30 de marzo de 2007

Rimas de Nochevieja

Por primera vez en muchos años,
me encuentran ya vestida
con mis mejores galas, apunto,
a punto digo, y lo de mejores galas me refiero
a un suéter con brillantes,
que amortizado lo tengo bastante.
A todos quiero desear en esta noche maravillosa,
un dos mil siete venturoso
y que se acabe este dos mil seis
que, por cierto,no ha sido nada pegajoso.
A la comida me voy a referir,
tengan ustedes buen cuidado,
no será como las cenas del Mencey,
a las que, según creo, ustedes ya están acostumbrados.
Aquí somos más humildes, y con dos burras y una tabla,
un mantel de papel, y mi vajilla de Santa Clara,
armo yo un pitote que los dejo sin habla.
Primero, los consabidos "camapés",
que doña Gregoria tan bien nombraba,
Alejandro se encargará de las fotos y del cava ,
bueno, mejor zarracina, que es el mejor invento
que se ha hecho en la cocina.
Las batatas o boniatos con bacalao grasoso,
se van a chupar los dedos
y hasta me quedaron graciosos.
Los cogollos los trajo Leyda,
con anchoas del Cantábrico,
Las Ortiz son las mejores,
según dicen, trae buen fario.
También se encargó
de los famosos langostinos,
que Enoc, Nelson y Gustavo
los chuparán con buen tino.
Serrano, queso, aceitunas
y hasta cherry los tomatitos,
para que los platos queden,
pero que muy requetebonitos.
Y qué les voy a decir de la carne requemada,
que se la coman con salsas, que las tenemos variadas:
Verde, de aguacates; amarilla, de mostaza,
y la rosada, como pueden suponer,
comansela rápido, porque hice tan poca
que no la van ni a ver.
Y de postre, Montse se encargó, una tarta de tres pisos
con nata, frutas, y no sé qué más. Nos va a entrar el hipo.
Adrián vendrá a disfrutar
de un fin de año precioso,
como todos ustedes saben,
es el niño de mis ojos.
Y qué me dicen de las bolsas de cotillón,
las mismas que el año pasado,
por favor, llevenselas ya,
que esto es más que complicado.
Y para que la cosa no quede así como desangelada,
tenemos un poco de turrón que Dévora trajo de la isla hermana.
No, no me olvido de Dévora, ya ella partió el año,
un poco lejos, en China, pero a las doce y media,
si a ustedes les apetece,
la veremos por la pantalla chica.
Supongo que Roberto y Luisa
aparecerán después de las uvas,
como todos los años,
a desearnos buena fortuna.
A Melquiades no lo nombro, aunque es fácil imaginar
que con Nieves estará, cansado de tanto bailar.
Bueno, a todos les deseo, los presentes y los ausentes,
que tengan un feliz año, con salud, amor y dinerete.


29 de marzo de 2007

Carta de amistad


Querida amiga:
No sé por dónde andarás ni qué será de tu vida. Hace mucho tiempo que no sé de ti, pero acaba de llegar tu recuerdo a mi mente.
Siempre fuiste "mi amiga del alma" cuando estudiábamos juntas, cuando éramos niñas. Compartíamos pupitre y compartíamos deberes. Tú me ayudabas más que yo a ti, pero así eras de generosa. No te importaba dar aunque no recibieras nada a cambio. Eras bella por dentro y por fuera.
Las dos teníamos el mismo uniforme: un pichi a cuadritos blanco y negro con tablas, una blusa blanca debajo y una cinta roja anudada al cuello, pero tú lo llevabas de forma descuidada y las tablas sin planchar. Sabía que no tenías madre que lo hiciera y te imaginaba trabajando duro en tus quehaceres caseros cual mujer grande en su hogar.
Yo comparaba a mi padre con el tuyo y no entendía cómo podía vivir sin una mujer como mi madre, que lo hacía todo. Le preparaba la ropa limpia por la mañana, se la ponía a los pies de la cama para que él supiera qué camisa o qué calcetines utilizar ese día, le tenía el plato de comida preparado en la mesa cuando llegaba del trabajo, y soportaba con fortaleza toda clase de hirientes comentarios relativos no sólo a la “temperatura” de la comida, sino a la “escasa longitud” del dinero que no llegaba nunca a final de mes.
Está claro que tú eras la que resolvía todos esos problemas en tu casa, la ropa, la comida y lo que hiciera falta. No sé de dónde sacabas el tiempo para estudiar, a pesar de tu ocupada vida, porque siempre eras la primera en el colegio y yo estaba muy orgullosa de ser tu amiga. Las “niñas ricas” no querían saber nada de nosotras. Se conocían entre ellas formando un grupito que procedía de un colegio de monjas donde no se impartía el bachillerato y no les quedó más remedio que integrarse en nuestro centro, aunque siempre estaban protestando por la obligación de llevar un uniforme que les impedía lucir sus modernos trapitos.
Recuerdo que una de ellas nos contó un día que le había pedido a los Reyes “una falda de tergal”, y estuvimos intrigadas hasta que nos explicó que el tergal era un tejido que no se arrugaba, con lo que la falda de tablas mantenía los pliegues intactos sin necesidad de usar la plancha. Yo pensé que a ti y a tu falda del colegio le vendría bien ese tejido, pero me callé.
Tú no le dabas importancia a esas cosas ni te preocupaba lo más mínimo que nos mantuvieran separadas del grupo. Tratabas con desenfado cualquier tema y tu capacidad de entendimiento sobrepasaba con creces a las demás y aquí me incluyo, aunque tú me hablabas como si yo te entendiera. Una vez te dediqué un libro poniendo “A la amiga más sincera que he tenido”, porque creía que tus explicaciones sobre temas que en ese entonces se consideraban “tabú” eran una especie de secreto entre tú y yo. Más tarde de di cuenta que hablabas con todo el mundo de la misma forma, sin importarte quién estuviera oyendo tu interesante conversación.
Siempre estabas al lado del más débil, que en este caso era yo, y nunca permitías que se rieran de mí y de mi ignorancia. Recuerdo que cuando tenía once años y comenté que tenía una hermanita nueva, estaban todas alucinando con el hecho de que yo no supiera ni siquiera que mi madre estaba embarazada. Tú saliste en mi defensa diciendo que era yo la que me burlaba de todas ellas, porque se habían creído mi “supuesta” mentira.
Cuando con quince años empecé a salir con un chico, una de las que llamábamos “niñas ricas” me preguntó dónde lo había conocido. Yo dije que paseando por la calle y ella se reía y se extrañaba porque había conocido al suyo en una bolera, que era un sitio de lo más “chic”. Te lo fui a contar rápidamente porque no sabía ni que eso existía. Tú te reías con mis comentarios y me decías que no le hiciera caso, que el novio no le iba a durar mucho, como así fue. Nunca sentiste envidia de ninguna, ni siquiera en el asunto de los chicos, y me decías que la persona que a ti te gustaba nunca lo iba a saber y que te quedarías soltera.
Yo me puse a trabajar cuando terminamos el bachillerato, y tú entraste en la Universidad con una beca. Los primeros años continuamos viéndonos de vez en cuando y supe que te habías metido en política. Te definías como una militante de izquierdas que buscaba un mundo mejor para todos y defendías la igualdad entre mujeres y hombres.
Cuando nos vimos por última vez te encontré cambiada. Seguías vistiéndote de forma descuidada y nada femenina y llevabas la cabeza totalmente rapada. Pero la dulce expresión de tus ojos era la misma que tenías los primeros años en que nos conocimos.
Tu mirada protectora cambió de expresión cuando te conté que me iba a casar. Me preguntaste si estaba segura de lo que iba a hacer y cuando nos despedimos me dio la sensación de que iba a ser la última vez que nos veíamos. Así fue.
Desde entonces no he sabido nada de ti, y no sé por qué tu recuerdo me ha venido hoy a la mente. Me gustaría encontrarte de nuevo. No sé por qué te fuiste, ni si te acuerdas de mí. Pero te necesito.

26 de marzo de 2007

La visita


No me visites todavía. Me quedan muchas cosas que hacer y quiero que cuando llegues me encuentres dispuesto. Pero todavía, no. No lo estoy, lo reconozco.

Sé que te estoy pidiendo demasiado y que tu agenda la llevas a rajatabla. Sé que nadie tiene que marcar el día de tu visita, que lo tienes que señalar tú y nadie más que tú, pero por favor, no me visites todavía.

Hay mucha gente que está deseando verse contigo, y una ley absurda no les permite el encuentro. Gente pidiéndolo desesperadamente, algunos sin poder hablar y sin poder moverse para ir en tu busca. En ellos tendrías que ejercitar primero tus derechos, para que así se puedan resolver los suyos. Pero, por favor, no me visites todavía.

Quiero quedarme un tiempo con los míos. Ya sé que no es tiempo de disfrutar con ellos, que tenía que haberles dedicado más horas, que tenía que haberles escuchado tiempo atrás. Ya sé que tienen sus ocupaciones como yo las tuve. Pero les quiero contar muchas cosas. Les voy a explicar que deben vivir la vida como si fuera el último día, que deben disfrutar todo lo que hacen como si no fueran a repetirlo más, que deben pensar en los demás para que los demás piensen en ellos, que deben cuidar el mundo para que siga estando ahí cuando ellos se vayan. Quiero explicarles que nada de eso hice yo porque supuse que nunca vendrías, que siempre tendría alguien que vigilara mi puerta para que no entraras, que no te acordarías de mí.

