14 de marzo de 2007

El que espera...

El que espera, desespera. Eso dice el refrán. Pero él seguía esperando sin desesperar. Seguía soñando, confiado en que lo que estaba haciendo ahora, algún día daría sus frutos.
La gente alababa sus trabajos, pero siempre terminaba preguntándole algo relativo a su futuro, a si realmente le estaban sirviendo para ganar dinero, para vivir. Él respondía que no, que sólo lo hacía por hobby, y que realmente nunca esperaría compensación económica por lo que hacía. Sólo pretendía que fuera positivo para los demás, para los que quisieran ejercitar los sentidos con sus obras de arte, para los que estuvieran verdaderamente interesados por comprenderle y por admirarlas.
Seguía incansable trabajando en lo que le gustó siempre. Siempre desde que lo descubrió, y era maravilloso. Tenía sed por descubrir cada día cosas nuevas para ofrecer a los demás y se asombraba a sí mismo de lo que le quedaba por aprender.
La familia también se interesaba, pero como era su familia, siempre le quedaba la duda de si la admiración era real o simplemente para que supiera que podía contar con todo su apoyo. Eso ya lo sabía. A lo largo de los años se lo habían demostrado y por ese lado estaba tranquilo.
Conocía gente nueva que también se asombraba. De entrada también pensaron que se dedicaba a ello, que aquel era su trabajo, pero al saber que vivía con mucho menos de lo que necesitaba, lo admiraban más. Él no entendía por qué, pero le halagaba.
Un día, cuando menos lo esperaba, recibió un mensaje de correos. Entonces dejó de soñar y empezó a ver los frutos.

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