9 de marzo de 2007

Carta de desamor


Quizá esta carta te parezca inoportuna y sin sentido. Para ti, que siempre has tenido el don de la oportunidad, mucho sentido común y eras muy correcto en todas tus expresiones.

Pero claro está, yo no soy tú, y a mi me gusta decir las cosas claramente y con palabras que denoten su verdadero significado. Sabes que nunca me gustaron las medias tintas.

En cuanto al momento, pues, sí, he de reconocer que tal vez no sea el adecuado, pero también debes saber (tú que presumías de que me conocías muy bien) que siempre reaccionaba un poco tarde ante determinadas situaciones.

Muchas veces intento encontrar el motivo a las cosas, pero no me doy cuenta de que me están haciendo daño, hasta que pasa el tiempo y se me enciende una bombilla en el cerebro y otra en el corazón. No te rías, que estoy diciendo la verdad.

Cuando decidimos dejar nuestra vida en común, mejor dicho, cuando lo decidiste tú, porque ahora me doy cuenta de que, aunque fui yo la que abandonó el hogar, tú me indujiste a ello.

Con tu actitud artera, tus palabras engañosas (muy educadas, eso sí) y tu estudiada postura de víctima, lo que realmente pretendías era que yo me sintiera culpable. Pero en ese momento no me di cuenta. Ahora es cuando echo la vista atrás, y lo veo todo claro.

Yo era feliz, todo lo feliz que puede ser una mujer de su casa, porque no me negarás que yo no era “una mujer de mi casa”. Te tenía la ropita lavada y planchada, la casita recogida y limpia, la comidita hecha para cuando tú llegaras… (Es que si lo escribo en diminutivo parece que no trabajaba tanto, que te conozco, que estás ya preguntándote para que digo ropita, casita y comidita).

Fui feliz durante algunos años, los años en que no era consciente de que yo también tenía mis derechos, no solo mis obligaciones. La verdad es que no sé cómo me di cuenta, pero al final lo hice.

Cuando empecé a quejarme de tus caricias, digo, de tus palizas; de tu personalidad, digo, de tu brutalidad, entonces tú me preguntabas constantemente qué me pasaba. Cuando empecé a pintarme un poco y a vestirme mejor, tú te diste cuenta de mi cambio. Recuerdo nuestra última pelea, hablábamos los dos (en comparación con la primera, en que sólo hablabas tú y yo te oía).

Cuando quisiste cambiar fue demasiado tarde, demasiado tarde para ti y el momento justo para mí. Ya me pertenecía a mi misma. Deberías estar contento, no pertenecía a otra persona, como tú imaginaste. Era yo. Yo y mis circunstancias. Te dije lo que sentía y tú, tan correcto como siempre, me contestaste que te había fallado, que no te había respetado, y por tanto, era yo la que tenía que abandonar el hogar. Al principio no lo entendí, y por eso salí de tu vida.

Pero ahora me doy cuenta de que la víctima era yo. Por eso te escribo, para que lo sepas. Para que sepas que ya me he dado cuenta.

Sí, ya sé que un poco tarde, pero más vale tarde que nunca. Al fin y al cabo, soy una víctima libre y afortunada.

1 despertares:

Trini dijo...

He estado leyendo esta carta de desamor y yo diría de liberación. Alguien ha entrado a mi página desde aquí y yo, curiosa siempre, he venido amirar y me he encontrado con este texto, que ojalá sea sólo eso, un texto, que no te había leído.
Las mujeres, casi todas, solemos culparnos siempre por todo lo que se cuece a nuestro alrededor, sobre todo las de nuestra generación, y es que nos "educaron" la mar de bien, anda que...
En fin que me ha gustado tu carta.

Besos muchos

 
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