Por eso hoy, cuando estoy convencido de que ya no tengo guardián que te impida el paso, cuando estoy deseando tener más tiempo para sentirme plenamente feliz, te pido, por favor, no me visites todavía.


Retazos

Conseguí abrir con dificultad las asas de la bolsa de plástico que un día, hace ya muchos años, decidí cerrar haciendo un nudo con ellas. Se había adherido una a otra y me costó mucho despegarlas. En la bolsa se leían apenas, borradas por el paso del tiempo, unas letras que casualmente, hacían alusión a una tienda donde las telas se vendían por kilos, no por metros.
Me olvidé de la bolsa y empecé a sacar retales de tela guardados, sobrantes de lo que algún día fueron trajes, faldas, blusas y hasta cortinas que confeccioné con esmero. Cada uno de ellos me hizo recordar retazos de mi vida pasada.
Un trozo de “vichy” de cuadros azules y blancos me trajo a la memoria uno de los primeros manteles de cocina que con dieciocho años bordé a "punto diablo", ilusionada ante mi próxima boda. Iba a formar parte de mi ajuar, aunque no tenía nada que ver con otros manteles y sábanas que recibí bordadas por las expertas manos de la que iba a ser mi suegra.
Distintos trozos de “batista”, unos lisos y otros estampados con florecitas, que un día sirvieron para hacer alegres trajes de verano para mi hija pequeña. La revista Burda me servía de ayuda con los patrones y aunque al principio sólo hacía ropitas sencillas, con cuatro costuras y poco más, me atreví con empresas mayores, siempre ayudada por la experiencia costurera de mi madre.
Retales de tejido “pirineo” rojo y blanco conformaron un traje de Papá Noel para una fiesta de Navidad en el Colegio de mi hijo. Encontré también trozos de tela de “lona” con rayas de colores, con la que hice un poncho para vestirlo de mejicano en las fiestas de Carnavales. Mi madre me ayudaba a hacer los disfraces de mis hijos convirtiéndolos cada año en personajes distintos. Mientras el niño era un chinito con traje de “satén” amarillo con unos símbolos negros, la niña se vestía orgullosa de majorette con un traje hecho con una tela de “raso” brillante. O el niño se transformaba en vaquero con un pantalón de “pana” y la niña en una brujita con traje de “terciopelo” negro. Los complementos los comprábamos en una tienda donde vendían toda clase de utensilios para Carnavales, que mi madre le dio por llamar “la estafadora careta”, ya se imaginarán por qué.
Sigo sacando trozos de tela que me llevan a evocar momentos pasados: una “lycra” que sirvió para hacer una malla a mi hija cuando practicaba gimnasia rítmica. Un retal de tela de “gasa” con lentejuelas que sirvió para hacerle su primer traje de fiesta. Y un trozo de “damasco” con los que hice unas cortinas para el cuarto de estar.
Continúan apareciendo de forma interminable retales y retales de distintas telas, algunas tal y como las compré y nunca llegué a utilizar.
Muchas vuelven a estar de moda, por lo que me podrían servir para retomar mi afición a la costura, aunque hay algunos trozos tan pequeños que no servirán para nada. Lo pienso mejor. Voy a volver a guardarlos y algún día intentaré confeccionar una colcha de “Patchwork”, una colcha de retazos de mi vida, una colcha como la que le hicieron a Winona Ryder en la película que tanto me gusta: “Donde reside el amor”.

24 de marzo de 2007

Silencio

Sileeeencio, nanino nino nino sileeeencio. Y sigue. Es que no se me va de la cabeza esta canción. Qué pesadez. Tengo que pensar en otra cosa. Tengo que dormirme, que mañana no me levanto. A ver qué hora es. Dios mío, pero si son las tres y media. Sileeencio, nanino nino nino sileeeencio. Me cago en diez y en todo lo que se menea. Y encima de Bisbal. Eso es por tener la radio encendida todo el día. No sé cuántas veces la repitieron. Bueno, me tengo que olvidar. Voy a intentar contar ovejitas. Me imagino que van saltando una cerca para ver si me relajo: una, dos, tres, cuatro, cinco, seis….. dieciocho, bueno, esta es una patosa y no salta ¡fuerte simplona! Pero qué coño hago yo contando ovejas en vez de estar durmiendo. Sileeencio, nanino nino nino sileeeencio. Y jode otra vez el Bisbal. Me duele un poco la cabeza. Me tenía que haber tomado un eferalgan o algo con la cena. Bah, esto se me va en cuanto me duerma. ¡Ay, Dios mío! Las cuatro y yo todavía sin pegar ojo. Me voy a cambiar de lado que a lo mejor tengo presión en el corazón y eso es lo que no me deja dormir. Presión en el culo es lo que tengo. Tal vez es la almohada, que es pura incomodidad. Mañana mismo, qué digo, hoy mismo me voy a comprar una nueva porque ésta ya está para el arrastre. Sileeencio, nanino nino nino sileeeencio.. Bueno, tú sigue. Ya no me falta sino que me dé un calambre en las piernas, o que me pique el culo. A lo mejor es que tengo el azúcar por los cielos y me saldrán lombrices. Mi madre me decía que no le diera a los niños mucha azúcar porque le saldrían. Y después ella le mojaba la chupa en leche condensada… Pero bueno, por qué me pongo ahora a pensar en mi madre… Si te digo que lo que tienes que hacer es dormirte y olvidarte de todo. Sileeencio, nanino nino nino sileeeencio. Y el nanino nino nino que será, algo de en el más puro silencio, o en el más duro silencio. Y a mí qué me importa. Bueno, está bien, mañana lo miro en Internet, por lo menos para cantarla bien. Voy a intentar poner la mente en blanco a ver si me duermo. ¿Y cómo se hace eso? Pues trata de imaginar que todo tiene el color blanco. Ay, blanco, no, que si me quedo “en blanco”, no sé ni quién soy. Pues negro. Qué va, qué va, que me parece que lo voy a ver todo “negro”. Pues verde, que ya me tienes harta con tus exigencias. Verde es más bonito. Verde de los prados tranquilos, verde esperanza de que todo vaya bien y de que me pueda dormir pronto. Verde del mar en silencio, silencio, sileeeeencio nanino nino nino sileeeencio. No puede ser. Las seis de la mañana. Se puso en marcha la radio-despertador. Y encima el Bisbal de las narices cantando otra vez. ¿Será posible? “Silencio, eterno y mudo como el recuerdo del amor que tú me diste. Silencio”.

19 de marzo de 2007

Felicidades

(A mi hija)

Saliste fácil al mundo,
tantas eran tus ganas,
tres dolores de parto
y medio día en la cama.
Desde los siete meses
dabas tus primeros pasos,
una escobita pareces
con tu traje verde de raso.
Tus pelitos rizaditos
tus grandes ojos saltones
tu chupita, tu pañal,
caminando a trompicones.
En la clase, la más lista,
muchas loas recibiste
cuando aquel día lejano
“La mariposa” escribiste.
La gimnasia era tu vida
tu vida, y también la mía,
será porque yo no pude
practicarla por mí misma.
Con tan sólo dieciséis
t
e fuiste sola a Barcelona
a ver los Juegos Olímpicos,
me dijiste tranquilona.
Y yo con el alma en vilo
como si me dieran un tortazo,
pero peor me quedé
cuando fuiste a Burkina Faso.
A Gran Canaria marchaste
decidida a estudiar
Actividad Física y Deporte:
la vida del bienestar.
¿La vida del bienestar?
La vida, que es muy dura
menos mal que siempre has sido,
para todo muy madura.
Decidida y buena gente
¿Un poco ñoña me dices?
¿Por soltar dos lagrimitas
y sonarte las narices?
Pues aquí estoy yo,
de tripas corazón haciendo
suena que te suena los mocos
mientras estoy escribiendo.
Treinta y un años hoy cumples,
hoy, que es once de febrero,
que la vida siempre te trate
con mucho cariño y esmero.
Sigue andando con ilusión,
por esta senda dificultosa.
Al final verás que consigues
tener una vida maravillosa.

