29 de marzo de 2007

Carta de amistad


Querida amiga:
No sé por dónde andarás ni qué será de tu vida. Hace mucho tiempo que no sé de ti, pero acaba de llegar tu recuerdo a mi mente.
Siempre fuiste "mi amiga del alma" cuando estudiábamos juntas, cuando éramos niñas. Compartíamos pupitre y compartíamos deberes. Tú me ayudabas más que yo a ti, pero así eras de generosa. No te importaba dar aunque no recibieras nada a cambio. Eras bella por dentro y por fuera.
Las dos teníamos el mismo uniforme: un pichi a cuadritos blanco y negro con tablas, una blusa blanca debajo y una cinta roja anudada al cuello, pero tú lo llevabas de forma descuidada y las tablas sin planchar. Sabía que no tenías madre que lo hiciera y te imaginaba trabajando duro en tus quehaceres caseros cual mujer grande en su hogar.
Yo comparaba a mi padre con el tuyo y no entendía cómo podía vivir sin una mujer como mi madre, que lo hacía todo. Le preparaba la ropa limpia por la mañana, se la ponía a los pies de la cama para que él supiera qué camisa o qué calcetines utilizar ese día, le tenía el plato de comida preparado en la mesa cuando llegaba del trabajo, y soportaba con fortaleza toda clase de hirientes comentarios relativos no sólo a la “temperatura” de la comida, sino a la “escasa longitud” del dinero que no llegaba nunca a final de mes.
Está claro que tú eras la que resolvía todos esos problemas en tu casa, la ropa, la comida y lo que hiciera falta. No sé de dónde sacabas el tiempo para estudiar, a pesar de tu ocupada vida, porque siempre eras la primera en el colegio y yo estaba muy orgullosa de ser tu amiga. Las “niñas ricas” no querían saber nada de nosotras. Se conocían entre ellas formando un grupito que procedía de un colegio de monjas donde no se impartía el bachillerato y no les quedó más remedio que integrarse en nuestro centro, aunque siempre estaban protestando por la obligación de llevar un uniforme que les impedía lucir sus modernos trapitos.
Recuerdo que una de ellas nos contó un día que le había pedido a los Reyes “una falda de tergal”, y estuvimos intrigadas hasta que nos explicó que el tergal era un tejido que no se arrugaba, con lo que la falda de tablas mantenía los pliegues intactos sin necesidad de usar la plancha. Yo pensé que a ti y a tu falda del colegio le vendría bien ese tejido, pero me callé.
Tú no le dabas importancia a esas cosas ni te preocupaba lo más mínimo que nos mantuvieran separadas del grupo. Tratabas con desenfado cualquier tema y tu capacidad de entendimiento sobrepasaba con creces a las demás y aquí me incluyo, aunque tú me hablabas como si yo te entendiera. Una vez te dediqué un libro poniendo “A la amiga más sincera que he tenido”, porque creía que tus explicaciones sobre temas que en ese entonces se consideraban “tabú” eran una especie de secreto entre tú y yo. Más tarde de di cuenta que hablabas con todo el mundo de la misma forma, sin importarte quién estuviera oyendo tu interesante conversación.
Siempre estabas al lado del más débil, que en este caso era yo, y nunca permitías que se rieran de mí y de mi ignorancia. Recuerdo que cuando tenía once años y comenté que tenía una hermanita nueva, estaban todas alucinando con el hecho de que yo no supiera ni siquiera que mi madre estaba embarazada. Tú saliste en mi defensa diciendo que era yo la que me burlaba de todas ellas, porque se habían creído mi “supuesta” mentira.
Cuando con quince años empecé a salir con un chico, una de las que llamábamos “niñas ricas” me preguntó dónde lo había conocido. Yo dije que paseando por la calle y ella se reía y se extrañaba porque había conocido al suyo en una bolera, que era un sitio de lo más “chic”. Te lo fui a contar rápidamente porque no sabía ni que eso existía. Tú te reías con mis comentarios y me decías que no le hiciera caso, que el novio no le iba a durar mucho, como así fue. Nunca sentiste envidia de ninguna, ni siquiera en el asunto de los chicos, y me decías que la persona que a ti te gustaba nunca lo iba a saber y que te quedarías soltera.
Yo me puse a trabajar cuando terminamos el bachillerato, y tú entraste en la Universidad con una beca. Los primeros años continuamos viéndonos de vez en cuando y supe que te habías metido en política. Te definías como una militante de izquierdas que buscaba un mundo mejor para todos y defendías la igualdad entre mujeres y hombres.
Cuando nos vimos por última vez te encontré cambiada. Seguías vistiéndote de forma descuidada y nada femenina y llevabas la cabeza totalmente rapada. Pero la dulce expresión de tus ojos era la misma que tenías los primeros años en que nos conocimos.
Tu mirada protectora cambió de expresión cuando te conté que me iba a casar. Me preguntaste si estaba segura de lo que iba a hacer y cuando nos despedimos me dio la sensación de que iba a ser la última vez que nos veíamos. Así fue.
Desde entonces no he sabido nada de ti, y no sé por qué tu recuerdo me ha venido hoy a la mente. Me gustaría encontrarte de nuevo. No sé por qué te fuiste, ni si te acuerdas de mí. Pero te necesito.

5 despertares:

dama rayo de sol dijo...

la carta me parecio excelente
esta linda!
yo tambien extraño a una amiga que ya no veia hace tiempo...

Livaex dijo...

Dama rayo de sol: Bonito nombre, gracias por tu visita y comentario.

SuperCris dijo...

Genial...me ha encantado la carta...sobre todo ese final = Te necesito...

Espero que algun dia os volvais a encontrar y recordar viejos tiempos...

Un beso

Livaex dijo...

Supercris: Gracias por tu comentario. Espero seguir contando con tus visitas. Un saludo

Martín G. Ramis dijo...

entrañable carta.

 
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