Llega a la parada del autobús con veinte minutos de adelanto. Viene jadeante y cansada por la rápida caminata que ha hecho desde la oficina donde trabaja, pensando que no llegaría a tiempo de coger el autobús 014, pero cuando mira su reloj, comprueba que ha invertido menos tiempo del que ella creía.
Es la primera vez que va a coger el autobús allí, así que lee un cartel explicativo para comprobar que es la parada correcta, pero se hace un lío entre tantas indicaciones y le pregunta a una señora que está sentada en el banco de la parada. Después de intercambiar unas palabras con ella sobre la posibilidad de que se retrase, decide sentarse también para quedar protegida por el toldo acristalado que cubre el banco de espera. Presiente que va a empezar a llover.
Mira continuamente a la izquierda, esperando distinguir el 014 en el frontal de los autobuses que se mezclan entre los vehículos que van y vienen por la avenida. De pronto, se da cuenta que es observada por una niña que posiblemente sea la hija de la señora con la que habló y se revuelve incómoda en el asiento.
Intenta olvidarse de ella y centra su atención en las personas que entran y salen de una panadería que está situada justo enfrente, al otro lado de la avenida. Tal como temía, empieza a llover y se abren algunos paraguas de la gente más previsora.
Mira el reloj. Sólo han pasado cinco minutos desde que llegó, y a ella le parece una eternidad. Todavía no es la hora de “su” autobús, pero ella insiste en mirar a la izquierda esperando que por arte de magia aparezca el 014 entre la barahúnda de vehículos que pasan por delante de sus ojos expectantes.
-No llegaré a tiempo –piensa-. Con este tráfico, seguro que se retrasa.
Se acerca otro autobús. El 015. Una incipiente sonrisa dibuja su boca. Por un número. Pero no le hace gracia su propio “chiste”. Aunque está lloviendo y una ligera brisa invade la atmósfera, ella tiene calor y se nota sudorosa. Despega los brazos continuamente de su cuerpo en un vano intento de que las axilas puedan transpirar.
Vuelve a mirar el reloj. Pestañea de prisa y la mirada de sus ojos va de un lado a otro sin fijar su atención en nada concreto. Se muerde las uñas hasta que siente de nuevo la mirada de la niña sobre ella. Introduce las manos en los bolsillos de la chaqueta. Se nota la garganta seca e intenta producir algo de saliva mordiéndose la punta de la lengua.
- ¿Cómo te llamas? –le pregunta atrevida la niña.
Solo le faltaba la curiosidad de aquella pequeña y las mil preguntas que supuestamente vendrían detrás para terminar de ponerla nerviosa.
- Esperanza –Se puso en pie-. Me llamo Esperanza.
Sin darle tiempo a la niña a reaccionar, levantó la mano decidida y paró un oportuno taxi que en ese momento por allí pasaba.
Es la primera vez que va a coger el autobús allí, así que lee un cartel explicativo para comprobar que es la parada correcta, pero se hace un lío entre tantas indicaciones y le pregunta a una señora que está sentada en el banco de la parada. Después de intercambiar unas palabras con ella sobre la posibilidad de que se retrase, decide sentarse también para quedar protegida por el toldo acristalado que cubre el banco de espera. Presiente que va a empezar a llover.
Mira continuamente a la izquierda, esperando distinguir el 014 en el frontal de los autobuses que se mezclan entre los vehículos que van y vienen por la avenida. De pronto, se da cuenta que es observada por una niña que posiblemente sea la hija de la señora con la que habló y se revuelve incómoda en el asiento.
Intenta olvidarse de ella y centra su atención en las personas que entran y salen de una panadería que está situada justo enfrente, al otro lado de la avenida. Tal como temía, empieza a llover y se abren algunos paraguas de la gente más previsora.
Mira el reloj. Sólo han pasado cinco minutos desde que llegó, y a ella le parece una eternidad. Todavía no es la hora de “su” autobús, pero ella insiste en mirar a la izquierda esperando que por arte de magia aparezca el 014 entre la barahúnda de vehículos que pasan por delante de sus ojos expectantes.
-No llegaré a tiempo –piensa-. Con este tráfico, seguro que se retrasa.
Se acerca otro autobús. El 015. Una incipiente sonrisa dibuja su boca. Por un número. Pero no le hace gracia su propio “chiste”. Aunque está lloviendo y una ligera brisa invade la atmósfera, ella tiene calor y se nota sudorosa. Despega los brazos continuamente de su cuerpo en un vano intento de que las axilas puedan transpirar.
Vuelve a mirar el reloj. Pestañea de prisa y la mirada de sus ojos va de un lado a otro sin fijar su atención en nada concreto. Se muerde las uñas hasta que siente de nuevo la mirada de la niña sobre ella. Introduce las manos en los bolsillos de la chaqueta. Se nota la garganta seca e intenta producir algo de saliva mordiéndose la punta de la lengua.
- ¿Cómo te llamas? –le pregunta atrevida la niña.
Solo le faltaba la curiosidad de aquella pequeña y las mil preguntas que supuestamente vendrían detrás para terminar de ponerla nerviosa.
- Esperanza –Se puso en pie-. Me llamo Esperanza.
Sin darle tiempo a la niña a reaccionar, levantó la mano decidida y paró un oportuno taxi que en ese momento por allí pasaba.


















