30 de diciembre de 2007

Feliz 2008

Inicié mi andadura en este mundo de los blogs, precisamente con unas "Rimas de nochevieja" que leí a mi familia cuando nos reunimos a cenar el pasado año. Después, y como digo en la cabecera de mis "Despertares", mi hijo me aconsejó que creara un blog y publicara mis escritos.
Nunca imaginé que me daría tanta satisfacción personal y "conocería" virtualmente a personas tan maravillosas como las que escriben en los blogs con los que me enlazo. Espero hacerlo personalmente algún día para darles las gracias por los buenos momentos que paso leyendo sus historias, sus poemas, sus sentimientos, sus conocimientos y todo su saber.
Por compartir sus palabras y un poquito de sus vidas, gracias.
Sólo les deseo lo mejor para el próximo año 2008 y espero seguir contando con todos en este camino de las letras que me llena de ilusión.
Salud, amor y suerte. Mil gracias.
Ligia

27 de diciembre de 2007

Navidad lagunera: Treinta años después


Por diferentes motivos, desde su vuelta a la isla no había podido moverse de la capital. Las cortas vacaciones de Navidad pronto llegarían a su fin, así que decidió que no podía dejar pasar ni un día más sin visitar un lugar especialmente mágico para él: un rincón situado en La Laguna al que muchos años antes había prometido regresar.
Hizo una llamada de teléfono y concertó la cita. Era temprano, pero decidió que saldría con tiempo suficiente para ver la ciudad donde había vivido inolvidables momentos. El “frío lagunero” le despejaría la mente y serviría para analizar sus sentimientos después de tanto tiempo alejado de ella.
Después de muchas vueltas y una gran dosis de paciencia, consiguió encontrar una plaza de aparcamiento por detrás de las oficinas de Correos de la ciudad universitaria.
Al llegar a la Plaza del Adelantado, se detuvo para escuchar a un grupo de “Lo divino” que entonaban villancicos. Lo formaban hombres y mujeres de distintas edades, tocados todos con un gorro rojo típico de Papá Noel, y en ese momento cantaban el archiconocido “los peces en el río…” animando a la gente que se agolpaba a su alrededor, para que les acompañaran en sus alegres cánticos. Su mente se iba llenando de recuerdos. Recuerdos de una Navidad, recuerdos de un amor.
Siguió su camino por la calle Carrera arriba respirando el ambiente navideño en cada esquina, hasta que le llegó el aroma envolvente que provenía de un puesto de castañas asadas situado en la Plaza de la Catedral. En ese momento sintió que no había pasado el tiempo, y se vio reflejado treinta años atrás, en un grupo de chicos que desplegaban sonoras carcajadas mientras intentaban pelar, pasando de una mano a otra y sin quemarse los dedos, las castañas calientes recién salidas de aquella olla ennegrecida por el fuego, envueltas en un papel gris formando un cucurucho que sostenía en sus manos uno de ellos.
El frío invernal no era obstáculo para que la gente saliera a la calle a comprar los últimos regalos de Papá Noel y Reyes. Los escaparates de las tiendas estaban repletos de adornos navideños, y sobresalía el color rojo y dorado por encima de los demás, junto con multitud de bolas de colores y una gran iluminación, que invitaban a entrar en los comercios.
Las madres salían con paquetes en la mano, intentando esconderlos de las curiosas miradas de los niños, que los padres se encargaban de distraer mostrándoles un Papá Noel que se movía al son de las notas del “Jingle Bells”, o las figuritas de un Belén que se mantenía año tras año en algún antiguo escaparate.
Cuando llegó a la Plaza de la Concepción, se detuvo frente al gran árbol que resistía imbatible el paso de los años. Nada había cambiado en aquel rincón. Respiró por un momento el aroma del amor, el aroma que permanecía dormido en su corazón durante tanto tiempo. Unos enormes paquetes envueltos en papeles de colores pendían de las ramas del árbol, entremezclados con unas grandes bolas doradas, que se iban haciendo más pequeñas según su mirada iba subiendo, hasta llegar a la cima coronada por una gran estrella plateada que marcaba el camino de la Navidad.
Permaneció extasiado mirando aquel símbolo y al bajar la vista, reparó en una joven pareja de adolescentes que, sentados en el banco situado bajo el árbol, se besaban sin pudor. Durante unos segundos, revivió momentos de su vida hacía ya más de treinta años. Allí mismo le había dado el primer beso a una chiquilla maravillosa, que el paso del tiempo no había logrado borrar de su memoria, y allí mismo se despidieron. El destino los había separado y ni siquiera pudieron disfrutar juntos de aquella Navidad. Se veía a sí mismo bromeando mientras intentaba adivinar cuál era “su” regalo de entre los paquetes que colgaban del árbol. Al final había escogido uno que estaba envuelto con papel verde y estrellas plateadas. Como si reviviera aquel momento, dirigió la mirada hacia el enorme árbol en un vano intento por encontrarlo treinta años después.

Se habían conocido como todas las parejas de aquellos tiempos, paseando un domingo por la tarde calle Carrera arriba y calle Carrera abajo, desde la Concepción hasta la Catedral y viceversa. Él estaba delante de la Librería El Águila con dos amigos, compañeros de Universidad, cuando se fijó en ella. Reparó en su sonrisa, en los lunares que tenía en su rostro, en el flequillo que casi le tapaba sus pequeños ojos y en su rápido andar. Iba acompañada por otras dos chicas, que enseguida despertaron la ilusión de sus compañeros, que fueron los que iniciaron la “maniobra” de acercamiento.
Durante un buen rato las siguieron de cerca, mientras ellas aceleraban su paso al percatarse del atrevimiento de aquellos chicos. Así estuvieron entretenidos en una serie de encuentros y desencuentros por la Calle Carrera, como si estuvieran jugando al gato y al ratón, hasta que la simpática chiquilla de los lunares dijo algo que provocó las risas de sus compañeras, consiguiendo con ello que se detuvieran a hablar con los chicos. A partir de aquella tarde de domingo, iniciaron una relación de enamorados que nunca había podido olvidar.
El recuerdo de aquel primer amor le hizo sentir escalofríos en el cuerpo. Miró a la pareja del banco situado bajo el árbol, y seguían abrazados en un beso interminable, sin importarle lo más mínimo la gente que pasaba a su lado. ¡Qué diferencia con aquellos años de su adolescencia! No se permitían escarceos amorosos a la vista de los demás, así que tenían que perderse por otras calles más oscuras de la ciudad, una vez que se las arreglaban para deshacerse de “las carabinas” que por orden paterna tenían que acompañar a la chica en las tardes de domingo.
Siguió con la vista a la pareja de adolescentes que por fin habían logrado separar sus bocas y entre carcajadas se iban caminando enlazados por la calle abajo.
Entonces se sentó en aquel banco de piedra situado bajo el árbol y esperó. Le había prometido que volvería, y allí estaba. Treinta años después, es verdad, pero regresó.
Volvió a la realidad al oír su nombre y sintió un nudo en la garganta y un vuelco en el corazón. Una mujer de amplia sonrisa y lunares en el rostro se le acercaba. Sus ojos pequeños y alegres eran los mismos que un día enamoraron al joven estudiante. No quería oír las explicaciones que él pretendía darle, así que posó suavemente sus labios en los de él diciendo:
- Feliz Navidad. Te he traído tu regalo -mientras le ofrecía un pequeño paquete envuelto en un papel verde con estrellas plateadas.

14 de diciembre de 2007

La solución


Me dijiste que lo ibas a solucionar y te creí. Yo era una niña de apenas siete años, asustada, temerosa, y pensé que ya tú eras mayor para hacerlo, aunque solo tenías dieciocho años.
Mamá se refugió en mi habitación, después de una noche de gritos y golpes. Allí le vi por primera vez las heridas. Ella lloraba y yo también. Cerramos la puerta para que él no pudiera entrar. Durante un rato oí los fuertes golpes que daba, mientras yo le gritaba: “Vete, papá, por favor”.
Cuando al final se hizo el silencio de la noche, lo oímos vestirse y salir a la calle entre murmullos.
Mamá me dijo que durmiese, que era muy tarde ya. En ese momento no entendí el significado de la palabra “tarde”.
Mi pequeño corazón no paraba de golpear mi garganta. Empecé a rezar, haciendo esfuerzos en la oscuridad de la habitación para poder ver su rostro, pero ella lo tapaba con sus manos.
Me levanté de la cama y a tientas la busqué.
-¡No llores, mamá!, ya verás que no vuelve.
Le di un abrazo y me acosté. Continué rezando un buen rato acompañando a sus amargos quejidos. No recuerdo cuándo me dormí. Solo sentí a mis pies el calor de un cuerpo que, rendido, permaneció recostado en mi cama durante horas.
Cuando desperté, fui a tu habitación y te lo conté. Como habías pasado la noche en casa de un amigo, no te habías enterado. O eso creí yo. En realidad, estabas harto de vivir en tu niñez aquella triste situación de la que yo estaba empezando a ser consciente, y no querías participar en unas disputas que al final terminaban en una rendición materna.
Ese día me dijiste que no me preocupara, que tú lo ibas a solucionar. Y yo te creí. Al poco tiempo, abandonaste nuestro hogar.
¿Impotencia? ¿Cobardía? No te voy a juzgar, pero todavía te espero, para decirte que “tu solución” ya llega tarde.