No lo olvides

No te olvides de decirme que me amas. Aunque hayan pasado muchos años, no te olvides de decirme que me amas. Aunque tu vida y la mía ya no tengan el mismo color, no te olvides de decirme que me amas. Aunque nunca te pueda pagar lo que has hecho por mí, no te olvides de decirme que me amas. Necesito oírlo, porque sentirlo ya no puedo.
No escucho nunca tus quejas, aunque permaneces conmigo noche y día. Cuando el médico te dio la noticia de mi enfermedad, un día muy lejano ya, pusiste tu cama al lado de la mía para estar pendiente de mí. Sé que apenas duermes y apenas comes. Yo también me doy cuenta, aunque no te lo puedo decir. Intento expresarlo con mis ojos, pero sé que tú no reparas en ello.
Vas tan deprisa intentando hacer todo antes de que te fallen las fuerzas, que no reparas en mis intentos. Mi intento por sonreirte, mi intento por mover las manos, mi intento por mover mi boca para darte las gracias. Las gracias por todo lo que estás haciendo.
Vives tan pendiente de mí, que no te das cuenta que estoy aquí. Continuamente me hablas, aunque no estás segura de que yo te escucho. Me hablas, me hablas y me vuelves a hablar. Pero echo de menos algunas palabras tuyas. No quiero compasión. Sólo quiero que me ames, que me sigas amando como hace tantos años, como yo te sigo amando. Y que me lo digas. No te olvides de decírmelo.
Sólo quiero que me digas que me amas. Para poder irme en paz.

16 de marzo de 2007

La soledad del jefe

Harto me tienen. Las risotadas, los grititos, el escándalo no es apropiado para una oficina. Con razón tenemos la fama que tenemos. Se están pasando de castaño oscuro. Y no paran. Enlazan una conversación con otra y a todo le sacan la gracia. No entiendo de dónde sacan tanto humor. Y después se quejan de que no tienen tiempo de nada, de que tienen muchísimo trabajo, y de que hacen trabajos que son propios de una categoría superior. No los entiendo. Y la otra pegada al teléfono. Media hora de conversación. Del trabajo no está hablando, eso está claro. Y el otro ayer vino con las quejas. Lo que faltaba. Quiere que le ponga alguien para que le ayude. Pero bueno, esto qué es. Esto qué es lo que es.
Tengo que hacer una reunión para ponerlos firmes a todos. Ya está bien. Van llegando a cuenta gotas. Ninguno temprano. El ratito del café que no falte. Las conversaciones sobre los programas de la tele, tampoco. Ya estoy harto del Jaus, del tomate y del Mira quién baila. No falta sino que manden votos desde el teléfono de la oficina. Como paga la Administración... Es que no tienen vergüenza. La que no le duele la cabeza, le duele la rodilla. Si es que están todos para jubilarlos. Lo que hace falta es gente nueva que quiera trabajar y sacar adelante esto sin importarle los minutos que se pasen de la hora. Y después quieren productividad. Productividad de qué. Sabrán ustedes lo que es producir. Y ahora ésta qué quiere. A mí que no me venga con más quejas porque le abro un expediente y me quedo tan ancho. Estaría bueno.
Que se va porque se encuentra mal. Qué cara. Mal estoy yo y aquí estoy aguantando. Porque si no, esto se iría a pique. Nada, nada, tranquila, váyase usted sin problemas, y no se olvide de ir al médico y pedir la baja. Por mí no, usted sabe que por mí faltaría más. Pero los de arriba se ponen tontos con los papeles y el control del personal. Bueno, bueno, que se mejore.
¡Ay Señor! Como diría mi padre que en paz descanse: ¡Baja del cielo, Manolo!

15 de marzo de 2007

El primer baile

Tenía quince años. Se acababa el curso y queríamos reunir dinero para irnos de viaje. Un viaje a la isla vecina que al final no hice, no recuerdo bien por qué.
Vendíamos entradas para un baile a jóvenes de otros colegios, confiando en ganar lo suficiente para que nuestros padres no tuvieran que pagar mucho dinero.
El baile se iba a celebrar en una cancha cerca del Instituto donde estudiaba, a la que los sábados por la tarde nos acercábamos a animar a los chicos de la clase que jugaban al baloncesto. Yo no entendía nada del juego, pero pronto aprendí lo que era un "pivot" o a dar gritos en contra del árbitro y su señora madre.
Yo siempre iba con la sana intención de ver jugar a Alfredo. Me gustaba aquel chico enigmático y serio con el que apenas llegué a cruzar unas palabras. Un día me enteré que era medio hermano de José Luis, un compañero del Instituto, así que mientras estaba sentada en las gradas viéndolo jugar, mi imaginación volaba intentando descubrir el significado de esa relación. Podía ser un huérfano adoptado por los padres de José Luis, o tal vez eran hermanos de padre o de madre. No me atrevía a preguntarlo y ellos tampoco estaban por la labor de hablar sobre sus vidas, así que cada vez que lo veía, seguía practicando mis dotes adivinatorias que nunca fructificaron.
El baile para mí era como un sueño. Me parecía algo inalcanzable y era la primera vez que asistía a uno. Pensaba en los pocos días que faltaban y en todo lo que tenía que decidir aún: qué traje ponerme, qué zapatos llevar o qué peinado lucir. Tenía que impresionar a Alfredo, y esperaba poder bailar con él. Hoy me río de aquellas preocupaciones, pero entonces me parecían de difícil solución.
Lo tenía que llevar todo previsto. No podía dejar nada al azar. Pensaba en las distintas situaciones en las que me podía ver, y en las posibles soluciones que tendría. Por ejemplo, qué haría si me daban ganas de sonarme la nariz, pues tendría que llevar un pañuelito. Y dónde iba a guardarlo, pues en la manga de la rebeca. Y si hacía calor y no llevaba rebeca, pues en un bolsillo del traje. Y si el traje no tenía bolsillos… Se me iban acabando las posibilidades con cada situación.
Qué haría si me sacaba a bailar un chico que no me gustaba, pues le diría que no. Y si el tipo seguía insistiendo, buscaría algo para disimular (qué pena que no existieran en ese entonces los móviles, que hoy día son tan socorridos). A mí el que me interesaba era Alfredo. Mira que si después de todo, me sacaba a bailar y tropezaba… Bueno, bueno, mejor no pensarlo.
Así pasaron los días, hasta que llegó la fecha señalada. El baile era a media tarde, porque éramos muy jóvenes para celebrarlo por la noche, y apenas almorcé de lo nerviosa que estaba. Me puse unos zapatos con un poquito de tacón, con la esperanza de parecer más alta, aunque sabía que mi metro y medio era muy difícil de disimular, y el pelo para atrás con la frente despejada. Del traje ni me acuerdo y del pañuelito menos. Lo que sí recuerdo fue mi entrada en la cancha. La música de los años sesenta sonaba fuerte y ya había algunas parejas bailando. Encontré a algunos compañeros de clase y estuve hablando con ellos un rato, rehusando bailar mientras buscaba con la mirada a Alfredo. Con su altura hubiera destacado entre los demás, pero cuando ya era media tarde y se acercaba la hora de volver a casa, me convencí que no iba a llegar.
Muy pronto me olvidé de él. Después de todo, con la diferencia de alturas, hubiéramos hecho muy mala pareja.

14 de marzo de 2007

El que espera...

El que espera, desespera. Eso dice el refrán. Pero él seguía esperando sin desesperar. Seguía soñando, confiado en que lo que estaba haciendo ahora, algún día daría sus frutos.
La gente alababa sus trabajos, pero siempre terminaba preguntándole algo relativo a su futuro, a si realmente le estaban sirviendo para ganar dinero, para vivir. Él respondía que no, que sólo lo hacía por hobby, y que realmente nunca esperaría compensación económica por lo que hacía. Sólo pretendía que fuera positivo para los demás, para los que quisieran ejercitar los sentidos con sus obras de arte, para los que estuvieran verdaderamente interesados por comprenderle y por admirarlas.
Seguía incansable trabajando en lo que le gustó siempre. Siempre desde que lo descubrió, y era maravilloso. Tenía sed por descubrir cada día cosas nuevas para ofrecer a los demás y se asombraba a sí mismo de lo que le quedaba por aprender.
La familia también se interesaba, pero como era su familia, siempre le quedaba la duda de si la admiración era real o simplemente para que supiera que podía contar con todo su apoyo. Eso ya lo sabía. A lo largo de los años se lo habían demostrado y por ese lado estaba tranquilo.
Conocía gente nueva que también se asombraba. De entrada también pensaron que se dedicaba a ello, que aquel era su trabajo, pero al saber que vivía con mucho menos de lo que necesitaba, lo admiraban más. Él no entendía por qué, pero le halagaba.
Un día, cuando menos lo esperaba, recibió un mensaje de correos. Entonces dejó de soñar y empezó a ver los frutos.

