27 de diciembre de 2007

Navidad lagunera: Treinta años después


Por diferentes motivos, desde su vuelta a la isla no había podido moverse de la capital. Las cortas vacaciones de Navidad pronto llegarían a su fin, así que decidió que no podía dejar pasar ni un día más sin visitar un lugar especialmente mágico para él: un rincón situado en La Laguna al que muchos años antes había prometido regresar.
Hizo una llamada de teléfono y concertó la cita. Era temprano, pero decidió que saldría con tiempo suficiente para ver la ciudad donde había vivido inolvidables momentos. El “frío lagunero” le despejaría la mente y serviría para analizar sus sentimientos después de tanto tiempo alejado de ella.
Después de muchas vueltas y una gran dosis de paciencia, consiguió encontrar una plaza de aparcamiento por detrás de las oficinas de Correos de la ciudad universitaria.
Al llegar a la Plaza del Adelantado, se detuvo para escuchar a un grupo de “Lo divino” que entonaban villancicos. Lo formaban hombres y mujeres de distintas edades, tocados todos con un gorro rojo típico de Papá Noel, y en ese momento cantaban el archiconocido “los peces en el río…” animando a la gente que se agolpaba a su alrededor, para que les acompañaran en sus alegres cánticos. Su mente se iba llenando de recuerdos. Recuerdos de una Navidad, recuerdos de un amor.
Siguió su camino por la calle Carrera arriba respirando el ambiente navideño en cada esquina, hasta que le llegó el aroma envolvente que provenía de un puesto de castañas asadas situado en la Plaza de la Catedral. En ese momento sintió que no había pasado el tiempo, y se vio reflejado treinta años atrás, en un grupo de chicos que desplegaban sonoras carcajadas mientras intentaban pelar, pasando de una mano a otra y sin quemarse los dedos, las castañas calientes recién salidas de aquella olla ennegrecida por el fuego, envueltas en un papel gris formando un cucurucho que sostenía en sus manos uno de ellos.
El frío invernal no era obstáculo para que la gente saliera a la calle a comprar los últimos regalos de Papá Noel y Reyes. Los escaparates de las tiendas estaban repletos de adornos navideños, y sobresalía el color rojo y dorado por encima de los demás, junto con multitud de bolas de colores y una gran iluminación, que invitaban a entrar en los comercios.
Las madres salían con paquetes en la mano, intentando esconderlos de las curiosas miradas de los niños, que los padres se encargaban de distraer mostrándoles un Papá Noel que se movía al son de las notas del “Jingle Bells”, o las figuritas de un Belén que se mantenía año tras año en algún antiguo escaparate.
Cuando llegó a la Plaza de la Concepción, se detuvo frente al gran árbol que resistía imbatible el paso de los años. Nada había cambiado en aquel rincón. Respiró por un momento el aroma del amor, el aroma que permanecía dormido en su corazón durante tanto tiempo. Unos enormes paquetes envueltos en papeles de colores pendían de las ramas del árbol, entremezclados con unas grandes bolas doradas, que se iban haciendo más pequeñas según su mirada iba subiendo, hasta llegar a la cima coronada por una gran estrella plateada que marcaba el camino de la Navidad.
Permaneció extasiado mirando aquel símbolo y al bajar la vista, reparó en una joven pareja de adolescentes que, sentados en el banco situado bajo el árbol, se besaban sin pudor. Durante unos segundos, revivió momentos de su vida hacía ya más de treinta años. Allí mismo le había dado el primer beso a una chiquilla maravillosa, que el paso del tiempo no había logrado borrar de su memoria, y allí mismo se despidieron. El destino los había separado y ni siquiera pudieron disfrutar juntos de aquella Navidad. Se veía a sí mismo bromeando mientras intentaba adivinar cuál era “su” regalo de entre los paquetes que colgaban del árbol. Al final había escogido uno que estaba envuelto con papel verde y estrellas plateadas. Como si reviviera aquel momento, dirigió la mirada hacia el enorme árbol en un vano intento por encontrarlo treinta años después.