12 de diciembre de 2007

Locura de amor


La LOCURA invitó a sus amigos a tomar café en su casa. Todos acudieron, y al finalizar, propuso jugar a las escondidas.
-¿Qué es eso? –preguntó la CURIOSIDAD
-Es un juego donde todos se tienen que esconder. Yo cuento hasta cien, y luego voy a buscarlos. El primero en ser encontrado será el siguiente en contar.
Todos aceptaron el juego, menos el MIEDO y el PREJUICIO.
- Un, dos, tres… -la LOCURA comenzó.
La PRISA fue la primera en esconderse. La TIMIDEZ se subió a lo más alto de la copa de un árbol.
La ALEGRÍA se quedó contenta en medio del jardín, mientras que la TRISTEZA comenzó a llorar porque no hallaba un lugar apropiado para esconderse.
La ENVIDIA acompañó al TRIUNFO y se escondió cerca de él, debajo de una piedra.
La LOCURA seguía contando…
La DESESPERANZA quedó desesperada al ver que ya iba por el número noventa y nueve.
La primera en aparecer fue la CURIOSIDAD, que quería saber quién sería el próximo en contar.
La DUDA también fue encontrada fácilmente, ya que estaba encima de un muro sin saber en cuál de los dos lados se escondería mejor.
Así fueron apareciendo todos los demás invitados.
Cuando estaban reunidos, la LOCURA preguntó:
-¿Dónde está el AMOR?
Nadie lo había visto. La LOCURA lo buscó por todos lados, yendo desde la cima de las montañas hasta el fondo de los ríos. De pronto, vio un rosal y comenzó a buscar moviendo sus tallos. Se oyó un grito y pudo comprobar que era el AMOR. Por su culpa, se había pinchado con una espina.
La LOCURA no sabía qué hacer, pidió disculpas e imploró el perdón del AMOR, prometiendo servirlo para siempre.
El AMOR aceptó las disculpas desde entonces hasta hoy…
Por eso “EL AMOR ES CIEGO Y LA LOCURA SIEMPRE LE ACOMPAÑA”.

8 de diciembre de 2007

Adrián

(Dedicado a mi sobrino Adrián por su cumple)


Cinco velas soplará
de una tarta deliciosa
después de jugar incansable
sin ver a su madre nerviosa.

Cuando todos le preguntan
Con la mano abierta señala
pero dice: ¡ya soy grande!
de su independencia haciendo gala.

Dicen que la inteligencia se hereda
y me temo que el carácter también
adivinen unos y otros, por favor,
de quién... y de quién.

Sabe todas las vocales
y muchas de las consonantes
ya lee "caca" y "moco"
con facilidad alucinante.

Adrián anda entre dos cariños
en cuanto a fútbol se refiere
su padre porque es del Barça
y su madre, porque es del Tete.

Es el niño de mis ojos
ya lo he dicho muchas veces
la rima la pongo yo
y también las idioteces.

Brindamos todos por ti
este nueve de diciembre
¡Felicidades, Adrián!
Y que seas feliz, hoy y siempre.

30 de noviembre de 2007

Quererte


Suena el teléfono una y otra vez. Hace tiempo que no me interesan las felicitaciones. Pero esta vez el sonido es diferente. Lo presiento. Es tu voz. ¿Cómo te ibas a olvidar? Tu risa alegre me lleva a mis recuerdos, que son los tuyos. Dices que me añoras. Que a pesar del tiempo transcurrido, guardas en tu memoria todos los momentos dulces que te di. Guardas en tu corazón el amor que te ofrecí. Que, a pesar de la distancia, me sigues queriendo.
Hoy, que estoy entrando en un nuevo año de mi larga vida, prefiero creerte. Aunque en el fondo de mi corazón sepa que tu alegría ya no es para mi. Que tus besos los entregas a otro, que tu vida la compartes con otro.
Hoy, que empiezo mi cuenta atrás particular en esto de vivir, prefiero creerte. Escucho tus palabras susurrándome al oído. Veo tu cuerpo entregándote al mío. Imagino tus caricias en mi piel. Siento mis brazos rodeando tu desnudez. Deseo tus besos donde quiera que estés.
Y yo te respondo ilusionado que no me olvido de tu querer. Que mi vida está vacía sin ti. Que en mi mente sólo existen los silencios. Que el sol ya no brilla cada día. Que simplemente agonizo. Que tampoco puedo dejar de quererte. En la distancia, pero quererte. Siempre quererte.


28 de noviembre de 2007

Olvidarte


Olvidarte
¡Qué sencillo!
Borrar de mi pensamiento
Tantas horas compartidas
Cerrar la puerta a tu mirada
Poner un candado a mi corazón
No mirar atrás

Olvidarte
¡Qué sencillo!
No escuchar tus palabras
Que me persiguen día y noche
Pidiendo un poco más de amor
Centrarme en mi propia vida
Volver a renacer

Olvidarte
¡Ya lo sé!
Es empezar de nuevo
Es empezar de cero
Tantos días junto a ti
Que no recuerdo cómo vivir
En soledad

Olvidarte
¡Qué sencillo!
Simplemente lo haré
Me sumergiré en la distancia
Porque la distancia…es el olvido

25 de noviembre de 2007

Hasta que vuelvas


En un espejo guardaré tu imagen

En mis oídos guardaré tus palabras

En un cofre guardaré tu aroma

En mi recuerdo guardaré tu amor

Hasta que vuelvas…


20 de noviembre de 2007

El chupete

Hoy, 20 de noviembre, se celebra el Día Universal de la Infancia. Desgraciadamente, cada día se violan los derechos de millones de niños y niñas en todos los países del mundo. Tenemos que seguir luchando para que se conviertan en realidad los Derechos de los Niños y Niñas.

(Este relato lo escribí hace unos cuantos meses, y hoy lo vuelvo a editar con el deseo de que nunca sucedan situaciones como la que describo)


Buscaba su chupete por toda la cuna, entre sus pequeñas sábanas y hasta dentro del forro de su diminuta almohada. No lo encontró.
Lloraba inconsolable cuando llegó su madre, que por arte de magia, lo puso en su boca. La pequeña, agradecida, esbozó una sonrisa que iluminó la habitación. Pero la madre ni reparó en la carita de la niña, cubierta de lágrimas. ¡Que te calles, te digo! Dio media vuelta y la volvió a dejar sola en su cuna.
Allí se quedó de pie, setenta centímetros escasos, sus manitas agarradas a la barandilla, pidiendo con sus ojos que aquella mujer le devolviera una sonrisa para recuperar su tranquilidad.
Siguió oyendo los gritos que provenían de la habitación contigua y que la tenían asustada desde hacía rato. Eran las voces de su madre y de aquel hombre que de vez en cuando se asomaba a la puerta y la miraba de forma extraña. Una vez la había besado, pero la barba le había raspado su fina piel. No le había gustado.
La pequeña siguió llorando, reclamando atención. No quería estar sola y tenía miedo de aquellos gritos. Se le cayó la chupa, pero aunque esta vez estaba al alcance de sus llorosos ojos, no lo estaba a la de sus deditos. Intentó cogerla sin éxito, y volvió a llorar.
El chupete le daba cierta seguridad. Cuando tenía hambre y su mamá no le daba la comida, se calmaba chupando ávidamente aquella goma que parecía soltar los jugos más deliciosos. Cuando su madre la dejaba largos ratos en soledad, la chupa la acompañaba. En esos momentos, la tenía colgada al cuello, y había descubierto que se la podía quitar y poner de su boca con cierta facilidad. Pero ahora, no. Su madre se había olvidado de sujetarle la cadena, así que se le caía continuamente.
Intentó llorar más y más fuerte. Le pareció que su madre también gritaba de dolor. El hombre le decía algo relacionado con la niña. De forma apresurada, la madre entró otra vez en la habitación diciendo que dejara a su hija tranquila, que la niña no tenía culpa de nada. La cogió en sus brazos bruscamente, le puso el chupete en la boca y a la niña le pareció que llegaba su salvación.
Pero sucedió lo contrario. A trompicones, la mujer intentó huir hacia la puerta de la calle. El hombre se interpuso y no la dejó salir. Empezó a zarandearla y a golpearla ante los atónitos ojos de la chiquilla, que no paraban de llorar. La madre le gritaba al hombre, pidiendo que la dejara salir, que no le pegara más, intentando esquivar los golpes como podía. Y a la niña le exigía que se callara de una vez, que también la tenía harta.
Al hombre ya no le importaba si estaba pegando a la madre o a la niña, y la madre tampoco tenía en cuenta que aquella muñeca estaba tremendamente asustada y presa de dolor. Llegó un momento en que los dos pugnaban por controlar aquel cuerpecito que, en el furor de la pelea, se deslizó al suelo irremediablemente.
El fuerte golpe sirvió para dejar paso al silencio de aquellos dos seres. Los pequeños rizos de su cabeza quedaron cubiertos de sangre de forma rápida. Y en la manita, fuertemente agarrado, el chupete.

