7 de mayo de 2007

Teatro Leal

He oído que van a finalizar las obras de restauración del Teatro Leal, en La Laguna, después de catorce años cerrado. No voy a hacer comentarios acerca del tiempo transcurrido. Sólo me da pena el que no se haya podido aprovechar durante tanto tiempo el Teatro para dinamizar la vida cultural de una ciudad que es Patrimonio de la Humanidad, y que según me enseñó mi padre tiene el título de “Muy Noble, Leal, Fiel y de Ilustre Historia Ciudad de los Adelantados”.

Solo quiero recordar los años en que yo, cuando era niña, y de eso hace ya muchísimos años, frecuentaba el Teatro. Mi padre fue durante mucho tiempo el taquillero, es decir, trabajaba en la taquilla vendiendo entradas. Y yo, con mis dos hermanos mayores, iba a acompañarle. No creo que fuera por hacerle compañía en sí, pero es sabido que a los niños les gusta ir al trabajo de sus padres, incluso hoy en día. Por las mañanas trabajaba en el Ayuntamiento de La Laguna. Y aunque también estuvimos allí varias veces, no era lo mismo.

Tengo el recuerdo sobre todo, de los domingos por la mañana en el Teatro Leal. Yo estaba deseando que se terminara la misa de once en la Catedral (teníamos que ir obligatoriamente e incluso prestar atención, porque a veces mi padre nos preguntaba por el Evangelio), para subir corriendo la Calle Carrera arriba hasta el Leal, y nos quedábamos allí hasta que mi padre terminara el horario de la mañana y regresáramos a casa a almorzar. Por la tarde volvíamos al cine de las cuatro.

Eran unos momentos muy entrañables de los que guardo imborrables recuerdos. En los primeros tiempos, de vez en cuando nos encontrábamos con don Julián, el que entendíamos nosotros que podía ser el jefe de mi padre, en una especie de despacho contiguo a la taquilla. Entonces no podíamos estar mucho tiempo, o por lo menos teníamos que estar calladitos y sin molestar. Pero la verdad es que pocas veces lo encontramos.

Me acuerdo que la taquilla, con muy pocos metros cuadrados, tenía dos ventanillas, pero una estaba casi siempre cerrada, y por la otra se entregaban las entradas y se recogía el dinero. Los talonarios de entradas estaban separados por colores que correspondían a butaca, platea, palco, anfiteatro y gallinero. A nosotros nos encantaba que mi padre nos dejara cortar las entradas, que venían separadas del correspondiente resguardo por una línea de puntos perforados para cortarlas mejor.

Por supuesto, y previamente, mi padre había tenido que numerar las entradas manualmente, y ahí también nos dejaba intervenir de vez en cuando. Había que hacerlo con mucho cuidado y realmente era un trabajo de expertos, ya que teníamos que numerar por un lado las sillas pares de cada fila, y por otro las impares. Y claro, no era cuestión de equivocarse, pues luego el acomodador (que en una época creo recordar era don Rogelio, y en otra don Pancho) podía tener problemas a la hora de situar a la gente que acudía al cine.

Justo encima de las ventanillas, había una serie de estampitas de santos, pero también había algún que otro almanaque pequeñito con la imagen de una chica, aunque hay que decir que ninguna obscena. También solía haber alguna foto o documento que alguien se había dejado olvidado, por si lo venían a reclamar. Recuerdo que había una traba dorada con una piedrita reluciente roja, y cuando yo la vi por primera vez me impresionó. Yo le pregunté a mi padre: “¿De quién es el oro?” Y él me contestaba, mofándose de mi: “¿Qué loro? Yo no veo ningún loro”. Y así un rato hasta que conseguí que me dijera que alguna señora lo había perdido. Allí estuvo mucho tiempo y nadie la vino a reclamar.

Mi padre se sentaba en una silla con las patas muy altas, cosa que también me llamaba la atención, pues en mi casa no teníamos muebles de ese tipo. Cuando nosotros nos sentábamos para asomarnos a la ventanilla, teníamos que hacer verdaderas peripecias para llegar al asiento, tan pequeños éramos. Había una especie de mueble escritorio de madera oscura, cuyo tablero se levantaba para guardar las entradas de los días posteriores y otros documentos y listados cuadriculados, que supongo servían para anotar las ventas de entradas y los ingresos de dinero o algo así. Permanecía siempre cerrado con llave y nos parecía que debía esconder muchos secretos.

También había un perchero antiguo donde mi padre colgaba su sombrero y su bufanda los días de invierno lagunero, y una pequeña repisa con otros utensilios, que quizá por estar a la vista no me llamaron tanto la atención.

Supongo que para que no le diéramos la tabarra a mi padre, nos mandaba a la sala de butacas, y a veces incluso ayudábamos a quitar el polvo a los asientos, al mismo tiempo que íbamos comprobando todos los números de las butacas y hacíamos ruido en el piso de madera corriendo desde la puerta hasta el escenario, cubierto con una cortina roja que terminaba en una especie de volantes medio dorados. Por supuesto, también nos gustaba mucho atravesar aquella cortina y subir al escenario, cuando no estaba el panel donde se proyectaban las películas. Nos escondíamos detrás, pero debo reconocer que a mí me daba un poco de miedo los entresijos que comunicaban con los lados mediante unas cortinas negras. Y ni qué decir tiene que a los baños nunca iba, a no ser por fuerza mayor, porque ahí sí que me entraba el pánico, pues eran algo tétrico y fantasmagórico, o por lo menos así lo percibía yo.

Nos llamaba la atención también las lámparas que colgaban del techo y las pinturas medio gastadas por la humedad y el tiempo. La cantina con todas las golosinas que vendía Manolo, y la colección de programas de mano de cada película que hoy tendría un valor incalculable, si no fuera porque un día mi madre consideró que no servían para nada y que era mejor tirarlos a la basura. Y recuerdo con cariño también a dos Antonios: don Antonio Rivero, que al parecer era el que traía las cintas desde Santa Cruz (que en aquel entonces a mí me parecía que quedaba muy lejos), y don Antonio Melgarejo, que estaba siempre fiel en la puerta de entrada y al que todavía veo pasear de vez en cuando por La Laguna.

Pero lo que hacía que me olvidara hasta de dónde estábamos, eran los momentos en que (sobre todo mi hermana y yo, porque mi hermano ya era un poco más grande y pasaba un poco de eso) escuchábamos tocar el piano. Porque había un piano a los pies del escenario y sonaba de vez en cuando de la mano de Gerardo. Realmente no sé cuál era su función en el Teatro, pero sí sé que estuvo yendo durante un tiempo en el que nosotras estábamos medio atontadas, aunque él ni se percatara de nuestra presencia. La música nos parecía celestial, a pesar de que no entendíamos nada. Al principio nos escondíamos en las butacas de atrás para oírlo sin que se diera cuenta, y luego ya nos atrevimos a acercarnos, haciéndonos mil preguntas acerca de aquel chico con gafas que había aparecido de pronto y nos deleitaba con su música. No sé cuánto tiempo duró aquello, pero yo lo recuerdo bien. Luego se dio la circunstancia de que fue él quien hizo el reportaje fotográfico de mi boda, y se dio también la coincidencia, pasados los años, de que mi hija y su hijo se conocían. ¡Cosas del destino!

Bueno, seguiré recordando aquellos días y espero poder volver al Teatro Leal cuando terminen las obras y comprobar las diferencias que hay con respecto a mis recuerdos.

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