13 de marzo de 2007

El hijo

Nunca le daba las gracias. No hacía falta. O eso creía él. Pensaba que era su deber como madre darle todo lo necesario para vivir. Pero su vida no era como la de los demás. Se levantaba muy tarde, cuando ya ella hacía mucho rato que estaba en su trabajo. Se desayunaba con tranquilidad en la sala viendo la tele, dejando caer las migas en el suelo que pronto serían presa de una fila de hormigas que nadie sabe de dónde y en qué momento aparecerían. Dejaba la taza vacía a un lado y se tendía en el sillón esperando que pasaran las horas.
Cuando la oía regresar, corría a su habitación y cerraba la puerta. Sabía que ella no la iba a abrir. Sólo tocaba la puerta con los nudillos para avisarle que el almuerzo estaba en la mesa. De todas formas, él no pensaba salir. Se mantenía en silencio, atento a todos los ruidos que identificaba fácilmente. La oía fregar la loza (incluída la de su desayuno), preparar la comida, comer en solitario, pasar el escobillón... la escuchaba hacer las tareas domésicas antes de volver a la oficina donde limpiaba un par de horas por la tarde para ganar un poco de dinero con el que llegar a fin de mes.
Desde que la oía marcharse de nuevo, salía de su escondite-dormitorio, del fortín que le servía de defensa, del atrincheramiento al que él mismo se había querido someter, y se dirigía a la cocina, donde sabía con seguridad que encontraría comida. La comida que ella había preparado en silencio y teniendo en cuenta sus gustos. Le había dejado el plato en la mesa, los cubiertos, la servilleta, el pan. Sólo tenía que coger el cucharón y servirse, pero él prefirió comer directamente de la olla. Comía con avidez y desespero. Hoy las horas se le habían hecho muy largas y tenía hambre.
Luego volvió a la sala donde se recostó en el sillón mientras veía en la tele su concurso preferido.Se quedó dormido y no se dio cuenta del paso del tiempo hasta que volvió a oir la llave en la cerradura. Se levantó bruscamente y se metió en su habitación olvidándose de que existía otro mundo afuera. Otro mundo maravilloso que él nunca conocería.
Ella volvió a tocar la puerta con los nudillos tratando de que él le contestara. Oyó una música procedente de la habitación y se quedó tranquila.

12 de marzo de 2007

La cena


Hacía muchos años que no se veían. Habían mantenido una relación esporádica mientras estuvieron trabajando juntos, que todavía no sabía por qué había terminado. Después ella se trasladó cruzando el mar, y aunque se dejaron los teléfonos con vistas a mantener aquella amistad, ninguno de los dos hizo el menor esfuerzo y cada uno vivió su vida al margen del otro. Pasados los años ella regresó con intención de disfrutar unos días de vacaciones. Los antiguos compañeros enseguida le organizaron una cena, a la que él también fue invitado.
Aunque no le gustaba mucho salir por la noche, no se lo pensó dos veces. En el fondo le apetecía verla de nuevo, hablar con ella y preguntarle muchas cosas que un día, tiempo atrás, quedaron sin respuesta.
Fue uno de los primeros en llegar al restaurante y buscó un sitio apropiado a su manía de tener una pared “pegada” a su espalda. Se sentía más protegido. Esperó un buen rato siguiendo la conversación de los que allí estaban. Tenía su propia opinión sobre lo que se estaba hablando, pero ya estaba un poco harto del tema, así que no intervino. Fueron llegando a cuenta-gotas, y la última en aparecer fue ella.
Venía de rubio platino, con el pelo muy largo, y llamando la atención, como siempre. Como antaño. Iba saludando uno a uno repartiendo besos y abrazos, y sin perder la sonrisa. Cuando llegó su turno, también lo abrazó y le estampó dos besos en las mejillas. Durante unos segundos recordó viejos tiempos, al percibir su fragancia, la misma de entonces.
Por casualidad quedó sentada justo enfrente de él, lo que hizo más fácil su contemplación. Parecía que los años no habían pasado por ella. La misma piel tersa y brillante, los ojos verdes y alegres, y una risa permanente que dejaba ver una fila perfecta de dientes típicos de anuncio.
Durante toda la comida pensó en cómo hubiera cambiado su vida si hubieran seguido juntos. Por qué lo dejaron. No fue por él, ciertamente. Ella siempre había decidido por los dos. Ahora quería hacerle muchas preguntas. Tenía que hablar a solas con ella, tal vez al final de la cena.
Las voces se mezclaban con las risas, pero él estaba ajeno a lo que sucedía a su alrededor. Sólo la miraba. Ella conversaba animadamente con el que tenía a su lado, y él esperaba impaciente que pasara el tiempo. Llegaron los postres, más voces y más risas. Los oía hablar de aquellos tiempos, de lo bien que lo pasaban cuando trabajaban juntos. Él no intervenía en la conversación. Sólo la miraba.
Se fueron despidiendo también a cuenta-gotas. Él se iba quedando rezagado porque confiaba en quedar a solas los dos. Se repartían besos y abrazos sin ton ni son. Mientras se ponía el abrigo, se fue acercando a ella, que ya caminaba decidida con el que estuvo a su lado durante la cena. La oyó decirle: “Quién es el que estaba sentado justo enfrente de mí?

El viaje

Mi amiga Leo siempre lo decía: "Hay que vivir". "Y viajar" "Viajar es vivir más veces". Por eso, estoy decidido a seguir su consejo. A ella en sus viajes siempre le fue bien. Se divirtió todo lo que quiso y pudo, con su escaso sueldo de funcionaria que ahorraba sigilosamente durante el año para hacer un dispendio en sus vacaciones. No ha quedado parte de Europa que no haya visto y parte de África también. Ahora ya se ha casado, y cuando tal vez sea un poco tarde, está intentando tener hijos, según dice ella, para tener una vejez acompañada. No creo que sea esa la razón para tener hijos, pero no se lo discuto. Ella es mucho más joven que yo, y hace tiempo dejé de intervenir en sus debates. Cuando yo tenía su edad también defendía acaloradamente mis opiniones. Pero después de que me quedé solo, parece que un nudo me ahoga la garganta y no me salen las palabras. Hablo poco, y discuto menos.

De vez en cuando quedo para ver un partido de fútbol con un amigo, para ver si el fervor futbolístico me hace reaccionar, pero sólo logro gritar algún que otro insulto al árbitro, del que me arrepiento enseguida, y empiezo a desear que se acabe pronto el partido, gane o no mi equipo, para escapar de allí y regresar a la tranquilidad de mi casa, aunque sea en soledad.

Mi amigo me dice que lo vuelva a llamar para ir juntos al próximo partido que nuestro equipo juegue en casa. Para él es una evasión, y por eso me lo agradece. A su mujer le dice que va al fútbol por acompañarme, para hacerme un favor, pero los dos sabemos quién hace el favor a quién. Yo le digo que sí, que lo llamaré, aunque por dentro estoy presintiendo que va a ser que no.

Lo acabo de decidir. Voy a seguir el consejo de Leo. En lo de viajar, me refiero. Y en lo de vivir.

El devenir de la vida


Siempre supo que se casaría con un abogado. No sé por qué, pero hay gente así. Desde que son jóvenes, saben encauzar sus vidas. Lo que no sabemos es si el cauce es bueno o malo, porque el camino es largo y puede haber muchas sorpresas. Pero ella lo tenía muy claro. Luego resultó que el marido se fue con otra. Pero bueno. Lo que dijo se cumplió. Se casó con un abogado.

Durante varios años fueron felices o por lo menos eso parecía. Era de buena familia. Me refiero económicamente, porque de lo demás, lo desconozco. Se dice de familia “acomodada”. Y en esos círculos, es probable que lo conociera. Y como ella era bastante agraciada y con mucho desparpajo en el hablar, pues me imagino que no sería muy difícil llevar a cabo su conquista. La verdad es que con veinte años y con esas características, hubiera caído en sus redes cualquier hombre. Y hasta cualquier mujer, si hubiera sido en esta época. De todas formas, como ella decía: “Yo suelo tener dos velitas encendidas, por si se me apaga una”. Al principio no la entendí. Luego ya me lo explicó. Tenía dos hombres rendidos a sus pies, por si uno le fallaba. Los dos abogados, por supuesto.

Y yo, ni una pobre cerilla que me alumbrara, aunque fuera un ratito. Hay que ver, este mundo no cambia. Siempre diferencias. Diferencias abismales y diferencias sutiles. Pero siempre diferencias. Se casó con el abogado más guapo y más rico. Tuvieron dos hijos, abogados los dos. Pero el tiempo y la vida no pasaron igual para ella y para él. Por ella y por él. Ella, cada vez más gorda, estancada en su puesto de trabajo, cada día más acomplejada y menos interesante a la vista de los demás. Él, cada vez más consolidado en su puesto, más elegante, más canoso, es verdad, más viejo pero más sabio, más interesante a la vista de los demás. Sobre todo de su secretaria, una chiquita de veintitantos que estaba coladita por él, y en cuyas redes cayó sin pensárselo mucho. Y sin pensar en las consecuencias que llevaría a su familia cuando los abandonó. Fatales consecuencias sobre todo para ella, porque sus hijos supieron reponerse pronto de ese golpe tan brutal.

Después de todo, ahora pienso que ella escogió el cauce equivocado. Quiero decir el hombre equivocado. Y yo tengo que estarle agradecida. ¿Por qué? Ya se lo habrán imaginado. Al final, y antes de que apagara la segunda velita, la cogí yo. Como lo oyen. Yo, que no tenía quien me alumbrara al principio, con el tiempo tengo hasta luz eléctrica, aire acondicionado y todo lo que conlleva una vida “acomodada”, con la diferencia, además, de que el abogado pobre y feo que ella despreció, se ha convertido en un cisne blanco, o en un mirlo blanco, como prefieran, que vale un Potosí, y que me tiene ”como oro en paño”. A ver cuánto me dura.