14 de noviembre de 2007

Frases interesantes

Y QUE DEBO PONER EN PRÁCTICA...


Quien piensa en fracasar

ya fracasó antes de intentar


Quien piensa en ganar

lleva ya un paso adelante



Sigmund Freud




No es digno de saborear la miel

quien se aleja de la colmena

por miedo a las picaduras de las abejas


Shakespeare

8 de noviembre de 2007

La huída

Esta es una historia que escribí hace tiempo, y con ella participé en un concurso de relatos escritos por mujeres. No gané (siento decirlo), y la publico ahora en el blog para que, todo el que guste, pueda hacer su comentario.



Sin importarle lo que dejaba atrás, encaminó sus pasos hacia otra vida. Estaba decidida a olvidar que tenía una familia que dependía de ella. No quería ser consciente de que era el centro, el eje alrededor del cual giraba su entorno.
Se vistió apresuradamente sin escoger la ropa que tapaba sus heridas. Ella, que tiempo atrás elegía con precisión cada prenda que iba colocando con gusto exquisito sobre su cuerpo. Ella, que decidía íntegramente todos los detalles que componían su elegante estilo, su reconocida distinción.
Unos pantalones, una camiseta y poco más. Total, a donde iba no precisaría nada de valor. Pero ¿A dónde iba?
Las joyas que había recibido, y que simbolizaban cada una de las marcas de su cuerpo, no le hacían falta en esos momentos. Las rosas rojas que todavía adornaban el jarrón de la entrada, ya se deshojaban, y sus frágiles pétalos caían en el mueble asemejando un charco de sangre.
Sangre como la que iba cayendo de los desgarros de su piel. Sangre coagulada en los golpes recibidos en su rostro. Sangre que bullía por sus venas y que hasta ese momento no había despertado de su letargo.
No entendía cómo había soportado hasta ahora los desprecios recibidos de aquel hombre que antaño había sido su gran amor, que la había impresionado con su pasión, y al que en otro tiempo se había entregado sin recibir nada a cambio. Bueno, sí, había recibido joyas y flores. Joyas que la deslumbraban y que no podía rechazar sin ser víctima de nuevas iras. Y flores para callar las ofensas y la conciencia.
Había resistido durante muchos años los embates más o menos intensos de aquella cólera que le sobrevenía, cada vez con más frecuencia y cada vez con menos motivos. Pero esta vez tuvo el valor de levantarse y decir ¡Basta!
Ni enajenación mental, ni premeditación y alevosía. No iba a ser titular de los periódicos en la edición matutina que, como todos los días, se encargaba de llevarle bien temprano a su amado. No sería ella la protagonista de la nota necrológica que engrosaba día a día el número de mujeres asesinadas.
Se miró al espejo que estaba en la entrada del vestíbulo como un acto reflejo. Como una costumbre que antes de salir cada mañana llevaba a cabo, no sabía a ciencia cierta si era para encontrar los ánimos precisos de aquella imagen ya conocida que le devolvía su aprobación o desaprobación, o simplemente por pura fantasía, esperando hallar otra imagen distinta, otra imagen más acorde con sus recuerdos de joven enamorada y mirada feliz.
No distinguía cuál de las dos imágenes era la que estaba viendo en aquel momento. Tenía los ojos amoratados y la nariz dolorida. Cogió unas gafas de sol extremadamente grandes y se las puso en un vano intento por cubrir parte de su rostro.
Echó una última mirada al salón. Había vivido allí los mejores momentos de su vida, y los más trágicos también. Durante unos minutos pasaron por su mente a toda velocidad mil imágenes, mil rostros, mil situaciones, y por un instante dudó.
Pero rápidamente borró sus pensamientos y se dirigió decidida a la salida.
Cerró la puerta de la casa con vehemencia, dejando atrás toda su vida. No había tiempo para el desánimo. Había que olvidar los agravios recibidos. ¿Olvidar? Qué fácil era pensarlo. Pero ¿cómo vivirlo? ¿Cómo soportarlo? Sabía que en cuanto pasaban los primeros momentos de furia, de rencor y de venganza, volvería a perdonar.
Siempre le ocurría lo mismo. Lloraba y lloraba. Se lamentaba de su situación, y una furia acalorada le recorría su magullado cuerpo. A medida que iban pasando las horas, se llenaba de odio hacia aquel ser despreciable y el resentimiento daba paso a las ganas de venganza. Pero nunca una venganza dio satisfacción al agravio recibido.
Así que, en cuanto él le pedía perdón una y mil veces, con flores en una mano y joyas en la otra, el miedo era más fuerte que el deseo de venganza, y volvían a empezar.
Pero no. Esta vez, no. Esta vez no dejaría que las lágrimas asomaran a sus bellos ojos. Por eso quería salir corriendo. Huir, huir, huir. Correr y correr lejos. Donde él no pudiera encontrarla. Donde nunca más pudiera ni recibir agasajos ni dar perdones. Donde hubiera vida después de la muerte. Donde en un salto con los ojos cerrados entrara en otra dimensión. Donde el puente que enlaza el principio y el fin, el cuerpo y el alma, la violencia y la pasión, se diluyera entre las tinieblas de sus sentimientos.
Por eso encaminó sus pasos hacia aquel recodo del camino, por donde tantas tardes había paseado en soledad, pidiendo al cielo un cambio en su vida, donde tantas veces había tenido miedo de caer, de precipitarse al vacío.
Y caminó y caminó. Cuando llegó a “su rincón”, se detuvo apoyándose en la barandilla, y miró hacia abajo. Allí estaba el mar, el inmenso mar. Aunque casi estaba oscureciendo, todavía quedaban unos niños bañándose divertidos en la playa. Pensó en sus hijos y se sintió reconfortada. Allí estuvo un buen rato escuchando el incansable vaivén de las olas. El olor a sal inundaba su espíritu. En el horizonte se fundían el cielo y el mar.
De pronto le entró un escalofrío. Nunca se había caracterizado por su coraje y tenía miedo a equivocarse. Pero no. Esta vez, no. Inspiró profundamente y supo que había tomado la decisión correcta.

6 de noviembre de 2007

Un rayo de luz

Permítanme que este post lo dirija a MARISA, que tiene un rincón en Zaragoza iluminado por un rayo de luz, lleno de colores, de amor y de alegría.
Acabo de entrar en su rincón y me he sorprendido al ver un relato mío titulado "Soledad" que escribí y publiqué en este blog allá por el mes de abril.
Como no puedo dejar comentarios en su blog, quiero que sepa que es muy acogedor y que le agradezco enormemente la publicación de mi relato. Me alegra saber que, aunque un día se identificó con el personaje del mismo, hoy vive otra ilusión.
Gracias, Marisa.

Indrisos

Hace unos días recibí un correo que me pareció interesante y que hoy quiero compartir con ustedes. Se trata de una información referente a una nueva figura poética, el INDRISO, cuyo autor, Isidro Iturat, profesor de literatura, lleva desarrollando más de seis años.
Yo había oído hablar de Haikus, Tankas y otras formas poéticas, aunque no he escrito ninguna composición, pero desconocía esta nueva figura, así que doy la información para los que quieran intentar utilizarla.
El INDRISO consiste en un poema que consta de dos tercetos y dos estrofas de verso único, y surge, según el autor, "a partir de una reelaboración del soneto en lo que podría explicarse como un proceso de condensación estrófica".
Los cuartetos que normalmente integran un soneto, pasan a ser tercetos y los tercetos pasan a ser estrofas de verso único, tolerando cualquier tipo de medida en el cómputo silábico y todos los grados y géneros de rima.

Para los curiosos, la dirección del portal es la siguiente:

Y como ejemplo, incluyo esta composición que es una de las que más me han gustado:


RETRATO DE INTERIOR EN VERSO:
MUJER DESNUDA APOYADA EN LA VENTANA

Puesto que no sabrían mis manos retratarte
con los pinceles húmedos y su policromía
habré de usar palabras para inmortalizarte:

el sol posee tus senos, tus nalgas la penumbra,
eres la media luna que en la mitad del día
de fuera a adentro tienta, de dentro a afuera alumbra.

