8 de marzo de 2007

Decisión

Esperaba que la perdonara. Sobre todo, eso. Y si al final conseguía algo más, mejor. Estaba planeando la visita desde hace unos días, pensando en la ropa que se iba a poner, en el peinado que se iba a hacer y en las palabras que iba a pronunciar. Esperaba que volviera a quedar impresionado con ella. No con su belleza, que no era mucha, sino con ella misma. Porque él le había jurado siempre, que no se había enamorado de ella por su físico; le decía que lo que la hacía atractiva era “el conjunto”. Le escribió un abecedario donde cada una de las letras era el inicio de una palabra que la describía: Amorosa, Bonita, Cariñosa, Divertida...
Cuando las personas se enamoran, la verdad es que pierden un poco el norte, y eso que ella, como buena Tauro que era, tenía los pies en la tierra. Pero claro, que un chico tan atractivo se enamorara de una mujer como ella, fue todo un halago, y no sabría decir quién enamoró a quién.
Iniciaron su relación en un momento de su vida en que ya no lo esperaba. Llegó a pensar que ya no gustaba a ningún hombre. La verdad es que hasta entonces ni siquiera se había parado a pensar en la posibilidad de mantener una relación formal. Alguna que otra vez había conocido de manera fugaz a alguno, sobre todo cuando era más joven y podía hacer algún viaje de verano mientras su madre pasaba unos días con su hermano en el campo. Pero fueron muy pocas veces, y desde hacía unos años, todo su tiempo estaba dedicado exclusivamente al cuidado de su madre. Cuando murió, sintió un vacío, más que una liberación. Y después de pasar unos meses encerrada, sin saber qué hacer, su hermano la convenció para que se arreglara, saliera y conociera gente con espíritu joven. Está claro que ella sólo acertó a oír lo de “joven” y frecuentó algunos lugares que teóricamente ya no eran lo más apropiado a su edad. Y así fue como lo conoció a él. El, a pesar de su juventud, parecía tener un dominio de la situación que a veces la dejaba pasmada.
Había estado casado, cuando era muy joven y un poco obligado por las circunstancias. La circunstancia de que su novia estaba embarazada, claro. Lo que no restó una pizca del amor que sentía en aquellos momentos por la joven y mientras le duró el matrimonio, cumplió con su deber de padre dándole a su hijo todo el cariño de que fue capaz. Luego fue ella la que lo abandonó. Y él, sin pensárselo dos veces, dijo que ya estaba bien. Que tenía que salir a disfrutar. A disfrutar de la vida y a recuperar el tiempo perdido. Y empezó a frecuentar lugares apropiados a su edad.
Casualmente, la amiga del amigo de uno, era amiga del amigo de la otra. Alguien los presentó una noche, y ahí empezó todo.
Una llamada de teléfono y una cita en un bar, dieron paso a salidas continuas, primero en compañía de un grupo entretenido, multicolor y con muchos temas de conversación; y más tarde, en mutua compañía y hablando de un solo tema: el amor. El amor en sus miradas, el amor en sus gestos y el amor en sus cuerpos.
Fue ella la culpable, la que decidió romper. Y no porque no lo quisiera. Nunca pensó que podía amar tanto. Fue un momento de duda. De pensar que era imposible tanta felicidad. Que no podía ser toda para ella. Le rondaban en la cabeza las palabras que su madre le decía cuando era niña y se reía incansable por cualquier tontería con su hermano pequeño: “Los que empiezan riendo, terminan llorando”. Y siempre ocurría así.
No lo pensó dos veces. Hizo sus maletas y se fue a vivir a la casita del campo. Allí reflexionaría mejor, en contacto con la naturaleza. Donde ella creía que podría reconocer sus verdaderos sentimientos. Pronto se dio cuenta de la estupidez de su acción. Los primeros días se despertaba reconfortada con los cantos de los pájaros, y cuando llegaba la noche parecía que los grillos se reían de ella con el cri-cri machacándole continuamente los oídos. Día a día se fue convenciendo que no había hecho bien. Pero no se atrevía a reconocerlo. Así que dejó pasar otra vez el tiempo, hasta que, como siempre, su hermano pequeño vino a verla.
No hicieron falta muchas palabras. Volvió a recordarle que tenía que sacar a flote su “espíritu joven”. Y así lo hizo. De vuelta a la ciudad, preparó durante unos días la visita. Se temía lo peor. Sabía que le había hecho daño, y esperaba que la perdonara. Sobre todo, eso. Y si conseguía algo más, mejor. Ojala sus palabras fluyeran más fácil de lo que imaginaba. Las repetía una y otra vez ante el espejo, esperando una sonrisa, esperando el perdón. Y esperando, sobre todo, que no se cumpliera la demoledora frase de su madre: “Los que empiezan riendo terminan llorando”.
Encaminó los pasos hacia él. Estaba decidida. Esta vez sería al revés. Ya había llorando bastante, así que a medida que se acercaba, la sonrisa iba creciendo. Creciendo, creciendo, hasta convertirse en una verdadera carcajada.

2 despertares:

Anónimo dijo...

Oye Livaex aquí continúo (soy la que tiene las manos impregnadas de pintura de colores que intenta ser pintora) no he podido marcharme aún. Y quiero decirte ahora mismo que este relato es maravilloso y que mientras lo leía pensaba en muchas cosas, tal como que creo que muchos de los que "empiezan riendo terminan llorando" y creo que es muy cierto porque son muchas y muchas veces sucede así y muchas y muchísimas veces pero ¿sabes cómo y de qué? ¡¡¡de felicidad!!! que también se llora mucho, conforme me he hecho mayor he sabido lo que es llorar de felicidad no solo de tristeza, esa es la magia de hacerse adulto que se puede disfrutar más de esas alegrías que de niño no entendías cómo se podía llorar de felicidad, a mi me parecía aparte de extraño, imposible y hasta ridículo. Pero mira que es maravilloso ahora me sucede cada vez más, espero te suceda a ti lo mismo. Voy por mis pinceles y mis lápices.
Otro besín.

Livaex dijo...

Hola, pintora: Tienes razón. Cuando uno llora de felicidad, no duele. Y es maravilloso. Yo hace mucho tiempo que no lloro así, pero no me quejo. Un abrazo. Ligia

 
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