Mujer trabajadora




8 de marzo: Día de la Mujer Trabajadora. ¡Qué ironía! Realmente no sé por qué se estableció esta conmemoración (si lo sabe alguien, por favor, me lo indique). En mi almanaque de mesa dice que se celebra el día de San Juan de Dios. No sé qué tendrá que ver. Pero, bueno, ¿el día de la “mujer trabajadora” quiere decir que es el único en que trabajamos las mujeres o que este día no tenemos que trabajar? (Si lo sabe alguien, también me lo indique, porfa).

Mujer Trabajadora. Dos palabras con mucho significado. Para mí, con sólo decir “Mujer” me acuerdo de “Trabajo”. Y con sólo decir “Trabajo” me acuerdo de “Mujer”.

Desde que tengo conciencia, recuerdo a mi madre trabajando. Y cuando digo trabajando, no me refiero yendo a trabajar fuera de casa, sino todo el día haciendo algo. Por la mañana, tender las camas, barrer, limpiar el polvo, ir a comprar la comida para el almuerzo, prepararla. Por la tarde, lavar la loza, planchar, coser, fregar el piso. La recuerdo también ayudándonos en las tareas de clase. La recuerdo hasta altas horas de la noche intentando terminar algún traje que íbamos a estrenar en los días de fiesta señalados. La recuerdo pendiente de lavar los uniformes que teníamos que llevar al colegio y planchando las tablas de la falda con un paño húmedo encima para que quedaran bien marcadas. A mí me gustaba ver el vapor que salía cuando ponía encima la plancha caliente y no entendía muy bien por qué (todavía hoy no me lo explico).En fin, que puedo decir sin temor a equivocarme que mi madre era el símbolo de la Mujer Trabajadora, pero que yo sepa nunca la felicitaron por ello.

Seguro que todas o casi todas las madres lo son. Porque desde que una mujer se queda embarazada, ya empieza a “trabajar” para sus hijos. Que se lo digan a mi sobrina, que acaba de tener gemelos. Ya todo se hace pensando en ellos. No abuso de esto porque es mejor para el bebé. Tengo que hacer lo otro para que nazcan mejor. Y siempre te queda cargo de conciencia de no haber hecho lo suficiente para su beneficio.

Desde que nacen ya empiezan las preocupaciones y el trabajo. Los primeros meses son como un apéndice del que no te puedes despegar. Primero dándoles el pecho cada tres horas, después los biberones, las compotas y demás. Bañarlos, vestirlos, dormirlos, hacer que su estancia en este mundo les empiece a gustar, porque no saben lo que les espera.

Cuando ya tienen cuatro o cinco años, tienes que trabajar el doble, porque requieren todo tu tiempo. Tienes que contestar todas sus preguntas, jugar con ellos todo el rato y tu trabajo consiste en saber llevarlos a tu terreno. Yo distraigo a mi sobrino Adrián con tareas nuevas para él, como secar y guardar los cubiertos (él me dice que los cuchillos no, porque su madre no lo deja) o alcanzarme las trabas de la ropa recién lavada, aunque él se empeña en querer ver los dibujos animados.

Cuando ya se empiezan a independizar con doce o catorce años, la cosa se pone peor. Tienes que trabajar física y mentalmente para ellos. Tienes que explicarles muchas cosas y al mismo tiempo adivinar muchas otras de su propia vida, para que sigan el camino correcto.

El camino de los dieciocho a los veinticinco es muy trabajoso tanto para ellos, como para nosotras. Recuerdo cuando me decían “Tú no tienes problemas, porque ya los tienes grandes”. Ja, ja. Ahora son “otros” problemas. No puedes dormir porque no sabes a qué hora llegarán. Estudian o no. Intentas aconsejarles en cuanto al trabajo que buscan o a las parejas con las que salen. Unas te gustan y otras no, pero te tienes que aguantar, y esperar sus decisiones, porque ya son independientes, aunque vivan contigo.

Después de los treinta vuelves a tener amigos en tus hijos, y como buenos amigos tienes que seguir ayudándolos. Te alegras de sus triunfos y te apenan sus problemas, porque sientes que cada vez puedes hacer menos por ellos, Aunque en el fondo ellos siempre esperan más de ti.

Yo trabajo fuera de casa, y con el paso de los años cada vez trabajo menos, lo reconozco. Tengo lavadora, aspiradora, lavavajillas, horno, microondas, y un marido que sabe ponerlo todo a funcionar. Y cuando hablo con alguien digo: “Haciendo que trabajo”. Es verdad, porque si echo la vista atrás, esto ni es trabajar ni es nada. Así que no sé si celebrar o no el Día de la Mujer Trabajadora. Me da un poco de vergüenza.

10 de marzo de 2007

Los hombres de mi vida


Salgo de mi casa todos los días a la misma hora, más o menos. Prácticamente no ha amanecido, pero prefiero evitar las colas que se forman.En el primer cruce hay una parada, donde casi siempre está un chico esperando el autobús. Es joven y ya lo identifico a fuerza de verlo todos los días. Supongo que irá a trabajar, por su indumentaria principalmente y porque es muy temprano para ir a la universidad. Pienso cómo será su vida. Todos los días levantándose temprano. Su madre le preparará el desayuno y él apenas le hablará. Irá lamentándose de la rutina diaria durante todo el trayecto hasta su destino. Cuando llegue, saludará a sus compañeros y hablarán de fútbol o de mujeres, con voces fuertes y risotadas altas. Aprovechará de vez en cuando a alguno que tenga coche para que lo traiga de vuelta a su casa. Aunque cansado, se vestirá de limpio y saldrá por la noche a dar una vuelta a algún bar cercano o alguna discoteca a ver si encuentra a la mujer de su vida. Volverá cada noche desencantado a su casa, sin saber que su madre ha estado pendiente de su llegada, sin poderse dormir hasta la madrugada, dando gracias a Dios por su vuelta. Él caerá rendido en su cama hasta que suene el despertador que le llevará, como cada mañana, a la misma parada de autobús.
Llego a mi trabajo, donde atiendo a mucho público, de distinta condición social y de distintos caracteres.Entra un hombre, entre tantos. Pero éste destaca. Va pisando fuerte. Todas las miradas fijas en él. Bien vestido, con chaqueta y corbata. Se dirige a mí en tono amable pero intentando poner distancias. No me atiende ni me entiende. No le parece suficiente mi respuesta, así que pide hablar con algún superior. Le digo que la jefa soy yo, y entonces cambia el tono. Se fija en mí y yo crezco un poco. Le vuelvo a explicar su situación con palabras más técnicas y profesionales, a las que yo estoy acostumbrada y lo voy desbancando poquito a poco. Se va haciendo cada vez más pequeño. Ya no sé de qué color tiene la corbata. Hasta que me dice que hablará con la persona que le lleva sus papeles porque él no entiende. Se da media vuelta y se va. Ya nadie se fija en él.
Por la tarde tengo que recoger un paquete en correos. Cuando llego, hay varias personas esperando. Me fijo en el que tengo delante. No le veo la cara pero intento adivinar. Lleva ropa de deporte pero su cuerpo le delata. Todos los días se hará la firme promesa de caminar o correr un poco, y todos los días encontrará la excusa perfecta para invertir su tiempo en otra cosa. Hoy le habrá prometido a su mujer que le iría a recoger la carta certificada a Correos. El colesterol seguirá subiendo. O lo controlará con una pastilla. Total, ya está tomando pastillas para la tensión, para dormir, para... Cuando le atienden y se despide amablemente del funcionario, se da la vuelta y veo su cara. Nada hace pensar que es un firme candidato para un infarto.
Tengo que poner gasolina al coche. Hoy me atiende el joven con ojos azules. Demasiado joven para estar ya trabajando. Todavía está en edad de estudiar. La tristeza que lleva reflejada en su cara delata una vida muy dura. Quizás se quedó huérfano muy pronto y nadie le ayuda. Quizás sea lo contrario. Sus padres insistían en que siguiera estudiando, pero a él no le importaba lo más mínimo. Así que sólo le sirvió ponerse a trabajar si quería seguir pagándose sus vicios. Ahora que lo miro mejor, sus ojos no reflejan tristeza, sino falta de descanso por las noches alocadas que vive.
Llego a casa. Saludo a mi marido que ya está preparando la cena. Hablamos del tiempo, de los hijos. Me da un beso fugaz antes de dormirse. Mañana será otro día, y otros hombres se cruzarán en mi vida.

9 de marzo de 2007

Y, de repente...

Y, de repente... oyeron el timbre de la puerta. Estaban medio desnudos, fundidos en un abrazo apasionado, y la primera reacción fue separarse bruscamente. Él le hizo una seña con la mano para que se mantuviera en silencio. Esperaron unos interminables minutos antes de reaccionar. Lo mismo podía ser la vecina curiosa que un vendedor desconocido. Cuando oyeron alejarse los pasos, se calmaron los corazones. A ella entonces le entró la risa, pero una risa contenida. Después de todo, estaban en el "lugar de sus pecados".

El disfraz


¡Gemelos! O mellizos, o lo que sea. Eso es lo que le había dicho el médico. Salió de la consulta y se quedó sentada otra vez en la sala de espera. Anonadada, impresionada y todo lo terminado en “ada”. ¿También apenada? La enfermera le preguntó si se encontraba bien. Sí, sí, gracias.

