16 de abril de 2007

El aparcamiento

Aparcaba todos los días en el garaje del edificio donde trabajaba. No tenía ninguna plaza asignada, aunque casi siempre dejaba su coche en el mismo sitio, porque le era más fácil hacer la maniobra de aparcamiento.
Un día observó que un coche gris se le adelantaba en la llegada y ocupaba “su” plaza, con lo que tuvo que buscar otra a regañadientes. Se lamentó por haber tardado tanto, criticó los atascos que había encontrado en su camino, y se hizo el firme propósito de ir más temprano al día siguiente. Pero cada día se le hacía más difícil su objetivo. La plaza estaba ocupada cada vez que llegaba.
Se fue generando en su cabeza una obsesión, una especie de pugna diaria por conseguir ocupar aquella plaza. Intentó adivinar si conocía al dueño de aquel coche gris, leyendo la tarjeta que era obligado mantener visible en el salpicadero del vehículo, pero entre el temor a ser descubierto y la oscuridad que había a esa temprana hora, se quedó con las ganas.
Le extrañaba que nunca coincidiera con el dueño de aquel coche, así que para satisfacer su curiosidad, estuvo saliendo durante varios días, unos minutos después de la hora, y otras veces unos minutos antes, con el afán de adivinar quién era el osado que le quitaba el sitio con tanta frecuencia.
Así pasó varios días como un gato persigue a un ratón, intentando conseguir la ansiada plaza, hasta que llegó una mañana al garaje y vio pintada en el suelo una señal de “Reservado para minusválidos”. Aparcó en otra plaza y se alegró de ser el ratón.

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