3 de abril de 2007

La visita médica

Llegué al Consultorio médico a las cuatro de la tarde, después de dar varias vueltas buscando aparcamiento. Tuve que dejar el coche muchas calles más allá y darme un largo paseo hasta allí, pensando, no obstante, que a esa hora no podía haber mucha gente. Mi gozo en un pozo. Diez o doce personas ocupaban todos los asientos disponibles en la minúscula sala de espera, por lo que me tuve que quedar de pie, expuesta a las miradas de los otros pacientes, que ya se encontraban sentados. En ese momento me di cuenta que no me había limpiado los zapatos, así que no sabía cómo esconderlos.
El hombre que justo delante de mí había entregado la tarjeta en la ventanilla a la silenciosa enfermera preguntó: ¿Quién es el último para la doctora? Yo vi “los cielos abiertos”, porque me evitaba a mí tener que hacer la dichosa preguntita. Sólo tenía que seguir sus movimientos, y en cuanto él saliera del despacho de la doctora, me tocaba a mí entrar. Así de fácil. Nunca me había gustado eso de “pedir la vez”.
Otro señor que estaba sentado se ofreció a darme el sitio, pero le dije que no y le di las gracias. Lo había pensado mejor y la posición en que yo me encontraba, más alta que ninguno, me permitía verlos con facilidad y fijarme bien en cada uno. No sabía para qué, la verdad, pero me sentía con ventaja.
Los conté varias veces y fui haciendo mis propias deducciones. Una pareja entradita en años, dos señoras ya mayores acompañadas de una sobrina regordeta, una madre joven con una niña vestida con uniforme de un colegio, un joven desesperado por entrar que no paraba de moverse y de mirar el reloj, el señor galante, el otro que entró delante de mí y yo. Total, que en la práctica sólo tendría seis personas delante de mí.
Le tocó el turno al señor galante, con lo que ocupé su asiento. Menos mal que era un sitio estratégico para librar la dura batalla de la espera. Me entretuve con disimulo mirando los resultados de un análisis de sangre realizado días atrás, pero como no entendía nada, opté por guardarlos y seguir con el examen de mis compañeros sufridores.
La niña de uniforme estaba incordiando a la madre, que ya no sabía qué hacer para entretenerla, y el joven desesperado estaba llegando al borde del ataque de nervios mirando insistentemente el reloj. Al marido que formaba la pareja entradita en años le dio un apretón, y le pidió a la enfermera permiso para entrar al baño. Cuando salió, le dijo a la supuesta esposa que salía a la calle a fumarse un cigarro, y yo me imaginé que debió sentir vergüenza por haber dejado “perfumado” el baño, ya que acto seguido, oí el “flisss” y olí el ambientador que la enfermera se esforzaba por esparcir ante tamaña incidencia. La esposa al final tuvo que entrar sola a ver a la doctora, porque el marido no volvió.
Al rato entró en la sala de espera un joven de traje y chaqueta con un maletín en la mano, y supuse que era un visitador médico. No sé por qué no piden hora como los demás mortales. En cuanto lo vio, las facciones de la enfermera cambiaron rápidamente, los ojitos le hicieron chiribitas y una sonrisa seductora se colocó en su rostro. El le habló bajito y ella le dijo a media lengua que esperara unos minutos, que lo dejaba entrar a hablar con la doctora cuando saliera el paciente, si le prometía que no iba a tardar mucho, porque la tarde estaba siendo agotadora. Yo no me sentí con fuerzas para iniciar una protesta, y me imagino que los que quedaban allí tampoco, aunque en honor a la verdad, debo decir que el joven no tardó más de diez minutos con la doctora. Mientras tanto, yo seguí con el estudio fisonómico que me había propuesto.
El señor que iba delante de mí había cogido una revista desde que llegó y no levantó la vista hasta que le tocó su turno, así que no pude deducir con claridad si sólo iba a pedir recetas, si tenía alguna enfermedad pasajera o si era de los que iba a pedir la baja porque estaba harto del jefe.
Las dos señoras acompañadas de la sobrina (esto lo deduje de su propia conversación, porque las llamaba tías, no piensen que tengo tanta capacidad de concentración), estaban tosiendo continuamente, por lo que la chica se esforzaba en atenderlas, ahora dándoles un pañuelito de papel y después intentando abrigarlas mejor para que no cogieran frío. Ellas se miraban entre sí en una competición de toses y estornudos, queriendo aparentar quien estaba peor que la otra, para que la atendieran primero. Al final entraron todas juntas, y la sala de espera se despejó quedando en el aire los efluvios que habían lanzado y el aroma sutil del ambientador floral que la enfermera había extendido por la habitación.
Cuando me quedé sola en la estancia, me di cuenta que el reloj marcaba casi las seis. Agradecí que se me hubiera pasado el tiempo entretenida y sólo confiaba en que la doctora me dijera que el resultado de mi análisis era todo lo satisfactorio que cabría esperar.

0 despertares:

 
Copyright (c) 2010 DESPERTARES. Design by WPThemes Expert

Blogger Templates and RegistryBooster.