Alguna vez había pasado por su mente el hecho de ser madre, pero por duplicado y a la vez, nunca. ¿Qué hacer? ¿Qué decisión tomar? Al fin y al cabo, no creía que a él le interesara mucho. Ni siquiera se había molestado en apuntar su número de teléfono. Le dijo que tenía una memoria prodigiosa. Que lo recordaría para siempre porque era SU número. Y así empezó. Entre risas, ruidos, bailes y copas. Y más copas. Y más risas. Y tú de qué vas disfrazado. Y yo de teléfono móvil.

Al día siguiente no recordaba cómo había llegado a no sé qué número de qué casa de qué calle. Cuando despertó, tenía un desconocido al lado y estaba en una cama que no era la suya. Se vistió, salió a la calle y cogió un taxi. A los dos días lo llamó y se vieron de nuevo. Pero ya sin disfraz. Ni siquiera le reconoció. Se notaba un cierto apresuramiento en su voz. Se le notaban las ganas de irse. No estaba a gusto. Dos veces más hablaron por teléfono, y hasta hoy. Tampoco era cuestión de insistir. Lo primero, la dignidad. Y la frente alta.

Ya habían pasado tres meses, y ni se había vuelto a acordar de él. Pero ahora, ¿qué? Había que tomar una decisión. Cogió el teléfono. Se estaba desinflando. Ya la frente no estaba tan alta y la dignidad venía a menos. Buscó en Contactos. Ni siquiera recordaba cómo lo había anotado. Por la T de Teléfono. Por la M de móvil.

Encontró la M de mamá. Y llamó a su madre. Mejor.

Virtudes


Nunca fue consciente de las virtudes que tenía. Sólo se veía los defectos, o lo que ella consideraba defectos.
Con catorce años se miraba al espejo y veía una chica gordita de cincuenta kilos. No le gustaba su pelo, que no era ni liso ni rizado. No sabía qué hacer con él y siempre lo llevaba anudado en la nuca. No le gustaban sus manos, con los dedos muy pequeños y las uñas mordidas. No le gustaban sus piernas, porque le parecían musculosas. No le gustaba que la llamaran chata, aunque sabía que su nariz no era muy prominente.
Con veinticuatro años empezó en el gimnasio. Se cortó el pelo de forma que era muy fácil llevarlo bien peinado. Ya no se mordía las uñas y aprendió a maquillarse levemente para disimular sus “defectos nasales”. Generalmente usaba pantalones, más bien por comodidad, aunque no le importaba ponerse faldas de vez en cuando, sobre todo después de que alguien le dijo que las piernas musculosas tenían un componente de simbología erótica.
Con treinta y cuatro años no tenía tiempo de ir al gimnasio. Sus pequeños le ocupaban el día y parte de la noche. Iba de vez en cuando a la peluquería. Y su semblante era el de una mujer feliz.
Nunca fue consciente de las virtudes que tenía. Tenía la virtud de la prudencia. Actuaba siempre de forma adecuada y con cautela, tanto en sus comentarios como en la relación con los demás.Tenía la virtud de la constancia. Una vez que decidía empezar algo, nada hacía modificar su empeño en terminarlo. Nunca dejaba los trabajos a la mitad, y siempre los hacía bien.Tenía la virtud de la inteligencia, y una memoria privilegiada, que le hacía retener con facilidad desde un simple número de teléfono hasta los artículos completos de una Ley. Su vasta cultura era comentada en los distintos círculos donde se movía personal y profesionalmente.
Nunca fue consciente de las virtudes que tenía. Sólo sabía que se llamaba Virtudes.

La cita


La diferencia era que Bridget Jones se puso las bragas grandes a propósito, mientras que ella se las puso sin imaginarse que aquella noche terminaría haciendo el amor con él. Menos mal que estaban en un cuarto oscuro, alumbrados únicamente por una luz de emergencia que de vez en cuando se encendía y se apagaba, lo que la ponía aún más nerviosa. Llegó a pensar que era una cámara de seguridad y que la estaban grabando, así que intentaba taparse la cara, por si algún día llegara a ser una persona importante y alguien se valiera de aquella cinta para extorsionarla. Cuando él metió su mano debajo de la falda, fue cuando pensó en la película. En la película de Bridget Jones y en las bragas. Esperaba que no se diera cuenta de la dimensión de las suyas, pero no podía quitárselas de la mente y realmente estaba avergonzada. Su madre le aconsejaba siempre que llevara la ropa interior limpia, pero nunca le dijo nada del tamaño. No le gustaba usar tangas, como sus amigas, pero ahora las echó en falta. Seguro que hubiera estado más sugerente. Pero bueno, qué importaba, ya estaba allí con él. Se tenía que olvidar de las bragas. Él se mostraba insistente y ella remoloneando. ¿Seguro que no vendrá nadie? Es que estoy un poco asustada. No conocía el sitio donde la había llevado. De ahí su inseguridad. Él dijo que no habría ningún problema, pero su corazón estaba llegando a cien, y no precisamente porque estaba junto a la persona deseada, sino por la situación. Siempre había soñado con enamorarle. Le encantaba imaginarse un día, una tarde, una noche con él, pero esto, esto no se le habría ocurrido nunca. Y encima con aquellas bragas. Él seguía besándola, y ella intentando deshacerse de sus abrazos. Tenía que salir de allí como fuera. Intentaba buscar la salida con la mirada, para irse corriendo sin dar tiempo a que él reaccionara. ¿Qué te pasa? Nada, que mejor lo dejamos. No estoy tranquila ¿Vale? Bueno, y qué hacemos -dijo él. ¿Vamos al cine? Están poniendo en el Greco "El diario de Bridget Jones", y me han dicho que está muy bien. Él la miró desencantado, recogió su chaqueta y salieron a la calle.

Carta no enviada


Te escribo esta carta en un momento de desesperación. Ya sé que habíamos quedado en no dejar ninguna prueba escrita de nuestra relación, pero no sé cómo ponerme en contacto contigo. No coges el teléfono, no atiendes mis mensajes, así que he decidido escribirte y enviártela por correo, como se hacía antes, con sello en el sobre y acuse de recibo, para tener la seguridad de que al menos la vas a tener en tus manos. No sé lo que harás con ella después. Quizás ni la abras, sino que directamente la rompas en pedazos y la tires a la basura. Espero que no, que cuando tu secretaria te la dé junto a la correspondencia oficial, discretamente la guardes en el bolsillo y la leas en un momento de tranquilidad dentro de tu ajetreada vida de político importante. Por eso he puesto en el sobre: “Personal”. Espero que ella no la abra. Estaría bueno.

Me extraña que no hayas tenido la valentía de llamarme y hablar conmigo si tu intención era romper esta relación. Relación que, por otro lado, la iniciaste tú. Yo te dije que no quería problemas, que mi vida estaba muy tranquila antes de conocerte. Te devolví libros, discos, y algún regalo más que pusiste en la gaveta de mi mesa, aunque tú me asegurabas que eran para agradecerme de algún modo mi trabajo. Yo era una más en la oficina, y no me importaba quedarme hasta muy tarde en la época de elecciones. Me gustaba lo que hacía. Hasta que te fijaste en mí. Alguna compañera ya me había avisado de tu osadía, de tu atrevimiento, pero yo le dije que no tenía ningún interés en liarme con el jefe.

Fuiste poco a poco ganando interés para mí, contándome tus historias personales, haciéndome creer por un tiempo que no querías llegar más allá de una relación puramente profesional. La verdad es que no sé cómo lo hiciste, pero me supiste llevar a tu terreno y me volví loca de amor por ti.

Luego decidiste que yo dejara el trabajo para evitar comentarios, dada tu situación, porque según decías, se me estaba empezando a notar “la felicidad que me dabas”. Me prometiste una recomendación para trabajar en otra oficina más cercana a mi casa, donde nos podríamos seguir viendo con facilidad. Y yo, todo lo creía. Me dijiste que esperara un tiempo, hasta que estuvieras afianzado en tu nuevo puesto. Que volverías a verme en cuanto pudieras y te dejaran un hueco tus nuevas obligaciones. Y yo te creía.

Ya han pasado algunos meses, y casi no tengo para pagar el alquiler. No puedo seguir esperando. Acabo de encontrarme con una antigua compañera y me ha dicho que estás liado con otra. Así que se me está ocurriendo una idea mejor. Voy a hacer un sobre nuevo, dirigido al periódico o a la televisión, y enviarles esta carta. Seguro que les interesa, dada la importancia de tu persona. O mejor, dirigido a tu mujer, que también estará interesada en nuestra historia. Ya está bien.

Carta de desamor


Quizá esta carta te parezca inoportuna y sin sentido. Para ti, que siempre has tenido el don de la oportunidad, mucho sentido común y eras muy correcto en todas tus expresiones.

Pero claro está, yo no soy tú, y a mi me gusta decir las cosas claramente y con palabras que denoten su verdadero significado. Sabes que nunca me gustaron las medias tintas.