Así de hermosa eres la invocación del arte:

cuerpo, amor, aire, ensueño... la obra se vislumbra






2 de noviembre de 2007

Extraño

Extraño tu mirada, ya no eres la misma
Tu sonrisa alegre olvidaste un día
Tu belleza morena y esquiva
Tu candor convertido en agonía

Juntos caminamos por la estrecha senda de la vida

Extraño tu palabra, quiero volver a escuchar
Tu verbo fácil y sonoro
Tu lenguaje claro y sencillo
Tu idioma diluido por tus poros

Juntos caminamos por la estrecha senda del saber



Extraño tu perfume, quiero volver a sentir
Tu aroma dulce y suave
Tu fragancia tierna y delicada
Tu esencia encerrada tras la llave

Juntos caminamos por la estrecha senda del amor

Extraño tu sonido, ya no percibo
Tus pasos caminando hacia los míos
Tu mano adherida a mis cabellos
Tus besos susurrantes en mi oído

Juntos soñamos vivir un mundo mejor

31 de octubre de 2007

Risas


Me gusta escuchar las risas de mis hijos. Son risas abiertas, francas, risas que salen de dentro, carcajadas que demuestran la felicidad que sienten en ese momento. Sé que están pasando por momentos ásperos en su vida laboral, y que no les importa llorar si tienen que hacerlo, pero saben limar asperezas y trabajar por un futuro mejor.
Son emprendedores, luchadores, decididos, leales, honestos y buenas personas. Y con buen humor, algo que cada día es más difícil no sólo tenerlo, sino demostrarlo. Quiero pensar que he tenido algo que ver en su forma de ser. Estoy muy orgullosa de ellos.
Soy su madre y los admiro profundamente.
Y me apetece decirlo. Y lo digo.

23 de octubre de 2007

Añoranza

¡Un beso para tu sonrisa! –me escribiste. Y yo me sentí una mujer afortunada, una mujer admirada, una mujer envidiada.
Un sonrojo inundó mis mejillas mientras leía aquel trozo de papel. Durante unos días la alegría llenó mi vida y mi corazón trotaba como loco en mi garganta.
Me sentí importante, yo era la elegida simplemente. Yo era la que tenía el poder. Comencé a desafiar a mi razón, pero el reto era fácilmente alcanzable. Sólo había que marcar un número de teléfono… y dejar muchas cosas atrás.
Hoy, cuando estoy rozando la mayoría de edad, he vuelto a encontrar aquel trozo de papel, casi amarillo por el paso del tiempo. ¡Un beso para tu sonrisa! Escrito con una letra pequeña y uniforme, con dos signos de admiración que llenan la frase. Con un número de teléfono que, por antiguo, ya ni existe.
Y he sentido añoranza de un amor que nunca fue. Nostalgia de un tiempo donde reinaba la juventud y el desafío. Donde tú me enamoraste y yo te enamoré. Donde nunca existió ni mi amor ni tu querer.

18 de octubre de 2007

¡Tierra, trágame!

Íbamos dando un paseo calle arriba y calle abajo mis amigas y yo, cuando apenas teníamos quince años, pero ya despertábamos los apetitos de los chicos que también andaban buscando alguna chiquilla a la que arrimarse.
Uno de ellos más atrevido que los demás, empezó a caminar insistentemente detrás de nosotras, diciéndonos una serie de sandeces más que de piropos. Por lo pesado y la poca gracia que tenía el chico, me estaba poniendo nerviosa, y aunque al principio no le hacía caso, llegó un momento en que me parecía más una lapa intentando agarrarse a una roca, así que opté por decirle a voz en grito:
- ¡Haz el favor de dejar de no seguirnos, estúpido!.
Las carcajadas sonaron a mi espalda. Las de él y las de mis amigas. Yo no acertaba a encontrarle la gracia, hasta que el chico me contestó:
- Pues eso hago. Seguirte, Ja, Ja.
Desde entonces procuro medir mucho las palabras…



-¿Qué edad tienes?
- Treinta y cinco años –contesté, después de unos segundos sin reaccionar. No podía creer que aquel niñato que me había tocado como pareja en el gimnasio unas cuantas veces, para hacer unos ejercicios en la sesión de mantenimiento, tuviera el atrevimiento de preguntarme la edad. Si apenas nos conocíamos de vernos los martes y jueves…
- Perdona –me dijo con cara de mofa- pero te pregunté ¿qué hora tienes? no ¿qué edad tienes?
- Ah, lo siento, son casi las y media.
En ese momento creí que el mundo se me venía encima. ¡Maldito niñato! Se estaba riendo con cara de ganador y yo disimulaba como podía, esperando que se acabara el tiempo para salir corriendo.
Y encima me estaba quedando sorda…

Desde entonces, también intento afinar más el oído.

15 de octubre de 2007

La cita

Entró silbando y con paso decidido al bar donde se había citado con ella. Saboreó un café durante los minutos de espera, y repasó mentalmente las palabras que iba a decirle.
Durante los meses que llevaban trabajando juntos se había ido enamorando de ella, pero hasta ahora no se había decidido a manifestarle sus sentimientos. Notaba día a día cómo crecía entre ellos la complicidad, cómo vibraban sus corazones al unísono, cómo sus risas se entrelazaban formando un coro de alegría que inundaba su corazón.
Jamás había sentido por otra mujer ese impulso y una voz en su interior le decía que había llegado el momento de compartir su vida, de compartirla con ella.
Le abriría su corazón y dejaría que se fuera convenciendo de su amor a través de sus palabras, de su mirada, de su ternura. Lo pondría todo a sus pies. Sería su amigo, su amante, su fuerza, su calor.
Miró el reloj y comprobó que ya pasaban unos minutos de la hora convenida. Pidió otro café y siguió pensando en ella.
Ella, en su casa, se había despojado de su abrigo por tercera vez, indecisa a la hora de salir. Tendría que haberle puesto una excusa para no ir a la cita cuando él se lo pidió, pero no se atrevió. Ahora se temía lo peor, y lo peor era que él le manifestara sus sentimientos. No sabría qué decirle. No quería complicaciones en su vida, ya había sufrido mucho por un hombre y no pensaba repetir la experiencia.
Pensó en él. En sus ojos. Últimamente despedían un brillo especial cuando la miraban, y ella disimulaba su sonrojo. Reían juntos por cualquier cosa y trabajaban en perfecta sintonía. Cogió de nuevo el abrigo. Todavía llegaría a tiempo. Pero no, no se iba a dejar convencer. Su corazón todavía estaba herido, y no quería saber de nuevos amores.
Volvió a pensar en él. En su mirada limpia. En su sonrisa abierta. En su alegría. Quizás… no, decidió finalmente que no iría a la cita. Tenía toda la tarde del domingo para buscar la excusa perfecta que darle cuando, a la mañana siguiente, lo encontrara en la oficina.
En el fondo, deseaba y esperaba que intentara de nuevo pedirle una cita.

11 de octubre de 2007

La primera vez

Deja que la luna ilumine tu rostro, esta noche que luce brillante. Deja que la brisa suave te llegue a la cara, que moje tus mejillas y apague tu rubor.
Te guiaré por senderos desconocidos y verás qué fácil se hace el camino.
El suave murmullo de las olas nos acompañará en este cálido rincón, y las estrellas del cielo serán testigos de nuestras caricias, de nuestras palabras y de nuestro amor.
Deja que nuestros cuerpos se unan con ternura y con pasión, como se funde el hielo con calor, como se convierte el azúcar en almíbar, como se disuelven los latidos de mi corazón.
Sonríe, que tu sonrisa me sosiega el ánimo. Y háblame, que con placer escucharé tu entrecortada voz.
La fría y suave arena nos servirá por esta vez de mullido colchón.
No temas quererme, chiquilla, que tu primera vez será la mía, y tu tierna imagen será mi impulso arrollador.
Quiero que sientas el calor de mi cuerpo, las caricias de mis manos. Déjame confiarte mis secretos, déjame susurrarte mi eterno amor.
Escucharé tus suaves palabras en mis oídos, sentiré que te entregas sin condiciones, como también lo hago yo.
Ven, chiquilla mía, no tengas miedo, tu vida y la mía ya será nuestra vida. Tu amor y mi amor ya será nuestro amor.

27 de septiembre de 2007

Enamorada

Tengo una amiga, a quien no conozco, que me tiene enganchada a sus palabras, a sus versos, a su prosa, a su pensamiento.
Curiosa situación ésta. Yo, que siempre he distinguido entre amigos, compañeros y conocidos, a esta mujer la incluyo en la primera categoría, aún cuando sólo hemos intercambiado frases escritas.
Esta mujer, que adivino luchadora y tenaz, sensible y tierna, cariñosa y decidida, se ha declarado en un escrito maravilloso de uno de sus blogs, enamorada de la vida.
Querida amiga: La luna está escondida en alguna nube, mirándote pasar, recibiendo tus besos agradecida, observando celosa los guiños que te hace el lucero, y diciendo a la estrella rezagada que ya es hora de dormir.
Yo, sin ánimo de plagiarte, copio tus sentimientos. Yo, como dice la canción, doy gracias a la vida, que me ha dado tanto…
Tengo una familia, tengo amor, tengo salud, tengo trabajo, tengo amistad, tengo sol, tengo vida. Doy gracias todos los días por mi fortuna.
Yo también, como tú, querida Trini, me declaro ENAMORADA DE LA VIDA.