Se habían conocido como todas las parejas de aquellos tiempos, paseando un domingo por la tarde calle Carrera arriba y calle Carrera abajo, desde la Concepción hasta la Catedral y viceversa. Él estaba delante de la Librería El Águila con dos amigos, compañeros de Universidad, cuando se fijó en ella. Reparó en su sonrisa, en los lunares que tenía en su rostro, en el flequillo que casi le tapaba sus pequeños ojos y en su rápido andar. Iba acompañada por otras dos chicas, que enseguida despertaron la ilusión de sus compañeros, que fueron los que iniciaron la “maniobra” de acercamiento.
Durante un buen rato las siguieron de cerca, mientras ellas aceleraban su paso al percatarse del atrevimiento de aquellos chicos. Así estuvieron entretenidos en una serie de encuentros y desencuentros por la Calle Carrera, como si estuvieran jugando al gato y al ratón, hasta que la simpática chiquilla de los lunares dijo algo que provocó las risas de sus compañeras, consiguiendo con ello que se detuvieran a hablar con los chicos. A partir de aquella tarde de domingo, iniciaron una relación de enamorados que nunca había podido olvidar.
El recuerdo de aquel primer amor le hizo sentir escalofríos en el cuerpo. Miró a la pareja del banco situado bajo el árbol, y seguían abrazados en un beso interminable, sin importarle lo más mínimo la gente que pasaba a su lado. ¡Qué diferencia con aquellos años de su adolescencia! No se permitían escarceos amorosos a la vista de los demás, así que tenían que perderse por otras calles más oscuras de la ciudad, una vez que se las arreglaban para deshacerse de “las carabinas” que por orden paterna tenían que acompañar a la chica en las tardes de domingo.
Siguió con la vista a la pareja de adolescentes que por fin habían logrado separar sus bocas y entre carcajadas se iban caminando enlazados por la calle abajo.
Entonces se sentó en aquel banco de piedra situado bajo el árbol y esperó. Le había prometido que volvería, y allí estaba. Treinta años después, es verdad, pero regresó.
Volvió a la realidad al oír su nombre y sintió un nudo en la garganta y un vuelco en el corazón. Una mujer de amplia sonrisa y lunares en el rostro se le acercaba. Sus ojos pequeños y alegres eran los mismos que un día enamoraron al joven estudiante. No quería oír las explicaciones que él pretendía darle, así que posó suavemente sus labios en los de él diciendo:
- Feliz Navidad. Te he traído tu regalo -mientras le ofrecía un pequeño paquete envuelto en un papel verde con estrellas plateadas.

5 despertares:

Batsi dijo...

Hmmmm, seguro ahora era su esposa. Se casó con ella...

Me hizo pensar en mi hijo que ahora vive su primer amor y yo me siento tan feliz de compartirlo con él. Creo que en generaciones pasadas no era normal o regular que los padres compartieran con sus hijos su primer amor. Èl me cuenta sus emociones, me habla de esa chica a la que aún no conozco y es tan exacto como lo describes...

Verónica Carmona dijo...

Muy lindo Ligia!

De veras que la mezcla de palabras con sentimientos hacen el complemento perfecto que se resume en sentir.

cariños y felices fiestas.

Verito!

Loa dijo...

Precioso relato..y que lindo es el primer amor¡¡
Feliz año nuevooo

Livaex dijo...

Batsi: Tienes razón, la juventud de ahora es más abierta en ese sentido y yo me alegro. Besitos
Vero: Parece que estas fiestas invitan a enamorarse. Gracias y besos para ti también.
Loa: El primer amor es muy bonito, aunque también duele más. Besos

Leodegundia dijo...

¿Es posible que una pareja después de 30 años sin verse retomen su relación como si nada hubiese pasado?. Parece difícil pero con el amor todo es posible.
Un abrazo y feliz 2008.

 
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