10 de abril de 2007

El reflejo


Trabajaba en una oficina situada en la quinta planta de un céntrico y nuevo edificio, muy cerca de la estación donde llegaba todos los días a la misma hora y de donde regresaba a casa cuando acababa su jornada diaria.

Subía en el ascensor hasta su despacho, por un lado porque un quinto piso implicaba muchas escaleras que su rodilla ya no estaba dispuesta a soportar, y por otro, porque necesitaba ese minuto que tardaba en subir para enfrentarse con la persona cuya imagen le devolvía inexorablemente el espejo del ascensor.

Generalmente no encontraba a nadie en aquel corto trayecto, y si por casualidad coincidía con alguien, repetía el viaje para estar a solas con su imagen unos segundos.

Aunque se miraba en el espejo de su casa antes de salir, siempre se sorprendía con algún detalle al observar su reflejo con detenimiento en el ascensor: alguna arruga que no había percibido antes, una cana nueva, un botón desabrochado, algún resto de lápiz de labios en los dientes, o simplemente esperaba de aquella imagen una aprobación que nunca llegaba.

Cada día que pasaba se incrementaba su deseo de llegar al ascensor para comprobar qué cara se reflejaba en el espejo, y su ánimo para el resto del día dependía de lo que observara por la mañana.
A veces le sacaba la lengua cual niña pequeña, a lo que su reflejo le respondía con toda clase de movimientos de burla y muecas en la cara, que la ponían de mal humor para todo el día. Otras veces, si llegaba con buen ánimo, le cantaba aquello de "monísima, monísima, monísímá", y la imagen del espejo reía y reía agradecida.
Una especie de dependencia hacia la imagen del espejo fue naciendo en ella, y la confianza en aquella otra persona se ampliaba cada vez más. Tal era su grado de complicidad, que si percibía una expresión severa en su rostro, imaginaba que le había molestado en algo y le preguntaba directamente por su infelicidad, y si captaba un brillo especial en los ojos, no hacía falta preguntarle nada, sabía cuál era el motivo.
Un día llegó al ascensor y no encontró la imagen, tocó las paredes desesperadamente buscando una puerta por la que se pudiera haber escapado, pero sólo recibió el frío como respuesta. Corrió al puesto de seguridad del edificio y le preguntó al guardia con desespero qué había sucedido en el ascensor. La respuesta la dejó helada: “Algún gracioso le dio una patada al espejo y lo rompió”.

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