24 de septiembre de 2007

Un mundo de dos


Era un mundo de dos. Sólo ella y él. Se conocían desde que eran niños, jugaron juntos, estudiaron juntos, y a medida que iban creciendo en edad y sabiduría, iba aumentando su recíproco amor.
Vivían el uno para el otro. La alegría de ella era recompensa para él, y cuando ella se vestía de tristeza, la inquietud se apoderaba de él.
Un día lejano todo cambió. Los años de felicidad compartida dieron paso a un tiempo de incertidumbre. La luz que ella irradiaba se fue debilitando poco a poco, hasta apagarse por completo.
Se detiene el tiempo para él. Se siente traicionado. Se borran las palabras. Se quiebra su mundo y enferma su mente.
Le aconsejan que se proponga nuevas metas, que emprenda nuevos caminos, que encuentre un nuevo amor.
Huérfano de ilusión recorre largos trayectos, cruza ardientes desiertos, surca mares bravíos y adivina nuevas conquistas.
Arriba a puertos lejanos, conoce nueva gente, aprende nuevas costumbres, pero reniega de nuevas pasiones.
Se encierra en su mundo. No hay alivio ni consuelo. No hay vacunas ni templanza. En su interior se aloja la amargura y la soledad.
Su corazón está roto en mil cristales que, cual si fuera una alambrada, no deja a nadie entrar.
Es tanto el dolor que se vuelve insensible. Se niega a tener esperanza, se olvida de musitar una plegaria. No quiere creer, no puede confiar.
Algo le dice que no volverá a entrar jamás en un mundo de dos.

14 de septiembre de 2007

Una capa de pintura

Me gustaría darle una “capa” de pintura a mis sueños.
Para que parezcan nuevos. Para que parezcan más alegres. Sueños de colores. Porque hace tiempo que sueño en blanco y negro.
Sueño cosas tristes, imposibles. Sueño con laberintos y recovecos. Sueño con maldades y egoísmos.
Me gustaría darle una “capa” de pintura a mis sueños.
Para soñar con bondad y generosidad. Para soñar con caminos abiertos y sencillos, sin posibilidad de escondite. Para soñar con alegrías y recompensas.
Para soñar con tolerancia e igualdad.
Me gustaría darle una “capa” de pintura a mis sueños.
Porque cada vez me cuesta más soñar.

9 de septiembre de 2007

Mi viaje - última entrega


Hay gente que dice que no le gustan los viajes organizados en grupo, porque no pueden ir “a su aire”. Te llevan y te traen con prisas y a las horas prefijadas y si te apetece quedarte un rato disfrutando del café, no puedes hacerlo porque se rompería la cohesión del grupo.
Tal como diría Gila, “te empiezas a bajar el refajo en una ciudad para que puedas hacer tus descargas en la siguiente”.
A mí me parece un poco exagerado, y hasta ahora nunca me he visto en esa situación. No me importa que una semana al año “dirijan” mi vida. No me importa que una voz agradable al teléfono me despierte por la mañana. No me importa salir de la habitación del hotel y dejar la cama sin hacer. No me importa comer (lo que yo quiera y elija, porque casi siempre es tipo “buffet”) sin haber hecho la comida, y lo que es mejor, sin haber tenido que pensar qué voy a hacer de comer para el día siguiente. No me importa levantarme de la mesa y dejar allí los platos para que alguien los lave. No me importa que me lleven a conocer lo más importante de las ciudades a donde vamos, sin tener que averiguar dónde queda el Palacio de las Ninfas o el Lago Titisée, si fuéramos en un vehículo. No me importa dejar de conducir una semana al año e ir bien acomodada en una guagua. No me importa que esté todo planeado.
En el grupo (la mayoría un poco “carrozas”, y que conste que no me incluyo…), había ejemplares para todos los gustos. Y como muestra, un botón: una pobre señora que al segundo día se le rompió la dentadura postiza y hubo que buscarle un remedio; una pareja tal para cual, en eterna discusión; y otra, tal para cual también, en exagerada “compenetración”; el enterado de turno que siempre está en primera fila sacando fotos e incordiando; señoras que parece que van de fiesta en vez de excursión, con sus mejores galas y sin repetir nunca el vestuario; y de mí, ¿qué voy a decir? Pues, por ejemplo, que en los hoteles “arrasé” con los champús, los jabones, los bolígrafos y toda clase de propaganda alusiva al sitio. Cuando voy a pasar el control del aeropuerto a la vuelta, estoy temiendo que la máquina empiece a dar pitidos: “Señora, suelte todo lo que se lleva del país”. Ja, ja, ja.
Nos tomamos las anécdotas a cachondeo y así lo pasamos mejor.
De todas maneras, yo soy como soy, y hago “mi trabajo” antes, durante y después del viaje, para no estar de brazos cruzados todo el rato.
Antes del viaje, suelo buscar en Internet información previa de los lugares a los que vamos a ir, para tener una idea de lo que veremos.
Durante el viaje, como ya dije en el post anterior, voy anotando en una libretita todo lo que considero de interés. Llevo la “contabilidad teórica” (los números me persiguen, a pesar de que soy de Letras), los nombres de los lugares (palacios, plazas, fuentes…) y las anécdotas que ocurren, entre otros datos de interés.
Después del viaje, paso a limpio todos estos datos, hago la “contabilidad práctica” y me encargo de ordenar el álbum de fotos con sus correspondientes títulos y fechas. También intento hacer una presentación de Power Point con todas las fotos, cosa que me va a llevar más tiempo, pero lo hago poco a poco, aunque ya sé que Melquiades me va ganando, bandido.
Como todo lo bueno tiene su fin, ya estoy de vuelta en el trabajo rutinario, contenta de volver a la normalidad y de tener algo nuevo que contar.
Y colorín, colorado…

3 de septiembre de 2007

Besos de chocolate

(A Melquiades y Nieves, excelentes y divertidos acompañantes de viaje)



“Sucedió una noche, cuando apenas tenía 20 años. Besé sus labios rojos, su cabello dorado. La noche azul y alegre, el Neckar plateado. En ese momento lo supe, lo supe sin más: En Heidelberg perdí mi corazón”

Este fragmento pertenece a un poema escrito por Friedrich Vasely en 1925 y sirve de reclamo a la Universidad para animar a los jóvenes que quieran estudiar alemán en Heidelberg, avisándoles que pueden perder su corazón en esta ciudad, considerada como encarnación del romanticismo.
El magnífico castillo en ruinas, la célebre escultura del "Padre Rhin", la iglesia gótica del Espíritu Santo, las tabernas estudiantiles, los preciosos escaparates, la plaza de la Universidad. Lo vimos casi todo, tal como nos habían prometido en el folleto descriptivo del viaje y realmente me sentí inmersa en el ambiente romántico y estudiantil de la ciudad.
Aunque en verano es más el hormigueo de turistas que de estudiantes, todo gira en torno a ellos, y la vida de la ciudad está marcada por el calendario académico. Por tener, tienen hasta una antigua “cárcel de estudiantes”, en la que hasta 1914 se castigaba a los alumnos que no cumplían debidamente con la ciudad, casi siempre borracheras o alborotos nocturnos; hoy sólo es uno de los puntos de visita turística, junto con el edificio de la antigua universidad.
Y por seguir hablando de cosas buenas, tienen unos bombones con historia:
“La historia del beso de estudiante de Heidelberg”.
En el corazón de la ciudad vieja se encuentra el café más antiguo, fundado en 1863, que empezó a ser punto de reunión frecuentado por ciudadanos respetables, profesores y, por supuesto, muchos estudiantes.
Las señoritas de las pensiones con la mejor reputación de la ciudad visitaron también este café, acompañadas de sus institutrices siempre alertas a las miradas de los alegres estudiantes y controlando hasta la más mínima coquetería de sus protegidas.
Fridolin Knöser, el dueño del café, se dio cuenta de los deseos secretos de las señoritas a las que tenía mucho cariño. Lleno de ideas renovadoras, un día las sorprendió con unos confites de chocolate muy finos a los que llamó “besos de estudiante”.
Hasta las institutrices aceptaron estos bombones sin poder evitar que se siguieran deseando los verdaderos besos, que seguramente se darían más tarde.
Mucho tiempo ha pasado y muchas cosas han cambiado. Pero los “besos de estudiante”, un dulce recuerdo de aquellos tiempos románticos, todavía existen.
Estos bombones, según dice la propaganda de la tienda donde compramos las “cajitas rojas” para traerlas de regalo, se fabrican en una pastelería propia y consisten en un relleno de chocolate, turrón y confite sobre una base de barquillo y con una capa amargosa suave.
Durante el viaje, voy apuntando en una pequeña libreta todos los detalles del mismo: el número de la habitación del hotel, los gastos que tenemos, los lugares donde hacemos las fotos, y también me gusta anotar las anécdotas que siempre surgen, para luego recordarlas con humor.
En este caso, fue mi hermano Melquiades el protagonista. Como hacía bastante calor, puso las cajas de bombones que compró, en la neverita del hotel donde nos quedamos, para que no se derritieran. Cuando nos fuimos al día siguiente… ¿se imaginan? Pues sí, se le quedaron olvidadas allí mismo.
Lo siento, hermanito, nos quedamos con las ganas de los “besos de estudiante”…
¡Que le aproveche a quien se los comió! Y tú, confórmate con los besos de Nieves.

