26 de marzo de 2007

Retazos

Conseguí abrir con dificultad las asas de la bolsa de plástico que un día, hace ya muchos años, decidí cerrar haciendo un nudo con ellas. Se había adherido una a otra y me costó mucho despegarlas. En la bolsa se leían apenas, borradas por el paso del tiempo, unas letras que casualmente, hacían alusión a una tienda donde las telas se vendían por kilos, no por metros.
Me olvidé de la bolsa y empecé a sacar retales de tela guardados, sobrantes de lo que algún día fueron trajes, faldas, blusas y hasta cortinas que confeccioné con esmero. Cada uno de ellos me hizo recordar retazos de mi vida pasada.
Un trozo de “vichy” de cuadros azules y blancos me trajo a la memoria uno de los primeros manteles de cocina que con dieciocho años bordé a "punto diablo", ilusionada ante mi próxima boda. Iba a formar parte de mi ajuar, aunque no tenía nada que ver con otros manteles y sábanas que recibí bordadas por las expertas manos de la que iba a ser mi suegra.
Distintos trozos de “batista”, unos lisos y otros estampados con florecitas, que un día sirvieron para hacer alegres trajes de verano para mi hija pequeña. La revista Burda me servía de ayuda con los patrones y aunque al principio sólo hacía ropitas sencillas, con cuatro costuras y poco más, me atreví con empresas mayores, siempre ayudada por la experiencia costurera de mi madre.
Retales de tejido “pirineo” rojo y blanco conformaron un traje de Papá Noel para una fiesta de Navidad en el Colegio de mi hijo. Encontré también trozos de tela de “lona” con rayas de colores, con la que hice un poncho para vestirlo de mejicano en las fiestas de Carnavales. Mi madre me ayudaba a hacer los disfraces de mis hijos convirtiéndolos cada año en personajes distintos. Mientras el niño era un chinito con traje de “satén” amarillo con unos símbolos negros, la niña se vestía orgullosa de majorette con un traje hecho con una tela de “raso” brillante. O el niño se transformaba en vaquero con un pantalón de “pana” y la niña en una brujita con traje de “terciopelo” negro. Los complementos los comprábamos en una tienda donde vendían toda clase de utensilios para Carnavales, que mi madre le dio por llamar “la estafadora careta”, ya se imaginarán por qué.
Sigo sacando trozos de tela que me llevan a evocar momentos pasados: una “lycra” que sirvió para hacer una malla a mi hija cuando practicaba gimnasia rítmica. Un retal de tela de “gasa” con lentejuelas que sirvió para hacerle su primer traje de fiesta. Y un trozo de “damasco” con los que hice unas cortinas para el cuarto de estar.
Continúan apareciendo de forma interminable retales y retales de distintas telas, algunas tal y como las compré y nunca llegué a utilizar.
Muchas vuelven a estar de moda, por lo que me podrían servir para retomar mi afición a la costura, aunque hay algunos trozos tan pequeños que no servirán para nada. Lo pienso mejor. Voy a volver a guardarlos y algún día intentaré confeccionar una colcha de “Patchwork”, una colcha de retazos de mi vida, una colcha como la que le hicieron a Winona Ryder en la película que tanto me gusta: “Donde reside el amor”.

1 despertares:

Anónimo dijo...

Ya estás tardando en apuntarte al curso, no lo dejes por más tiempo, a lo mejor me hacer un cojín.

 
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