”.

4 de abril de 2007

Expectación

Caminaba por el centro de la calle de forma titubeante. Sus ojitos miraban a cada lado, posiblemente temerosa de la situación en que se encontraba, o simplemente en busca de algo. No prestaba atención a los coches que pasaban casi rozando. Los que transitaban por la acera no entendían qué podía estar haciendo allí. De pronto, reparó en lo que pudo haber sido una porción de pan antes de que algún coche le hubiera pasado por encima, y se lanzó hacia aquellas migas sin pensar el peligro que corría. Por unos segundos, justo antes de que el semáforo se volviera a poner en verde dando paso a los apresurados conductores, pudo saciar el hambre que llevaba acumulada desde hacía unos días. Una señora que llevaba un rato contemplándola gritó ante la posibilidad de que el vehículo que venía lanzado hacia ella, la atropellara. Pero la paloma, con una sangre fría espectacular y calculando al centímetro la distancia, levantó sus alas y echó a volar.

3 de abril de 2007

La visita médica

Llegué al Consultorio médico a las cuatro de la tarde, después de dar varias vueltas buscando aparcamiento. Tuve que dejar el coche muchas calles más allá y darme un largo paseo hasta allí, pensando, no obstante, que a esa hora no podía haber mucha gente. Mi gozo en un pozo. Diez o doce personas ocupaban todos los asientos disponibles en la minúscula sala de espera, por lo que me tuve que quedar de pie, expuesta a las miradas de los otros pacientes, que ya se encontraban sentados. En ese momento me di cuenta que no me había limpiado los zapatos, así que no sabía cómo esconderlos.
El hombre que justo delante de mí había entregado la tarjeta en la ventanilla a la silenciosa enfermera preguntó: ¿Quién es el último para la doctora? Yo vi “los cielos abiertos”, porque me evitaba a mí tener que hacer la dichosa preguntita. Sólo tenía que seguir sus movimientos, y en cuanto él saliera del despacho de la doctora, me tocaba a mí entrar. Así de fácil. Nunca me había gustado eso de “pedir la vez”.
Otro señor que estaba sentado se ofreció a darme el sitio, pero le dije que no y le di las gracias. Lo había pensado mejor y la posición en que yo me encontraba, más alta que ninguno, me permitía verlos con facilidad y fijarme bien en cada uno. No sabía para qué, la verdad, pero me sentía con ventaja.
Los conté varias veces y fui haciendo mis propias deducciones. Una pareja entradita en años, dos señoras ya mayores acompañadas de una sobrina regordeta, una madre joven con una niña vestida con uniforme de un colegio, un joven desesperado por entrar que no paraba de moverse y de mirar el reloj, el señor galante, el otro que entró delante de mí y yo. Total, que en la práctica sólo tendría seis personas delante de mí.
Le tocó el turno al señor galante, con lo que ocupé su asiento. Menos mal que era un sitio estratégico para librar la dura batalla de la espera. Me entretuve con disimulo mirando los resultados de un análisis de sangre realizado días atrás, pero como no entendía nada, opté por guardarlos y seguir con el examen de mis compañeros sufridores.
La niña de uniforme estaba incordiando a la madre, que ya no sabía qué hacer para entretenerla, y el joven desesperado estaba llegando al borde del ataque de nervios mirando insistentemente el reloj. Al marido que formaba la pareja entradita en años le dio un apretón, y le pidió a la enfermera permiso para entrar al baño. Cuando salió, le dijo a la supuesta esposa que salía a la calle a fumarse un cigarro, y yo me imaginé que debió sentir vergüenza por haber dejado “perfumado” el baño, ya que acto seguido, oí el “flisss” y olí el ambientador que la enfermera se esforzaba por esparcir ante tamaña incidencia. La esposa al final tuvo que entrar sola a ver a la doctora, porque el marido no volvió.
Al rato entró en la sala de espera un joven de traje y chaqueta con un maletín en la mano, y supuse que era un visitador médico. No sé por qué no piden hora como los demás mortales. En cuanto lo vio, las facciones de la enfermera cambiaron rápidamente, los ojitos le hicieron chiribitas y una sonrisa seductora se colocó en su rostro. El le habló bajito y ella le dijo a media lengua que esperara unos minutos, que lo dejaba entrar a hablar con la doctora cuando saliera el paciente, si le prometía que no iba a tardar mucho, porque la tarde estaba siendo agotadora. Yo no me sentí con fuerzas para iniciar una protesta, y me imagino que los que quedaban allí tampoco, aunque en honor a la verdad, debo decir que el joven no tardó más de diez minutos con la doctora. Mientras tanto, yo seguí con el estudio fisonómico que me había propuesto.
El señor que iba delante de mí había cogido una revista desde que llegó y no levantó la vista hasta que le tocó su turno, así que no pude deducir con claridad si sólo iba a pedir recetas, si tenía alguna enfermedad pasajera o si era de los que iba a pedir la baja porque estaba harto del jefe.
Las dos señoras acompañadas de la sobrina (esto lo deduje de su propia conversación, porque las llamaba tías, no piensen que tengo tanta capacidad de concentración), estaban tosiendo continuamente, por lo que la chica se esforzaba en atenderlas, ahora dándoles un pañuelito de papel y después intentando abrigarlas mejor para que no cogieran frío. Ellas se miraban entre sí en una competición de toses y estornudos, queriendo aparentar quien estaba peor que la otra, para que la atendieran primero. Al final entraron todas juntas, y la sala de espera se despejó quedando en el aire los efluvios que habían lanzado y el aroma sutil del ambientador floral que la enfermera había extendido por la habitación.
Cuando me quedé sola en la estancia, me di cuenta que el reloj marcaba casi las seis. Agradecí que se me hubiera pasado el tiempo entretenida y sólo confiaba en que la doctora me dijera que el resultado de mi análisis era todo lo satisfactorio que cabría esperar.

