12 de marzo de 2007

El viaje

Mi amiga Leo siempre lo decía: "Hay que vivir". "Y viajar" "Viajar es vivir más veces". Por eso, estoy decidido a seguir su consejo. A ella en sus viajes siempre le fue bien. Se divirtió todo lo que quiso y pudo, con su escaso sueldo de funcionaria que ahorraba sigilosamente durante el año para hacer un dispendio en sus vacaciones. No ha quedado parte de Europa que no haya visto y parte de África también. Ahora ya se ha casado, y cuando tal vez sea un poco tarde, está intentando tener hijos, según dice ella, para tener una vejez acompañada. No creo que sea esa la razón para tener hijos, pero no se lo discuto. Ella es mucho más joven que yo, y hace tiempo dejé de intervenir en sus debates. Cuando yo tenía su edad también defendía acaloradamente mis opiniones. Pero después de que me quedé solo, parece que un nudo me ahoga la garganta y no me salen las palabras. Hablo poco, y discuto menos.

De vez en cuando quedo para ver un partido de fútbol con un amigo, para ver si el fervor futbolístico me hace reaccionar, pero sólo logro gritar algún que otro insulto al árbitro, del que me arrepiento enseguida, y empiezo a desear que se acabe pronto el partido, gane o no mi equipo, para escapar de allí y regresar a la tranquilidad de mi casa, aunque sea en soledad.

Mi amigo me dice que lo vuelva a llamar para ir juntos al próximo partido que nuestro equipo juegue en casa. Para él es una evasión, y por eso me lo agradece. A su mujer le dice que va al fútbol por acompañarme, para hacerme un favor, pero los dos sabemos quién hace el favor a quién. Yo le digo que sí, que lo llamaré, aunque por dentro estoy presintiendo que va a ser que no.

Lo acabo de decidir. Voy a seguir el consejo de Leo. En lo de viajar, me refiero. Y en lo de vivir.

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