29 de agosto de 2007

Vacaciones

Acabo de llegar a mi isla querida después de pasar una semanita de vacaciones en un viaje por la Selva Negra. Digo mejor, un viaje a varias ciudades de Alemania: Munich, Friburgo y Heidelberg entre otras. Ya compartiré las anécdotas.

Nunca rezo tanto como cuando salgo de viaje. Me explico. Como vivo en una isla, no me queda más remedio que coger casi siempre dos aviones. Los nervios me atacan al estómago unos días antes, y cuando llega el momento del despegue, cierro los ojos y los puños y no hago otra cosa más que rezar. Hasta que ya estamos a "velocidad de crucero" como dice la azafata, y me relajo un poco. Dos horas y media para llegar a Madrid, y de ahí otro tanto a nuestro destino. Son muchas horas. Cuando casi vamos a aterrizar, me pasa lo mismo. Mi Alejandro, que prefiere ventanilla, admirando encantado el paisaje desde el cielo y diciendo "Pero Ligia, mira qué precioso".

Yo recojo lo que estoy haciendo (generalmente un sudoku o un crucigrama), me agarro fuerte y empiezo el "rosario". Me acuerdo de todas las oraciones que me enseñó mi madre cuando yo era pequeña, desde "los cuatro angelitos" al "bendita sea tu pureza...".
No es que yo piense que Dios o la Virgen me vayan a solucionar el despegue y el aterrizaje, porque bastante ocupados estarán ellos en otros menesteres de este mundo, sino que es un acto mecánico. Y... bueno, si me oyen y se les escapa una miradita para ponerlo derechito, pues mejor.
Siempre me acuerdo de María José, una compañera de trabajo ya jubilada, que el viernes santo ponía buen cuidado de no comer carne, y por añadidura, cualquier clase de embutido, para no pecar, y su hijo le hacía ver de forma jocosa que Dios no iba con una agenda en la mano apuntando a todos los componentes de esta humanidad que se hubieran comido un bocadillo de chorizo ese día.
Todos me dicen que el avión es el medio de transporte más seguro que hay, pero yo no puedo evitar los nervios que me produce. Me pongo a pensar en los "personajes" que pueblan nuestro panorama televisivo, y que incansables y yo diría que hasta felices, aparecen constantemente paseando por la T4, y me pregunto si a ellos no les produce estrés las continuas idas y venidas en aviones.
Seguro que no rezan tanto como yo.

26 de agosto de 2007

Caminos


Envidioso el pensamiento te desea encadenar en la distancia, te presiente en los sueños cada noche y busca solitario tu mirada.
Sedienta de tus besos y abrazos, celosa de tus palabras reservadas, pregunto lejana dónde has ido, dónde tu cuerpo habita rezagado.
Y tú ignorante de mis ansias, te debates en las simples circunstancias de la vida, sin pensar en amores traicionados.
Y dibujas tu sonrisa para otras, ausente de recelos deseados.
Esperanzado, buscas quien te sueñe, quien tu calor despierte ilusionado.
Presientes que hay alguien desconocido que por ti suspira, pero no aciertas a encontrarme en tu pasado.
Algún día coincidimos nuestras vidas. El día que mi pecho dolorido la flecha recibió. El tuyo quedó indemne de Cupido y en su trayecto un muro reservó.
Ayer, yo he vivido con amor todo este tiempo, y tú, indiferente de vigilias, en tu propio espacio.
Y hoy… mientras tú presientes mi llegada, yo sigo olvidándote despacio.

SUDOKU

(Dedicado a mi hermana Montse, que es una experta en todo tipo de pasatiempos)

Le estaba pareciendo demasiado fácil. Los primeros signos los iba colocando por deducción, en su lugar no cabía ningún otro. Las filas y las columnas se iban llenando de manera alternativa sin ningún problema.
- Vamos a ver. Recapitulemos. Si aquí está el ocho y aquí también, sólo falta en este lugar. Nueve, nueve. Está claro. Aquí va el otro nueve.
Al principio lo hacía con lápiz y goma, por si había que borrar algo, pero ya era una experta y ahora utilizaba directamente el bolígrafo.
El nivel de dificultad lo aumentaba día a día, y con un simple vistazo al cuadrado de nueve por nueve reconocía también el nivel de resistencia con el que se iba a encontrar. Quedaban pocos huecos por rellenar y las posibilidades se iban reduciendo. Todo coincidía. Cada número en su sitio y un sitio para cada número.
Por fin. Había ganado la batalla al tiempo. El sudoku estaba hecho.

14 de agosto de 2007

GRACIAS

Nunca me lo hubiera imaginado...
Gracias

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11 de agosto de 2007

Miradas


Si me miras con tu mirada de sal, pediré que un rayo de sol la convierta en agua, para que tus ojos lloren ríos de lágrimas
Si me miras con tu mirada de hielo, rogaré para que la nieve se derrita, y como un torrente delaten tus pupilas alegría
Si me miras con tu mirada marchita, exigiré el nacimiento de un nuevo río que aporte vigor y lozanía y fluya hacia tus ojos
Si me miras con tu mirada gris, pediré que una nube descargue tormenta y a su paso los colores del arco iris inunden tus ojos
Si me miras con tu mirada pasajera, suplicaré de los árboles savia nueva para conseguir la entrega de tu alma
Si me miras con tu mirada furtiva, derribaré muros y vallados, abriré puertas y ventanas para que no tengas donde esconderla
Si me miras con tu mirada nerviosa, pondré a tus pies un puente de quietud para ver renacer en tu vida la calma
Si me miras con tu mirada indiscreta, pondré una coraza en mi cuerpo, que me siento desnuda por fuera y por dentro me ves las entrañas
No me mires con tu mirada de odio, que hay miradas que matan
Mírame con tu mirada de amor, que los ojos son el espejo del alma

2 de agosto de 2007

El fuego

(Aunque no sirve de nada, no pude evitar escribir algo sobre los incendios que, al parecer, están controlados en Tenerife y Gran Canaria)



Muchas lágrimas quieren apagar
el fuego de mis islas amadas
pero el viento y el aire piden guerra
y las seca a la alborada

Tristeza y dolor en los pinares
de Tenerife y Gran Canaria

La flora y la fauna se pierden
por esos montes en llamas
el verde se convierte en negro
en brasas se vuelven las ramas

Tristeza y dolor en los pinares
de Tenerife y Gran Canaria

Ver tanto fuego y desaire
estupor y silencio provoca
amargura y pesar en los rostros
hay que gritar, que ya toca

Tristeza y dolor en los pinares
de Tenerife y Gran Canaria

31 de julio de 2007

Un hermoso diccionario

(Algunas de estas definiciones me han llegado a través del correo electrónico, y he escogido las que me parecen más bellas)

AMISTAD: Compartir la vida con quienes quieres bien, por muy diferentes que sean
AMOR: Cuando el resto de tu vida no te es suficiente para compartirla con esa persona especial
ANGUSTIA: Un nudo muy bien apretado en el medio de la tranquilidad
ANSIEDAD:Cuando los minutos parecen interminables para conseguir lo que se quiere
CULPA: Cuando tú estás convencido que podías haber hecho algo diferente, pero ni siquiera lo intentaste
FELICIDAD: Un momento que no tiene prisa ninguna
INDECISIÓN: Cuando tú sabes muy bien lo que quieres, pero te parece que deberías optar por otra cosa
INTUICIÓN: Cuando tu corazón da un salto en el futuro y vuelve inmediatamente
NOSTALGIA: Cuando el momento trata de huir del recuerdo para suceder de nuevo y no lo consigue
PASIÓN: Cuando a pesar de la palabra “peligro”, el deseo llega y se hace cargo
PREOCUPACIÓN: Como un pegamento que no deja salir de tu pensamiento lo que todavía no sucedió
PRESENTIMIENTO: Cuando pasa por tu mente el “trailer” de una película que puede ser que ni suceda
RABIA: Cuando el león que vive en ti muestra los dientes
RAZÓN: Cuando el cuidado aprovecha que la emoción está durmiendo y toma la iniciativa
RECUERDO: Cuando, sin autorización, tu pensamiento vuelve a mostrar un capítulo
SEGURIDAD: Cuando la idea se cansa de buscar y se para
SENTIMIENTO:
La lengua que el corazón usa cuando necesita enviar algún mensaje
TRISTEZA: Una mano gigante que aprieta el corazón
VERGÜENZA: Un paño negro que tú quieres para cubrirte en ese momento