2 de abril de 2007

La búsqueda


Esperaba paciente que llegara el amor a su vida. Desde que era joven se fijaba en los chicos con los que se tropezaba. Había decidido cómo sería su amor, y en su mente iba formando cada día un rostro que nunca encontraba.

Tendría un par de años más que ella, sería moreno, con las facciones marcadamente masculinas. No le gustaba un hombre barbilampiño, pero agradecía que estuviera bien afeitado. Prefería que tuviera el pelo liso, aunque temía que su propio pelo rizado iba a influir más en la posible herencia genética que le dejara a sus hijos, si los tenía algún día. Deseaba que tuviera los ojos claros, y los labios bien delimitados. No soportaba un hombre que no tuviera labios, aunque tampoco le gustaba un hombre “bembón”. Todo debía tener su justa medida. También quisiera que fuera inteligente y estudioso, pero sin ser la típica “rata de biblioteca”. Que tuviera una amplia cultura y un deseo perenne de saber. Que tuviera un sentido del humor innato, sabiendo en qué momento hacer reír pero sin querer hacerse el gracioso. No conocía nada más odioso que un hombre diciendo tonterías para caer bien a los que están a su alrededor.

Encontraba algún defecto a los que estudiaron con ella, y no se planteaba salir con ninguno. No había término medio en sus compañeros. O estaba “el repelente niño Vicente”, con gafas, sabihondo y tremendamente acomplejado, o estaba el vanidoso que creía que tenía que gustar a la fuerza a los demás, y en realidad era un ignorante que no pensaba sino en su físico.

Alguna vez se planteó bajar un poco el listón. Quizá si empezara a buscar uno rubio, o uno que fuera menos inteligente. Podía buscarse incluso uno gordito, o tal vez uno casado. Pero no, ella seguía día tras día su inacabable búsqueda sin dar su brazo a torcer.

A medida que transcurrían los años, seguía analizando los hombres que pasaban por su vida. En el Instituto, en la Universidad, en la cola del paro, en el gimnasio, en los distintos trabajos por los que pasó, y hasta el día que le hicieron un homenaje por su jubilación.

No encontraba el apropiado: a sus ojos todos eran “imperfectos”. Nunca se dio cuenta que la “imperfecta” era ella.
 
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