En cuanto al momento, pues, sí, he de reconocer que tal vez no sea el adecuado, pero también debes saber (tú que presumías de que me conocías muy bien) que siempre reaccionaba un poco tarde ante determinadas situaciones.

Muchas veces intento encontrar el motivo a las cosas, pero no me doy cuenta de que me están haciendo daño, hasta que pasa el tiempo y se me enciende una bombilla en el cerebro y otra en el corazón. No te rías, que estoy diciendo la verdad.

Cuando decidimos dejar nuestra vida en común, mejor dicho, cuando lo decidiste tú, porque ahora me doy cuenta de que, aunque fui yo la que abandonó el hogar, tú me indujiste a ello.

Con tu actitud artera, tus palabras engañosas (muy educadas, eso sí) y tu estudiada postura de víctima, lo que realmente pretendías era que yo me sintiera culpable. Pero en ese momento no me di cuenta. Ahora es cuando echo la vista atrás, y lo veo todo claro.

Yo era feliz, todo lo feliz que puede ser una mujer de su casa, porque no me negarás que yo no era “una mujer de mi casa”. Te tenía la ropita lavada y planchada, la casita recogida y limpia, la comidita hecha para cuando tú llegaras… (Es que si lo escribo en diminutivo parece que no trabajaba tanto, que te conozco, que estás ya preguntándote para que digo ropita, casita y comidita).

Fui feliz durante algunos años, los años en que no era consciente de que yo también tenía mis derechos, no solo mis obligaciones. La verdad es que no sé cómo me di cuenta, pero al final lo hice.

Cuando empecé a quejarme de tus caricias, digo, de tus palizas; de tu personalidad, digo, de tu brutalidad, entonces tú me preguntabas constantemente qué me pasaba. Cuando empecé a pintarme un poco y a vestirme mejor, tú te diste cuenta de mi cambio. Recuerdo nuestra última pelea, hablábamos los dos (en comparación con la primera, en que sólo hablabas tú y yo te oía).

Cuando quisiste cambiar fue demasiado tarde, demasiado tarde para ti y el momento justo para mí. Ya me pertenecía a mi misma. Deberías estar contento, no pertenecía a otra persona, como tú imaginaste. Era yo. Yo y mis circunstancias. Te dije lo que sentía y tú, tan correcto como siempre, me contestaste que te había fallado, que no te había respetado, y por tanto, era yo la que tenía que abandonar el hogar. Al principio no lo entendí, y por eso salí de tu vida.

Pero ahora me doy cuenta de que la víctima era yo. Por eso te escribo, para que lo sepas. Para que sepas que ya me he dado cuenta.

Sí, ya sé que un poco tarde, pero más vale tarde que nunca. Al fin y al cabo, soy una víctima libre y afortunada.

Una carta de amor


“¿Te sigo teniendo, como me tienes tú a mí? Pensé que la distancia era el olvido, pero ahora sé que lo nuestro nunca lo podremos olvidar. Pasarán más de mil años, como dice la canción, y seguiremos siendo cómplices, seguiremos siendo dos conocidos, de los que nunca nadie podrá imaginar que somos algo más, que hemos vivido intensamente los momentos que hemos podido, y que siempre nos quedará el deseo de vivir juntos algún momento más.
Nuestro encuentro de hoy me lleva a refrescar los pensamientos y los sentimientos pasados. ¡Qué caprichosa es la vida! Siempre te dije que te encontré demasiado tarde. Pero quizá es mejor que haya sido así. Seguro que no hubiéramos pasado tan buenos momentos como los que hemos tenido. O sí. ¿Quién sabe? Lo que está claro es que de aquí en adelante, sólo serán recuerdos en nuestra memoria, porque ya nos hicimos la firme promesa de contarlo sólo en determinadas circunstancias, que únicamente sabemos tú y yo.Si lo pensamos bien, es una pena que no podamos gritar al mundo lo que hubo. Digo bien, lo que hubo, porque después de lo que me has contado hoy, me has dejado reflexionando que quizá yo esperaba más de ti que tú de mí. Pero bueno, no quiero pensar en eso.
Sólo quiero recordar nuestro amor, por supuesto, sin ánimo de volver a romper la monotonía de nuestras vidas, de la rutina que nos queda por vivir.Sólo quiero recordar nuestras escapadas durante casi tres años. Perfectamente cronometradas, viviendo al máximo cada momento porque sabíamos que teníamos que aprovechar muy bien los minutos que siempre nos parecían escasos. El riesgo que asumíamos siempre nos ponía un nudo en la garganta, hasta el momento en que nos encontrábamos en el "rincón de nuestros pecados", y ya entrábamos en otro mundo al que no tenía acceso nadie más, interrumpidos alguna que otra vez por ruidos extraños que durante segundos nos hacían presagiar toda clase de desdichas, pero al mismo tiempo nos mantenía más unidos y dispuestos a todo ante la posible adversidad. Afortunadamente, sólo quedaron en pequeños sustos que luego comentábamos riendo, y nos mostrábamos valientes y confiados ante la imposibilidad material de que ocurriera.
Recuerdo tu disponibilidad a escucharme, a comprenderme, a hacerme sentir la mejor, la más bella, la más afortunada y la de más valía entre las que estaban a mi alrededor. Recuerdo tu ternura y cariño en mis momentos difíciles. Recuerdo tus sabios consejos a pesar de tu juventud, y recuerdo cuando tú también, de vez en cuando, me confiabas tus secretos, y lo que reíamos juntos.
Mi vida vuelve a estar vacía de fantasías y llena de rutinas y de silencios, que se interrumpen de vez en cuando, muy de vez en cuando, con el sonido de tu voz. ¡Ay, amor! Qué lejos. Qué lejos me parece en el tiempo lo vivido, pero qué cerca en el sentimiento. Sentimientos de cariño, de locura, de pasión, de entrega, de deseo, de ternura, o como diría mi cantante favorito, de "algo misterioso y eterno, más inmenso que la inmensidad, y tan simple como la palabra: te quiero".
Deseo que tú hayas sentido lo mismo, que se mantenga viva la llama del amor, por si algún día, en nuestro camino, en este mundo o en el siguiente, nos volvemos a encontrar.”

8 de marzo de 2007

La Charla

Cuando se conocieron, se reconocieron. En sus años de niñez ya se habían cruzado en el camino. No en un mal cruce, para que nos entendamos. Simplemente, sus padres o sus tíos se conocían y alguna vez jugaron juntas. Se volvieron a ver cuando ya eran felices esposas y madres. Una hablaba más que la otra. Una decía que su marido y sus hijos eran lo mejor. Una contaba que su trabajo era genial y su sueldo espléndido. Una repetía con detalle lo que había hecho y dicho veinte mil veces a lo largo de los años. Una contaba que iba a la mejor peluquería, a los mejores restaurantes y se compraba la ropa en las mejores tiendas. Una susurraba el secreto menos secreto de todos los secretos. Una charlaba sobre el cine, las dietas, las noticias del corazón y hasta la política . La otra... callaba.

Dama

(Dedicado a Dama, la pequeña yorkshire de mi hijo)


Quiero que tu dueño sepa
pequeña DAMA graciosa
que las tardes que contigo paso
me siento alegre y dichosa

A pesar de tu independencia
y tu interés por todo lo nuevo
vienes a reposar a mis pies
cuando te cansas de tanto ajetreo

Una mantita de cuadros
te sirve de colchón
aunque tampoco pasa nada
si te acuestas en el sillón

Mil veces te lanzo la pelota
mil veces la vas a buscar
conmigo te pones furiosa
porque no te dejas peinar

Tu hociquito siempre húmedo
tus saltitos de contenta
pidiendo una galletita
o dos, no llevo la cuenta

Desde que oyes "paseo"
y sin poderlo explicar
tu collarín y tu cuerda
sales corriendo a buscar

El tiempo pasa volando
pero tú siempre pendiente
mirando seria la puerta
que vengan a recogerte

Cualquier ruidito que oigas
empiezas a ladrar
pequeña DAMA preciosa
tu dueño te viene a buscar

