11 de junio de 2007

El mensaje

Vivía cerca del mar y todavía creía en las casualidades.
Le gustaba pensar que podían suceder cosas increíbles, y cuando los demás desconfiaban de cualquier hecho extraordinario, ella mantenía su creencia de que no todo tiene una explicación.
Solía dar largos paseos por la playa solitaria, sintiendo en cada paso que daba cómo se hundían sus pies descalzos por la arena blanca. Miraba el horizonte y soñaba con encontrar un amor allende el mar. Sabía que su sueño era posible, porque había leído tantas historias de amor, que se sentía personaje de aquellas historias. Sabía de tantos encuentros en la distancia, de tantos abrazos con el pensamiento, que tenía la certeza de que su verdadero amor la esperaba en algún puerto lejano.
Día tras día se acercaba a la orilla y contemplaba el ocaso. Sentía que en algún lugar de aquel horizonte tenía que estar él, donde el sol se despertaba, en otra orilla de otra playa, paseando también con sus pies descalzos, sintiendo otra arena quizá más negra y quizá más fría, pero esperándola a ella, soñando con ella, con la certidumbre de que algún día se encontrarían.
Una tarde lo decidió: escribió en una hoja de papel las palabras más bellas jamás soñadas. Palabras de dulzura, ternura y candor. Palabras de amor que el oído de un hombre sueña escuchar. Canto de sirena, música celestial. Entrega total. Mensaje imposible de olvidar.
Encerró aquella carta en una botella de cristal y la lanzó al mar, fiel cartero que llevaría su mensaje a su amado, que empujaría sus sueños a la otra orilla de la otra playa donde aquel hombre la estaba esperando.
Día tras día regresaba a su rincón solitario, convencida de que recibiría la contestación a su correspondencia. Dulce e inocente amor que miraba cada tarde fijamente aquel punto entre el cielo y el mar, con la esperanza de ver aparecer su rostro, de oír la voz de sus lamentos, de sentir la pasión de su hechizo.
Día tras día volvía a la playa de su soledad, y esperaba con la certeza de que en pocas horas, las palomas de sus manos acariciarían los cabellos sedosos de su amante, se unirían piel con piel, escondiéndose en la noche, con el arrullo de las olas.
Hablaba con la luna y le pedía que alumbrara el camino de su amado, que lo trajera hasta su orilla, que el vaivén de las olas no perturbara en las noches el firme sendero que lo atraería a su pasión.
Hablaba con la luna y le contaba sus deseos, hablaba con la luna y se envolvía en la húmeda arena, esperando el regreso de aquel increíble amor.
Hacía muchas lunas que la luna conocía el destino de los trozos de cristal, esparcidos por distintas playas del mundo. Hacía muchas lunas que la luna sabía de aquel papel mojado, con tanto fuego en sus letras que luchaba encarnizadamente por no deshacerse en las aguas de los mares por los que cruzaba.
Hacía muchas lunas que aquel hombre miraba el horizonte, desde aquella playa de arena negra, por la que paseaba cada día convencido de que su verdadero amor le esperaba en alguna otra orilla, lejos de su rincón solitario.

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