1 de mayo de 2007

Amor prohibido (2)

Pensaban que una vez tomada la decisión, todo iba a ser más fácil. Ambos tenían claro cuáles eran sus sentimientos con respecto al otro, así que sólo era cuestión de organizarse y vivir el amor intensamente.
Los primeros días coincidían deliberadamente después del trabajo para tomar una copa juntos y hablar. Él hablaba y ella le escuchaba entusiasmada. Toda su vida le parecía interesante y las experiencias vividas, que por su edad eran numerosas, las contaba como si de una película se tratase. Ella, dada su juventud e inexperiencia, no tenía mucho que contar. Sólo le expresaba sin pudor sus sentimientos, y deseaba que llegara el momento de entregarse a él. Pero sólo le pedía que fuera sin precipitaciones, "en el sitio adecuado y en el momento oportuno". Deseaba disfrutar de esos momentos con tranquilidad, antes, durante y después de hacer el amor.
Ya había tenido encuentros con chicos que no le dejaron precisamente buen recuerdo, quizá por el lugar inadecuado o por la rapidez con que todo acababa. En las pocas ocasiones que lo había hecho, o bien los chicos terminaban separándose rápidamente ante el temor de que llegara alguien y los pudiera ver en actitudes no deseables, o bien, ella misma pedía que la situación terminara, asqueada por la brusca actitud de algún chico carente de sensibilidad.
Él llegó un día con la alegre noticia de que un compañero le había dado las llaves de un apartamento, así que sólo tenían que buscar el momento para verse a solas. Para ella era más fácil poner una excusa en su casa, pero para él, feliz esposo y padre, era una preocupación añadida.
La primera vez quedaron un sábado a las diez de la mañana. Él dijo en casa, ante la extrañada mirada de su esposa, que tenía una reunión, y que vendría a la hora del almuerzo.
Había quedado con ella en que llegaría primero para comprobar que "el camino estaba despejado". Ella se duchó y se vistió tranquilamente, como si fuera a ir de compras con unas amigas, y llegó al lugar a la hora convenida, pensando durante la ida que era de lo más extraño hacer el amor a las diez de la mañana. Hizo sonar el timbre con dos toques cortos tal como habían quedado y como si se abrieran las puertas del paraíso, fue recibida por aquel hombre ya entrado en canas, ilusionado como un chiquillo, pero con el corazón palpitando de una manera exagerada como si se le fuera a salir del pecho.
Cerraron la puerta tras de sí y se besaron con pasión. Hablaron unas pocas palabras, para reafirmarse en sus sentimientos y en lo que iba a suceder.
Pasaron al dormitorio donde todo les resultaba extraño, con una cama deshecha (quién sabe si otra pareja habría venido antes en iguales circunstancias) y una semioscuridad que les permitía ver apenas sus rostros brillantes, sus cabellos revueltos, sus cuerpos desnudos y sus amplias sonrisas después de mucho tiempo disfrutando uno del otro.
Cuando terminaron, la felicidad se adivinaba en sus semblantes. Todo había salido bien y no había nada que temer, aunque a él le estaba entrando un sentimiento de preocupación por lo que había hecho. Decidieron salir por separado. No querían que nadie los viera juntos a aquellas horas un sábado a mediodía, así que ella salió primero, y él esperó unos minutos en el apartamento. Durante ese tiempo pensó en su esposa y se sintió culpable. Dejó el lugar con rapidez y cuando salió a la calle sintió el aire fresco en su cara. Iba nervioso mirando a los que se cruzaban con él suponiendo que su rostro reflejaba lo que había hecho.
Llegó a su casa y se metió rápidamente en la ducha. Le parecía que su cuerpo estaba impregnado del aroma a colonia de bebé que usaba ella. Durante el almuerzo, apenas hablaba y procuraba evitar los ojos de su esposa porque pensaba que los suyos le delatarían. Ya por la tarde se fue tranquilizando y el domingo lo pasó mejor, aunque en el fondo de su alma se mantenía un sentimiento de culpa que lo llevaría por mucho tiempo.

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