Decisión

Esperaba que la perdonara. Sobre todo, eso. Y si al final conseguía algo más, mejor. Estaba planeando la visita desde hace unos días, pensando en la ropa que se iba a poner, en el peinado que se iba a hacer y en las palabras que iba a pronunciar. Esperaba que volviera a quedar impresionado con ella. No con su belleza, que no era mucha, sino con ella misma. Porque él le había jurado siempre, que no se había enamorado de ella por su físico; le decía que lo que la hacía atractiva era “el conjunto”. Le escribió un abecedario donde cada una de las letras era el inicio de una palabra que la describía: Amorosa, Bonita, Cariñosa, Divertida...
Cuando las personas se enamoran, la verdad es que pierden un poco el norte, y eso que ella, como buena Tauro que era, tenía los pies en la tierra. Pero claro, que un chico tan atractivo se enamorara de una mujer como ella, fue todo un halago, y no sabría decir quién enamoró a quién.
Iniciaron su relación en un momento de su vida en que ya no lo esperaba. Llegó a pensar que ya no gustaba a ningún hombre. La verdad es que hasta entonces ni siquiera se había parado a pensar en la posibilidad de mantener una relación formal. Alguna que otra vez había conocido de manera fugaz a alguno, sobre todo cuando era más joven y podía hacer algún viaje de verano mientras su madre pasaba unos días con su hermano en el campo. Pero fueron muy pocas veces, y desde hacía unos años, todo su tiempo estaba dedicado exclusivamente al cuidado de su madre. Cuando murió, sintió un vacío, más que una liberación. Y después de pasar unos meses encerrada, sin saber qué hacer, su hermano la convenció para que se arreglara, saliera y conociera gente con espíritu joven. Está claro que ella sólo acertó a oír lo de “joven” y frecuentó algunos lugares que teóricamente ya no eran lo más apropiado a su edad. Y así fue como lo conoció a él. El, a pesar de su juventud, parecía tener un dominio de la situación que a veces la dejaba pasmada.
Había estado casado, cuando era muy joven y un poco obligado por las circunstancias. La circunstancia de que su novia estaba embarazada, claro. Lo que no restó una pizca del amor que sentía en aquellos momentos por la joven y mientras le duró el matrimonio, cumplió con su deber de padre dándole a su hijo todo el cariño de que fue capaz. Luego fue ella la que lo abandonó. Y él, sin pensárselo dos veces, dijo que ya estaba bien. Que tenía que salir a disfrutar. A disfrutar de la vida y a recuperar el tiempo perdido. Y empezó a frecuentar lugares apropiados a su edad.
Casualmente, la amiga del amigo de uno, era amiga del amigo de la otra. Alguien los presentó una noche, y ahí empezó todo.
Una llamada de teléfono y una cita en un bar, dieron paso a salidas continuas, primero en compañía de un grupo entretenido, multicolor y con muchos temas de conversación; y más tarde, en mutua compañía y hablando de un solo tema: el amor. El amor en sus miradas, el amor en sus gestos y el amor en sus cuerpos.
Fue ella la culpable, la que decidió romper. Y no porque no lo quisiera. Nunca pensó que podía amar tanto. Fue un momento de duda. De pensar que era imposible tanta felicidad. Que no podía ser toda para ella. Le rondaban en la cabeza las palabras que su madre le decía cuando era niña y se reía incansable por cualquier tontería con su hermano pequeño: “Los que empiezan riendo, terminan llorando”. Y siempre ocurría así.
No lo pensó dos veces. Hizo sus maletas y se fue a vivir a la casita del campo. Allí reflexionaría mejor, en contacto con la naturaleza. Donde ella creía que podría reconocer sus verdaderos sentimientos. Pronto se dio cuenta de la estupidez de su acción. Los primeros días se despertaba reconfortada con los cantos de los pájaros, y cuando llegaba la noche parecía que los grillos se reían de ella con el cri-cri machacándole continuamente los oídos. Día a día se fue convenciendo que no había hecho bien. Pero no se atrevía a reconocerlo. Así que dejó pasar otra vez el tiempo, hasta que, como siempre, su hermano pequeño vino a verla.
No hicieron falta muchas palabras. Volvió a recordarle que tenía que sacar a flote su “espíritu joven”. Y así lo hizo. De vuelta a la ciudad, preparó durante unos días la visita. Se temía lo peor. Sabía que le había hecho daño, y esperaba que la perdonara. Sobre todo, eso. Y si conseguía algo más, mejor. Ojala sus palabras fluyeran más fácil de lo que imaginaba. Las repetía una y otra vez ante el espejo, esperando una sonrisa, esperando el perdón. Y esperando, sobre todo, que no se cumpliera la demoledora frase de su madre: “Los que empiezan riendo terminan llorando”.
Encaminó los pasos hacia él. Estaba decidida. Esta vez sería al revés. Ya había llorando bastante, así que a medida que se acercaba, la sonrisa iba creciendo. Creciendo, creciendo, hasta convertirse en una verdadera carcajada.

Recuerdos


Sólo sé que yo era muy pequeña. ¿Cuatro años? ¿Seis? O incluso tres. Mo soy capaz de afirmarlo. Pero supongo que muy pequeña, porque en mi memoria guardo recuerdos posteriores más claros y sé que en esos momentos, la relación con mi abuela no era muy buena. Así que tuvo que ser antes. Cuando de vez en cuando íbamos con mi tía, hermana de mi madre, a ver a “abuelita” como la llamábamos.
No tengo el recuerdo dulce de una abuela típica. Más bien de una señora agria y poco cariñosa con nosotros, los nietos. No tengo el recuerdo de un sitio acogedor donde los nietos típicos van a pasarlo bien con sus abuelos y a sentirse queridos y casi más comprendidos que por sus padres. No. Ahora que lo pienso, no es así.
Con mi tía era otra cosa. A pesar de su carácter fuerte y severo, era una mujer soltera y se dejaba llevar un poco por su madre, o eso al menos es lo que dejaba percibir. Ante los ojos de los demás, obedecía sin rechistar, pero en el fondo yo creo que hacía lo que quería. A nosotros nos adoraba, y nosotros a ella también.
Cuando nos quedábamos a almorzar en la casa donde vivían las dos, abuelita nos obligaba a hacer la siesta después de comer. Nosotros no estábamos acostumbrados a eso en mi casa, y por tanto, nos parecía una pérdida de tiempo acostarnos para dormir por el día, cuando podíamos aprovechar para jugar en el patio o en la huerta. Menos mal que mi tía siempre nos convencía de la forma más simple: nos prometía un helado. Cada tarde a eso de las cinco pasaba el carrito de los helados, solo de fresa o de vainilla, y no eran cucuruchos, sino una especie de sándwich con dos galletas. ¡Pero qué ricos estaban! Nosotros dormíamos con un ojo abierto que miraba constantemente el reloj de la mesilla de noche deseando que los punteros se colocaran en la hora ansiada para levantarnos.
En aquel entonces no había televisión ni ordenadores ni maquinitas en que entretenernos, pero nos inventábamos mil juegos para pasar el tiempo y divertirnos con otros niños del barrio.
Mi hermano el mayor, como es lógico, siempre era el jefe y los demás no teníamos argumentos para rebatirle. Él es el que decidía siempre a qué jugar y el que repartía los papeles, y a nosotros nos parecía bien, o ni siquiera nos lo planteábamos.
A veces nos tendíamos en el suelo tras la puerta de la calle, uno al lado del otro, cerrábamos las contraventanas y sólo nos entraba una claridad de la calle por las rendijas de la desvencijada puerta, de forma que cuando pasaba algún coche (muy raras veces) o algunas personas y se reflejaba su sombra en la pared, imaginábamos que estábamos en el cine y nos montábamos la película a nuestro gusto, ya fuera de policías y ladrones, o del oeste con caballos incluidos. La imaginación al poder. Yo creo que de ahí viene mi afición al cine.
Guardo también el recuerdo de aromas de aquella época. Olores que no he sentido nunca más. No sé si es a goma de borrar, a lápices nuevos o a plantas desconocidas. Fragancias que se han ido transformando a medida que he ido creciendo, pero que sería capaz de reconocer si volvieran a mí.

Carta de nostalgia


Le he dado a tu vida unos años de la mía. No me costó mucho. Nos conocimos a través de tu amigo, que resultó ser el marido de mi amiga. No sé si ellos se llegaron a enterar de nuestra situación, pero tampoco me interesa mucho.
Me decías que alegraba tu vejez, que tu declive lo augurabas muy próximo. Aunque yo me reía de esos comentarios fatalistas, sabía que tenías razón. Aún así, te mostrabas con una vitalidad inusual, no sé si para alejar cualquier atisbo de debilidad que asomara a tu rostro cansado, o porque realmente era yo quien te infundaba el ánimo para seguir disfrutando los momentos que vivíamos cada día.
Todavía siento tu cuerpo dándome calor. Los dos bajo una fina sábana que nos servía de sutil abrigo en aquellas tardes otoñales, encima de una colchoneta con la que evitábamos el frío contacto con el suelo. El reloj marcaba nuestros encuentros, que tú preparabas siempre con esmero. Buscabas cualquier excusa para ofrecerme lo mejor. Raro era el día que no tenías un ramito de flores en el anticuado jarrón, o una velita encendida que hacía más acogedora la estancia. De vez en cuando me preparabas suculentos, pero a la vez sencillos platos de comida, con los que yo me quedaba en un estado de somnolencia tal, que no me apetecía otra cosa que escuchar tu corazón latiendo en mi oído cuando reposaba mi cabeza en tu pecho.
Muchas tardes nos sentábamos en el sillón, las manos entrelazadas, una conversación interesante, a veces interrumpida por los besos que te daba, y se nos pasaban las horas sin darnos cuenta, hasta que veía a través de la ventana que la noche llegaba, anunciando el fin de mi estancia en ese lugar seguro.
Tan sólo una vez nos atrevimos a pasear en público cogidos de la mano, en un lugar lejano, entre gente desconocida que ni siquiera nos miraba. Todavía oigo el rumor de las olas y percibo el olor a mar. Al frente, el horizonte. Tú soñabas con dejarlo todo y llevarme contigo. Yo te miraba.
 
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