8 de marzo de 2007

Recuerdos


Sólo sé que yo era muy pequeña. ¿Cuatro años? ¿Seis? O incluso tres. Mo soy capaz de afirmarlo. Pero supongo que muy pequeña, porque en mi memoria guardo recuerdos posteriores más claros y sé que en esos momentos, la relación con mi abuela no era muy buena. Así que tuvo que ser antes. Cuando de vez en cuando íbamos con mi tía, hermana de mi madre, a ver a “abuelita” como la llamábamos.
No tengo el recuerdo dulce de una abuela típica. Más bien de una señora agria y poco cariñosa con nosotros, los nietos. No tengo el recuerdo de un sitio acogedor donde los nietos típicos van a pasarlo bien con sus abuelos y a sentirse queridos y casi más comprendidos que por sus padres. No. Ahora que lo pienso, no es así.
Con mi tía era otra cosa. A pesar de su carácter fuerte y severo, era una mujer soltera y se dejaba llevar un poco por su madre, o eso al menos es lo que dejaba percibir. Ante los ojos de los demás, obedecía sin rechistar, pero en el fondo yo creo que hacía lo que quería. A nosotros nos adoraba, y nosotros a ella también.
Cuando nos quedábamos a almorzar en la casa donde vivían las dos, abuelita nos obligaba a hacer la siesta después de comer. Nosotros no estábamos acostumbrados a eso en mi casa, y por tanto, nos parecía una pérdida de tiempo acostarnos para dormir por el día, cuando podíamos aprovechar para jugar en el patio o en la huerta. Menos mal que mi tía siempre nos convencía de la forma más simple: nos prometía un helado. Cada tarde a eso de las cinco pasaba el carrito de los helados, solo de fresa o de vainilla, y no eran cucuruchos, sino una especie de sándwich con dos galletas. ¡Pero qué ricos estaban! Nosotros dormíamos con un ojo abierto que miraba constantemente el reloj de la mesilla de noche deseando que los punteros se colocaran en la hora ansiada para levantarnos.
En aquel entonces no había televisión ni ordenadores ni maquinitas en que entretenernos, pero nos inventábamos mil juegos para pasar el tiempo y divertirnos con otros niños del barrio.
Mi hermano el mayor, como es lógico, siempre era el jefe y los demás no teníamos argumentos para rebatirle. Él es el que decidía siempre a qué jugar y el que repartía los papeles, y a nosotros nos parecía bien, o ni siquiera nos lo planteábamos.
A veces nos tendíamos en el suelo tras la puerta de la calle, uno al lado del otro, cerrábamos las contraventanas y sólo nos entraba una claridad de la calle por las rendijas de la desvencijada puerta, de forma que cuando pasaba algún coche (muy raras veces) o algunas personas y se reflejaba su sombra en la pared, imaginábamos que estábamos en el cine y nos montábamos la película a nuestro gusto, ya fuera de policías y ladrones, o del oeste con caballos incluidos. La imaginación al poder. Yo creo que de ahí viene mi afición al cine.
Guardo también el recuerdo de aromas de aquella época. Olores que no he sentido nunca más. No sé si es a goma de borrar, a lápices nuevos o a plantas desconocidas. Fragancias que se han ido transformando a medida que he ido creciendo, pero que sería capaz de reconocer si volvieran a mí.

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