6 de junio de 2007

Aquellos ojos

Esta historia está basada en el libro "SEDA" de Alessandro Baricco (Traducción de Xavier González Rovira y Carlos Gumpert, que siempre nos olvidamos de los traductores). Me lo prestó mi amiga María Adela, que es fiel seguidora de mis relatos y a la que se lo agradezco mucho. Me lo leí de un tirón y me encantó, así que lo recomiendo.


“Regresa o moriré”. El corazón le dio un vuelco al leer aquellas palabras que encerraban un gran amor.
Pero su gran amor no era ella. Su gran amor era su esposa, Helene. Lo sabía desde el fondo de su alma. Aquella otra mujer era la tentación.
La tentación vivía en Japón, muy lejos de su Lavilladieu natal, y sus ojos eran la tentación.
Cuando preguntó la primera vez dónde quedaba aquel lejano país, su amigo le contestó: Todo recto, hasta el fin del mundo.
Y allí fue. A buscar crías de gusanos de seda. Era la salvación para el comercio de su ciudad, para que la destreza de las hilanderas se viera reflejada en aquellas telas de seda que pretendían asemejarse a las orientales.
Por todo el camino oía la dulce voz de Helene pidiéndole que regresara pronto, que lo esperaba enamorada.
Pero los ojos grises de aquella mujer, que conoció en el primer viaje, le hicieron titubear durante un tiempo acerca de sus sentimientos.
Por eso quiso volver a Japón. Su amigo y los vecinos le encargaron que trajera más larvas de gusanos. Y volvió, aún a sabiendas de que el camino de ida era muy duro y el de vuelta también. Pero él no era de las personas que “asisten a su propia vida”. Él quería “vivir la vida”. Y sabía que regresaría a Lavilledieu porque Helene lo estaba esperando. Y sabía que llegaría otra vez “justo a tiempo para la misa mayor, el primer domingo de abril”.
Con estos viajes incrementó su riqueza, la de sus vecinos y la de su amigo, que hizo construir en la ciudad un claustro, un claustro que había imaginado redondo. Le confió el encargo a un arquitecto español que tenía cierta reputación en el ramo de las plazas de toros, y que le miró extrañado ante la advertencia de que no pusiera arena en el centro. Sólo un jardín con cabezas de delfín a la entrada.
Muchos otros jardines se construyeron en Lavilladieu. Jardines de lo imaginario. Jardines temáticos que en sus nombres reflejaban los anhelos de aquel hombre: El Jardín de Papel, El Bosque Sagrado, El Túnel Vegetal, El Jardín del Agua, La Rosa de los Vientos.
Antes de su ansiado tercer viaje, paseaba por aquellos jardines que en perfecta armonía pasaban de los bojs a las cascadas, de los colores a las fragancias, de las veletas a las terrazas, recordando aquellos ojos: “Llovía su vida, frente a sus ojos, espectáculo quieto”.
Los pájaros volaban de árbol en árbol libres por aquellos maravillosos jardines, lo que hacía que su espíritu se viera invadido continuamente por aquel recuerdo.
Construyó una pajarera intentando curar su nostalgia. Nostalgia de un amor que no era, que nunca había sido y que nunca sería.
A la pregunta de Helene, le contestó que iba a llenarla de pájaros diferentes y vistosos, y que el día que sucediera algo feliz, abriría la pajarera y los dejaría libres. No le contó que según había oído en Japón, los hombres orientales regalaban a sus amantes, para honrar su fidelidad, no joyas, sino pájaros refinados y bellísimos.
Helene lo recibió a la vuelta de su tercer viaje, con lágrimas de emoción en sus ojos, todavía en duda del resultado de la batalla que adivinaba se estaba librando en el alma de su esposo.
Él regresó como siempre "justo a tiempo para la misa mayor, el primer domingo de abril", aunque en este viaje sólo encontró destrucción y muerte. Aldeas carbonizadas, larvas de gusano que no superaron el reto del largo camino, un joven muerto que a la vez era mensaje y mensajero, y la búsqueda inútil de aquellos ojos.
Siete hojas de papel en tinta negra con caracteres que no entendía, le llevaron a París, donde una mujer japonesa las tradujo. La misma mujer que las había escrito por encargo de su esposa.
Siete hojas de papel capaces de desquiciar una vida. Siete hojas de papel con un mensaje de amor de la propia Helene, que deseaba ser, por encima de todo, aquellos ojos que su esposo nunca pudo olvidar.
Unos ojos que hicieron atravesar el mundo a un hombre que acabó sentado inmóvil frente a los jardines de Lavilladieu, luciendo unas minúsculas flores azules en su solapa.





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