Los fue colocando uno al lado del otro en las estanterías, formando un extenso panel azul. Cuando terminó, se alejó hasta la puerta de la habitación como si en la corta distancia pudiera apreciar mejor lo que pretendía ver. El cielo y el mar. Y una delgada línea donde convergían. Y allí, en esa línea, se adivinaban unos ojos. Sus ojos. Ojos azules que lo miraban. Ojos azules llenos de amor que lo llamaban.
Se alejó un poco más, hasta la habitación contigua, sin dejar de contemplar aquel azul. Los ojos que amaba. Buscó un sillón y se sentó en él, colocándolo enfrente de la puerta, enfrente de la habitación, enfrente del mar, enfrente del cielo, enfrente de sus ojos, enfrente del Azul.
Y allí se quedó, dudando en responder a la llamada, sin apenas moverse, sin apenas atreverse a desviar su mirada, no fuera a perderla otra vez.
Escuchó el vaivén de las nubes y contempló las olas como se desplazaban por el cielo. Se percató de las grietas que descansaban en el mar y apenas se inmutó con el continuo sonido del abrir y cerrar de ojos en el algodón azul.
La mirada de ella insistía en atraerlo, mientras él se debatía entre los blancos y negros de sus pensamientos.
Pasaron horas y horas. Era presa de la inconsciencia mientras escuchaba voces que gritaban su nombre. Era abatido por el sueño cuando los golpes resonaban en su cabeza. Quería moverse hacia aquel Azul, pero aún le quedaba el hilo de cordura preciso para saber que era un viaje sin retorno.
Pasaron días y días. Se hizo el silencio. Los golpes pararon. Dejó de escuchar su nombre. Se sintió liberado. No le pesaban los huesos ni le crujían las carnes. Se levantó libre y la vorágine del Azul lo absorbió en su hechizo. No percibió nada. Su cuerpo se fue desmadejando poco a poco, al mismo tiempo que se confundía con los ojos amados.
El rojo se integró con el azul formando un charco violeta. Eso fue lo que encontraron cuando lograron abrir la puerta de la locura.
















