9 de marzo de 2007

El disfraz


¡Gemelos! O mellizos, o lo que sea. Eso es lo que le había dicho el médico. Salió de la consulta y se quedó sentada otra vez en la sala de espera. Anonadada, impresionada y todo lo terminado en “ada”. ¿También apenada? La enfermera le preguntó si se encontraba bien. Sí, sí, gracias.

Alguna vez había pasado por su mente el hecho de ser madre, pero por duplicado y a la vez, nunca. ¿Qué hacer? ¿Qué decisión tomar? Al fin y al cabo, no creía que a él le interesara mucho. Ni siquiera se había molestado en apuntar su número de teléfono. Le dijo que tenía una memoria prodigiosa. Que lo recordaría para siempre porque era SU número. Y así empezó. Entre risas, ruidos, bailes y copas. Y más copas. Y más risas. Y tú de qué vas disfrazado. Y yo de teléfono móvil.

Al día siguiente no recordaba cómo había llegado a no sé qué número de qué casa de qué calle. Cuando despertó, tenía un desconocido al lado y estaba en una cama que no era la suya. Se vistió, salió a la calle y cogió un taxi. A los dos días lo llamó y se vieron de nuevo. Pero ya sin disfraz. Ni siquiera le reconoció. Se notaba un cierto apresuramiento en su voz. Se le notaban las ganas de irse. No estaba a gusto. Dos veces más hablaron por teléfono, y hasta hoy. Tampoco era cuestión de insistir. Lo primero, la dignidad. Y la frente alta.

Ya habían pasado tres meses, y ni se había vuelto a acordar de él. Pero ahora, ¿qué? Había que tomar una decisión. Cogió el teléfono. Se estaba desinflando. Ya la frente no estaba tan alta y la dignidad venía a menos. Buscó en Contactos. Ni siquiera recordaba cómo lo había anotado. Por la T de Teléfono. Por la M de móvil.

Encontró la M de mamá. Y llamó a su madre. Mejor.

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