29 de mayo de 2007

La luz


Fascinante. Se encontró de pronto en aquel sitio que le parecía el mismo cielo. La gente le saludaba amablemente y hasta le pareció que algunos llevaban unas incipientes alas. Pensó que podían ser ángeles. Pero por un momento se quedó dudando. No recordaba cómo había llegado hasta allí. Si de verdad era el cielo, no entendía por qué estaba él. Nunca se le había pasado por la cabeza la posibilidad de ser merecedor de un cielo, como él lo entendía. Sin lugar a dudas, debía estar soñando. Intentó pensar qué era lo último que había hecho, qué tren había cogido, con quién había hablado, qué había comido. En definitiva, quién era él. Había perdido la noción del tiempo y del espacio. Se preguntaba dónde estaban las calles, los vehículos o los animales de aquel lugar. Realmente parecía que iba caminando por encima de una nube. Se miró los pies y comprobó que estaba descalzo. Le gustaba la sensación dulce e inocente de ir pisando algodones. Era todo muy extraño. No podía identificar a los que se cruzaban con él. ¿Eran seres humanos? A algunos sólo les veía los ojos, pues el resto de la cara estaba tapada, incluso con gorros hasta la misma frente. Se vestían de verde. No sabía por qué, siempre había pensado que en el cielo se vestirían de blanco. Cerró los ojos por un momento y cuando los volvió a abrir, ya se encontraba en otro lugar. Aquí todo era de color rojo. Las paredes, las puertas, las ventanas… Traspasó la estancia caminando con cuidado. Sus desnudos pies estaban ardiendo y tropezaban continuamente con aquellas duras y desiguales piedras rojas. No encontró a nadie por allí y se puso a gritar. Al eco de sus alaridos le siguió un ruido ensordecedor. Parecía que todos los animales del mundo se habían unido emitiendo sonidos al unísono. Siguió dando traspiés, intentando encontrar una superficie lisa donde apoyarse un momento para descansar y poder taparse los oídos. No sabía dónde estaba ni a dónde iba. Empezó a correr y saltar haciendo caso omiso del profundo dolor que sentía en sus pies descalzos. Buscaba una salida que calmara sus sentidos, su cuerpo y su alma. ¿Estaría ahora en el infierno? No veía el fuego del que siempre le habían hablado, pero sí sentía un calor abrasador. No encontraba a nadie en aquella soledad, hasta que alcanzó a ver una luz en el horizonte. Siguió corriendo sin importarle las quemaduras de su cuerpo y de su espíritu. Tenía que conseguir llegar allí. Un presentimiento le decía que aquella luz era su salvación. Continuó con la mirada fija en aquel luminoso horizonte. Tenía miedo de perderlo de vista. Ya casi estaba llegando cuando le pareció identificar al fondo un reloj. Marcaba las tres y media. Pensó que quizá había perdido su tren. De pronto, descubrió unos ojos azules que le miraban y oyó una voz que le susurraba: “Venga, tiene que irse despertando. Su familia está deseando entrar a verle”

1 despertares:

Anónimo dijo...

very good!

 
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