30 de julio de 2007

Mi Barbie


Hola, mi pequeña. Hacía ya mucho tiempo que no te tenía en mis brazos. Cuando llegaste a mi vida, sentí la felicidad. Recuerdo que fue un seis de enero. Como para olvidarse una de la fecha. El mismo día de Reyes. Mi regalo. Te cogí con mucho cariño, te vestí y te peiné. Cada tarde te sacaba a pasear y los últimos rayos de sol llegaban cálidos a tu dulce rostro. Jugábamos un rato en el parque con otras pequeñas y al llegar la noche, te acunaba con amor. Eres mi tesoro y lo sabes. Desde que tuviste aquel accidente no te he vuelto a ver. No te he querido ver. Mirarte me produce dolor. Te caíste de mis brazos y un coche maldito te pasó por encima. No dijiste ni una sola palabra. La única que gritaba y lloraba era yo. Pero esta mañana he visto en la televisión que en Barcelona hay un hospital donde te van a curar. He corrido al armario y te he encontrado de nuevo. Tal como te dejé aquel fatídico día. Mi querida muñeca Barbie. No te preocupes. Volverás a tener unas piernas maravillosas .

25 de julio de 2007

Maternidad



Por fin
a mi vida ha llegado la dicha
a mi amor ha llegado el amor
arribó a mi puerto atrevida
recaló en mi cuerpo el calor

Por fin
la ausencia se va de mi lado
la soledad busca un camino mejor
marchó la tristeza del nido
volaron angustia y dolor

Por fin
tu pasión sembró mi deseo
tu ímpetu arraigó en mi sueño
germinó tu semilla en mi vientre
floreció aquel brote pequeño

Por fin
mi aventura crece y crece
se estremece mi interior
siento vida ya en mi cuerpo
soy impulso arrullador

Por fin
el otoño feliz transcurre
los fantasmas ya se esfuman
se redondea mi cuerpo
tanta alegría me abruma

Por fin
ya llega la primavera
pronto cambiará la luna
estoy dispuesta a recibirte
entre almohadones de pluma


Por fin
sangre de mi sangre
irrumpes en este mundo
cuerpo de mi cuerpo
inocente, atrevido y rotundo

Por la calle de la vida andarás afortunado
Tu ángel guardián seré, mi bien tierno y delicado

Vigilaré noche y día, tus pasos por esta senda
Cuidaré de tu destino hasta que de mí te desprendas

Por fin
mi vida produjo más vida
mi amor sembró más amor
la simiente es recogida
con ternura y con dulzor

24 de julio de 2007

Comunicación

Esta mañana escuchaba la radio, como hago todas las mañanas cuando voy a trabajar. Le gastaban una especie de broma a una señora que, al coger el teléfono para contestar la llamada, oía distintas voces mezcladas de llamadas que no tenían nada que ver con la suya y que habían sido previamente grabadas, tratando de producir confusión.
Reconozco que soy la primera en reir al escuchar los equívocos que se producen. Mientras la señora se empeña en decir que a ella "la han llamado", las otras voces insisten en que se identifique porque ellos son los que han recibido la llamada.
- Dígame...
- No, dígame usted, que yo no he llamado...
- ¿Cómo que usted no me ha llamado?
- El teléfono sonó, y lo he cogido...
- No, no, el teléfono me sonó a mí...
- ¿Pero tú quién eres?
- Yo no sé quién soy, bueno, sí sé quién soy, pero yo no he llamado...
- Mire, yo estaba aquí tranquila, sonó el teléfono, lo cogí y dije "dígame"...
- Pero también hay un señor en la conversación...
- Oiga, que hay cuatro voces distintas...
Y así un rato. La señora a la que le hicieron la broma esta mañana tenía ganas de hablar. Se notaba. Ella decía que estaba esperando la llamada de su hijo o de cualquier amigo, pero no era capaz de colgar y terminar con aquella situación incómoda. Al final incluso dijo: "Bueno, vamos a perdonarnos..." convencida de que efectivamente eran varias personas las que mantenían la conversación, que por otro lado llevaba sólo ella.
Realmente tenía ganas de hablar, o necesidad. Por eso me quedé pensando en la falta de comunicación que tenemos. Vivimos tan deprisa que no nos damos cuenta de que se nos va la vida. Pensamos poco en los demás. Y no escuchamos.
El otro día fui al aeropuerto a recoger a mi hija, que venía a pasar el fin de semana con nosotros, y en el rato que estuve esperando su llegada, un señor que estaba sentado a mi lado empezó preguntándome la hora de embarque de un avión porque no leía bien el panel. Iba a viajar solo y estaba un poco nervioso. Me contó en un ratito muchas cosas de su vida.
Algo parecido me sucedió días atrás, en que por tener el coche en el taller, me subí en la guagua. Una chica extranjera se sentó a mi lado y entabló conversación. Conversación que más bien era un monólogo, porque yo sólo asentía y sonreía.
No estaba yo ese día para mucha conversación, lo reconozco, pero me daba pena no hacerle caso, porque en su rostro se reflejaba la soledad, la necesidad de hablar y sobre todo la necesidad de que alguien la escuchara.
Hay mucha gente que precisa atención, que busca desahogarse de sus problemas cotidianos, con una simple conversación. Le parece a uno que compartiendo, las penas se dividen.
Y yo estoy dispuesta a escuchar.

El corazón


Llevaba mucho tiempo sin decidirse. Se encontraba roto por dentro y sólo. Cada día le costaba más levantarse, hablar, tratar a otras personas. El golpe había sido muy duro. Pero esa mañana, una voz interior le dijo que ya era hora, que había que seguir viviendo, que debía seguir trabajando, que este mundo sin amor no es nada, y que todos necesitamos nuevas relaciones.

Así que se levantó, se afeitó, se acicaló, y se vistió con la ropa más nueva que tenía. Quería llegar temprano para evitar las colas que sabía se formaban. Esperaba encontrar a alguien agradable en la Oficina de Empleo. Alquien que le supiera orientar en su decisión. Quizás tendría la opción de elegir entre varias posibilidades. Y hacerlo con tranquilidad, sin agobios.

Aunque no estaba seguro si la Oficina de Empleo sería el lugar apropiado. Tal vez sería mejor ir directamente al Hospital. Pero no, eso sería ya en última instancia. En caso de infarto, vamos.

No había mucha gente esperando. Y la joven que atendía parecía dispuesta a ayudar a todos. Cuando llegó su turno, lo recibió con una ancha sonrisa.

- Usted dirá...

- Señorita, llevo ya mucho tiempo con el corazón "en paro..."

19 de julio de 2007

Amor: Siete nombres de mujer

Penélope

Penélope no reconoció al amor cuando regresó, muchos años después, a su vida. Tenía en su mente la imagen de aquel joven, aquellos ojos, aquella piel, aquella sonrisa, que no es la que estaba viendo ahora.
-¿Quién eres?
-Soy yo, Penélope. He vuelto a buscarte, tal como te prometí.
Penélope no le hizo caso y siguió su camino.
El amor continuó el suyo.
Y es que hasta por el amor pasan los años, dejando huella.


Maitechu

Maitechu quedó llorando cuando su amor se fue. Tenía que cruzar el mar para labrarse un porvenir. Un porvenir que planeaban juntos. Quería hacerse rico para ella, para darle lo mejor cuando volviera, para ofrecerle su fortuna, para amarla hasta la eternidad.
Ella tenía miedo de lo que le pudiera suceder durante la travesía, de las penas que pudiera pasar en su emigración a otras tierras, de lo que sufriría para conseguir lo que ambos querían. También tenía miedo porque presentía su próximo fin.
-No llores, Maitechu. Te prometo que volveré.
Pasó mucho tiempo, y volvió. Pero era demasiado tarde. Maitechu murió suspirando por su amor. Y es que hasta en el amor la enfermedad se hace valer.


Lucía

Lucía era el amor, era la bondad, era la ternura. Era la varita mágica que lo hacía bueno y sabio. Era el puerto que lo acogió sin pedirle nada a cambio. Era el fuerte donde él pudo anidar. Era el lugar donde nunca entraba el olvido ni las sombras, donde no había oscuridad ni soledad.
Lucía era el amor amado y perdido. Lucía se fue sin hacer ruido, acompañada del viento y el mar.
Y es que hasta en el amor deja huella la muerte.


