14 de mayo de 2007

La vida sin mí

Intento imaginar la vida sin mí.
Los primeros días supongo que serán muy dolorosos. Para mi familia, claro.
Mi marido y mis hijos estarán completamente desolados, sin saber qué hacer, como yo estaba cuando mi madre me dejó, hace ya algunos años. Pero esto será distinto, ya lo sé.
Mi marido no se acobardará fácilmente. El siempre ha sabido estar en su sitio. Siempre ha sabido de todo un poco. Y en honor a la verdad, ha hecho de todo un poco. No solo en el trabajo, sino también en casa. Nos hemos ahorrado una pasta gansa en los arreglos caseros. Y como yo soy poco participativa en casa, pues supongo que no me echará en falta cuando pasen unos días. Echará en falta alguien a quien gritar, pero supongo que al verse solo, o dejará de gritar, o se buscará otra. Seguro que otra más lista que yo.
Mis hijos. Esto ya es otra cosa. Dicen que todo se olvida con el paso del tiempo, pero recuerdo que durante mucho tiempo después de que se fuera mi madre, yo cogía el teléfono para llamarla sin darme cuenta que ya no estaba, o encaminaba mis pasos hacia su casa para verla y contarle los últimos acontecimientos que había vivido. Ella siempre se ponía de mi parte, aunque yo reconociera que no tenía razón. ¡Pues tú le tenías que haber dicho tal y tal cosa! ¡Qué se cree el tipo ese! Y yo salía reconfortada, después de creer que realmente alguien me entendía, se ponía en mi lugar y me daba las armas para seguir luchando. Otra cosa es que luchara, porque el ponerme la armadura, ya me costaba una barbaridad.
Mis hijos. Esto ya es otra cosa. Me duele pensar que no voy a estar. Recuerdo que cuando era niña, y mi madre se refugiaba en la habitación que yo compartía con mis hermanas, tratando de evitar los golpes de mi padre, ella nos decía que no se iba de casa por nosotros, por sus hijos. Y yo la entendía. Y aunque me dolían los golpes casi tanto como a ella, a mí no me dejaban marcas, y quizá por eso pedía a la chita callando que nunca se fuera de nuestro lado, que no nos dejara, que aguantara. Perdona, mamá. Te entendía antes y te entiendo ahora. Pero mis pocos años no me dejaban ver más allá. Perdóname.
Mis hijos. Menos mal que alguien inventó el teléfono y otro alguien inventó la webcam y podremos seguir hablando y viéndonos aunque estemos lejos. Yo siempre estaré dispuesta a decirles lo mismo que decía mi madre: ¡Qué se cree el tipo ese! ¡Tú pa’lante!.
Seguro que ellos entenderán que yo no podía aguantar más, que el primer golpe fue una sorpresa, pero que ya aprendí a ponerme la armadura, y ya no dejo que me hagan marcas.
Que estaré lejos, pero también cerca.
Cerca de ellos, y ellos, en mi corazón, siempre.

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