9 de mayo de 2007

Amor prohibido (final)


Se prometieron amor eterno. Era un sentimiento que cada uno vivía de forma distinta y que permanecía oculto a los ojos de los demás.
Se veían a solas de vez en cuando en el apartamento que le prestaba el amigo de él, casi siempre a unas horas que a ella le parecían fuera de lo común, pero que eran las únicas que no despertaban la sospecha de la engañada esposa.
Tenían que utilizar toda clase de artimañas para poder reunirse, y ella se reía cuando él venía con alguna nueva idea para hacer más fácil y menos notado el encuentro.
En estas peripecias se veían obligados a tener en cuenta muchos factores, a decir muchas mentiras y a solventar de manera rápida y disimulada cualquier situación anómala que se presentara mientras estaban juntos. Lo mismo se podían encontrar con algún compañero de trabajo común en un día que no trabajaban, lo que resultaba un poco sospechoso, o podían oír el timbre de la puerta del apartamento, lo que les dejaba sin aliento durante un buen rato, imaginando mil y una desagradables posibilidades que pudieran suceder.
Tenían que conjugar con buen criterio el tiempo disponible de ella, el tiempo disponible de él y el tiempo disponible del apartamento del amigo, conocedor de sus sentimientos, aunque jamás interesado por la identidad de la chica y evitando hablar del tema más allá de lo estrictamente necesario, a pesar de la amistad que los unía. Él sabía que era un buen amigo y que podía confiar en su discreción.
Ella comprendía que aquellos encuentros eran el único modo que tenían para expresar con verdadera libertad lo que sentían el uno por el otro sin sentirse apartados del entorno que les había tocado vivir. Al mismo tiempo se sentía apenada por la situación en que estaban inmersos.
Alguna vez hablaban sobre el futuro que les esperaba, pero él no lo tenía muy claro. Aunque fuera un absurdo, entendía a la perfección la canción de Antonio Machín: “cómo se puede querer dos mujeres a la vez, y no estar loco”. Lo mismo venía un día decidido a romper con ella, que al día siguiente estaba convencido de que tenían que irse lejos, a vivir su amor en otra ciudad y empezar una nueva vida. Pero la decisión se iba posponiendo, y el tiempo pasaba. A veces disfrutando los buenos momentos y las alegrías y a veces, sumido en la tristeza y la impotencia de no saber qué hacer.
Ella no lo quería presionar porque conocía sus disquisiciones y su ansiedad, y prefería dejar pasar el tiempo gozando de su compañía y de su amor cada vez que podía.
Pero llegó el momento que tenía que llegar. Sin forzarlo, por casualidad. El destino estaba escrito. Era muy tarde para él y el momento justo para ella. Por sus méritos en el trabajo y por su juventud, le dieron un puesto mejor y la trasladaron a otra ciudad. No se pudo negar. Era su futuro el que estaba en juego y cada día se iba convenciendo más de que él no entraría a formar parte del mismo.
Se despidieron a la francesa. Ella le dijo que vendría de vez en cuando y se podrían seguir viendo. Pero no fue así. Una vez obtenida su independencia laboral y familiar, le costaba mucho llamarlo. Al principio hablaban a menudo, pero poco a poco sus vidas volvieron a la normalidad, cada uno con sus obligaciones.
Él la echaba de menos, y quería seguir manteniendo en su corazón aquella llama de amor que sentía. Al mismo tiempo, la distancia que los separaba le servía de tranquilidad a su ánimo con respecto a su familia. Volvió a la rutina matrimonial y laboral.
Intentaba superar su apatía con la esperanza de un nuevo encuentro, pero un día su amigo le dijo que había vendido el apartamento. En esos momentos presintió que definitivamente volaban sus esperanzas de seguir manteniendo vivo aquel amor prohibido.
 
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