María

María pensaba que no podía salir herida. Se entregaba a él sin reservas porque la necesitaba y ella nunca le negaba su amor.
Las llagas en su piel la delataban, pero era su esclava y siempre lo perdonaba. Él le juraba que lo hacía sin querer y María seguía soñando. Para ella sólo existía el mundo de su casa, su cocina y sus hijos, también prisioneros del miedo a su padre.
Cuando un día se miró al espejo y recordó el “no matarás” que le habían enseñado, se hizo fuerte y decidió liberarse. Enjugó su llanto, limpió sus heridas y escapó sin decir nada. Escapó para enfrentarse a lo nuevo y desconocido, pero ya no tenía miedo.
Y es que hasta en el amor, el dolor se hace fuerte.


Soledad

Soledad es la felicidad personificada. Es la sencillez, la sinceridad, la ingenuidad. Es tan natural como el agua que corre alegre desde el riachuelo. Soledad es una hermosa criatura que desconoce su belleza y la ternura que despierta a su paso.
No sabe de dónde viene ni a dónde va. Vive tan feliz en su aldea, cosiendo, lavando, riendo, alegre por el sol que la alumbra día a día y por la luna que la guía en sus noches de soledad.
Soledad es la pureza y la virginidad.
Y es que hasta el amor puede permanecer intacto e inmaculado.


Amanda

Amanda caminaba hacia la fábrica donde todos los días a la misma hora se encontraba con su amor. Quería alegrarle la vida después de cada jornada gris como obrero.
A su paso, se iluminaban las farolas apagadas, se secaban las calles mojadas y florecían las amapolas libres en los trigales.
Amanda corría al encuentro de su amado y se paralizaba su corazón cuando oía la sirena que anunciaba la libertad. No le importaba nada más que el momento del encuentro.
La sonrisa se heló en su rostro cuando supo que su amor no volvería más a la fábrica. Cuando supo que en la sierra quedó su cuerpo destrozado.
Y es que hasta el amor necesita abanderar su libertad.

Yolanda

Yolanda es una declaración de amor. Una soledad acompañada. Un credo y una verdad.
Yolanda es una renuncia a ver el sol cada mañana para superar las derrotas. Es una mano amiga eternamente entrelazada. Es un amor eternamente amado. Es tener el pecho colmado de querencias. Culto y veneración a raudales, sin forma ni freno.
Yolanda es la muerte del amor si le dejas, si te vas. Yolanda, eternamente Yolanda.
Y es que a veces, algunas veces, el amor es eterno.

(Supongo que no hará falta decirlo, pero escribo sobre siete mujeres, con siete nombres, que dieron lugar a siete canciones interpretadas por cantantes tan conocidos como Pasión Vega (mi favorita), Pablo Milanés, Serrat,Víctor Jara, Emilio José o Mocedades)


18 de julio de 2007

Quisiera

Quisiera embriagarme de ti
Quisiera sentirme libre y volar
Quisiera volar y no caer
Quisiera envolverme de ti
Quisiera notar tus latidos y callar
Quisiera callar y no oir
Quisiera palpitar en ti
Quisiera rodearte con amor
Quisiera enredarme en ti
Quisiera sentir tus labios y besar
Quisiera confundirme de ti
Quisiera poder regresar
Quisiera...
Quisiera...

16 de julio de 2007

AMOR

(Dedicado a mi hermano Roberto, recién nombrado "Ministro extraordinario de la Eucaristía" y a mi cuñada Luisa)


Era un amor cocido a fuego lento. Tan lento, que ni el paso del tiempo ha logrado evaporarlo. Un amor iniciado con pocos ingredientes: Juventud, atracción, pasión, alegría, esperanza, temor a lo desconocido, al mañana que ya es hoy. Un amor al que se le ha ido añadiendo trabajo, empeño, calor, mucho cariño, y también algún dolor sin llegar a agriarse. Un amor fortalecido con el paso de los años, la sal suficiente y el azúcar justa.
Era un amor cosido con puntada corta, con hilo suave, pero a la vez fuerte. Un amor hecho con nudos fáciles de deshacer. Un amor hilvanado al principio, pero apretado con el tiempo. Recosido y a veces remendado. Un amor caído y levantado. Lavado y secado. Arrugado y planchado. Un amor grande y envidiado. Un amor que ha dado sus frutos. Un amor al que le sigue llegando más amor.

13 de julio de 2007

Déjalo estar...



Desde hace días estaba yo ilusionada con hacer una práctica en un segway. Semejante atrevimiento no se me hubiera ocurrido si no hubiera ido guiada por mi hijo, y acompañada por mi hermana. Tal y como lo ven en la foto, así mismito es. No tienes que hacer nada, o casi nada. Su manejo es facilísimo. Si inclinas apenas el cuerpo hacia delante, camina. Y si lo haces para detrás, recula. En el manillar controlas la ida a la derecha o a la izquierda. Fácil ¿no?
Bueno, pues anoche fue el momento “señalado”. Fuimos a una plaza pequeñita no muy concurrida, a decir verdad, no había nadie excepto el grupo de siete personas que estábamos haciendo la dichosa práctica. Por supuesto, algunos de ellos ya eran expertos conductores. Al principio, el cachondeito y las risitas. “Uh, esto está controlado…”. “Ponme ya otra llave para que coja velocidad…” “Ja, ja, ji, ji”. Pueden ir adivinando… Ante la mirada atónita del resto del grupo, caí como un saco de papas, los zapatos por un lado, yo por otro y el segway por otro.
Menos mal que me lo tomo como me lo tomo, pero digo yo ¿por qué me pasa a mí y a los demás no? No quiero pensar que sea la edad, ni quiero pensar que sea falta de agilidad corporal. Prefiero pensar simplemente que se trata de una reacción distinta a la que supuestamente tienen los demás. Es que soy muy especial, se los digo yo. Les agradecí la rapidez en “socorrerme”. Seguí paseando como si nada. Yo me reía, pero un buen culazo me llevé.
Antes de acostarme, un feldene flas, un vaso de agua con azúcar por si aparecen las agujetas, el cuerpo embadurnado en Thrombocid, y esta mañana a trabajar como cualquier día. Como el título del blog del periodista y escritor tinerfeño Juan Cruz: “Mira que te lo tengo dicho”. Pero es que no hago caso.
Todas las experiencias son positivas, y lo bueno es que puedo contarlo, pero por ahora, ¿saben lo que les digo? “Mi niño, déjalo estar…”

12 de julio de 2007

La romería

Llevábamos cerca de una hora de pie, esperando la llegada de la romería.
Nos sentamos en un pequeño muro porque los pies y la espalda ya no respondían.

Enfrente dos señoras previsoras, que a pesar de estar sentadas porque habían traído unas sillas plegables, también se estaban impacientando. Al principio eran observadas extrañamente por las personas que subían y bajaban la calle, pero a medida que las aceras se iban llenando de gente, pasaron a formar parte del cuadro festivo que presentaba el paseo.

Se empezaron a oír tambores y chácaras que anunciaban la cercanía de los grupos folclóricos y los cencerros de los animales que venían en manada luciendo lazos de colores en sus cornamentas. Un hombre que estaba al lado de nosotros alucinaba con el largo pelaje de las cabras. A mí me asombraba la inteligencia del perro que las conducía.

La imagen del Santo Patrón de los labradores viene alegre, porque al menos una vez al año lo sacan en volandas por las calles del pueblo. La señora alcaldesa llega detrás saludando feliz a diestro y siniestro.Un grupo folclórico representativo de cada isla con sus trajes típicos pasa cantando, tocando y bailando. A alguno ya se le nota el cansancio por el esfuerzo, durante el recorrido que ya ha hecho, pero siguen bailando y la gente les aplaude entusiasmada.

Las carretas engalanadas con productos de la tierra lleva a familias completas que van asando carne, comiendo, bebiendo o simplemente hablando y cantando. Los que estamos mirando, las vemos pasar con la esperanza de encontrar algún conocido que nos haga una invitación que nos permita saciar en lo posible el hambre incipiente que ya hace rugir el estómago.

Los más atrevidos se acercan al pie de las carretas y piden comida dando voces. Otros ya van con el vaso preparado esperando que el vino de la tierra fluya de los garrafones y hay quien bebe directamente de la bota. A los más afortunados les llega a las manos algún huevo duro o un trozo de pan con chorizo, que devoran con presteza.

Siguen pasando las carretas en desfile guiadas por los bueyes. Ya algunos grupos pasan caminando, agotados bajo el sol abrasador, y el público les pide a gritos que sigan moviéndose. A veces dejan un espacio interminable entre una y otra carreta, lo que hace que algunas personas crean que la romería se acaba y se marchan hambrientos a su casa. Los que conocemos estos intermedios, seguimos esperando entre el calor, el cansancio y la algarabía. Menos mal que con la botellita de agua hemos saciado la sed.

Los barrenderos limpiando los residuos de los animales y de los no tan animales, anuncian el final de la romería.

Para el próximo año, si vuelvo, me traeré mi gofio amasado y mis papas arrugadas, aunque tenga que cargar con las sillas, como las señoras previsoras. Y si hace falta una mesa, también la traigo. Lo prometo.
 
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