13 de marzo de 2007

El hijo

Nunca le daba las gracias. No hacía falta. O eso creía él. Pensaba que era su deber como madre darle todo lo necesario para vivir. Pero su vida no era como la de los demás. Se levantaba muy tarde, cuando ya ella hacía mucho rato que estaba en su trabajo. Se desayunaba con tranquilidad en la sala viendo la tele, dejando caer las migas en el suelo que pronto serían presa de una fila de hormigas que nadie sabe de dónde y en qué momento aparecerían. Dejaba la taza vacía a un lado y se tendía en el sillón esperando que pasaran las horas.
Cuando la oía regresar, corría a su habitación y cerraba la puerta. Sabía que ella no la iba a abrir. Sólo tocaba la puerta con los nudillos para avisarle que el almuerzo estaba en la mesa. De todas formas, él no pensaba salir. Se mantenía en silencio, atento a todos los ruidos que identificaba fácilmente. La oía fregar la loza (incluída la de su desayuno), preparar la comida, comer en solitario, pasar el escobillón... la escuchaba hacer las tareas domésicas antes de volver a la oficina donde limpiaba un par de horas por la tarde para ganar un poco de dinero con el que llegar a fin de mes.
Desde que la oía marcharse de nuevo, salía de su escondite-dormitorio, del fortín que le servía de defensa, del atrincheramiento al que él mismo se había querido someter, y se dirigía a la cocina, donde sabía con seguridad que encontraría comida. La comida que ella había preparado en silencio y teniendo en cuenta sus gustos. Le había dejado el plato en la mesa, los cubiertos, la servilleta, el pan. Sólo tenía que coger el cucharón y servirse, pero él prefirió comer directamente de la olla. Comía con avidez y desespero. Hoy las horas se le habían hecho muy largas y tenía hambre.
Luego volvió a la sala donde se recostó en el sillón mientras veía en la tele su concurso preferido.Se quedó dormido y no se dio cuenta del paso del tiempo hasta que volvió a oir la llave en la cerradura. Se levantó bruscamente y se metió en su habitación olvidándose de que existía otro mundo afuera. Otro mundo maravilloso que él nunca conocería.
Ella volvió a tocar la puerta con los nudillos tratando de que él le contestara. Oyó una música procedente de la habitación y se quedó tranquila.

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