9 de marzo de 2007

Virtudes


Nunca fue consciente de las virtudes que tenía. Sólo se veía los defectos, o lo que ella consideraba defectos.
Con catorce años se miraba al espejo y veía una chica gordita de cincuenta kilos. No le gustaba su pelo, que no era ni liso ni rizado. No sabía qué hacer con él y siempre lo llevaba anudado en la nuca. No le gustaban sus manos, con los dedos muy pequeños y las uñas mordidas. No le gustaban sus piernas, porque le parecían musculosas. No le gustaba que la llamaran chata, aunque sabía que su nariz no era muy prominente.
Con veinticuatro años empezó en el gimnasio. Se cortó el pelo de forma que era muy fácil llevarlo bien peinado. Ya no se mordía las uñas y aprendió a maquillarse levemente para disimular sus “defectos nasales”. Generalmente usaba pantalones, más bien por comodidad, aunque no le importaba ponerse faldas de vez en cuando, sobre todo después de que alguien le dijo que las piernas musculosas tenían un componente de simbología erótica.
Con treinta y cuatro años no tenía tiempo de ir al gimnasio. Sus pequeños le ocupaban el día y parte de la noche. Iba de vez en cuando a la peluquería. Y su semblante era el de una mujer feliz.
Nunca fue consciente de las virtudes que tenía. Tenía la virtud de la prudencia. Actuaba siempre de forma adecuada y con cautela, tanto en sus comentarios como en la relación con los demás.Tenía la virtud de la constancia. Una vez que decidía empezar algo, nada hacía modificar su empeño en terminarlo. Nunca dejaba los trabajos a la mitad, y siempre los hacía bien.Tenía la virtud de la inteligencia, y una memoria privilegiada, que le hacía retener con facilidad desde un simple número de teléfono hasta los artículos completos de una Ley. Su vasta cultura era comentada en los distintos círculos donde se movía personal y profesionalmente.
Nunca fue consciente de las virtudes que tenía. Sólo sabía que se llamaba Virtudes.

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