24 de julio de 2007

Comunicación

Esta mañana escuchaba la radio, como hago todas las mañanas cuando voy a trabajar. Le gastaban una especie de broma a una señora que, al coger el teléfono para contestar la llamada, oía distintas voces mezcladas de llamadas que no tenían nada que ver con la suya y que habían sido previamente grabadas, tratando de producir confusión.
Reconozco que soy la primera en reir al escuchar los equívocos que se producen. Mientras la señora se empeña en decir que a ella "la han llamado", las otras voces insisten en que se identifique porque ellos son los que han recibido la llamada.
- Dígame...
- No, dígame usted, que yo no he llamado...
- ¿Cómo que usted no me ha llamado?
- El teléfono sonó, y lo he cogido...
- No, no, el teléfono me sonó a mí...
- ¿Pero tú quién eres?
- Yo no sé quién soy, bueno, sí sé quién soy, pero yo no he llamado...
- Mire, yo estaba aquí tranquila, sonó el teléfono, lo cogí y dije "dígame"...
- Pero también hay un señor en la conversación...
- Oiga, que hay cuatro voces distintas...
Y así un rato. La señora a la que le hicieron la broma esta mañana tenía ganas de hablar. Se notaba. Ella decía que estaba esperando la llamada de su hijo o de cualquier amigo, pero no era capaz de colgar y terminar con aquella situación incómoda. Al final incluso dijo: "Bueno, vamos a perdonarnos..." convencida de que efectivamente eran varias personas las que mantenían la conversación, que por otro lado llevaba sólo ella.
Realmente tenía ganas de hablar, o necesidad. Por eso me quedé pensando en la falta de comunicación que tenemos. Vivimos tan deprisa que no nos damos cuenta de que se nos va la vida. Pensamos poco en los demás. Y no escuchamos.
El otro día fui al aeropuerto a recoger a mi hija, que venía a pasar el fin de semana con nosotros, y en el rato que estuve esperando su llegada, un señor que estaba sentado a mi lado empezó preguntándome la hora de embarque de un avión porque no leía bien el panel. Iba a viajar solo y estaba un poco nervioso. Me contó en un ratito muchas cosas de su vida.
Algo parecido me sucedió días atrás, en que por tener el coche en el taller, me subí en la guagua. Una chica extranjera se sentó a mi lado y entabló conversación. Conversación que más bien era un monólogo, porque yo sólo asentía y sonreía.
No estaba yo ese día para mucha conversación, lo reconozco, pero me daba pena no hacerle caso, porque en su rostro se reflejaba la soledad, la necesidad de hablar y sobre todo la necesidad de que alguien la escuchara.
Hay mucha gente que precisa atención, que busca desahogarse de sus problemas cotidianos, con una simple conversación. Le parece a uno que compartiendo, las penas se dividen.
Y yo estoy dispuesta a escuchar.

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